Voluntarios de las juventudes de Tisza vendían ayer a las puertas del imponente Parlamento húngaro helados, palomitas y banderas de Hungría con el retrato de Péter Magyar, que a esa hora estaba siendo nombrado primer ministro. A través de pantallas gigantes, la multitud que llegaba … hasta Bajcsy-Zsilinszky seguía a orillas del Danubio una ceremonia plagada de gestos nacionalistas y un tanto alejada de los estándares europeos a los que Magyar pretende reorientar el país. Por momentos, más que de una rutinaria alternancia democrática de gobiernos, el acto tuvo aires de coronación.
Antes de la sesión inaugural, Magyar, cuyo apellido significa precisamente húngaro, depositó rosas blancas ante la estatua de Gyula Andrássy, héroe de la revolución nacionalista de 1848. «¡Dios salve a todos los húngaros, tanto los que están aquí como los que se encuentran al otro lado de la frontera!», saludó en tan señalado momento a las minorías húngaras en Ucrania, Rumanía, Serbia y Eslovaquia. «Hoy es el primer día del cambio de régimen», proclamó antes de prometer con contudencia: «No gobernaré, sino que serviré».
Al final de la sesión, además de cantar la letra completa del himno nacional húngaro, los diputados escucharon también el himno europeo, el himno de la minoría húngara Székel de la Transilvania rumana y el himno oficial de los romaníes húngaros, que son unos 70.000, interpretado por una agrupación de niños gitanos. A este rosario de himnos, sin precedentes en la historia parlamentaria húngara, se sumó, después de doce años de ausencia, el izado de la bandera europea en el Országhñaz, símbolo por excelencia de la identidad y la autonomía húngaras.
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Rosalía Sánchez
«Se avecinan cambios que marcarán el inicio de una nueva era en la democracia parlamentaria húngara», anunció la nueva presidenta del Parlamento, Agnes Forsthoffer. Según avanzó, «esta Cámara no será más la sede de un partido ni un centro de poder, sino el santuario de la voluntad nacional, la casa de la modestia y el servicio público, no un lugar de ostentación, la fanfarronería y la ostentación». A la derecha de los apabullantes 141 diputados de Tisza, se sientan 44 de Fidesz. Y, a la derecha de ambos, seis de Nuestra Patria. En el Parlamento húngaro no hay diputados de partidos de izquierda.
Al pedir el voto para él, como determina el protocolo, el presidente de Hungría, Tamás Sulyok, le advirtió en un tono inusualmente duro que se adhiriese «al Estado de derecho». Enfatizó que el fortalecimiento sin precedentes del partido Tisza «conlleva una responsabilidad histórica», y que está en juego «nada menos que preservar la resiliencia de Hungría en un entorno internacional lleno de peligros».
Pide la dimisión del presidente
Con estas palabras, Sulyok avanzaba que no piensa dimitir y advertía contra su destitución, con la que Magyar ha amenazado. Mostraba además su disposición a bloquear las iniciativas más radicales del nuevo Gobierno, al que declaraba la guerra desde el Palacio Sándor. Cuando se acercó a felicitar al recién votado primer ministro, desde la bancada de Tisza se escucharon gritos: «¡Ríndete! ¡Dimite!».
También Magyar, en su primer discurso como jefe de Gobierno, pidió la dimisión de Sulyok y de todos los altos cargos del Estado que convivieron con Orbán. «¡Que Tamás Sulyok marque el inicio de la fila!», señaló, y anunció que Hungría no es ya «un país sin consecuencias», sino de «rendición de cuentas».
La investidura de Magyar se convirtió en una multitudinaria fiesta callejera.
(Afp)
En tono agresivo, anunció que una de sus primeras decisiones será la creación de la Oficina Nacional de Protección y Recuperación de Activos, que investigará «los delitos del pasado: el sistema de contratación pública, los sobreprecios, los contratos de concesión, los activos ocultos en fundaciones, las irregularidades del sistema Tao y el caso del dinero perdido en fundaciones del Banco Central, todo ello de conformidad con la Constitución».
«En caso de responsabilidad penal, preparará y apoyará la labor de las fuerzas del orden, además de hacer valer las demandas civiles», llamó a denunciar casos ante una oficina que no dependerá del Gobierno, sino del Parlamento. «Vamos a fortalecer el sistema de controles y equilibrios, las instituciones verdaderamente independientes y a limitar el número de mandatos del primer ministro», adelantó, como primeros síntomas del renacer democrático de Hungría. «Seremos un gobierno de soberanía nacional», dijo, haciendo hincapié en que Hungría será «verdaderamente soberana y no estará sola ni será vulnerable» en cuanto comience a recibir los fondos europeos bloqueados en Bruselas a causa de las prácticas no democráticas de su antecesor.
«Vamos a fortalecer el sistema de controles y equilibrios, las instituciones verdaderamente independientes y a limitar el número de mandatos del primer ministro»
Péter Magyar
Nuevo primer ministro de Hungría
Magyar ha diseñado un gabinete para el cambio que procede mayoritariamente de Fidesz, como él mismo. La ministra de Exteriores, Anita Orbán, perteneció a su ala proeuropea, que ya no existe. Diplomática de carrera, en 2009 publicó un libro en el que advertía contra la «política energética imperialista rusa» y cayó en desgracia.
