María Corina Machado afrontó este jueves en Washington la que probablemente ha sido la reunión más delicada de su trayectoria política internacional, en un momento en el que Venezuela ha vuelto a ocupar un lugar central, crucial e indispensable en la agenda … estratégica de Estados Unidos. Lo hizo en soledad, sin delegación alguna, sin cámaras y sin margen para el error, en una visita concebida desde el inicio para la discreción absoluta y cargada de señales políticas destinadas a ser leídas más allá de los gestos públicos.
Y al final, según coinciden varias fuentes conocedoras del encuentro, el balance político de la visita fue claro. María Corina Machado se impuso. No en forma de comunicado, comparecencia bajo los focos o fotografía oficial, sino en el terreno que había elegido desde el principio: el de la interlocución directa, el simbolismo medido y la capacidad de situar su visión de una Venezuela futura en el centro mismo del Despacho Oval.
Salió de la Casa Blanca sin grandes gestos públicos por parte de Donald Trump, pero con la constatación de que su figura quedó consolidada como referencia inevitable en cualquier discusión seria sobre el futuro de Venezuela. En una jornada diseñada para el silencio y la ambigüedad, marcó el ritmo y dejó claro que la transición venezolana, si llega, no se decidirá sin contar con la voz de los opositores a los que representa.
El encuentro con la cúpula del Gobierno estadounidense se prolongó más de media hora sobre el tiempo inicialmente previsto. Según fuentes con conocimiento directo de la cita, la conversación se desarrolló en un clima de sintonía poco habitual, con momentos de cercanía y complicidad que rompieron el tono rígido que suele marcar este tipo de reuniones de alto nivel.
Entrega de la medalla del Nobel de la Paz a Trump
El hielo se quebró desde el primer minuto con un gesto de alto valor simbólico: la entrega a Donald Trump de la medalla original de oro del Premio Nobel de la Paz, acompañada de un mensaje explícito de gratitud por el papel que Machado atribuye a Estados Unidos en la defensa de la democracia y la libertad en Venezuela. No hubo cámaras ni declaraciones, pero el mensaje fue inequívoco: reconocimiento político y apelación directa al liderazgo estadounidense en un momento de redefinición estratégica.
La visita comenzó en el Despacho Oval, el espacio más cargado de simbolismo del poder presidencial estadounidense. Allí se produjo un primer intercambio a puerta cerrada, sin testigos externos ni filtraciones, en el que ambas partes tantearon posiciones. Posteriormente, el encuentro se trasladó al comedor privado del Ala Oeste, donde compartieron un almuerzo en un entorno mucho más informal y alejado de la escenografía pública que suele acompañar al presidente. Ese tránsito del escenario institucional al espacio doméstico del presidente fue interpretado por el entorno de Machado como una señal significativa de que se estaba produciendo una conversación política real.
En ese ambiente más contenido, sin la presión del histrionismo ni del espectáculo característico de Trump, la conversación evolucionó hacia un intercambio directo sobre escenarios concretos para Venezuela. Según las fuentes consultadas, el tono fue franco, centrado y constructivo. No se trató de una reunión ceremonial, sino de un tanteo de posiciones en uno de los momentos más delicados del tablero internacional, con Estados Unidos revisando su estrategia hacia Caracas y con el régimen venezolano bajo una presión judicial y política inédita.
Machado llegó a la Casa Blanca en torno a las 12:00 del mediodía. Esperó cerca de una hora antes de ser atendida, sin información precisa sobre cómo se desarrollaría finalmente la cita ni sobre quiénes acabarían participando en ella. Accedió por la puerta oeste, sin prensa, sin anuncio previo y sin escolta política. Vestía un traje blanco, sin abrigo, pese al frío intenso que azotaba Washington ese día. La imagen no pasó desapercibida para quienes la vieron cruzar los controles del Ala Oeste: sola, sin respaldo escenográfico, consciente de que entraba en una conversación que podía marcar el rumbo inmediato de su país.
No llevaba delegación ni equipo visible. Solo ella, su agenda y el peso de una negociación implícita en la que cada palabra, cada gesto y cada silencio contaban. Esa soledad, lejos de debilitarla, reforzó la percepción de determinación. En un entorno cerrado, sin guion previo ni garantías, asumió el riesgo de una reunión completamente abierta, especialmente delicada tratándose de Trump, sabiendo que el margen para influir era tan estrecho como decisivo.
