La dimisión del responsable de Sanidad Wes Streeting, quien asegura haber perdido la confianza en el liderazgo del primer ministro británico Keir Starmer y tiene intención de presentarse a la carrera para sustituirlo, ha acelerado las conversaciones sobre la sucesión en el Partido Laborista británico. … También el diputado Josh Simons ha anunciado que abandonará su escaño para facilitarle el camino hacia la Cámara de los Comunes a Andy Burnham, considerado como potencial rival de Starmer, pero que necesita ganar un escaño de diputado para entrar en la contienda.
La situación dista mucho de ser excepcional. En la política británica existe una dinámica recurrente que, observada desde España, resulta difícil de entender: la de un primer ministro asediado no solo por la oposición, sino por sus propios diputados.
Le ocurrió a Margaret Thatcher después de once años en el poder y tres victorias electorales. También a John Major, atrapado durante años en la guerra civil que la cuestión europea abrió dentro del Partido Conservador y obligado, igual que hoy Keir Starmer, a gobernar pendiente tanto de la oposición como de sus propios diputados. Le ocurrió a Boris Johnson y también a Liz Truss, cuyo mandato no llegó a los 50 días. Estos casos normalizan la idea de que desafiar al líder es legítimo si se considera que estaba llevando al país o al partido en la dirección equivocada.
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Ivannia Salazar
En el caso de Major, desgastado por las conspiraciones internas, desafió públicamente a sus críticos con una frase que quedó grabada en la historia política británica: «Put up or shut up» («Preséntense o cállense»). Eso dijo al convocar una elección interna para que quienes cuestionaban su liderazgo tuvieran que enfrentarse a él abiertamente. Major ganó aquella batalla, pero salió políticamente debilitado, en una situación que muchos en Westminster comparan hoy con la de Starmer.
Pero esta dinámica es un fenómeno más profundo que simples luchas de poder. La cultura británica de «accountability», es decir, de vigilancia y rendición constante de cuentas del poder político, nace de siglos de desconfianza hacia el poder concentrado. Primero se limitó el poder de la Corona; después, al Gobierno; y finalmente se interiorizó dentro de los propios partidos. En Westminster, cuestionar al líder no se considera necesariamente deslealtad.
Esa «accountability» británica nace de la idea que el diputado pertenece antes a su circunscripción que al aparato del partido. Mientras en España el escaño suele percibirse como patrimonio político de la dirección y la disciplina interna constituye casi un valor estructural del sistema, en el Reino Unido la tradición parlamentaria concibe históricamente al diputado como alguien enviado por una comunidad concreta a Westminster para defender intereses locales, incluso frente a su propio líder. El diputado no es un delegado del partido ante los votantes; es un delegado de los votantes ante el partido, lo que convierte a la británica en una de las culturas más agresivas de vigilancia interna del poder.
En la política británica, el diputado pertenece antes a sus electores que al aparato de su partido
Desde la Magna Carta hasta la Guerra Civil y la posterior ‘Glorious Revolution’, el sistema político inglés fue desarrollando la obsesión constante de limitar el poder de quien gobierna. La ejecución de Carlos I en 1649 dejó una huella extraordinaria en la cultura constitucional, la de que incluso el rey podía ser controlado y castigado por el Parlamento, y terminó asentando una lógica institucional en la que el Gobierno existe mientras el Parlamento lo tolere. La propia Casa Real británica define al primer ministro como la persona «capaz de contar con la confianza de la Cámara de los Comunes». El liderazgo político nunca se considera completamente asegurado, y el diputado rebelde tiene legitimidad cultural.
El filósofo y político irlandés Edmund Burke formuló en 1774 una de las ideas fundamentales de la tradición parlamentaria británica, al afirmar en un discurso que «su representante les debe no solo su trabajo, sino también su juicio». El diputado no fue concebido como un simple ejecutor de órdenes del partido, sino como un delegado de sus votantes, con quienes mantiene un vínculo permanente y cercano. Muchos parlamentarios sienten que su supervivencia política depende antes de su reputación local que de la obediencia al líder nacional.
Diputados que desafían al líder
Esa diferencia cultural explica la importancia histórica del «backbencher», el parlamentario raso que desafía públicamente al Gobierno desde los bancos traseros de la Cámara de los Comunes, lo que en Westminster muchas veces se ve como integridad política. Numerosos diputados británicos han construido su prestigio precisamente enfrentándose a sus líderes.
También explica la naturaleza histórica de los partidos, que funcionan más como una coalición de sensibilidades internas que como una estructura monolítica. En el caso de los ‘tories’, por ejemplo, moderados, euroescépticos, thatcheristas, conservadores ‘one-nation’ o libertarios conviven dentro de la misma organización, obligando al líder a negociar continuamente con su propia bancada.
Margaret Thatcher cayó precisamente por eso, y su caída consolidó la idea de que ningún líder es irremplazable. Después, en 1993, un micrófono abierto captó una frase de John Major en la que llamó «bastardos» a los rebeldes que amenazaban continuamente su liderazgo, lo que terminaría describiendo el estado interno del Gobierno.
La primera ministra más ilustre tumbada por su propio partido fue Margaret Thatcher, tras once años en el poder y pese a ser un referente liberal
El patrón volvió a repetirse en otras ocasiones. La dimisión de Truss, en 2022, justo después de reiterar que no tenía intención de renunciar diciendo «Soy una luchadora, no una desertora», condensó perfectamente la lógica de Westminster. «No puedo cumplir el mandato para el que fui elegida por el Partido Conservador», afirmó frente al número 10, asumiendo que, una vez evaporada la confianza interna, el liderazgo queda destruido.
El periodista y teórico constitucional Walter Bagehot explicó en el siglo XIX que «el secreto eficiente de la Constitución inglesa» consistía en «la estrecha unión» entre los poderes ejecutivo y legislativo. El Gobierno nace del Parlamento, vive dentro del Parlamento y puede morir dentro del Parlamento. El conservador Quintin Hogg, Lord Hailsham, llegó a definir el sistema británico como una «dictadura electiva», para advertir del enorme poder que puede concentrar un gobierno con mayoría parlamentaria y de la necesidad de someterlo a vigilancia constante, incluso desde dentro de su propio partido.
La prensa británica también forma parte de esa tradición. Westminster convive con un ecosistema mediático agresivo, alimentado por filtraciones y diputados hablando «off the record» contra su propio Gobierno. Mientras en otros países las guerras internas suelen ocultarse, en el Reino Unido se libran abiertamente ante la opinión pública. En España, el líder suele resistir porque el partido se cierra para protegerle. En el Reino Unido, el partido puede cerrarse contra él.