Su nombre es Marta María Ramírez y nunca quiso esconderse tras un seudónimo ni encontrar refugio en el anonimato. Prefirió asumir las consecuencias de decir su nombre, de mirar de frente y sostener sus palabras. Hay algo en su mirada que delata una vida … de convicciones. Una mirada serena, pero marcada por los años dedicados a defender unos principios en los que creyó hasta el punto de estar dispuesta a sacrificarlo todo por ellos.
Marta es compromiso, coherencia y lucha. Tres palabras que difícilmente encuentran espacio bajo un régimen como el cubano, un término que, paradójicamente, todavía hoy le cuesta pronunciar.
«Llamar dictadura al régimen cubano no me da miedo. Sí, claro que siento miedo. Pero lo que me cuesta trabajo es nombrarlo así porque yo crecí allí. Crecí creyendo que podíamos construir un mundo mejor. Decirlo es también una traición a mí misma, a mis ideales, a mi vida y a todos los sacrificios que hicimos. También a los de mi familia, que participó durante todo el proceso revolucionario. Tanto la rama materna como la paterna hicieron lo que pudieron. Unos escondían armas y apoyaban a los rebeldes en el centro de Cuba; otros distribuían y vendían los bonos del Movimiento 26 de Julio».
Una mujer descansa en la terraza de su casa situada en La Habana vieja.
(Álvaro Ybarra Zavala)
No habla desde el resentimiento, sino desde la contradicción de quien un día creyó y después tuvo que enfrentarse a la realidad. Periodista, activista feminista y firme defensora de los derechos humanos, Marta conoce el precio que puede llegar a tener la libertad de decir lo que uno piensa. Aun así, reconoce que todavía no se siente completamente a salvo.
«Quizá algún día lo consiga. Pero mi compromiso es mucho mayor que conmigo misma y con mi hija».
Su compromiso político siempre estuvo ligado a una izquierda que entendía como un espacio de justicia social, libertad y defensa de los derechos humanos. Quizá por eso, una de las heridas que más le cuesta explicar no tiene que ver únicamente con Cuba, sino con la sensación de haber sido abandonada por una parte de quienes durante años consideró de los suyos.
«Siento que una buena parte de la izquierda nos ha abandonado. Vivo como refugiada política en España desde hace casi tres años, aunque yo no siento que me haya ido. De Cuba no me he ido nunca».
Vista general de la plaza de la Revolución en La Habana.
(Álvaro Ybarra Zavala)
Plano general de Centro Habana.
(Álvaro Ybarra Zavala)
Locales en las calles de Centro Habana.
(Álvaro Ybarra Zavala)
Un grupo de adolescentes se baña en el mar junto al malecón.
(Álvaro Ybarra Zavala)
Gente haciendo deporte en el recinto de piscinas de La Habana Vieja.
(Álvaro Ybarra Zavala)
Su mirada crítica también alcanza la forma en que, durante décadas, se ha contado la historia de la Revolución Cubana. Un relato construido, demasiadas veces, desde una imagen romántica, estética y complaciente que ha terminado alejándose de la vida cotidiana de millones de cubanos.
«No se me ocurre un término mejor que pornomiseria. Y no es solo una responsabilidad de quienes nos miran desde fuera; a veces también ocurre desde dentro. De manera voluntaria o involuntaria, se ha contribuido a maquillar la imagen de un régimen que no se sostiene en la vida diaria. Cualquier sociedad es mucho más que una fotografía o una película, pero sí creo que existe una enorme responsabilidad sobre aquello que decidimos contar de esa realidad. Pienso, por ejemplo, en las y los periodistas independientes que, bajo el asedio, el acoso, la persecución del Estado y la criminalización constante de su trabajo, intentan explicar qué está ocurriendo realmente en Cuba. Pienso también en los cineastas que siguen luchando por una ley de cine que les permita trabajar con independencia, contar sus historias y exhibir sus películas dentro de la isla».
«Lo doloroso es sentir esa traición a unos ideales que también eran los tuyos. Yo no estoy en la derecha, pero tampoco quiero estar al lado de esa izquierda»
Marta María Ramírez
Habla con el dolor de quien siente que le han arrebatado un lugar al que pertenecía. No reniega de los ideales con los que creció; reniega de quienes, en su opinión, los han vaciado de sentido.
«Ya ni siquiera me quiero definir como una mujer de izquierdas. Creo que una parte de la izquierda, no toda, obviamente, nos ha traicionado. Cuando hablas con obreros y obreras de izquierdas en España, la gente entiende perfectamente qué está sucediendo, o al menos sospecha de un régimen que lleva casi setenta años en el poder y que ha estado liderado durante décadas por un hombre vestido de verde. Lo verdaderamente doloroso es sentir esa traición a unos ideales que también eran los tuyos. Yo no estoy en la derecha, no puedo estar. Pero tampoco quiero estar al lado de esa izquierda».
