Manabu Kondo, «como todos los japoneses», está acostumbrado a los terremotos, pero en la mañana del 11 de marzo de 2011 sintió un temblor tan fuerte que, temeroso de que la casa se le cayera encima, salió al patio y se abrazó a un árbol … . «Duró tanto que pensé que la tierra se iba a partir en dos», rememora. «Nunca olvidaré ese miedo, era solo el principio».
Ese miedo dura ya quince años, el tiempo transcurrido desde la triple catástrofe consecutiva que ha marcado la historia moderna de Japón: un seísmo, un tsunami y un desastre nuclear. En pocos lugares resultan, todavía hoy, tan visibles sus consecuencias como en Namie. Todos los habitantes de este pueblo, a apenas diez kilómetros de la central nuclear de Fukushima, fueron evacuados en masa el 12 de marzo ante la amenaza de la radiación.
Al señor Kondo, sin embargo, le costó tomar la decisión. «No había electricidad, no teníamos información alguna, solo los altavoces públicos que empezaron a emitir una alerta de TEPCO [empresa energética de participación estatal responsable de la planta] apremiando a los residentes en un radio de diez kilómetros a irse. Yo estaba a algo más de nueve, así que me quedé».
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Pablo M. Díez
Su casa, aunque dañada, seguía en pie. Trataba de poner orden entre sus posesiones, convertidas en un batiburrillo caótico, cuando por primera vez en su vida presenció un atasco en la estrecha carretera que atravesaba su pueblo natal. Él siguió a lo suyo, ignorando a los vecinos que escapaban. Le preocupaba que las réplicas abatieran la comprometida estructura, de modo que su mujer y él pasaron la noche en el coche.
«A la mañana siguiente continué recogiendo, hasta que de repente escuché una explosión fortísima». El señor Kondo interrumpe su narración, abre los brazos y grita «¡Bum!». «Supe de inmediato que venía de la central nuclear. Salí a la carretera, miré hacia allí y vi una columna de humo». En efecto: el reactor 1 de Fukushima acababa de estallar, liberando su radiación. En los días siguientes lo harían el 3 y el 4. «Entendí enseguida que era algo muy serio», añade, «pero de todos modos me negué a aceptar la realidad y me quedé», y del tono sombrío pasa a la risa como una detonación.
«Coloqué el futón junto a la puerta, por seguridad. Era marzo y todavía hacía frío, como ahora, así que cogí una estufa de queroseno y las velas que encontré. Seguía sin haber electricidad y el contenido del frigorífico iba a echarse a perder, por lo que puse todo a hervir en una olla sobre la estufa». Los altavoces, que no habían dejado de sonar, ampliaron el radio de evacuación a veinte kilómetros. «Fue entonces cuando asumí que debía irme».
La carretera que comunica Namie con la central nuclear de Fukushima, cortada.
(J.S.)
Vidas perdidas
El señor Kondo condujo entre el asfalto cuarteado por el terremoto, despacio, con la oreja pegada a la radio. Uno de los primeros partes, retransmitido desde lo alto de un helicóptero, contaba que el tsunami había arrasado la costa, donde se veían cientos de cuerpos. «Hasta ese momento solo había podido pensar en mí mismo, pero de pronto me pregunté por la suerte que habrían corrido mis amigos». La magnitud de la catástrofe apenas empezaba a revelarse: la combinación del terremoto y el tsunami provocaría más de 20.000 muertos.
El matrimonio acabó por llegar a casa de su hermana en la ciudad de Fukushima. Iban con lo puesto, así que durante los días siguientes vistieron la ropa de sus familiares. «Acudimos a un examen de contaminación nuclear y resultó que los pantalones de mi mujer eran radiactivos, era la única prenda que todavía conservaba», cuenta. «Tuvo que quitárselos allí mismo. Pasó mucha vergüenza, pero por suerte una voluntaria del Ejército le prestó otros».
La operación para remediar el desastre en la central nuclear no estará terminada antes de 2041
A partir de ahí comenzó el resto de su vida, reducida a una larga espera. El señor Kondo representa la novena generación de maestros de Obori Soma-yaki, la cerámica artesanal de Fukushima. «Mi familia se dedica a esta tradición desde hace trescientos años, todos mis antepasados están enterrados aquí», explica. «Quizá no sea fácil de entender, pero no podría continuar en otro lugar».
