Una de las figuras más poderosas de la mitología inuit es Sedna, que gobierna a los animales marinos. Su estado emocional determina si los cazadores tendrán éxito o no en el combate con focas, morsas y ballenas. Cuando los humanos rompen tabúes, Sedna se enfurece … y retiene a los animales en las profundidades, poniendo en peligro la subsistencia de las tribus.
La intención declarada de Trump de hacerse con Groenlandia, incluso por la fuerza y contra un aliado de la OTAN, parece un claro caso de tabú roto, de esos que enfurecen a Sedna. Pero los inuit, lejos de preocuparse por su subsistencia, están volviendo progresivamente sus ojos a Estados Unidos.
Varios partidos políticos groenlandeses quieren hablar directamente con Trump, sin presencia de Dinamarca, en una negociación en la que imaginan una gran era de prosperidad. Para aplacar a Sedna, los chamanes deben viajar espiritualmente hasta ella y «peinar su cabello», un gesto ritual que simboliza restaurar el orden. Pero lo que los políticos groenlandeses parecen ahora dispuestos a peinar con mimo es la melena rubia de Donald Trump.
Lo cierto es que Estados Unidos lleva ya mucho tiempo en Groenlandia. Durante la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. la utilizó como cabeza de puente segura hacia Europa y como sistema de alerta temprana. En ese momento había 14 bases militares estadounidenses en la isla y más de 10.000 soldados estadounidenses. Ahora hay alrededor de 600 militares en la única base operativa, la Base Espacial Pituffik, en el noroeste.
Todavía no existe un radar grande en las Islas Feroe que pueda usarse para monitorizar el Atlántico Norte y la estratégicamente importante «brecha GIUK». Es una zona marítima entre Groenlandia, Islandia y Reino Unido a través de la cual la flota rusa puede llegar desde sus puertos en el mar de Noruega hasta el Atlántico.
Pero Estados Unidos podría expandir sus estructuras militares en Groenlandia tanto como quisiera gracias a un acuerdo de defensa en vigor desde 1951 y modificado en 2004. Los orígenes del acuerdo se remontan a la Segunda Guerra Mundial, cuando Dinamarca fue ocupada por la Alemania de Hitler. En ese momento, Washington temía que la Wehrmacht pudiera usar Groenlandia como trampolín hacia Norteamérica.
Sin objeciones europeas
La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha recordado recientemente que, «si los estadounidenses quieren ampliar su presencia militar, solo deben consultar e informar a las autoridades de Nuuk y Copenhague, nada más». Frederikssen ha reconocido que el acuerdo en vigor les otorga control militar de facto sobre Groenlandia» y los socios europeos han advertido que no habrá por su parte ninguna objeción.
«Estados Unidos tiene tal libertad en Groenlandia que puede hacer prácticamente cualquier cosa que quiera», confirma Mikkel Runge Olesen, del Instituto Danés de Estudios Internacionales en Copenhague, que asegura que «apenas puedo imaginar que Estados Unidos no pudiera conseguir casi todo lo que quiere si tan solo lo pidiera educadamente».
En Groenlandia
Los metales y otras materias primas valen 2,7 billones de dólares. Si se suma el valor de las reservas de petróleo y gas, 4,4 billones de dólares
Basta, de hecho, con echar un vistazo al mapa para ver que el reino de Dinamarca no está en posición de proteger eficazmente Groenlandia y vería con buenos ojos cualquier refuerzo. El argumento de la «defensa nacional» esgrimido por Trump, por tanto, no soporta un mínimo escrutinio.
Algo más difícil de rebatir es su deseo de acceso a los grandes recursos naturales de Groenlandia. De las 34 materias primas que la UE clasifica como críticas, Groenlandia tiene 25. Sus principales depósitos son de grafito, litio, zinc, oro, platino, y mineral de hierro, así como uranio y, sobre todo, tierras raras. El informe ‘Pricing Greenland: The Essence of the Deal’ del American Action Forum (AAF), calcula que solo los metales y otras materias primas valen 2,7 billones de dólares. Si se suma el valor de las reservas de petróleo y gas, 4,4 billones de dólares.
Groenlandia
36,1
millones de toneladas
Esta es la cantidad de tierras rarras que posee la isla, aunque solo 1,5 millones son realmente explotables
Según el Servicio Geológico de Dinamarca y Groenlandia, la isla tiene 36,1 millones de toneladas de tierras raras, pero solo 1,5 millones de toneladas realmente explotables. Y, aunque son cantidades significativas, suponen solamente el 4,4% de las reservas estimadas de China y figuran incluso por detrás de las de Vietnam, Brasil, Rusia, India, Australia y Estados Unidos. La importancia económica de estos yacimientos, además, ha sido hasta ahora limitada. No hay producción significativa porque los yacimientos son difíciles de acceder y la infraestructura necesaria es muy cara.
«Hace 15 años, había muchas licencias mineras chinas en Groenlandia, empresas con sede en Londres, muchas de ellas australianas, pero solo unas pocas estadounidenses han estado activas. Operar en Groenlandia es extremadamente caro, en un mercado controlado por China», señalaba esta semana Nick Baek Heilmann, exfuncionario de Exteriores de Groenlandia y hoy socio sénior de Kaya Partners, en un encuentro online de Global Strategic Communications Council.
«Durante al menos una década, la actividad productiva probablemente seguirá siendo mínima», afirman también los economistas de Capital Economics, que no consideran que Groenlandia constituya ni una palanca de materias primas a corto plazo ni un destino de inversión.
El foco en la ruta comercial ártica
El gran negocio de Trump al hacerse con Groenlandia no reside, por tanto, en el control militar ni en el acceso a los recursos, sino en el dibujo de un nuevo mapa geoestratégico global, basado en su total hegemonía en el hemisferio occidental y en el control de la ruta comercial ártica, adelantándose a Rusia y a China. Hay además un componente de expansión territorial, en la línea del «Lebensraum» de Hitler, salvando las enormes distancias. «Una especie de idea de destino manifiesto, una ambición que también presentó en su discurso inaugural», describe Heilmann.
«Estamos viendo este tipo de impulso y emoción expansiva, más propia del siglo XIX, por parte de Estados Unidos, y sí, es muy difícil atribuirlo a los recursos o a la seguridad. Es más bien un síndrome de salón de Whitehall que una oportunidad económica muy racional», coincide Julian Popov, exministro de Medio Ambiente de Bulgaria y miembro sénior de Strategic Perspective.