El hasta hace poco vicepresidente global de Shell, István Kapitány, bien relacionado con las élites económicas húngaras, será su ministro de Economía. Y en Defensa tendrá al exjefe del Estado Mayor, el general Romulusz Ruzzin-szendi, apartado por su supuesta postura demasiado proucraniana.
Su ministro de Sanidad, Zsolkt Hegedüs, pasó diez años trabajando como cirujano ortopédico en el Reino Unido y su titular de Asuntos Sociales y Familiares, Vilmos Katal-Nemeth, quedó ciego a los 16 años, después de lo cual se convirtió en abogado y en maestro del arte marcial japonés aikido. Todos ellos fueron ovacionados en la Plaza Kussoth, convertida ya en una fiesta, a su salida del Parlamento. También el capitán Szilveszter Pálinkás, que denunció las míseras condiciones de las Fuerzas Armadas en la campaña electoral. «¡Gracias! ¡Gracias!», coreaba el gentío.
Para el Ministerio de Justicia, Magyar había pensado en un hombre sobradamente preparado y muy en sintonía con sus ideas de regeneración del sistema judicial, Marton Mellethei-Barna. Es quien ha asesorado a Tisza en todo lo referente a la judicatura, pero recientemente adquirió un defecto que forzó el cambio de planes: en otoño de 2025 se casó con la hermana menor de Magyar, convirtiéndose así en su cuñado.
El mismo Marton, en una cena familia tras la victoria electoral, hizo ver a Magyar que su Gobierno debía arrancar sin rastro alguno del nepotismo que tanto han criticado a Orbán. La ministra de Justicia, finalmente, será Marta Görög, profesora de Ciencias Políticas y Derecho de la Universidad Szeged, cuya trayectoria académica y profesional «garantiza que la reconstrucción del orden constitucional, el Estado de derecho, el sistema de controles y equilibrios, así como la seguridad jurídica, quedarán en buenas manos», en palabras de Magyar.
La prioridad para lograr su renacer húngaro es desmantelar la estructura de poder de Viktor Orbán y restaurar el Estado de derecho. Revisará todas las contrataciones públicas y cerrará los medios de comunicación estatales, hasta establecer legalmente un nuevo sistema de medios públicos independientes. Pero parte del partido se jugará en el terreno de la política exterior. Magyar quiere convertir a Hungría de nuevo en un «socio fiable» de la UE y la OTAN, mejorar las relaciones con los vecinos de Europa Central y del Este, especialmente con Polonia.
A la espera de los fondos europeos
Y, por delante de todos estos objetivos, a cortísimo plazo figura la obtención de los fondos europeos bloqueados por Bruselas, en los que tiene puestas grandes esperanzas para superar la grave crisis económica y financiera en la que está sumida Hungría. Su programa electoral no permite trazar líneas firmes de recuperación y las cuentas no terminan de salir sin los fondos europeos, como le ocurría a Orbán.
El nuevo Gobierno se enfrenta a un gran reto en lo que respecta a su posición sobre Ucrania, un tema altamente sensible en Hungría y que Orbán explotó sin duelo. Y, como siempre que encuentra una valla, Magyar tiende a saltarla. En este caso, se ha autoinvitado a una visita a Ucrania, concretamente a la ciudad de Berehove, que es de población predominantemente húngara. Magyar da así un giro a la política de Orbán, que había declarado a Ucrania «país enemigo» de Hungría, pero imponiendo a Zelenski la agenda desde la localización de la cumbre. Antes de esta iniciativa sin precedentes, que tendrá lugar en junio, ha avanzado que solo apoyará la adhesión de Ucrania a la UE si deja de tratar a la minoría húngara como «ciudadanos de segunda clase», un hecho lejos de estar probado.
Magyar solo apoyará la adhesión de Ucrania a la UE si deja de tratar a la minoría húngara como «ciudadanos de segunda clase»
Su nombramiento ya está moviendo la dinámica de grupos en Bruselas. «Los tres mosqueteros esperan al cuarto y el resurgimiento de Visegrado», han publicado esta semana desde Ereván los jefes de gobierno checo Andrej Babis; polaco, Donald Tusk; y eslovaco, Robert Fico. Junto con Hungría, representan el 14% de la población de la UE y suman 106 escaños en el Parlamento Europeo, lo que les permite actuar en bloque como contrapeso a posiciones dominantes en debates sobre soberanía, inmigración y seguridad. Incluso el prorruso Fico ha manifestado desde Moscú su intención de llevarse bien con Magyar, alegando que «un vecino mal avenido es peor que una casa en llamas». Desde Roma, tras la visita con la que Magyar hizo una declaración de intenciones el viernes, Giorgia Meloni ha mostrado su disposición a unirse al grupo de Visegrado.
En el mismo escenario sobre el que acababan de rendirse honores militares a la bandera y Magyar había sido aclamado por la multitud, sobre el que transcurrían ya actuaciones musicales, la popular Ibolya Oláh cantó ‘Hungría’. Por su parte, el cantante János Bródy entonó un tema que empieza diciendo «ya había tiempos difíciles hace 40 años» pero, en lugar de 40, dijo 16, los años de gobierno de Orbán. La gente coreaba las canciones en un ambiente festivo.
Una de las pancartas citaba a Dénes Csengey, intelectual disidente en la Hungría tardocomunista, con una frase de 1989, año de la escisión pacífica de la Unión Soviética: «Es hora de sonreír, con la certeza de que esto es Hungría y estamos en casa, y de que cuando hablamos del futuro del país, hablamos de los que nos pertenece».