Tres años han pasado desde que Israel vivió su propio 11-S. Por tierra y aire cientos de terroristas de Hamás burlaron, el 7 de octubre de 2023, los sistemas de defensa israelíes y atacaron el corazón de un país que disfrutaba de una … jornada festiva. Era sabbat, día sagrado del judaísmo. Miles de jóvenes acampaban y bailaban música electrónica mientras aparecían los primeros rayos de sol en el Festival Nova.
A pocos kilómetros de allí, las verjas fronterizas eran derribadas con excavadoras y, una avalancha de milicianos de Hamás con uniforme de combate, bandana verde al cuello y fusiles de asalto AK-47, se infiltraron en motos y ‘pick-up’ para matar –cuanto más sádico, mejor– cualquier símbolo de vida. Ancianos, jóvenes, niños, bebés e incluso mascotas.
En total, 1.200 personas fueron asesinadas, cientos resultaron heridas y 250 permanecieron secuestradas en los túneles de Gaza. Estas son las secuelas que dejó aquel 7 de octubre, un día que ha pasado a la historia como la peor masacre de judíos desde el Holocausto.
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Mikel Ayestaran
Resulta imposible contar con detalle los últimos minutos de cada una de las víctimas o de quienes les tendieron la mano segundos antes de fallecer, pero el libro ‘Un día en octubre’ (Libros del Zorzal, 2026), escrito por Yair Agmon y Oriya Mevorach, recoge 40 historias personales de los atentados que dan voz a quienes vivieron la tragedia en primera persona, y perdieron la vida. El volumen es un reconocimiento al coraje que la población israelí demostró ante la masacre, según sus propios autores; «un pequeño cauce frente a todo el torrente arrollador de heroísmo» que se vivió en las calles. Shlomo Ron, Netta Epstein, Hadar Bachar y Yossi Landau son algunos de esos héroes que entregaron su vida por sus seres queridos.
Shlomo Ron
85 años
Esperando la muerte en el porche
Nunca abandonó Nahal Oz, el lugar que le vio formar una familia y en el que sus hijos empezaron a dar sus primeros pasos. El 7 de octubre, su casa en el kibutz estaba en plena calma, se notaba que era día festivo. Sus hijas y su nieto viajaron desde Oxford y Rosh Pina, en el norte de Israel, para pasar el fin de semana con él. Durmieron en la casa colindante, especialmente reservada para fechas como esta donde suele haber visita. Coincidía que era Simjat Torá, momento que marca el fin y el comienzo del ciclo anual de lectura del texto sagrado del pueblo judío. Pero a las seis y media de la mañana las sirenas antimisiles dieron la primera voz de alarma: había que acudir a la habitación de seguridad –nada nuevo en la cotidianidad israelí– y echar el cerrojo. «Fue un héroe mucho antes del 7 de octubre. En esa zona siempre hubo peligro y los ataques eran constantes, pero nunca se fueron. En los últimos años caían misiles y morteros, muchas familias se mudaron, pero él no lo hizo», cuenta su sobrina Irit. Ella estaba con Shlomo el día de la masacre, pero la heroica actuación de su tío la salvó.
«Fue muy convincente. No se escondió, ni cerró la puerta. Atrajo toda la atención como el mejor actor en el centro del escenario y esperó a morir»
Irit
Sobrina de Shlomo (en la imagen)
El grupo de Whatsapp con sus vecinos avisó que esta vez la amenaza sí era real e inminente. Había una infiltración terrorista, algo que pudieron comprobar nada más asomarse al jardín. Eran decenas, algunos embozados y otros con el rostro destapado, pero todos con el mismo objetivo: nadie podía salir de allí vivo.
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Shlomo fue actor, incluso después de jubilarse protagonizaba algunas pequeñas obras para la comunidad de su kibutz. Aficionado a la pintura, sus últimos días los pasó con un pincel en la mano y reunido con su gente más cercana. «Hacía un montón de preguntas y contaba historias. Era un señor profundo; hablar con él era todo un gusto», recuerda su sobrina.
Los terroristas inspeccionaban a fondo cada vivienda y no hacían más que detonar cartuchos. Shlomo sabía que los siguientes eran ellos; sus hijas, su nieto, su mujer y su sobrina. Los obligó a atrincherarse en la habitación del pánico y acto seguido salió al porche. Sólo ante la muerte. Se sentó en el sofá tranquilo y esperó a que lo asesinaran. Así ocurrió. Falleció en la recepción de su hogar como el mejor guardián, pero salvó a toda su familia. Los terroristas pensaron que allí no vivía nadie más y que el trabajo estaba cumplido. Irit jamás olvidará cómo su tío se sacrificó por ellos: «Fue muy convincente. No se escondió, ni cerró la puerta. Atrajo toda la atención como el mejor actor en el centro del escenario y esperó a morir».
Netta Epstein
22 años
Apagó una granada con su cuerpo
Quedaban seis meses para la boda. Netta era muy joven, pero sabía que su destino era con Irene. Conquistarla no fue tarea fácil, pero lo había conseguido y no estaba dispuesto a desaprovechar la oportunidad. Aquel sabbat iban a desayunar jahnun –un pastel yemenita– en casa de su abuela, pero todo cambió cuando a las siete de la mañana cogió el móvil y leyó que la habían asesinado. Salió al patio y vio cómo cientos de misiles Qassam lanzados desde Gaza destellaban en el cielo, lo que significaba que la amenaza era real. Su kibutz, Kfar Aza, está a menos de diez minutos en coche de la frontera.
