Enero parece quedar muy lejos. En una reunión de banqueros en Dubái, la conversación giraba en torno a si el candente mercado inmobiliario de la ciudad estaba a punto de sufrir una corrección. En una conferencia tecnológica celebrada en Doha, la capital de Catar, todo … el mundo quería hablar de inteligencia artificial. La guerra ya amenazaba Oriente Medio, pero nadie quería creer que llamaría a su propia puerta.
Para el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), un club de monarquías petroleras, los meses siguientes supusieron la mayor conmoción desde 1990, cuando Sadam Husein invadió Kuwait. Puede que la comparación parezca exagerada. La primera Guerra del Golfo se cobró la vida de cientos de civiles kuwaitíes y provocó un desastre ecológico cuando el ejército de Sadam incendió los pozos petrolíferos; las consecuencias de este conflicto son menos visibles.
Miles de ataques iraníes con misiles y drones causaron daños valorados en decenas de miles de millones de dólares, pero, afortunadamente, dejaron pocas víctimas. Aunque el estrecho de Ormuz permaneció cerrado durante casi cuatro meses, los residentes del Golfo no sufrieron ninguna escasez grave. Es una guerra un tanto extraña cuando todavía se pueden conseguir ostras importadas a pesar del bloqueo.
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Sin embargo, en cierto modo, el impacto de esta guerra del Golfo es mayor que el de la primera: en 1990, el CCG era la gasolinera del mundo; hoy es un actor de primer orden en ámbitos que abarcan desde las finanzas hasta la logística y alberga algunos de los mayores fondos soberanos y compañías aéreas del mundo, sus economías suman un valor de 2,3 billones de dólares, más del dos por ciento de la producción mundial, y es un refugio para millones de expatriados, atraídos por la promesa de un oasis seguro y próspero en una región turbulenta. Ese modelo está ahora en entredicho.
Si Donald Trump logra un acuerdo duradero que ponga fin al prolongado conflicto entre ambos países, el impacto sobre el Golfo podría disiparse rápidamente; si, por el contrario, se reanudan los combates, la próxima ronda podría ser más destructiva
Lo que suceda a partir de ahora dependerá, en parte, de las negociaciones entre Estados Unidos e Irán: si Donald Trump logra un acuerdo duradero que ponga fin al prolongado conflicto entre ambos países, el impacto sobre el Golfo podría disiparse rápidamente; si, por el contrario, se reanudan los combates, la próxima ronda podría ser más destructiva. Pocos altos cargos de la región esperan que la guerra vuelva a estallar, pero tampoco confían en una paz duradera y tendrán que convivir con un elevado nivel de riesgo en el futuro previsible.
Esto plantea tres retos: restablecer la confianza, replantear los ambiciosos planes de diversificación de unas economías petroleras que nunca contemplaron un nivel de riesgo semejante y desenvolverse en un complejo escenario geopolítico en el que ya no confían plenamente ni en Estados Unidos, su protector tradicional, ni entre ellos mismos. Algunos lo afrontarán mejor que otros: los Estados del Golfo han compartido un trauma, pero sus consecuencias se dejarán sentir de forma desigual.
A primera vista, podría parecer que Emiratos Árabes Unidos (EAU) ha encajado el golpe más duro desde el punto de vista de la confianza. La federación de siete emiratos, entre ellos Dubái, ha sido atacada en más de 2800 ocasiones, casi tantas como el resto del CCG en su conjunto. Sus estrechos vínculos con Israel y la postura belicista de sus dirigentes parecen situarla permanentemente entre los principales objetivos de Irán en el Golfo.
Muchos expatriados en Dubái se muestran optimistas tanto con respecto a la guerra como al futuro, pero los críticos podrían tachar ese optimismo de forzado
Sin embargo, muchos expatriados en Dubái se muestran optimistas tanto con respecto a la guerra como al futuro, pero los críticos podrían tachar ese optimismo de forzado: EAU ha detenido a ciudadanos por compartir en WhatsApp noticias sobre los ataques iraníes y el número de personas que han abandonado el país durante la guerra es un tema recurrente en las cenas de Dubái, y dado que el emirato no publica estadísticas detalladas de población, nadie tiene una respuesta concluyente.
No obstante, algunos indicios anecdóticos apuntan a que muchos profesionales se han quedado: las autopistas han seguido congestionadas y los centros comerciales, abarrotados. La ciudad es hoy mucho menos de paso que hace unas décadas. Es probable que muchos de quienes se marcharon no tuvieran alternativa, ya que hoteles y otras empresas dependientes del turismo despidieron a miles de trabajadores.
