La voluntad de Donald Trump de hacerse con Groenlandia ha vuelto a situar en el centro de la atención mundial a esta isla, cuatro veces más grande que España y de enorme valor estratégico. También en las actividades que China y Rusia … llevan a cabo en sus alrededores, dado que el presidente estadounidense ha caracterizado su empeño como una prevención ante las ambiciones de ambos regímenes.
La conversión en campo de batalla de Groenlandia, y por extensión del Ártico, no resulta novedosa. Durante la Guerra Fría, el círculo polar representaba una frontera entre la OTAN y la Unión Soviética. Sus aguas ofrecían una puerta de entrada tanto al Atlántico como al Pacífico, por lo que Estados Unidos y sus aliados realizaron patrullas regulares hasta la década de los 90.
EE.UU., de hecho, mantiene presencia permanente en Groenlandia desde la II Guerra Mundial, mediante la base aérea de Pituffik, en la costa oeste de la isla. Tiene sentido, por tanto, que este escenario vuelva a adquirir carácter estratégico ante el advenimiento de una segunda Guerra Fría.
Sin embargo, gran parte de sus posibilidades son nuevas, resultado de la intersección entre cambio climático y geopolítica. El deshielo acelerado del Polo Norte brinda nuevas rutas navegables, nuevos recursos naturales y todo lo que la imaginación militar conciba.
La transformación de la orografía facilita el tránsito por las dos principales vías que conectan ambos océanos: el Paso del Noroeste, que bordea la costa septentrional de Norteamérica por aguas canadienses; y la Ruta Marítima del Norte, que discurre frente a la masa continental rusa.
Una y otra se reparten así entre los bloques enfrentados, aunque esta última queda encorchada por la brecha GIUK, la línea que une el extremo norte del Reino Unido con el sur de Groenlandia e Islandia entre medias.
Ahora bien, semejantes fortalezas no son obstáculo en tiempo de paz, y China contempla hoy este pasaje como un provechoso atajo que le permitiría reducir su dependencia de enclaves como el estrecho de Malaca o el de Suez. Por ello, se ha propuesto desarrollarlo bajo la denominación de Ruta de la Seda Polar, parte de su ambicioso proyecto de infraestructuras a nivel planetario.
En septiembre del año pasado, un portacontenedores chino realizó el primer viaje comercial regular por la Ruta Marítima del Norte, con destino final en el puerto polaco de Gdansk. La travesía requirió 26 días, un poco más de lo previsto a causa de retrasos provocados por las condiciones climatológicas, pero de todos modos redujo a la mitad la duración de la ruta tradicional a través del estrecho de Suez, estimada entre 40 y 50 días.
El deshielo del Ártico expone asimismo sus codiciados y antes inaccesibles recursos naturales. Groenlandia, por ejemplo, posee las octavas reservas de tierras raras del mundo, materiales críticos para la industria global cuya producción está controlada por China, monopolio convertido en su principal baza en las disputas comerciales con EE.UU.
Las tentativas previas del gigante asiático por explotarlos, no obstante, se han encontrado con el rechazo local. En 2021, el Gobierno groenlandés desestimó un proyecto para la extracción de tierras raras del yacimiento de Kvanefjeld por su impacto medioambiental.
Intereses legítimos
China se define como «Estado cercano al Ártico», una manera de validar sus aspiraciones. Ya en 2015, actualizó su Ley de Seguridad Nacional para incluir la defensa de sus «intereses nacionales en regiones polares», garantizando su acceso a rutas y recursos, y luego consagraría su propósito de convertirse en un «gran poder polar» para 2030.
«China considera el Ártico como un bien común global, más que como un club cerrado. Para China, el Ártico es indispensable. Al definirse como un ‘Estado cercano al Ártico’, legitima su presencia en una región que posee la clave de la investigación científica, la seguridad energética y las rutas comerciales futuras», señala Cui Shoujun, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Popular de Pekín.
