No abundan las caras de felicidad en la gasolinera de BP en Atlantic Avenue, a la altura de la avenida Brooklyn, en el distrito de Nueva York con el mismo nombre. «Yo antes llenaba el tanque con 35 dólares, ahora necesito 70», dice Mario, con … el surtidor en la mano y su esposa esperando dentro del coche. «Y mi sueldo sigue igual».
El ‘pump pain’, el dolor del surtidor, se siente con fuerza en EE.UU. Aquí la gasolina está hoy a 4,39 dólares el galón. Sería una ganga en España (un galón son 3,78 litros), pero aquí es un precio disparado. «Hace no tanto estaba a 2,5 dólares», dice Erwin, otro usuario de esta gasolinera, pegada a una de las principales arterias de tráfico de Brooklyn, entre los bocinazos de los camioneros impacientes.
Es una situación que se repite en todo el país, con independencia de las diferencias de precios entre estados. La media nacional del galón de gasolina está en 4,52 dólares, y no llegaba a los 3 dólares el pasado 28 de febrero. En la madrugada de aquel día, Donald Trump se puso una gorra y compartió un vídeo en el que anunciaba el comienzo de una guerra de EE.UU. e Israel contra Irán. Sería una campaña militar rápida, de entre cuatro y seis semanas, con el objetivo de desmantelar el programa nuclear de Irán (algo que ya debía estar conseguido, después de que Trump sostuviera que había quedado «destruido» unos meses antes, en los bombardeos del pasado junio, también de forma conjunta con Israel. Pero esa es otra historia). De paso, la operación permitiría un cambio de régimen en Irán: adiós a la teocracia de los ayatolás, el poder se lo quedaría el pueblo iraní.
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David Alandete
Han pasado más de once semanas desde aquel anuncio. Irán mantiene el uranio enriquecido que motivó la guerra. El régimen de los ayatolás sigue en pie, pese a la eliminación de su líder supremo y otros miembros clave de la cúpula. El Ejército iraní ha sido arrasado, pero mantiene la capacidad de atacar a sus vecinos. Y, sobre todo, Irán ha salvado su gran baza estratégica y militar: el bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde pasa una quinta parte del petróleo y del gas mundiales, además de otros suministros clave, como buena parte de los fertilizantes para la industria agrícola. Ese bloqueo, suspendido en un ‘impasse’, sin avance en las negociaciones con Irán, se nota con fuerza en el surtidor en esta orilla del Atlántico..
«Estos precios nos están matando», asegura Jackson, cuyos ingresos dependen en buena medida de los precios del combustible: trabaja como conductor de Uber y la compañía no compensa el alza en los costes. Pero el dolor va más allá de la gasolinera. En abril, la inflación se situó en EE.UU. en el 3,8%, su nivel más alto desde finales de 2023. Los costes energéticos empiezan a repercutir con claridad en otros bienes y servicios, y muerden cada vez más los bolsillos de los contribuyentes. «Todos sabemos de quién es la culpa», dice Jackson con media sonrisa, sin querer decir el nombre, antes de dar un portazo a la puerta de su Toyota.
En abril, la inflación se situó en EE.UU. en el 3,8%, su nivel más alto desde finales de 2023
Esquivar el problema
La guerra de Irán es, para lo bueno y para lo malo, una creación de Trump. Busca conseguir un éxito diplomático sin precedentes: desmantelar la amenaza iraní, el gran obstáculo a la estabilidad en Oriente Próximo. Pero el impacto económico de la guerra en los estadounidenses lleva también su firma. El 81% de los estadounidenses asegura que el precio del gas está ahogando su situación económica, según una encuesta reciente de NPR/PBS/Marist. Y el 63% le echa la culpa de forma directa al presidente.
Trump ha tratado de sacudirse el problema de los precios. Por un lado, relativizándolo. Ha defendido que la inflación en EE.UU. es mucho menor que con Joe Biden. Es cierto que su antecesor estuvo al volante cuando la inflación llegó al 9%. Pero también que ya había bajado al 3% cuando Trump regresó a la Casa Blanca. Lo mismo que el precio del barril de petróleo, que estuvo disparado con Biden por la guerra de Ucrania, pero que Trump heredó a 80 dólares. Ahora ha llegado a pasar de los 120.
