En Kamchatka, a principios de los años noventa, Oleksandr Glyadyelov sintió la guerra. Era verano en la remota península asomada al Pacífico. El fotógrafo tenía el encargo de retratar la pesca tradicional de salmón rojo para una empresa rusa. Esperaba la luz adecuada para … disparar cuando un joven de unos 17 años se le acercó. El diálogo, distendido, duró hasta que Oleksandr mencionó que venía de Kiev. «Me dijo que, en Crimea, los ‘banderistas ucranianos’ estaban matando a marineros rusos; que él iría a la guerra».
Glyadelov pronto corroboró la fuente de información del chico. «Esa misma tarde me invitaron a una fiesta de alpinistas locales. Les pregunté por el asunto y me mostraron el periódico de la base local de submarinos nucleares». En la primera página, recuerda, aparecían las mismas palabras que el joven había pronunciado. En 2022, esas viejas premoniciones de Kamchatka irrumpieron en Ucrania a golpe de misiles y blindados.
Cuatro años después, no se percibe paz alguna en el país. Oleksandr sigue aquí, buscando instantes para fijar en el álbum nacional que comenzó hace más de 30 años. Acaba de volver de Leópolis con 47 carretes completos tras nueve días de trabajo en esta ciudad del oeste, donde visitó Superhumans, uno de los centros de referencia en prótesis y rehabilitación para heridos de guerra. «Creo que el resultado es excelente», apunta.
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Rosalía Sánchez
Glyadyelov se define como un «producto imperial típico». Nació en 1956 en Polonia y es hijo de un coronel soviético. «Después viví en Lituania, en Bielorrusia. Y luego volví a Ucrania. Ahora mismo estamos sentados en el piso de mis abuelos». En Kiev se licenció en ingeniería óptica. Se formó en la fotografía de manera autodidacta.
La sala de estar de la familia paterna está presidida por un retrato en blanco y negro. El niño ‘Vova’, uno de los huérfanos que conoció hace más de dos décadas, atrapa la atención con sus ojos opacos. La Leica M6 reposa sobre la mesita de cristal, a pocos centímetros de una bandeja cubierta de naranjas frescas. La cámara está sin tapa. Como siempre, preparada para la acción. En este bodegón atípico destaca una figura de acero de Don Quijote, venida de Rusia.
Hubo un tiempo en que la colaboración entre ucranianos y rusos era cotidiana. Hoy sería impensable. «En el verano de 2008 o 2009, fui jefe del jurado internacional en un concurso fotográfico de Siberia Occidental. Según las normas, yo tenía que impartir una clase magistral y los participantes me lo regalaron. Este Quijote se hizo en una ciudad rusa de los Urales. Al entregármelo afirmaron: eres tú, Sasha».
Oleksandr Glyadyelov posa junto al retrato de Vova en su apartamento de Kiev.
(Miriam González)
Este certamen se organizó en memoria de los fotógrafos locales que habían muerto en Chechenia. Fue en el Cáucaso, precisamente, donde Glyadyelov obtuvo más pistas sobre lo que se avecinaba. Al ver el estado de Grozni, casi al final de la primera guerra chechena, «vi como actuaba» el Ejército de Moscú y supe «qué tipo de guerra sería».
Conflictos en cadena
‘Sasha’, como lo llaman sus conocidos, huye del calificativo de fotoperiodista de guerra. «Otros hicieron antes que yo un gran trabajo. Mi gran foco documental está fuera de los lugares de conflicto», afirma. Sin embargo, los conflictos armados se han empeñado en perseguirlo. Especialmente aquellos donde no falta, aunque sea de refilón, el ingrediente ruso.
Fue el primer periodista ucraniano en entrar en zona de combate en Transnistria, en 1992. «A los quince minutos de estar en el campo de batalla, ya tenía una bala de Kaláshnikov en la pierna». Los negativos se perdieron. El recuerdo de la bala y de aquel grupo de soldados ataviados con uniformes que el Ejército Soviético usaba en Afganistán sigue vivo.
