El impacto del sol contra el polvo de la calle le da al barrio de Yalda, al sur de Damasco, un tono amarillento que alienta a buscar una sombra con urgencia. Sin embargo, la casa de Umm Omar, que abre la puerta cubierta por un … largo velo de flores azules, es oscura y gris. El cristal de la ventana transforma la dura luz del exterior en un difuso foco frío mientras ella se sienta sobre un fino colchón en el suelo. En sus manos sostiene una fotografía de su hijo Omar que, en 2018, fue detenido por la Inteligencia siria mientras caminaba por la calle. «Me lo quitaron y me obligaron a buscarlo durante tres años. No me dejé ni un organismo de seguridad por revisar», cuenta Umm Omar casi inmóvil.
A partir de 1948, tras la creación del Estado de Israel y la expulsión masiva de población palestina durante la ‘Nakba’, los primeros refugiados comenzaron a asentarse en Damasco y su periferia. En las décadas siguientes, nuevos flujos de desplazados llegaron a Siria como consecuencia de los conflictos en países vecinos como Jordania y el Líbano, lo que amplió progresivamente las comunidades palestinas en el país.
Cuando la revolución contra el régimen de Bashar al Assad en Siria estalló en 2011, y a medida que campos de refugiados palestinos quedaban asociados a la oposición o se convertían en escenarios de combate, miles de familias palestinas fueron cada vez más expuestas a detenciones, desapariciones forzadas y controles de seguridad.
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Francisco de Andrés
La Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre la República Árabe Siria publicó en 2013 un informe que ya subrayaba la magnitud de las desapariciones forzadas. El estudio indicaba que «hay motivos razonables para creer que fueron cometidas por fuerzas gubernamentales como parte de un ataque generalizado y sistemático contra la población civil y, por lo tanto, constituyen un crimen de lesa humanidad».
Según la organización Grupo de Acción para los Palestinos en Siria (AGPS, por sus siglas en inglés), al menos 6.675 refugiados palestinos han sido víctimas de desaparición forzada en Siria desde el inicio del conflicto en 2011. La organización considera que la comunidad palestina ha sufrido una de las campañas de desapariciones forzadas más extensas registradas entre las poblaciones del país. Fue en el campo de Yarmuk, el más grande de Siria y que antes de sus grandes edificaciones de hormigón no era más que un conjunto de decenas de tiendas de campaña. En aquel campo, se desató la cadena de ataques, desapariciones y desplazamientos masivos que más tarde se extenderían también a los campos y barrios colindantes, como Yalda.
En este entramado de control y detención, la llamada Rama 235 –o Rama Palestina–, una de las unidades más antiguas y poderosas del aparato de inteligencia de los Assad, jugó un papel fundamental. Creada originalmente a finales de los años sesenta para supervisar las organizaciones palestinas presentes en Siria y vigilar posibles actividades vinculadas a Israel, terminó convirtiéndose en un centro neurálgico de vigilancia política, interrogatorios, detención y tortura de opositores, especialmente de los barrios palestinos.
«No sé cómo lo reconocí. Era un chico atlético, pero todos sus músculos habían desaparecido»
Umm Omar
Madre de uno de los desaparecidos
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Umm Omar buscó allí a su hijo antes de recorrer otros centros. Finalmente lo encontró en la prisión de Sednaya, donde ya no parecía el mismo: «No sé cómo lo reconocí. Su cabeza era tan pequeña…», recuerda con la mirada hacia sus manos, con las que hace un gesto esférico. «Era un chico atlético, pero todos sus músculos habían desaparecido».
Desde entonces, Umm Omar visitó a su hijo periódicamente hasta que, al solicitar una nueva visita en prisión en abril de 2024, le comunicaron que Omar ya no se encontraba allí. Había desaparecido de nuevo y no había forma de encontrarlo. Fue meses después cuando ella se enteró por uno de sus compañeros de celda de que su hijo había fallecido. A día de hoy sigue sin saber cómo ni dónde está su cuerpo.
Patrón repetido
En estos barrios aún habitados mayoritariamente por palestinos, la vida continúa. Los vecinos reconstruyen sus viviendas, abren negocios y reparan la infraestructura del lugar. Pero la herida está aún lejos de sanar. La experiencia de muchas familias palestinas repite el mismo patrón: desaparición, búsqueda, silencio…
La casa de Umm Hisham y su hijo Fuad tiene vistas a una carretera que separa el campo de Jaramana del antiguo edificio de la Rama Palestina. Según antiguos detenidos y organizaciones de derechos humanos, el edificio contaba con varias plantas de oficinas y al menos tres niveles subterráneos destinados a interrogatorios y detención.
«Cada semana se veía salir un camión frigorífico. Veía el camión chorreando sangre y escoltado por tres patrullas. A veces eran tres y otras veces cinco. Iban fuertemente protegidos, con vehículos blindados, francotiradores, armas rusas y granadas, para que nadie se acercara al camión», testifica Fuad, mientras observa el lúgubre edificio abandonado desde su tejado.
Fuad no es solo un testigo del terror que se apoderó del país durante décadas. En invierno de 2012, su hermano Hisham salió de casa para ir a trabajar. Apenas dos horas después, recibió la noticia de que no había llegado al trabajo. «Intentamos comunicarnos con él para ver dónde estaba, pero era imposible. Había unas mujeres visitando a mi madre esa mañana. Yo observaba la situación y no sabía cómo decírselo. No podía. Me iba a otra habitación a llorar, porque la situación era realmente dura».
