Ir de la mano de Gustavo Petro o de Claudia Sheinbaum sitúa a Pedro Sánchez en el disparadero de Donald Trump. Cuando la Casa Blanca amplía a Colombia y México las acusaciones que vertía contra la Venezuela de Nicolás Maduro en relación … con el narcotráfico y los grupos de crimen organizado, formar parte de un frente anti-Trump junto a esos países puede poner a España a tiro.
Hace unos meses, Trump ya despotricó de España y amenazó con represalias cuando erróneamente la identificó como parte de los BRICS, organización que intenta poner coto a la influencia internacional de Estados Unidos.
El Gobierno español ha sido el único desde este lado del Atlántico en firmar un comunicado de fuerte condena de la incursión militar hecha por Washington para detener y llevar a prisión a Maduro. Sánchez lo ha rubricado junto a lo que queda de la izquierda latinoamericana: los gobiernos de Brasil, Colombia, México y Uruguay, así como el de Chile, que en dos meses cambiará de signo político.
El resto de los países europeos, que igualmente están a favor del multilateralismo y del respeto del derecho internacional, han actuado con más tiento a la hora de expresar objeciones a la intervención estadounidense en Venezuela, priorizando los intereses nacionales ante la posibilidad, por ejemplo, de un castigo arancelario por parte de Washington. Aun expresando alguna crítica, los socios europeos han evitado atraer las iras de Trump.
Algunos gobiernos americanos, especialmente los que se encuentran en la mirilla de la Casa Blanca, han querido denunciar el expansionismo estadunidense, pero España no está en la zona geográfica sobre la que Trump reclama derecho de injerencia.
Desde el Ministerio de Exteriores se ha venido a justificar a veces la menor beligerancia hacia Rusia y China, en comparación con la posición de otros países europeos, sugiriendo que España se ubica en la otra punta del continente y por tanto no en la primera línea de la confrontación estratégica con esas potencias. Esa lejanía espacial podía haberse aducido ahora para no significarse en contra de EE.UU.
Comunicado retórico
Iberoamérica es un ámbito de especial interés para España, pero el gobierno de Sánchez no lideró –ni en Europa ni en las Américas– la exigencia de hacer valer el abrumador triunfo de la oposición en las presidenciales venezolanas de julio de 2024. Tampoco lo hicieron Brasil, Colombia y México, que se comprometieron a ejercer presión sobre Caracas y no fueron muy lejos; ahora levantan la voz, y España con ellos.
El comunicado conjunto, publicado el 4 de enero, al día siguiente de la operación estadounidense, tiene mucho de la retórica propia de la región. Se define esta como «zona de paz», como si insistir esa etiqueta borrara la violencia de las guerrillas colombianas o los carteles mexicanos.
Se alaba el «respeto mutuo» entre los países, olvidando los irrespetuosos mensajes en redes sociales que se han venido lanzando varios presidentes, entre ellos notoriamente Petro; y se invoca una «unidad regional más allá de las diferencias políticas», cuando las trincheras ideológicas tienen fracturadas o muertas muchas de las organizaciones regionales o subregionales.
Asimismo, el texto lamenta el control que puede establecer Washington sobre el petróleo y el gas venezolanos, obviando que la empresa española Repsol también va a verse beneficiada.
«Patio trasero»
El interés de EE.UU. por el Gran Caribe (México, Centroamérica, Caribe y el norte de Suramérica) no es antojadizo. Al no tener un enemigo planetario como fue la URSS (Rusia ha demostrado en Ucrania que ya no lo es, y China está lejos del vasto dominio territorial soviético), la gran potencia se ha ido retirando del mundo porque ya no ve necesario ni estar presente ni tener aliados: empezó a ocurrir con Obama y Biden y esa tendencia se acentúa con Trump.
Replegado EE.UU. sobre su propio continente, su interés geopolítico se centra en controlar su «patio trasero» –la orientación de sus gobiernos y el destino de sus recursos– y expulsar China de él. Esta dinámica de fondo continuará muy probablemente con otros presidentes, aunque es posible que actúen de modo más dialogante y menos descarnado que Trump.
La Doctrina Monroe, invocada expresamente por la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, que fue presentada en noviembre, ha regresado para quedarse, quizá durante décadas.
Para Washington el control de su entorno geográfico constituye hoy un imperativo geopolítico prioritario, de forma que Trump puede estar tentado a tomar represalias contra quien perciba que se opone a los intereses nacionales estadounidense (combate del narcotráfico y reducción de la inmigración ilegal, entre otros).
Especialmente cuando se trata de un país de otro hemisferio que, sin verse amenazado de forma directa, se alinea con quienes sí pueden sentirse en riesgo y cuyo tono elevado la Casa Blanca puede disculpar con mayor facilidad.
Sopesar los gestos
Petro, por otra parte, no es el mejor compañero de viaje cuando se trata de hilar fino. Pronto a escribir mensajes temperamentales en las redes sociales, denunció un ataque falso de EE.UU. días antes de la incursión para apresar a Maduro y luego aseguró que se produjeron importantes bajas civiles, aunque Caracas no ha mencionado ninguna.
También ha lamentado que Washington vaya a mejorar el sector petrolero venezolano, sin siquiera criticar el expolio al que lo ha sometido el chavismo durante tantos años.
El presidente colombiano ha querido rebajar la tensión con Trump con una reciente conversación telefónica, pero EE.UU. mantiene su amenaza de ataques contra los carteles de la droga en suelo de Colombia y México. Sheinbaum ha sabido tender una mano a Trump al tiempo que mantiene un perfil soberanista de consumo interno, en un equilibrio tan complejo como inestable. Lula ha logrado repeler la agresión arancelaria del presidente estadounidense, pero debe someter cada paso a muchos cálculos.
España puede haber sido el único firmante del comunicado contra la actuación estadounidense sin sopesar bien sus gestos. El estar fuera del alcance de la IV Flota del país norteamericano, ubicada en el Caribe, puede darle una falsa seguridad, pero Trump ha demostrado sobradamente su capacidad coercitiva.