El continente americano vive una ola derechista que lleva el péndulo político al extremo opuesto de lo que, en la década y media de comienzos de siglo, fue el ciclo bolivariano. A los Chávez, Morales, Correa, Kirchner y otros acompañantes más discretos, como Lula, les … suceden hoy los Milei, Kast, De la Espriella, Bukele y Fujimori, en una lista que en breve puede incluir también a Flávio Bolsonaro.
La región ya conoció un parcial giro a la derecha cuando comenzó a decaer el chavismo y llegaron los triunfos de Macri en Argentina, Duque en Colombia, Piñera en Chile y Jair Bolsonaro en Brasil. Pero luego vino otro semigiro a la izquierda con las victorias de Alberto Fernández en Argentina, Petro en Colombia, Boric en Chile y Lula de nuevo Brasil. A excepción de Bolsonaro y en parte Petro, fueron gobiernos de derecha o izquierda moderada. Hoy, Iberoamérica parece abrir una etapa derechista que puede ser tan decisiva como la etapa izquierdista de 2000-2015, y quién sabe si tan duradera.
Desde que las naciones iberoamericanas recobraron la democracia en la década de 1990, finalizadas las dictaduras militares, sus políticas nacionales han conocido diversos vaivenes. Con la llegada al poder de Hugo Chávez en Venezuela en 1999 se abrió una etapa de liderazgos a la izquierda de la izquierda tradicional, autodenominada como socialismo del siglo XXI (también conocida como ‘marea rosa’, por no llegar al rojo del comunismo). Hoy asistimos a una etapa de gobiernos a la derecha de los tradicionales partidos conservadores. Etiquetarles de extrema derecha incurre en la contradicción de no haber llamado extrema izquierda a sus predecesores. En cualquier caso, ambos comparten en general un pronunciado populismo.
Noticia relacionada
CLAVES DE LATINOAMÉRICA
Emili J. Blasco
Como ha escrito en ‘Foreign Affairs’ Brian Winter, director de la revista ‘American Quaterly’, «el verdadero fervor en la Latinoamérica de hoy, con líderes determinados a transformar no solo sus países sino la región misma, resulta evidente ante todo en la derecha ideológica». Según observa, «América Latina parece estar dispuesta para un cambio único en una generación que transformaría radicalmente la forma en que los países abordan el crimen organizado, la política económica, sus relaciones estratégicas con Estados Unidos y China, entre otros aspectos».
En parecidos términos se ha expresado Michael Reid, corresponsal de ‘The Economist’ en la región durante décadas. Como tituló una colaboración suya en ‘The New York Times’, «América Latina está girando hacia la derecha. Esta vez, podría consolidarse».
Reid recordaba que, al terminar propiamente el ciclo bolivariano, con el fin en 2014 de la década de la gran bonanza económica derivada de la subida de precio de las materias primas y la llegada del Covid-19, hubo un cierto giro a la derecha. Pero aquello fue sobre todo un voto contra los gobiernos salientes, como ocurrió después con los entrantes, girando el continente otra vez hacia la izquierda. Entre 2018 y 2023, el voto antigobierno triunfó en 20 de las 23 elecciones democráticas de la región.
Newsletter
Las últimas elecciones, sin embargo, parecen indicar una dirección más marcada. El posible regreso de un Bolsonaro a Brasilia vendría a simbolizar la apuesta por unas propuestas que ya no se acogen simplemente para romper el ‘statu quo’ de la política tradicional, sino como bandera ideológica.
La derecha, favorecida
Sin haber una única razón para ese cambio, puede argumentarse que la manera en que han evolucionado los problemas que más preocupan a los latinoamericanos favorecen a la derecha. A comienzos de siglo, Iberoamérica conoció un importante impulso económico, auspiciado por el auge de China y sus necesidades de materias primas. Eso supuso para los gobiernos notables ingresos, de forma que gran parte del debate político giró en torno al progreso social, así como a la corrupción. Desde la pandemia, sin embargo, como analiza Winter, el foco de los votantes ha cambiado a los aspectos básicos de la vida: encontrar un trabajo estable, llevar comida a la mesa y, por encima de todo, la seguridad.
30%
De los homicidios en el mundo ocurren en Latinoamérica
A pesar de suponer solo un 8% de la población mundial, sufren casi un tercio de los homicidios provocados en el globo.
El aumento de la inseguridad es evidente. Está relacionado con un incremento de la producción de drogas, sus nuevas rutas y el acrecentado poder de las organizaciones criminales que las mueven. La población latinoamericana constituye el 8% de la población mundial, pero sufre casi el 30% de los homicidios que ocurren en el mundo. La producción mundial de cocaína, circunscrita a Colombia, Perú y Bolivia, se ha triplicado en la última década; esa droga ya no va desde allí solo a Estados Unidos o Europa, que concentran, respectivamente, el 27% y el 24% del consumo global, sino que ha comenzado a desparramarse por la región, que concentra ya el 20% del consumo. Esto ha hecho surgir potentes grupos de crimen organizado donde antes no los había y ha fortalecido los ya existentes, con negocios ampliados al tráfico de personas, el secuestro, la extorsión y la minería ilegal.