«Entré en la cárcel de Sednaya. Había gente llorando, otros buscando… Los cadáveres estaban en avanzado estado de descomposición»
Fuad
Hermano de un desaparecido
A partir de entonces comenzó una búsqueda de años, marcada por versiones contradictorias, intermediarios y pagos sin resultado. «Nos decían que estaba en la Rama 215, otros en la Rama 248», explica Umm Hisham. «Cada persona decía una cosa distinta. Yo seguía consumiéndome por dentro». Con el tiempo, la búsqueda dejó de ser solo una espera para convertirse en un sistema de extorsión. Un intermediario llegó a exigir la casa familiar a cambio de información. «Empezó a decir que quería la casa. Decía: ‘O la casa, o el chico muere’», recuerda Fuad.
La familia llegó a considerar cederla. «Mi madre dijo: ‘Démosles la casa y terminemos de una vez’», cuenta. Pero la promesa volvió a romperse en el mismo punto que todas las anteriores. «Todos los que han venido ya se han llevado su parte y se han ido».
La caída del régimen reaviva la esperanza
A finales de 2024, la rápida caída del régimen abrió por primera vez archivos y centros de detención que durante décadas habían permanecido cerrados al escrutinio público. Miles de familias acudieron a cárceles como Sednaya o a sedes de inteligencia como la Rama Palestina con la esperanza de encontrar supervivientes, documentos o cualquier indicio sobre el destino de sus familiares desaparecidos. Fuad hizo lo mismo.
«Entré en Sednaya con mi padre. Había gente llorando, otros buscando, algunos detrás de los escombros. Y yo decía: ‘Dios mío, que no esté muerto’, porque lo que veías allí te hacía llorar durante cien años. Entramos en una habitación. La llamaban la ‘sala de la sal’. La Defensa Civil no nos dejó acercarnos, porque los cadáveres estaban en avanzado estado de descomposición. Solo el olor… Luego subimos al piso superior y encontramos una enorme prensa de hierro. Era gigantesca».
En medio del caos de la prisión de un gobierno desintegrado, Fuad escuchó que seguramente hubiera más desaparecidos en la Rama Palestina. Si eso fuera cierto, Hisham estaría a tan solo unos metros de su casa en el campo de Jaramana. Pero allí tampoco estaba. «Encontramos mujeres y niños saliendo… Entonces comprendimos que en aquella rama no importaba la edad: ni pequeños ni mayores ni mujeres ni hombres ni ancianos», recuerda a pocos cientos de metros del edificio.
Gran parte del campo de refugiados palestinos de Yarmuk quedó reducido a escombros durante la guerra civil en Siria (primera foto). Entre los desaparecidos figura el hermano de Fuad, quien sospecha que sus restos pueden estar enterrados en un campo cerca de su casa (segunda imagen). En la tercera foto, un niño asa pinchitos bajo un cartel de la lucha palestina contra Israel. .
(Alejandro Matrán)
Mientras Fuad sigue esperando noticias de su hermano, miles de familias palestinas continúan en la misma situación. Más de una década después del inicio de la guerra, el destino de miles de refugiados palestinos detenidos por los servicios de seguridad sirios sigue siendo desconocido. Para muchos, la caída del régimen no ha supuesto el final de la búsqueda, sino el comienzo de una nueva etapa marcada por la necesidad de la verdad, identificación de restos y rendición de cuentas.
En este contexto, la Justicia transicional se ha convertido en una de las principales demandas en la nueva etapa política del país. Las autoridades sirias han dado algunos pasos iniciales, aunque el alcance y la implementación de estas medidas siguen siendo limitados y objeto de debate.
Siria abre expedientes sobre crímenes del régimen
La Justicia transicional en Siria surge tras el colapso del régimen de al Assad como sistema aún en construcción, marcado por tensiones entre la rendición de cuentas y la estabilidad política. En este proceso, los tribunales en Damasco y las primeras detenciones de figuras de seguridad buscan establecer precedentes jurídicos sobre crímenes cometidos durante el conflicto.
El caso de Amjad Youssef, exoficial de inteligencia vinculado a la masacre de Tadamon de 2013, se ha convertido en un símbolo central. Su arresto ha sido presentado como un avance en la persecución de crímenes de guerra, aunque organizaciones y analistas advierten sobre el riesgo de una justicia selectiva, centrada en individuos más que en estructuras de mando.
El proceso judicial contra exfuncionarios convive con el debate sobre la capacidad del sistema legal sirio para garantizar juicios independientes. Mientras víctimas exigen la verdad y reparación, sectores críticos alertan de una potencial «justicia performativa» que priorice el impacto político sobre la transformación institucional.
En marzo de 2025, el nuevo Gobierno sirio anunció en un decreto su intención de crear una Autoridad Nacional para las Personas Desaparecidas. Su tarea será la de investigar y esclarecer el destino de las personas desaparecidas, documentar los casos, establecer una base de datos nacional y proporcionar apoyo legal y humanitario a sus familias. Pero estos esfuerzos aún se encuentran en fase de organización y sin un marco institucional plenamente consolidado.
Umm Hisham, la madre que todavía aguarda el regreso de su hijo, se recoloca en la silla y dice: «Hasta hoy seguimos sin saber nada. La gente pedía dinero, pero no nos daban ninguna información. No hubo ningún resultado. Ahora quiero preguntar: ¿todavía hay esperanza? Porque nosotros seguimos viviendo aferrados a la esperanza».