Reparto de comida dentro de un comedor social en La Habana Vieja.
(Álvaro Ybarra Zavala)
Esa decepción también se extiende a buena parte de la nueva izquierda española y, en particular, a algunos de sus dirigentes. Marta no habla desde la distancia ni desde la teoría. Lo hace desde la frustración de quien esperaba otra actitud de quienes, al menos sobre el papel, comparten una misma defensa de los derechos humanos.
«Personas como Pablo Iglesias o Irene Montero… Que Pablo Iglesias vaya a La Habana en una flotilla y se hospede en un hotel de superlujo mientras Cuba está apagada y con hambre… puedo imaginar incluso las cenas pantagruélicas de quienes formaban parte de aquella delegación mientras hay gente que no tiene qué llevarse a la mesa».
Su indignación crece cuando habla del feminismo, una causa que ha marcado buena parte de su vida y de su activismo.
«Cuando ves a alguien como Irene Montero, a quien yo le he pedido públicamente en redes sociales que, por favor, se reúna con las compañeras feministas que siguen dentro de Cuba, duele. Los índices de feminicidio, aun siendo un subregistro elaborado por la sociedad civil con la ayuda de la ciudadanía y de la prensa independiente, son altos. En realidad ni siquiera sabemos qué está pasando. En una sociedad apagada, desconectada, el riesgo para mujeres, niñas y niños es todavía mayor. Tenemos mujeres y menores desaparecidos ante la inacción absoluta del Estado», explica.
«Es muy triste que nos llamen mercenarios, gusanos y gusanas por querer una Cuba mejor, una Cuba libre»
Marta María Ramírez
«Irene Montero prefirió reunirse con Díaz-Canel. Con un hombre que preside un régimen que nadie ha elegido. Ni siquiera puede decirse que tenga el mérito de haber luchado por aquello que hoy representa. En Cuba se dice que está «puesto a dedo»; existe otro término que no voy a utilizar porque no comparto esa forma de nombrar a nadie. Es un hombre que ha construido su propia casta política. Un hombre que nos ha negado una ley integral contra la violencia feminicida; que ha negado las desapariciones de mujeres, niñas y niños; que niega la existencia de presos políticos; que da una orden de combate contra un pueblo hambreado que pide libertades pacíficamente en las calles. Sé que España también tiene debates pendientes, como la persecución política del independentismo catalán, pero precisamente por eso estos asuntos deberían formar parte de la agenda de cualquier persona que se considere de izquierdas».
Sin discrepancia posible
En Cuba, sin embargo, la discrepancia no encuentra espacio. La crítica se convierte en un motivo de persecución y cualquier voz que cuestione al régimen pasa a ser señalada. «Es muy triste que nos llamen mercenarios, gusanos y gusanas por querer una Cuba mejor, una Cuba libre de un régimen que no nos permite vivir en paz ni expresarnos».
Con el paso del tiempo, la presión terminó por hacer insostenible una vida que llevaba años condicionada por el miedo.
«Yo no decidí salir de Cuba. Hace mucho tiempo que siento que no decido nada; son otros quienes deciden por mí. La represión contra periodistas independientes y activistas políticos de cualquier signo se recrudeció. No importaba si eras de derecha, de izquierda, feminista o cualquier otra cosa. La represión era para todos».
Ese momento coincidió con uno de los periodos más importantes de su vida.
«Estaba embarazada en 2018. Tuve a mi hija y viví interrogatorios de la Policía política mientras esperaba su nacimiento. Después, cuando ella tenía apenas siete meses y todavía lactaba, volví a ser interrogada con mi hija en brazos. También viví cómo agentes de Policía permanecían apostados frente a la puerta de mi casa para impedirme salir. No solo a las protestas, sino, por ejemplo, a un conversatorio con estudiantes universitarias sobre violencia obstétrica, un tema que yo puse en la agenda feminista cubana y en el debate público. Así de arbitrario es aún el régimen».
Un grupo de mujeres embarazadas en el interior de la maternidad de Trinidad.
(Álvaro Ybarra Zavala)
«Por mi hija decidí quedarme en la retaguardia. Apoyaba desde las redes sociales a distintas organizaciones, verificaba feminicidios y hacía ciberactivismo. En Cuba hay gente presa, ahora mismo, por dar un «me gusta». Me río para no llorar. Es absurdo. O por escribir un comentario en un chat familiar de WhatsApp».