En ese sentido, el régimen ha tomado esta semana la palabra para defenderse de los ataques de Trump. «El Ártico afecta a los intereses compartidos de la comunidad internacional. Las actividades de China en el Ártico tienen como objetivo promover la paz, la estabilidad y el desarrollo sostenible en la región. Estas actividades se ajustan al derecho internacional», aseguraba la portavoz del ministerio de Exteriores, Mao Ning, durante la rueda de prensa diaria del organismo.
Mao añadió que «deben respetarse plenamente los derechos y libertades de los países para llevar a cabo actividades en el Ártico de conformidad con la ley. […] Nos oponemos a que EE.UU. utilice a China o a Rusia como pretexto para perseguir intereses egoístas».
El académico de la universidad pequinesa interpreta que «China percibe las críticas de EE.UU. no solo como una preocupación por el medio ambiente o la soberanía, sino también como un intento de excluir a China del próximo gran tablero político». Y concluye: «Para Pekín, asegurar un punto de apoyo en el Alto Norte es muy importante, ya que las potencias emergentes tienen derecho a participar en la gobernanza del Ártico».
Presencia récord
A lo largo del último año, embarcaciones chinas se han desplegado por aguas de la región con una frecuencia sin precedentes, según informaba en noviembre el departamento de Seguridad Nacional estadounidense. Esta presencia ha incluido hitos como la navegación de submarinos de investigación a más de un kilómetro de profundidad bajo el hielo del Ártico.
Las autoridades siempre han presentado estas iniciativas como programas científicos relacionados con el estudio del cambio climático o, en los términos de un editorial reciente del tabloide oficial ‘Global Times’, expresión del «papel constante de China como garante de la ecología y el clima del Ártico».
La OTAN, sin embargo, ha advertido de que estas misiones a menudo encubren finalidades militares. «A día de hoy, China tiene dos estaciones de investigación permanentes en el Ártico, en Svalbard (archipiélago noruego) y en Islandia, y ha mandado 13 expediciones de investigación a la región, la última en 2025», apunta Helena Legarda, analista del centro de estudios Merics. «A pesar de su nombre, estas actividades no tienen solo objetivos científicos; también buscan desarrollar y probar nuevas capacidades militares».
Esta académica española presentó el pasado mes de octubre una exhaustiva investigación que ilustraba cómo «la implicación de China en las nuevas fronteras es intrínsecamente de doble uso», puesto que «sus actividades civiles siempre van acompañadas de esfuerzos por asegurar ventajas militares para China y desarrollar nuevas capacidades que podría emplear en caso de conflicto».
«China no tiene acceso directo al Ártico ni territorios en la región, así que se apoya cada vez más en Rusia»
Helena Legarda
Analista del centro de estudios Merics
Dichas aseveraciones se sustentaban en el contenido de documentos internos. «La fusión militar-civil es la principal vía para que las grandes potencias logren una presencia militar en las regiones polares», sentenciaba la edición del año 2020 de ‘La ciencia de la estrategia militar’, manual de referencia sobre el pensamiento estratégico chino, editado por la Universidad Nacional de Defensa. China debería «aprovechar plenamente el papel de las Fuerzas Armadas en el apoyo a la investigación científica polar y a otras operaciones», añadía el texto.
Un factor clave en esta dinámica ha sido el marcado acercamiento a Rusia tras la proclamación de su «amistad sin límites», días antes de la invasión de Ucrania en 2022, conflicto que el régimen chino en todo momento ha respaldado de manera implícita.
«China no tiene acceso directo al Ártico ni territorios en la región, así que se apoya cada vez más en Rusia. China y Rusia también cooperan militarmente en el Ártico, y en los últimos años han organizado varias patrullas conjuntas aéreas y navales. Estas operaciones suelen ocurrir cerca de las costas de Alaska, no alrededor de Groenlandia», apunta Legarda.