Desde la pandemia del Covid, el foco de los votantes ha cambiado a los aspectos básicos de la vida: encontrar un trabajo estable, llevar comida a la mesa y, por encima de todo, la seguridad
Vinculado a la percepción de inseguridad está el surgimiento de episodios de xenofobia a raíz del éxodo venezolano (desde 2014, casi ocho millones de personas han marchado de Venezuela). Ya existían situaciones de rechazo a haitianos en la República Dominicana y a nicaragüenses en Costa Rica, pero hoy la migración intrarregional ha aumentado y ofrece ocasiones de malestar.
También está, por un lado, el descrédito de la izquierda regional, tanto por el colapso económico y social de Cuba, Venezuela y Nicaragua como por su insistente defensa de esas dictaduras. Por otro lado, destaca el atractivo que parecen tener figuras como Bukele y Milei, quienes manejando las redes sociales o la motosierra han sabido conectar con ciertas aspiraciones.
Igualmente se ha aludido al desvanecimiento de la memoria de las dictaduras militares de las décadas de 1960 y 1970, que hace elegibles a líderes que no las critican o incluso pueden justificarlas, como es el caso de Bolsonaro, Kast o Fujimori. Al mismo tiempo, si bien en las décadas de 1980 y 1990 muchos gobiernos de derecha fueron acusados de aplicar medidas neoliberales para superar los graves desequilibrios de las cuentas públicas, durante la emergencia del Covid la derecha gobernante se prodigó en un importante gasto social.
¿Durará?
La polarización ideológica es un fenómeno global, con dinámicas nacionales, pero también con un influjo cultural exterior. En el caso iberoamericano, la incidencia de Donald Trump es innegable. Su apoyo expreso a algunos líderes ha ayudado a decantar elecciones. Además, la perspectiva de tener abierta la puerta de la Casa Blanca o de Mar-a-Lago constituye un atractivo para muchos dirigentes.
¿Sobrevivirá esta ola al trumpismo? El actual presidente estadounidense no es su causa, así que posiblemente irá más allá. No obstante, conviene hacer dos precisiones. Una es que los cambios de color de los gobiernos con frecuencia no se deben a grandes vuelcos electorales: Fujimori ganó a la izquierda por solo 50.000 votos y Lula impidió la reelección de Jair Bolsonaro por menos del 2%, por ejemplo.
Conclusión del Latinobarómetro
«No me importaría que un gobierno no democrático llegara el poder si resuelve los problemas»
52% de los encuestados
La otra es que, sin la bonanza económica que vivió la región entre 2003 y 2014, el populismo de izquierda muy probablemente no se habría sostenido durante tanto tiempo. Desde entonces, la economía está anclada en lo que se están llamando ‘décadas perdidas’.
La clave estaría en que los nuevos gobiernos sean eficientes en resolver los problemas percibidos por los ciudadanos. La principal encuesta regional, el Latinobarómetro, es insistente en señalar que la mitad de la población (52% en 2026) está de acuerdo con la máxima «no me importaría que un gobierno no democrático llegara al poder si resuelve los problemas».
Consecuencias
Si esta etapa política se prolonga, puede tener sus consecuencias. El bolivarianismo echó por tierra el impulso globalizador que traía el cambio de siglo, concretado en la propuesta de Bill Clinton de un acuerdo de libre comercio para todo el continente. Cerrado aquel ciclo izquierdista, hoy el ciclo derechista puede querer acentuar la integración comercial, si bien no son buenos tiempos para el libre comercio y tanto a un lado como al otro del espectro ideológico impera un soberanismo, en algunos casos con tics estatistas, que dificulta la integración regional. Sí puede favorecer la inversión extranjera, algo muy conveniente para la explotación de tierras raras o minerales estratégicos y dar un salto en la producción de hidrocarburos.
Algunos países del ‘patio trasero’ estadounidense han cortado ciertos lazos con China y reforzado sus relaciones con EE.UU. con el Escudo de las Américas
Algunos observadores especulan con un distanciamiento de Pekín y un mayor acercamiento a Washington. Esto último está ocurriendo, con la iniciativa de seguridad del Escudo de las Américas, pero no lo primero: algunos países del patio trasero estadounidense han cortado ciertos lazos con China. Aun así, el pragmatismo económico obliga a mantener en gran medida el vínculo chino.
Cabe esperar una retórica en gran medida compartida y una coordinación en la agenda regional, como hizo el bolivarianismo en foros como la Celac, aunque esta vez no de espaldas a Estados Unidos.