Baja confianza, reservas aún más bajas
El turismo, que representa el 12 % del PIB de EAU, será uno de los primeros indicadores de la confianza general. El verano siempre es una temporada tranquila, pero muchas empresas esperan una rápida recuperación cuando remita el calor abrasador. Aun así, esa recuperación podría ser desigual. «Los rusos y los indios nos dicen que están dispuestos a volver casi de inmediato», afirma un ejecutivo de marketing. «¿Los británicos? A finales de 2027».
Ayuda que EAU disponga de abundantes recursos financieros. Antes de la guerra, el precio del petróleo para lograr equilibrio presupuestario era de apenas 50 dólares por barril, muy inferior al de la mayoría de sus vecinos. Dubái ya ha destinado 2500 millones de dirhams (680 millones de dólares, equivalentes al 0,5 % del PIB) a incentivos por la guerra, por ejemplo, suspendiendo algunos impuestos a las estancias hoteleras y las cuentas de los restaurantes.
Restablecer la confianza será mucho más difícil en los Estados más pequeños del Golfo, especialmente en Baréin. El reino insular entró en la guerra con una ratio deuda/PIB del 146 %, una de las más elevadas del mundo, y sus reservas de divisas apenas alcanzaban para cubrir menos de dos meses de importaciones. A ello se suman unas tensiones de larga data entre la monarquía suní y la mayoría chií del país, que desde hace tiempo denuncia —con razón— sufrir discriminación.
Aunque el petróleo solo representa el 14 % del PIB, aporta aproximadamente el 50 % de los ingresos públicos, y Baréin casi no ha exportado crudo desde marzo
La guerra ha agravado ambos problemas. Aunque el petróleo solo representa el 14 % del PIB, aporta aproximadamente el 50 % de los ingresos públicos, y Baréin casi no ha exportado crudo desde marzo. En abril, Emiratos Árabes Unidos concedió al banco central bareiní una línea de swap de divisas por valor de 5000 millones de dólares. Es probable que haya nuevos rescates. El respaldo de sus vecinos ha ayudado a Baréin a evitar una rebaja adicional de la calificación de su deuda, que ya tenía la consideración de «bono basura». A principios de este mes, una emisión de bonos de 1000 millones de dólares registró una demanda superior a la oferta.
Aun así, todo ello no hace sino aumentar la carga de la deuda del reino: está pagando más del siete por ciento por sus emisiones más recientes, un punto porcentual por encima de las realizadas antes de la guerra. Mientras tanto, durante el conflicto no era raro escuchar a ciudadanos bareiníes expresar simpatía por Irán, incluso cuando el régimen bombardeaba su país y contemplaba la posibilidad de anexionárselo.
El turismo lleva años ofreciendo resultados decepcionantes, y la combinación de inestabilidad e insolvencia dificultará aún más la llegada de nuevos visitantes. Otros sectores también parecen vulnerables. Baréin ha intentado consolidarse como centro logístico para las empresas que abastecen el mercado saudí. Sin embargo, la incertidumbre en torno al estrecho de Ormuz puede convertir esa apuesta en una opción arriesgada. A diferencia de Emiratos Árabes Unidos, que prevé ampliar los puertos de su costa oriental, Baréin carece de una alternativa al estrecho.
El amplio mercado interno ha contribuido a compensar la caída del turismo extranjero y el sector turístico saudí depende sobre todo de los peregrinos religiosos
De hecho, una de las principales lecciones de la guerra es que la geografía importa y el tamaño de Arabia Saudí le ha permitido capear el conflicto mejor que la mayoría de sus vecinos: sus principales ciudades apenas han sufrido ataques iraníes y su espacio aéreo nunca ha llegado a cerrarse, si bien algunas empresas trasladaron temporalmente personal desde Dubái a Riad. Además, el amplio mercado interno ha contribuido a compensar la caída del turismo extranjero y el sector turístico saudí depende sobre todo de los peregrinos religiosos, un negocio mucho más estable que el turismo de ocio.
El reino ya estaba reduciendo el alcance de algunos de sus proyectos más ambiciosos, especialmente Neom, la ciudad futurista que construye en el noroeste del país. En lugar de rascacielos revestidos de espejos y estaciones de esquí en pleno desierto, Arabia Saudí intenta ahora reposicionarse como un centro logístico, con un puerto moderno que conecte a los Estados del Golfo con el mar Rojo. Se trata de un giro sensato. También podría apostar por la inteligencia artificial: los centros de datos construidos en su costa occidental estarían situados a unos 1500 kilómetros de Irán, frente a los escasos 200 kilómetros que separan a otros países del Golfo de territorio iraní. Sin embargo, ni los puertos ni los centros de datos atraerán al tipo de expatriados acomodados que el reino esperaba seducir con Neom. Tampoco crearán muchos empleos para los saudíes, que no parecen especialmente interesados en trabajar como estibadores.
