Desde la ventanilla del avión, Minnesota es tundra, pero con una capa de civilización: la autopista, el centro comercial, el barrio de casitas iguales. Todo parte de una costra blanca congelada. Abajo, en tierra, es peor. El termómetro marca 18 grados bajo cero. Si … se le suma el viento, inescapable, la sensación es de -24. Y se espera que empeore, hasta una sensación térmica de 30 bajo cero.
Pero el frente polar que recorre estos días el Medio Oeste no baja la temperatura de las calles de Mineápolis. La principal ciudad de Minnesota se ha convertido en el mayor foco de tensión de Estados Unidos. Desde diciembre, Donald Trump la ha llenado de agentes federales, en el zarpazo más contundente hasta ahora de su política de mano dura con los inmigrantes indocumentados.
Mineápolis es territorio demócrata, una de esas ‘ciudades santuario’, donde las autoridades locales no cooperan con los federales para las deportaciones. Y ha ofrecido resistencia ante el despliegue masivo. Redadas, protestas, enfrentamientos, detenciones indiscriminadas, movilizaciones políticas y sociales se han convertido en el día a día de la ciudad a orillas de un Misisipi helado. La muerte de una activista, Renee Nicole Good, por los disparos de un policía durante un enfrentamiento solo ha profundizado las hostilidades.
El desplome del termómetro despuebla las calles y avenidas del centro de Mineápolis, donde solo se escucha el crujir del hielo bajo los pies de quienes se atreven a caminar. Pero no aplaca las protestas. «Esto es Minnesota, el frío es parte del ADN de la gente que vivimos aquí», dice Andrew, por una avenida en la que manda el viento gélido. «Nos da igual, vamos a seguir yendo a protestar. Con la ropa adecuada, no hay problema. Aquí protestamos también a -20«.
Es difícil creerlo. Con este tiempo, las manos queman incluso con guantes y calentadores, los pies no se sienten, el teléfono se apaga, crecen churretes de hielo en las barbas. «Debe ser que en Minnesota somos diferentes», dice Bunny con una sonrisa desde una protesta. Asegura que ella trabaja en construcción y que con este tiempo no paran. Pero se pone seria pronto: «Estamos yendo a un régimen fascista», sostiene. «Se están llevando a gente, sin más», añade sobre las denuncias de detenciones de ciudadanos estadounidenses, solo por su apariencia de hispanos o somalíes, las dos comunidades de inmigrantes en el punto de mira. «Mi hija es medio mexicana, tiene 16 años y me aseguro de que no salga de casa sin su pasaporte», dice.
Habla desde un paraje desolado a las afueras de Mineápolis, cerca del aeropuerto, donde se repiten las protestas desde hace días. Está enfrente del edificio Whipple, un complejo federal que sirve de base de operaciones a buena parte del despliegue de los agentes que ejecutan las redadas.
Allí siempre hay decenas de personas dedicadas a dejar claro a los federales que no son bienvenidos. «Fuck ICE!«, »¡Que le jodan al ICE!« (las siglas en inglés de la Policía de inmigración y aduanas) es el grito más amable que dedican a los coches que entran y salen del edificio.
Redadas y enfrentamientos callejeros en la nieve
Las redadas de los agentes de inmigración (ICE) en Mineápolis (primera imagen) son respondidas con protestas y enfrentamientos callejeros en la nieve. El sábado, chocaron dos manifestaciones de distinto signo cuando el ‘influencer’ de extrema derecha Jake Lang se presentó en la ciudad para lanzar sus soflamas contra los inmigración y uno de sus seguidores fue agredido por manifestantes rivales (segunda foto). Con temperaturas de 20 grados bajo cero, en las concentraciones hay hasta setas-estufa (tercera imagen)
REUTERS / JAVIER ANSORENA
El frío forma parte de la protesta. La gente reparte parches calentadores, café, pizza caliente. Alguien ha llevado una seta-estufa, de esas que se ponen en invierno en las terrazas de los restaurantes, y da alivio momentáneo a los más débiles.
Se habla del frío no como un inconveniente, sino como una ventaja. «Seguro que esos lo están sufriendo», dice Will, que mira con desprecio a los agentes federales, entre el estruendo de megáfonos, pitos e insultos. Él, de forma incomprensible, solo se tapa la cabeza con una gorra de béisbol. «La mayoría no son de aquí», dice sobre los agentes. «Son de abajo, de Texas, de por ahí. No saben ni cómo se anda aquí».
No es una exageración. En Mineápolis han corrido como la pólvora en redes sociales los vídeos con las volteretas, los resbalones, las caídas de agentes de ICE sobre el hielo de las calles. ‘ICE vs ice’, dicen algunos, en un juego de palabras en inglés que ha ganado popularidad: ‘ICE contra el hielo’. También sirve para diseñar pancartas sentimentales: «Te vas a coger un catarro del ICE (hielo) que hay en tu alma’, reza una cartulina tirada en el suelo congelado.
Pero también se ha llegado a utilizar el frío como verdadera munición: la semana pasada, un protestante tiró aquí un cubo de agua en la salida de los coches de ICE, para forzar el hielo fresco y el resbalón. Y no han faltado las ocasiones en las que los manifestantes han lanzado bolas de nieve o trozos de hielo a los agentes.
«Esto es Minnesota, el frío es parte del ADN de la gente que vivimos aquí. Nos da igual. Vamos a seguir yendo a protestar»
Andrew
Manifestante contra las redadas
Algunos confiaban en que el frente polar, que durará días, enfriaría las tensiones, en medio de amenazas de Trump de invocar la Ley de Insurrección y mandar aquí al Ejército, tras nuevas protestas por un segundo tiroteo de la Policía. En esta ocasión, fue a un inmigrante que se enfrentó a los agentes, según la versión de la Administración Trump. Además, el Departamento de Justicia ha iniciado una investigación criminal contra dos líderes demócratas: el gobernador de Minnesota, Tim Walz, el alcalde de Mineápolis, Jacob Frey.
Pero los ánimos no se han enfriado con la ola polar. Todo lo contrario. En el edificio Whipple volvió a haber disturbios este fin de semana, con arrestos a manifestantes y uso de gas pimienta por parte de los agentes federales. Y el ‘downtown’, el centro de la ciudad, sufrió las peores turbulencias desde el comienzo de esta crisis. Allí se plantó Jake Lang, un ‘influencer’ de extrema derecha, con la intención de quemar libros del Corán e inflamar todavía más las tensiones. Un grupo izquierdista convocó una contramanifestación y el asunto acabó con insultos, peleas, carreras e intervención policial.
Lang, un protagonista del asalto al Capitolio en enero de 2021 —pasó cuatro años en prisión, hasta el indulto general de Trump—, buscaba atención y provocar a la comunidad somalí, de mayoría musulmana. Las tramas de un fraude a las subvenciones sociales en el que han sido imputados decenas de somalíes —la gran mayoría son ciudadanos estadounidenses— ha sido una de las excusas para la intervención de Trump en Mineápolis.
A Lang solo le acompañaron un puñado de seguidores. Con los ánimos desatados, el ‘influencer’ tuvo que salir corriendo, entre agresiones del bando contrario. De nuevo, el frío como arma: además de golpes, le tiraron globos de agua. De lo peor que te puede pasar a 20 grados bajo cero.