Por eso, aunque la radiación le impedía volver a habitar su casa, acudía con frecuencia y desde el otro lado de la valla contemplaba cómo, poco a poco, su hogar ancestral iba derrumbándose. Siete años duró su paciencia, hasta que en 2018 aceptó que sería imposible y abrió un nuevo taller en la vecina ciudad de Iwaki.
El señor Kondo, en su nuevo taller en Namie.
(J.S.)
Entretanto, la compleja operación para remediar el desastre en la central nuclear avanzaba. Avanza, en realidad, porque todavía no ha terminado ni lo hará antes de 2041, según las más optimistas previsiones compartidas con este diario por el ministerio de Exteriores nipón. «El reto más importante es la extracción del combustible fundido, hay que retirar muchas toneladas empleando robots porque no se puede acceder», señala Luis Echávarri, exdirector general de la Agencia de la Energía Nuclear de la OCDE, quien hasta 2023 visitaba las instalaciones todos los años para evaluar la marcha del proceso.
Reacción nuclear
La descontaminación también se ha llevado a cabo en Namie y otras localidades dentro de la zona de exclusión, donde se ha retirado la capa superficial del terreno para limitar la radiación. Con el transcurso de los años las autoridades fueron rebajando las restricciones. En 2024, el señor Kondo recibió un permiso prioritario para asentarse de nuevo. Lo cuenta, y en su voz, más que alegría, se oye alivio.
Sin embargo, muy pocos han tomado la misma decisión. De los 21.000 residentes que había antes de la catástrofe, solo 2.000 han vuelto. Namie parece una población fantasma, repleta de casas vacías, algunas incluso selladas, con objetos cotidianos en el mismo lugar en el que cayeron aquella mañana del 11 de marzo de 2011. Sus calles lucen tan desiertas que el forastero se cruza en su camino con un zorro, y los escaparates de varios locales comerciales advierten con naturalidad que pueden aparecer osos. Y, a modo de explicación, un medidor de radiación en cada esquina.
Un medidor de radiación instalado en la calle.
(J.S.)
La escuela de Ukedo, una de las seis del lugar, se ha transformado en un museo del desastre; un recuerdo particularmente punzante ahora que Japón retoma la energía nuclear. «Todos los reactores del país se cerraron tras la catástrofe para realizar una inspección generalizada», apunta Kenichiro Tanaka, director de la división de Cooperación Nuclear Internacional del Gobierno nipón. «Quince reactores han aprobado el examen y ya han sido reactivados». De acuerdo al Plan Energético Estratégico aprobado en febrero del año pasado, la energía nuclear avanzará hasta aportar un 20% de la electricidad nacional para 2040, frente al 30% que suponía antes del accidente en 2011.
El Gobierno no reconoce el aumento anormal de los casos de cáncer de tiroides infantil en Fukushima
La iniciativa genera sensaciones encontradas entre los vecinos consultados por este medio. Por un lado, TEPCO empleaba a familias enteras en la región, cuya prosperidad estaba ligada a la energía nuclear. Por otro, la desconfianza cala hondo. Al comienzo de la crisis, por ejemplo, un grupo de evacuados fue instalado en un centro comunitario hacia donde el viento dirigió la nube radiactiva pese al conocimiento previo de las autoridades. La médico internista Motomi Ushiyama ha alertado de un aumento anormal de los casos de cáncer de tiroides infantil entre la población de Fukushima, repunte similar al registrado en Chernóbil, relación causal que el Gobierno todavía no ha reconocido.
Franqueados los setenta, la única supervivencia que al señor Kondo le preocupa es la de su arte. Esa es la forma que el miedo desatado hace quince años, mientras abrazaba un árbol, adquiere hoy. Su hijo extenderá el legado a una décima generación; «no tiene elección», zanja con rotundidad. Pero quizá no sea suficiente. Antes había una veintena de cofrades, pero solo él ha regresado. «El pueblo no tiene vida. Si solo queda un maestro artesano, la tradición acabará perdiéndose». Y presagia un desenlace, en parte fatal, en parte retorno. «Volveremos a la naturaleza».