Antes de la guerra, la mayoría de los países del Golfo aspiraban a diversificar sus economías siguiendo el modelo de Dubái: atraer empresarios adinerados y desarrollar economías de servicios basadas en el turismo, las finanzas y la tecnología. En un Golfo donde el riesgo ha aumentado, quizá ya no puedan hacerlo. «La guerra no ha acabado con el modelo de Dubái, pero sí podría acabar con la idea de que todos los países del Golfo puedan convertirse en otro Dubái», sostiene un diplomático europeo.
Catar invirtió cientos de miles de millones de dólares en viviendas, hoteles e infraestructuras para el Mundial de fútbol de 2022, que dejó tras de sí un exceso de capacidad en prácticamente todos esos ámbitos. Kuwait afronta el problema contrario: décadas de parálisis política le han impedido construir casi nada. La prolongada incertidumbre regional puede dejar a ambos países en tierra de nadie. Se prevé que sus economías se contraigan en más de un diez por ciento este año y es posible que no recuperen el PIB previo a la guerra hasta 2028.
Omán siempre ha sido el país atípico del Golfo: un productor mediano de petróleo con una política exterior marcadamente heterodoxa
Omán siempre ha sido el país atípico del Golfo: un productor mediano de petróleo con una política exterior marcadamente heterodoxa. En los últimos meses, ha irritado a sus vecinos al mostrar afinidad hacia Irán y plantear incluso la posibilidad de colaborar con la República Islámica para cobrar peajes en el estrecho de Ormuz. Puede que esa postura lo haya protegido de ataques iraníes de gran envergadura, pero también entraña riesgos propios.
El CCG insiste en presentarse como un bloque de países hermanos, aunque su historia está jalonada de profundas rupturas: hace menos de una década, Baréin, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos impusieron un bloqueo a Catar para castigarlo por apoyar a grupos islamistas. En Washington, mientras tanto, algunos republicanos han llegado a plantear sanciones contra Omán y el propio Trump incluso llegó a sugerir, de forma insólita, bombardear el país.
En realidad, el CCG siempre ha funcionado mejor como espacio de libre circulación y comercio que como un auténtico bloque político. La guerra ha puesto de manifiesto esa falta de cohesión —y podría incluso agravarse—, por ejemplo en el ámbito de la defensa. Estados Unidos lleva años instando a los Estados del Golfo a integrar sus sistemas de defensa aérea, pero la desconfianza mutua lo ha impedido. Además, la necesidad de administrar cuidadosamente las limitadas reservas de interceptores ha favorecido una mentalidad de «empobrecer al vecino».
Ceños fruncidos tras las sonrisas
Tampoco existe consenso en materia diplomática. Catar desempeñó un papel fundamental en la negociación del acuerdo inicial entre Estados Unidos e Irán, firmado el 17 de junio. En los días previos, los seis países del Golfo instaron a Trump a aceptarlo, convencidos de que la alternativa era una nueva escalada bélica. Sin embargo, en privado, muchos altos cargos consideran que se trata de un mal acuerdo.
Arabia Saudí se ha alineado ahora con Turquía, Egipto y Pakistán para intentar influir en la evolución de los acontecimientos, pero los propios saudíes reconocen que se trata de una coalición improvisada y débil, pues ninguno de sus socios dispone de suficiente influencia para convencer a Irán de que ceda en alguna cuestión. Emiratos Árabes Unidos, por su parte, ha permanecido en gran medida al margen de la pugna diplomática: considera a Irán un enemigo irreconciliable y prefiere centrarse en reforzar la disuasión antes que en lo que considera una diplomacia estéril. En consecuencia, el CCG carece de una posición común con respecto a Irán.
Los Estados del Golfo han perdido la confianza en Estados Unidos por verlo demasiado impredecible como para seguir siendo un garante fiable de su seguridad, pero demasiado poderoso como para prescindir de él
Al mismo tiempo, los Estados del Golfo han perdido la confianza en Estados Unidos por verlo demasiado impredecible como para seguir siendo un garante fiable de su seguridad, pero demasiado poderoso como para prescindir de él. Todos intentarán fortalecer sus relaciones con otras potencias medias. China podría ampliar su papel diplomático en la región, aunque hasta ahora se ha mostrado reticente. Las relaciones con Israel dependerán probablemente del resultado de las elecciones previstas para este otoño. Fuentes saudíes bien informadas aseguran que el reino sigue dispuesto a normalizar relaciones, pero únicamente si un nuevo gobierno israelí ofrece una alternativa a la guerra permanente.
Durante décadas, los gobernantes del Golfo ofrecieron a sus ciudadanos un pacto implícito: manteneos al margen de la política y os garantizaremos seguridad y prosperidad. Hoy ni el petróleo ni la promesa de protección estadounidense bastan ya para sostener ese contrato. La guerra no lo ha quebrado, pero sí lo ha desgastado como nunca antes.