«Al gran y orgulloso pueblo de Irán: la hora de vuestra libertad ha llegado; ahora es el momento de tomar el control de vuestro destino».Con estas palabras, en un vídeo emitido en la madrugada del sábado desde Florida, el presidente de Estados Unidos … , con misiles aún cruzando el cielo de Irán tras el ataque inicial, formuló por primera vez de manera explícita, desde 1979, el año de la Revolución Islámica, el cambio de régimen en Teherán. Donald Trump colocó así en primer plano la meta, anhelada durante décadas por sectores en Washington y por aliados regionales como Israel y Arabia Saudí, de poner fin a la teocracia de los ayatolás, ya no solo frenando el programa nuclear o degradando capacidades militares, sino apelando directamente a que la población fuerce una transición política tras la muerte del líder supremo, Alí Jamenei.
Es el primer jefe de Estado que muere en hostilidades directas de EE.UU., una señal de que la operación ha rebasado el umbral de la contención y ha entrado en la lógica de la decapitación del poder para forzar un desenlace político, sin alternativa real sobre la mesa.
Noticia relacionada
Mikel Ayestaran
El presidente lanzó el hasta ahora mayor ataque de su presidencia, ya sin el factor sorpresa que acompañó la ofensiva del año pasado, aquel golpe a las instalaciones nucleares. El viernes 27 de febrero Trump salió de la Casa Blanca rumbo a Texas, hizo una parada en un restaurante de comida rápida en Corpus Christi con su gorra roja, se dejó fotografiar, chocó manos y compró hamburguesas para todos los presentes antes de volar a Palm Beach (Florida), mientras su Administración ultimaba la operación. Ya era patente que un ataque de este calado podía suceder, por el refuerzo naval en el golfo Pérsico, donde acababa de llegar el portaaviones Gerald R. Ford, el mayor del mundo.
La fase inicial comenzó alrededor de las 01.00, hora de Washington, al amanecer del sábado en Irán, con una salva de misiles Tomahawk lanzados desde buques y munición aire-tierra desde aviones de la Fuerza Aérea y la Armada, un arranque que el propio presidente presentó como operaciones de combate y que, por su escala, abre uno de los escenarios más ambiciosos y potencialmente más peligrosos para EE.UU. desde que escaló el pulso con Teherán.
El presidente dijo ser plenamente consciente de que la probabilidad de que haya bajas estadounidenses es alta, sobre todo en bases militares norteamericanas desperdigadas en la región, desde Qatar hasta Jordania, pero sostuvo que es un precio que está dispuesto a pagar. «Aun así, y no hago esta afirmación a la ligera, el régimen iraní busca matar. Las vidas de valientes héroes estadounidenses pueden perderse, y puede haber bajas. Eso a menudo ocurre en la guerra, pero no hacemos esto por el ahora. Lo hacemos por el futuro, y es una misión noble», afirmó Trump.
Las vías de salida iraníes
Irán tiene varias vías inmediatas: ya ha respondido con represalias contra objetivos estadounidenses y aliados en la región y puede ampliar esa pauta con más lanzamientos contra bases, infraestructura militar y apoyo logístico en el golfo, además de aumentar la presión sobre Israel con misiles y drones. Otra opción es escalar en el terreno marítimo y económico, tensando o incluso interrumpiendo el tráfico en el estrecho de Ormuz o reactivando redes para golpear el comercio y las rutas de navegación. También puede optar por respuestas menos visibles pero sostenidas, como ciberataques, operaciones clandestinas o presión a través de milicias aliadas.
Trump fija como objetivo central impedir que Irán obtenga un arma nuclear y, según sus propias palabras, «defender al pueblo estadounidense eliminando amenazas inminentes» del régimen. A partir de ahí enumeró objetivos operativos concretos: destruir los misiles iraníes y «arrasar su industria de misiles hasta el suelo», «aniquilar su Armada», y cortar la capacidad de sus milicias aliadas para desestabilizar la región y atacar a fuerzas estadounidenses. Lo presentó como una operación «masiva y en curso» destinada a evitar que esa «dictadura radical» amenace a Estados Unidos y sus «intereses básicos de seguridad nacional», y remachó el mensaje con el ultimátum a la Guardia Revolucionaria, las fuerzas armadas y la policía para que depongan las armas con «inmunidad total» o se enfrenten a una «muerte segura».