«Ya tenía amenazas de muerte y también de retirarme la patria potestad de mi hija. Entonces salí durante un tiempo para tomar fuerzas. Estaba muy delgada, vivía con un estrés constante y tenía mucho miedo de lo que pudiera ocurrirnos. Aproveché esa salida para que mi hija pudiera recibir atención médica por un problema ortopédico. El tiempo corría en su contra. Lo conseguimos fuera de Cuba gracias a la ayuda de muchísimos amigos. Y, cuando estaba preparada para regresar, empecé a recibir mensajes que me decían: «No lo hagas. Hazlo por tu hija». Pero hubo uno especialmente duro, de alguien vinculado al propio régimen, que volvió a repetir exactamente lo mismo: «No lo hagas. Hazlo por tu hija». Ahí comprendí que aquella decisión nunca sería mía. Si hubiera dependido únicamente de mí, habría regresado».
Niños juegan con un tirachinas en la zona rural del departamento de las Tunas.
(Álvaro Ybarra Zavala)
Un niño campesino, en la fiesta de la cooperativa Ramón Gonzalez Poro, situada en la comunidad de Algaba.
(Álvaro Ybarra Zavala)
Un grupo de adolescentes baila una danza regional durante la marcha contra la homofobia en las Tunas.
(Álvaro Ybarra Zavala)
Pero si hay algo que acompaña a Marta desde que salió de Cuba no es el alivio, sino la culpa. La culpa de quien siente que dejó atrás el lugar al que pertenece. Porque, aunque viva lejos de la isla, nunca ha dejado de imaginar el momento de regresar.
«Soy optimista, pero no estoy optimista».
La frase encierra una contradicción que resume buena parte de su forma de mirar el futuro. Conserva la esperanza, pero desconfía del rumbo que está tomando Cuba.
«Cuba desconoce la democracia o, al menos, la experiencia real de vivir en democracia. También desconoce la libertad de decidir»
Marta María Ramírez
«El futuro que veo para Cuba está inevitablemente relacionado con Estados Unidos y con lo que puedan hacer personas como Donald Trump o Marco Rubio. Y eso me parece profundamente triste. Después de todo lo que hemos luchado, no solo yo, sino varias generaciones durante más de seis décadas, para vivir en un país libre, en un país donde podamos decidir sobre nuestras propias vidas, acabamos mirando otra vez hacia fuera. Cuba desconoce la democracia. Después del periodo colonial hubo momentos de dictaduras muy duras. Cuando estudias la prensa de aquella época, descubres que los grandes episodios de censura y represión siempre coincidían con los momentos de mayor fuerza del movimiento independentista. Después llegó la intervención estadounidense tras la explosión del Maine y se sucedieron gobiernos sometidos a los intereses de Estados Unidos. Muchos de aquellos hombres habían luchado en la manigua (selva), pero terminaron convirtiéndose en grandes corruptos o imponiendo nuevas dictaduras».
Un grupo de jóvenes juega al béisbol en su barrio.
(Álvaro Ybarra Zavala)
Locales se entretienen en un polideportivo de La Habana.
(Álvaro Ybarra Zavala)
«Más tarde llegó Fulgencio Batista y, tras su caída, otra dictadura, la de la Revolución Cubana. Después vino la alianza con la Unión Soviética y pasamos a depender de otro poder. Cuando cayó el bloque socialista, tampoco supimos ser independientes; el régimen tampoco podía serlo. Vivimos uno de los periodos más oscuros de nuestra historia y después apareció Venezuela, su petróleo y el ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de América) con otro modelo de dependencia».
«Por eso digo que Cuba desconoce la democracia o, al menos, la experiencia real de vivir en democracia. También desconoce la libertad de decidir. Desde fuera veo cómo cada vez más personas piden una intervención de Estados Unidos. Y eso me produce una enorme tristeza porque significaría volver al mismo lugar: seguir sin ser verdaderamente libres. Pero tampoco puedo juzgar a quien ha llegado a esa conclusión».
Un grupo de adolescentes se baña en el mar junto al malecón de La Habana.
(Álvaro Ybarra Zavala)
Plano general del malecón de La Habana.
(Álvaro Ybarra Zavala)
No habla desde la resignación. Habla desde la incertidumbre de quien conoce demasiado bien el precio que ha tenido cada intento de cambiar el rumbo de su país. Quizá por eso, cuando le pregunto qué espera del futuro, responde con una mezcla de ironía y deseo.
«En casi todas las predicciones que he hecho me he equivocado. Ojalá también me equivoque en esta. Ojalá logremos sacar a ese régimen a golpe de cazuelas. Ojalá también el mundo escuche de una vez el grito de libertad de los cacerolazos».