Laudelina Romero lleva una silla de plástico, un termo con café frío y una foto de su hijo Gabriel Barros pegada con cinta al pecho. Gabriel es uno de los 379 presos políticos que registra Foro Penal en su último informe. Laudelina lleva más … de 50 días apostada frente a la embajada de Estados Unidos en Caracas. Nadie de dentro ha salido a recibirla. Ninguna autoridad americana le ha dado respuesta. A su lado, otras madres, esposas y hermanas de presos han levantado un campamento que ya parece permanente: lonas, carteles desteñidos por el sol, una mesa con firmas que nadie recoge. Laudelina no habla de geopolítica ni de transiciones. Su petición es más simple y más brutal: que liberen a su hijo. Que el primer punto de cualquier negociación sea la excarcelación de todos los detenidos. Que dejen de soltar presos a cuentagotas, como si la libertad fuera una concesión y no un derecho.
Nadie sabe oficialmente dónde ni cuándo empezaron las conversaciones. Una fuente del Parlamento venezolano del lado oficial asegura a ABC que el diálogo lleva más de 24 horas en marcha, en una casa del sureste de la capital. No ofrece más detalles. De un lado de esa mesa estaría Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional controlada por el oficialismo. Del otro, Dinorah Figuera, representante de la Asamblea Nacional electa en 2015, el último Parlamento reconocido como legítimo por la comunidad internacional. Figuera regresó a Venezuela el 18 de junio, tras ocho años de exilio, con el respaldo explícito del Departamento de Estado.
Lo que falta en esa mesa es tan elocuente como lo que está presente. María Corina Machado, la opositora a la que millones de venezolanos consideran su representante legítima, no encabeza la delegación. En las calles de Caracas, en los grupos de WhatsApp, en las paradas de transporte público, la pregunta se repite: por qué no está ella sentada ahí. Antes de que Figuera pisara suelo venezolano, Machado había dejado claro que la conducción de cualquier negociación le correspondía a ella. Figuera admitió diferencias. Pero la silla principal de la oposición ya estaba ocupada.
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Ludmila Vinogradoff
Hace unos días, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, confirmó que las conversaciones arrancarían la primera semana de agosto. Cuando le preguntaron por Machado, dijo que eso debían decidirlo los venezolanos. Pero dejó claro el mandato de Washington: los partidos políticos deben dejar de ser movimientos de protesta callejera para convertirse en fuerzas electorales. La transición, advirtió, llevará tiempo.
La tutela estadounidense es total. El diálogo no es un ejercicio de buena voluntad, sino una imposición geopolítica acelerada por la devastación del terremoto. Estados Unidos necesita frenar el colapso para evitar una nueva ola migratoria. La reconstrucción de las instituciones, la reforma del Consejo Nacional Electoral y la recuperación de las libertades civiles son los puntos en la agenda de Washington. Para el chavismo, la exigencia es una sola: el levantamiento de las sanciones.
Nadie sabe oficialmente dónde ni cuándo empezaron las conversaciones, pero una fuente oficialista asegura que comenzaron el viernes
Henry Alviarez, coordinador de organización de Vente Venezuela, respaldó la exigencia de los familiares. Pidió una fecha de elección para que sea el venezolano el que decida, y recordó que no puede existir democracia con 379 presos políticos y millones en el exilio. La confianza de Vente Venezuela en Rubio no se traduce en presencia en la mesa.
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El hermetismo ha encendido alarmas en todos los flancos. La diputada Nora Bracho, de Un Nuevo Tiempo, confirmó que la propia Asamblea Nacional de 2015 desconoce los detalles del proceso. Nadie ha discutido ni votado la conformación de la comisión que acompaña a Figuera. Los medios de comunicación estatales confirman que Rodríguez lidera la delegación oficialista, pero mantienen bajo reserva la lista de sus acompañantes.
Esa opacidad ha provocado una fractura inédita dentro del chavismo. Francisco Arias Cárdenas, cofundador junto a Hugo Chávez del movimiento bolivariano, lanzó una andanada pública contra el proceso. Exigió que los representantes oficialistas sean elegidos por las bases. Denunció que el congreso del partido no ha sido consultado y pidió que cualquier acuerdo sea sometido a referéndum. Calificó la Asamblea de 2015 como «fenecida» y cuestionó que el diálogo haya sido «ordenado por el presidente de Estados Unidos». La queja desnuda una verdad incómoda: la cúpula negocia su supervivencia a espaldas de sus propias bases.
Diosdado Cabello, por su parte, ya ha empezado a dinamitar el terreno desde otra dirección. Afirmó en la televisión nacional que esta nueva mesa solo ha servido para dividir a la oposición. La frase suena a provocación, pero también a lectura certera de lo que ocurre al otro lado.
El historial de negociaciones en Venezuela es un cementerio de promesas rotas. Bajo Nicolás Maduro, el país vio fracasar al menos ocho procesos de diálogo. En cada intento, la oposición denunció que el Gobierno incumplió los acuerdos una vez que la presión internacional disminuyó. Antonio Ledezma, exalcalde de Caracas exiliado en España, lo resumió desde su cuenta en X con un proverbio árabe: «Cuando te engañan la primera vez, la culpa es del estafador; pero cuando te dejas engañar con diálogos cinco, diez o veinte veces más, la culpa la tiene el que dialoga y se deja estafar».
«Cuando te engañan la primera vez, la culpa es del estafador; pero cuando te dejas engañar con diálogos cinco, diez o veinte veces más, la culpa la tiene el que dialoga y se deja estafar»
Antonio Ledezma
Exalcalde de Caracas exiliado en España
Esta vez el contexto es distinto. El país está físicamente quebrado. El doble terremoto de junio dejó miles de muertos y una brecha humanitaria que el Estado es incapaz de cubrir. El Gobierno venezolano lleva ya siete días sin emitir cifras actualizadas de fallecidos. Sobre estas ruinas, literales y metafóricas, Jorge Rodríguez y Dinorah Figuera intentan pactar un futuro.
Los venezolanos observan con escepticismo y agotamiento. Han visto esta película demasiadas veces. Saben que Jorge Rodríguez domina el arte de ceder lo mínimo para conservar lo máximo. La ausencia de Machado refuerza la sospecha de que se está cocinando un pacto de élites a cambio de concesiones cosméticas.
El diálogo que arranca este fin de semana no es un triunfo de la política. Es lo que queda cuando todo lo demás ha fallado. Los tiempos y los nombres los decidieron en el Departamento de Estado, no en Caracas. Queda por ver si de esas conversaciones saldrá una hoja de ruta distinta para la transición en Venezuela.