El presidente de EE.UU. también ha defendido que el impacto económico es un «pequeño precio a pagar» por un bien mucho mayor, aplacar la amenaza nuclear iraní. Y ha prometido que será una inflación «a corto plazo» (eso ya lo decía la Administración Biden, y se probó equivocado) y que los precios se desplomarán en cuanto se reabra Ormuz.
El presidente de EE.UU. también ha defendido que el impacto económico es un «pequeño precio a pagar» por un bien mucho mayor, aplacar la amenaza nuclear iraní
Pese a la retórica, Trump sabe que tiene un gran problema encima. Ha tratado de suavizarlo con varias medidas. Desde el comienzo de la guerra, eliminó de forma temporal sanciones al sector petrolífero ruso, para aliviar al mercado energético, aunque eso fuera vestir a un santo para desvestir otro: si Rusia tiene un alivio económico, podrá extender su agresión a Ucrania.
Trump también ha relajado las regulaciones sobre transporte de petróleo y ha liberado millones de barriles de las reservas estratégicas. Su próximo paso, como ha reconocido hace unos días, podría ser la eliminación del impuesto federal que grava al combustible.
Pero esto no eliminaría el ‘blues’ de la gasolinera, la tristeza ante el surtidor. Solo eliminaría unos 18 céntimos por galón en el coste. Y supondría menos ingresos para recursos públicos.
Quizá lo peor es que no está nada claro hasta cuándo puede durar esta situación. Un análisis reciente de la Inteligencia de EE.UU., revelado por ‘The Washington Post’, señalaba que Irán podría aguantar la asfixia económica del bloqueo de Ormuz otros tres o cuatro meses. Es un periodo superior al que se anticipaba. Y no concuerda con las insistencias de Trump de que los iraníes están «desesperados» por llegar a un acuerdo. El presidente de EE.UU. dice que no permitirá que le metan prisa, que no le forzarán a llegar a un acuerdo que no sea plenamente satisfactorio. Pero la realidad es que el reloj corre en su contra.
Ataques demócratas
Las elecciones legislativas son a comienzos de noviembre. Antes del inicio de la guerra, el coste de la vida se había convertido en la gran prioridad electoral de los estadounidenses. La gasolina y la inflación solo multiplican su importancia y cada vez hay más análisis que indican que sus efectos se alargarán durante meses. El índice de confianza de los consumidores que elabora cada mes la Universidad de Míchigan está en su punto más bajo de la historia.
Trump trata de mirar para otro lado. «Yo no pienso en la situación financiera de los estadounidenses», aseguró hace unos días. «No pienso en nadie, solo pienso en una cosa: no podemos dejar que Irán tenga un arma nuclear, eso es todo».
Pero él sabe que los votantes piensan en su bolsillo cuando van a las urnas. Hasta el momento, el coste militar en la guerra de Irán asciende a 29.000 millones de dólares. Pero a eso hay que sumarle los 40.000 millones de dólares que los estadounidenses se han gastado solo en el coste extra del aumento de la gasolina y del diésel. Son casi 300 dólares por familia desde el comienzo de la guerra. Y que serán muchos más si el conflicto se alarga.
Los estadounidenses se han gastado 40.000 millones de dólares que solo en el coste extra del aumento de la gasolina y del diésel
Los demócratas, por supuesto, tratan de sacar partido. «El precio medio de la gasolina es 4,55 dólares por galón», escribió Hakeem Jeffries, líder de la minoría demócrata en la Cámara de Representantes, este viernes en redes sociales. «¿Así es la edad dorada de América?», preguntaba con ironía sobre una de las grandes promesas de Trump. Es el mismo Jeffries que pedía a los republicanos que no hicieran «juegos políticos» cuando el combustible se disparó bajo la presidencia de Biden, por la guerra en Ucrania. Ahora es su carta para recuperar el poder en el Congreso.