Imaginemos que Europa tuviera un ejército único. ¿Sería este rico continente, con una población mayor que la de Estados Unidos, el marginado geopolítico que es hoy en día? Sin duda, no. Unas fuerzas armadas unificadas que contaran con millones de alemanes, polacos y demás nacionalidades … permitirían a los nerviosos europeos ignorar tanto el revanchismo ruso como el temor al abandono estadounidense. Por desgracia, los 27 países que forman hoy la Unión Europea mantienen 27 ejércitos minúsculos bajo mando nacional, cada uno de los cuales imita lo que hace su vecino. Sin embargo, declarar los asuntos militares una cuestión estrictamente nacional no era el plan original para la integración europea. En virtud de un tratado firmado en 1952, justo cuando se creaba el club que más tarde se convertiría en la UE, Francia, Alemania, los Países Bajos y otras naciones acordaron que el proceso de una unión cada vez más estrecha debía comenzar con la fusión de sus fuerzas armadas bajo un mando único. Es para quedarse atónito ante lo que podría haber sido: un superestado europeo tan cómodo proyectando su poder militar como regulando la potencia de las aspiradoras.
La UE perdió la oportunidad de recurrir al poder duro debido en gran medida a un factor que sigue configurando Europa hasta el día de hoy: el legado del imperio. Cuando, en 1954, llegó el momento de que el Parlamento francés ratificara el tratado sobre el ejército único, se hizo evidente un problema: entregar la defensa de Marsella o París a una fuerza militar que estaría controlada en parte por los alemanes resultaba bastante incómodo tan poco tiempo después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el mayor temor era que este ejército europeo se mostrara reacio a hacer el trabajo sucio de mantener a raya a las colonias francesas. ¿Reprimiría un brigadier luxemburgués a los disidentes argelinos o dispararía un soldado belga a los rebeldes indochinos si se le ordenara? Probablemente no. Francia renegó del plan; Europa se centró en integrar el carbón y el acero en lugar de los tanques, y hasta el día de hoy depende de la buena voluntad estadounidense para su defensa.
La mayoría de las antiguas grandes potencias europeas terminaron reconociendo la independencia de las posesiones de ultramar que la exigían desde hacía décadas. Sin embargo, el pasado colonial del continente influye en su presente de maneras incalculables. Tras haber administrado ingentes extensiones del planeta –en su apogeo, hace un siglo, los imperios de Francia, Gran Bretaña, Portugal, los Países Bajos y otras naciones gobernaban a más de una tercera parte de la población mundial más allá de Europa–, a algunos países les resultó difícil adaptarse a sus precarias circunstancias. En ocasiones, esos vestigios del imperio aparecen en las noticias, como le sucedió recientemente a Dinamarca con Groenlandia. «El hecho de que hace 500 años llegaran allí en barco no significa que sean dueños de la tierra», proclamó Donald Trump, presidente de Estados Unidos –en realidad fue hace más bien 1.000 años, y, de alguna manera, su llegada sí significa que las tierras sean suyas–. Los imperios mueren, pero el pensamiento imperial a veces perdura.
Los partidarios del brexit vendieron un sueño en el que Gran Bretaña podía abandonar el bloque y comerciar con la Commonwealth
Quizás los vestigios más duraderos de la época colonial sean las ilusiones de grandeza residual. Algunos países europeos –principalmente, occidentales– siguen fingiendo ser potencias mundiales, si bien hace mucho que deberían haber empezado a verse como potencias regionales. En los mapas, una gran cantidad de territorios lejanos siguen pintados con los colores de los países europeos. Gracias a unas pocas posesiones que le quedan en el Pacífico, Francia quiere proyectar su influencia en toda la región indopacífica, para frustración de los estadounidenses, que preferirían que se centrara en defender Europa. A quien más ha afectado el espejismo del poder perdido ya hace tiempo es a Gran Bretaña. Los vínculos con el imperio la mantuvieron fuera de la UE durante décadas, ya que buscaba oportunidades comerciales fuera de Europa en sus antiguas colonias. En 2016, los partidarios del brexit vendieron a los votantes un sueño en el que Gran Bretaña podía abandonar el bloque y comerciar con la Commonwealth. Por desgracia, algunos se lo creyeron.
Si el imperio es visible hoy en día, es en las calles de Madrid, Bruselas o Londres. Tener colonias no era un requisito previo para acoger a gran cantidad de migrantes; Alemania, por ejemplo, importó trabajadores de Turquía, con la que no tenía vínculos coloniales. Sin embargo, el imperio creó vínculos lingüísticos y comerciales que facilitaron la rápida afluencia de argelinos a Francia, de angoleños a Portugal, de pakistaníes a Gran Bretaña, etc. Para los escépticos de la migración masiva, se trata de un caso de «el imperio contraataca», un boomerang histórico indeseado que, en muchas ocasiones, ofrece una ventaja: cuando la economía española necesitó trabajadores, permitió la entrada de muchos venezolanos hispanohablantes; los españoles nativos no tuvieron que empezar a pedir sus cortados en inglés.
El recuerdo del imperio sigue teniendo la capacidad de dividir. Una de las divisiones se da dentro de los propios países. Para muchos, especialmente en la izquierda, la era colonial es motivo de vergüenza. Emmanuel Macron, durante su campaña para la presidencia francesa en 2017, condenó la colonización como un «crimen contra la humanidad». En la derecha, prefieren destacar los ferrocarriles, las escuelas y las iglesias construidas en zonas remotas, sin importarles la represión y el expolio –algunos antiguos colonialistas, entre ellos los holandeses, se han disculpado por su comportamiento, pero lo más habitual han sido expresiones excesivamente comedidas de «arrepentimiento»–.
El retorno de la geopolítica del «el poder hace la fuerza» impuesta por Trump recuerda a la época en que los europeos saqueaban el mundo
Otra división es la que existe entre los países europeos, que enfrenta a los que tuvieron imperios con los que no los tuvieron. En ocasiones, en voz baja, los que una vez tuvieron colonias siguen tratándolas como parte de una esfera de influencia informal. Francia, como antigua potencia imperial en gran parte de África occidental, siempre ha sido más propensa a enviar soldados para garantizar la seguridad allí –cuando se la invita– que, por ejemplo, Suecia. En Varsovia y Tallín, por no hablar de Kiev, esta forma de pensar se considera sospechosamente similar a las reivindicaciones de Rusia sobre su antiguo imperio, que en su día incluyó Ucrania y gran parte de Europa central.
El desmantelamiento del imperio
Una lección de los tiempos imperiales pasados que los europeos deberían recordar ahora es lo fácil que es caer presa de una fuerza más poderosa. Durante siglos, Europa moldeó el mundo exterior a través de la conquista. Hoy en día, parece que son los forasteros los que están moldeando Europa. Hablar de que el continente es una «colonia digital» de Estados Unidos es, en todo caso, un eufemismo. El retorno de la geopolítica del «el poder hace la fuerza» impuesta por Trump recuerda a la época en que los europeos saqueaban el mundo. Sin embargo, si la era del imperio realmente ha vuelto, esta vez puede que sea Europa la que caiga.
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