Entraron a la habitación de seguridad, pero los milicianos de Hamás ya se habían fijado en su casa. «Revientan las ventanas de la cocina y vienen a nuestra puerta. En un hebreo muy marcado empiezan a chillar: ‘¿Dónde están? ¡Salgan!’ Y después nos asedian con granadas», relata Irene. Una, dos y tres. Esta última rodó hasta la pareja y cuando estaba a punto de volar por los aires, Netta se abalanzó sobre ella. Murió al instante por la explosión, pero salvó a Irene. «La casa empezó a arder y oí que los terroristas se quedaron discutiendo en la cocina. Acababan de matar a Netta y abrieron la nevera en busca de helados. También cogieron varias latas de refrescos», explica.
«Acababan de matar a Netta y los terroristas abrieron la nevera para coger helados y refrescos»
Irene
Prometida de Netta (ambos en la imagen)
El kibutz estaba infestado de terroristas así que huir por el jardín no era una opción. Irene hizo su pequeño refugio bajo la cama y se tapó con el cuerpo de Netta –medía casi dos metros– que le acompañó hasta el último momento. Nadie la vio hasta que llegaron las FDI y la rescataron. Ahora, cada día que pasa lo vive acompañada por el recuerdo de Netta: «Siempre me decía que una mariposa blanca es señal de que va a ser un buen día, pero casi nunca las veía. Desde que lo asesinaron, veo una todos los días».
Hadar Bachar
13 años
«Papi, no me abandones»
Su hermano Nofar estaba en el Ejército y Rotem en la India. Aquel sábado, Hadar estaba sola con sus padres y con Carmel, su otro hermano. Apenas los primeros rayos de sol aparecían en el horizonte del kibutz Be’eri –donde murieron 134 personas– , el ensordecedor pitido de las sirenas ya puso en alerta a todo el mundo. «Algo no estaba bien, era raro: tantos cohetes en cinco minutos, nunca habíamos visto algo así», relata Hadar.
Todo ocurrió demasiado rápido. Dentro de la habitación acorazada se dieron cuenta que había llegado su momento. Los terroristas empezaron a gritar: «Iftah al bab! Iftah al bab!». Querían abrir la puerta. «Mi papá les dice en árabe que se vayan, son todos niños. En ese instante acribillan la puerta», recuerda Hadar. El traqueteo de los kalashnikov dura varios segundos y tres granadas caen a plomos sobre el suelo. Toda la familia está herida. Su hermano y su madre entran en trance. Tienen metralla por todo el cuerpo y a ella la han disparado en el pulmón.
«Mi papá les dice que se vayan, son todos niños. En ese instante acribillan la puerta»
Hadar Bachar
Víctima del 7-0
Hadar habla emocionada:«Empezaron a quemar nuestra casa, todo se llenó de humo. Cada vez tenían una respiración más débil. Mi hermano pidió que sólo lo enterrásemos con su tabla de surf. Mi madre repetía: ‘Os amo. No tengo nada contra nadie’». Después, murieron.
Con hollín por todo el cuerpo y varios torniquetes, Hadar aguantó doce horas en aquella habitación. Las FDI los rescataron a las siete de la tarde, pero la vida de su padre pendía de un hilo. En el Hospital Soroka le amputaron de urgencia la pierna, pero, al menos, pudo acompañar a su hija en el duelo. Aunque Hadar está viva, explica que desde el 7 de octubre de 2023 todo es más gris: «No tengo nada que decir sobre esta historia. Sueño con volver al kibutz, pero todo cambió. Cuando nos reímos ya no es lo mismo».
Yossi Landau
55 años
Testigos del horror
Hace 25 años, Yossi Landau luchaba por su vida bajo los escombros del World Trade Center. En 2023, tuvo que lidiar con algo aún peor: su memoria. Acostumbrado a trabajar en catástrofes y ver cadáveres de todo tipo, nunca imaginó pasarlo tan mal como el 7 de octubre. «No me mataron las Torres Gemelas. Pero los kibutz de los alrededores de Gaza, sí. En esos kibutz, perdí mi vida», confiesa.
«No me mataron las Torres Gemelas, pero los kibutz sí»
Yossi Landau
Víctima del 7-O
Llenó la furgoneta de bolsas para recoger los cuerpos y salió a la carretera entre el fuego cruzado de los muchos terroristas que todavía quedaban. Allí estaban los muertos, doblegados y con medio torso fuera de los coches. «En uno de ellos, había un matrimonio al que habían disparado. Se notaba que los remataban para asegurarse que no salían vivos de ahí. En el asiento trasero estaba su hija, escondida y llorando», relata Yossi. No sabía cómo tranquilizarla, así que le cantó el Shemá, la plegaria más sagrada del judaísmo. Ahora, cada vez que ve a sus nietas recuerda los ojos de aquella niña: «Durante siete semanas no pude abrazar a mis nietos. No quiero que se contagien de lo que vi. De haberlo sabido, le habría pedido a Dios que me dejara ciego».