La carga simbólica de la visita no se limitó al contenido de la conversación, sino también a su forma. No hubo fotografías oficiales ni comunicados detallados. Todo se movió en el terreno de las señales políticas, pensadas para ser interpretadas por quienes siguen de cerca la relación entre Washington y Caracas. La entrega de la medalla del Nobel, sin discursos ni cámaras, funcionó como un gesto de reconocimiento, pero también como una apelación directa a la responsabilidad histórica de Estados Unidos en el desenlace venezolano.
El apoyo de los venezolanos
Tras su paso por la Casa Blanca, Machado se desplazó al Capitolio, donde desplegó con mayor detalle sus argumentos ante un grupo amplio y bipartidista de senadores. Allí reiteró su mensaje ante legisladores influyentes como Ted Cruz o Rick Scott. Defendió que el momento que vive Venezuela es histórico y que trasciende lo nacional, al afectar al futuro de la libertad en toda la región. Se presentó como portavoz de millones de venezolanos que reclaman democracia, justicia e igualdad ante la ley.
Ante los legisladores, describió un país sin instituciones operativas, con el Estado de derecho desmantelado y con una economía incapaz de atraer inversión sin garantías jurídicas. Vinculó la reconstrucción nacional al regreso voluntario de la diáspora, insistiendo en que solo una transición real permitiría recuperar el capital humano expulsado en los últimos años. Alertó contra cualquier estrategia que permita al régimen «ganar tiempo» mediante acuerdos parciales y rechazó a Delcy Rodríguez como interlocutora válida para una transición democrática.
Su mensaje fue claro: sin Estado de derecho no habrá estabilidad ni inversión, y cualquier intento de normalización sin reformas profundas solo perpetuará el problema. «Este es un momento histórico: Venezuela solo será libre y podrá reconciliarse con justicia, y cuando lo sea se convertirá en el aliado más fuerte de Estados Unidos en la región», proclamó ante los senadores, apelando a una visión estratégica de largo plazo.
El contraste era evidente. Mientras Machado se movía entre la Casa Blanca y el Capitolio, Nicolás Maduro permanecía detenido en Brooklyn, a más de 300 kilómetros de Washington. Esa imagen, la de la líder opositora tratando de convencer al hombre más poderoso del mundo mientras el dirigente venezolano afronta causas judiciales en Estados Unidos, resumía la excepcionalidad del momento político venezolano.
La visita de hace dos décadas
La visita fue diseñada al milímetro. Sin anuncios, sin filtraciones previas y sin agenda pública, Machado entró y salió por accesos secundarios. En el exterior, en pleno frío, decenas de venezolanos aguardaban sin saber cuándo ni por dónde aparecería. Tras más de una hora de conversación fluida y concentrada, salió por el mismo acceso, se detuvo brevemente a saludar a los suyos y se dio un corto baño de masas antes de desaparecer de nuevo del foco. Sobre Trump, dijo: «Contamos con él para la liberación de Venezuela».
Desde la Casa Blanca, la portavoz Karoline Leavitt insistió en que, en estos momentos, la interlocución formal de la Administración es con el régimen y que Delcy Rodríguez encabeza ese canal, aunque subrayó que el objetivo declarado sigue siendo la celebración de elecciones libres en el futuro. «Eso no ha cambiado», aseguró. Esa posición oficial contrasta con el contenido y el formato de la visita de Machado, que dejó al descubierto las tensiones internas y el delicado equilibrio que Washington trata de mantener entre pragmatismo diplomático y presión política.
En ese espacio de ambigüedad se movió Machado durante su jornada en Washington, con la misma comodidad estratégica que cuando encabezaba manifestaciones frente a la dictadura en Caracas. Sin fotos, sin declaraciones altisonantes y sin garantías, apostó por una estrategia de silencio, gestos y argumentos directos. Una visita cerrada, concebida para influir más en los despachos que bajo los focos, cuyos efectos ahora empiezan a medirse en la política de Trump hacia Venezuela.