Sin figura de relevo
Es decir, descabezó al régimen y abre un hueco de poder para que los iraníes lo ocupen. Ahí ya no hay una indicación clara por parte de EE.UU.: no se ha identificado a una figura de relevo, como ocurrió en Venezuela con Delcy Rodríguez, ni se ha presentado un esquema de transición con exiliados u opositores reconocibles como interlocutores. Trump lo fía todo a que el descontento social, que durante años ha estallado en protestas y ha sido reprimido por el aparato clerical y de seguridad, se convierta ahora en el motor de una ruptura interna que termine imponiéndose en las calles y en los cuarteles.
Marco Rubio, secretario de Estado, avisó con antelación al llamado Grupo de los Ocho, que reúne a los líderes demócratas y republicanos de la Cámara y el Senado y a los presidentes y portavoces de la minoría de las comisiones de Inteligencia. Según un mensaje difundido por la Casa Blanca, Rubio llamó para «darles un aviso» y logró contactar con siete de los ocho; el único no localizable fue Jim Himes, principal demócrata de la comisión de Inteligencia de la Cámara. Después, Rubio y el director de la CIA, John Ratcliffe, ofrecieron un informe de alrededor de una hora. El Pentágono, por su parte, envió notificaciones a las comisiones de Fuerzas Armadas cuando los ataques ya habían comenzado.
Aun así, la Casa Blanca no pidió una autorización del Congreso para iniciar hostilidades, como se hizo en guerras sostenidas como Irak o Afganistán. Lo que se activa ahora es el marco de la resolución de poderes de guerra: el presidente debe remitir un informe en un plazo de 48 horas tras introducir fuerzas en hostilidades o en situaciones en las que estas sean inminentes; y, si no hay autorización legislativa, empieza a correr el límite de 60 días (con una posible prórroga de hasta 30 días para completar la retirada si se acredita necesidad militar). En paralelo, la Administración intenta encuadrar la operación como una acción de apoyo a Israel y de protección de fuerzas y aliados en la región, aunque el propio Trump, en su vídeo, fue más allá al animar a los iraníes a rebelarse.
Así culmina una progresión que Donald Trump fue construyendo por etapas y que convierte una política de presión en una campaña abiertamente militar. Primero, en 2018, EE.UU. se salió del acuerdo nuclear negociado durante la presidencia de Obama, rompiendo el marco que había limitado y verificado el programa iraní y devolviendo la relación al terreno de sanciones, coerción y choques indirectos.
La muerte de Soleimani
Después, en 2020, llegó el salto cualitativo de la muerte de Qasem Soleimani en Bagdad, una decisión que personalizó el conflicto, elevó el riesgo de represalias y consolidó la idea de que Washington estaba dispuesto a atacar el núcleo operativo del régimen. Soleimani era el líder de la Fuerza Quds, brazo internacional de la Guardia Revolucionaria. Su muerte inflamó a los ayatolás y provocó represalias que Trump dejó pasar, sin buscar mayores hostilidades.
Ya en junio de 2025, EE.UU. amplió la escalada con ataques contra instalaciones vinculadas al programa nuclear, que la Casa Blanca presentó como un golpe preventivo para frenar capacidades estratégicas. Y el 28 de febrero de 2026, Trump remató esa trayectoria con esta misión para descabezar a los ayatolás: ya no como un aviso puntual, sino como una operación «masiva y en curso» que durará, según dijo, al menos una semana.
Desde 1979, cuando militantes tomaron la embajada estadounidense en Teherán, todos los presidentes norteamericanos se han enfrentado al dilema de atacar o no a la teocracia. Algunos estuvieron cerca, otros buscaron componendas, como Obama con su acuerdo nuclear. Pero solo en la segunda presidencia de Trump se ha dado el paso de atacar a semejante escala al poder de una nación que hizo de la frase «Muerte a América» uno de sus lemas. Como dijo Trump el sábado, «sus actividades amenazantes ponen en peligro de forma directa a Estados Unidos, a nuestras tropas, a nuestras bases en el extranjero y a nuestros aliados en todo el mundo».
.