«A los quince minutos de estar en el campo de batalla [en Transnistria], ya tenía una bala de Kaláshnikov en la pierna»
Oleksandr Glyadyelov
Fotógrafo
Es curioso que en Transnistria también combatiese Ígor Guirkin, el antiguo oficial ruso que hizo estallar el Dombás hace doce años. «Puede ser, pero yo no recuerdo su cara», anota. El Imperio ruso, hecho pedazos, dejó una estela de conflictos que Oleksandr presenció. Desde Moldavia, pasando por Nagorno Karabaj, hasta los preparativos militares en Tayikistán.
La segunda herida llegó en Ilovaisk en forma de metralla, el 21 de agosto de 2014. Eran los primeros compases de la guerra en el Dombás. «Unas batallas muy diferentes entonces». Allí también perdió para siempre un carrete. «La última vez que estuve realmente en trincheras fue en diciembre de 2024, en Zaporiyia, frente a Kajovka, en la orilla derecha». Los drones ya habían irrumpido con fuerza.
La guerra que Rusia trajo a Ucrania tiene trazos que el fotógrafo observó antes. Las estampas de Grozni en carne viva han sido replicadas en Bajmut, Pokrovsk o Kostiantynivka. Y en este quinto año de contienda, la defensa se sostiene gracias a algunos que Oleksandr retrató años atrás.
Las nuevas generaciones
«Vova es uno de ellos», dice Glyadyelov. Hace tiempo que no tienen contacto, pero sabe que se enroló en el Ejército. Estos niños de la Ucrania más joven tienen un papel protagonista en su crónica nacional. Con la caída de la URSS, ellos tuvieron que batallar con una miseria absoluta. Y Sasha los acompañó con su cámara.
Despojados de hogar y familia, una parte del futuro del país habitaba orfanatos o merodeaba en pequeños grupos por las calles. Entre ellos Zhenya y Vitya. Parapetados en sus abrigos, los dos amigos se apoyan en una pared del metro mientras inhalan pegamento. Una escena inadvertida en el trasiego capitalino cotidiano, que se reveló a través del objetivo de Oleksandr. «Este proyecto empezó a mediados de los noventa y la última vez que fotografié los internados fue en la región de Odesa en 2015».
Los niños de la calle Zhenya y Vitya inhalan pegamento a la salida de la estación de metro. Kiev, 1996.
(Oleksandr Glyadyelov)
Las nuevas generaciones criadas en la independencia han demostrado su compromiso inapelable con la libertad. La revolución del Maidán y la sangre derramada en esa plaza dan buena cuenta de ello. La Ucrania libre es un país distinto, destaca Sasha. Una diferencia que se percibe en la situación actual de los más pequeños.
«Muchas ONG locales de Járkov esperaban de nuevo una gran cantidad de niños en las calles entre los desplazados del Dombás. Eso nunca ocurrió. Lo que me da derecho a decir que el pueblo ucraniano es mucho mejor de lo que fue el soviético».
La guerra hay que sentirla
Cuando Oleksandr enfoca a sus compatriotas en la pobreza, en la muerte o en combate, se despoja de cualquier escudo. «Yo siento el dolor de la gente que fotografío y luego lo transmito a mis imágenes. Dicen que soy un fotógrafo emocional».
«Yo siento el dolor de la gente que fotografío y luego lo transmito a mis imágenes. Dicen que soy un fotógrafo emocional»
Oleksandr Glyadyelov
Fotógrafo
Pero transmitir la guerra con mayúsculas es otro asunto. Los olores, la tensión que invade en el último acelerón del Shahed, o el silencio de un soldado al volver son matices casi imposibles de replicar. «He llegado a entender que ningún medio en nuestras manos puede mostrar al cien por cien lo que significa la guerra. Es una sensación. No sientes miedo cuando ves una foto o lees un texto. Hay que vivirlo»