Maduro intentó cerrar la puerta de una habitación blindada, pero ya era demasiado tarde. A las 4.29 de la madrugada, hora de Caracas, él y su esposa estaban a bordo del buque USS Iwo Jima estadounidense con destino a Nueva York.
«Lo vi literalmente como si estuviera viendo un programa de televisión», declaró eufórico el presidente Donald Trump a Fox News por teléfono. Más tarde, en una rueda de prensa, comparó la operación con la Segunda Guerra Mundial y con los ataques estadounidenses contra las instalaciones nucleares de Irán el pasado mes de junio.
María Corina Machado ‘regala’ el Premio Nobel de la Paz a Trump, en la Casa Blanca. A la derecha, Trump mantiene un tenso tira y afloja con China (Xi Jinping) por el control comercial a través de aranceles del planeta
EFE /AFP
Tan predecible como el efecto adormecedor de un pisco sour peruano, llegaron las reacciones de condena. El recién investido alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, condenó «la búsqueda del cambio de régimen». El analista de política exterior, seguridad nacional y asuntos políticos, David Rothkopf, lo calificó como la «putinización de la política exterior estadounidense». Las redes sociales se llenaron de acusaciones de que Trump se había vendido a los neoconservadores. El diplomático John Bolton concedió una entrevista en la que básicamente dijo «¡bien hecho!».
América acercándose al año 1900
Todo esto parece estar muy lejos de la realidad. Para encontrar la analogía adecuada, tenemos que remontarnos mucho más allá de George W. Bush en 2001, otros cien años atrás. Los liberales exaltados han desperdiciado una década buscando analogías entre Trump y los dictadores europeos de entreguerras, cuando desde el principio ha quedado perfectamente claro que su estrategia era ‘Made in America’ ‘circa’ (hacia) 1900.
Pocas cosas me dejaron esto más claro que cuando leí la frase «el corolario Trump» en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. (NSS), publicada a principios de diciembre.
Como escribí en estas páginas hace un mes: «La frase más importante de la NSS es: ‘Afirmaremos y aplicaremos un ‘corolario Trump’ a la doctrina Monroe», en alusión al ‘corolario Roosevelt’, llamado así por la afirmación del presidente Theodore Roosevelt en 1904 de que Estados Unidos tenía derecho a intervenir en los países latinoamericanos en casos de «irregularidades crónicas». No hay irregularidad más crónica que la de Venezuela, un país que en su día fue próspero y que Maduro y su demagogo predecesor, Hugo Chávez, han convertido en un Estado fallido. La NSS deja claro que Estados Unidos ya no se quedará de brazos cruzados mientras los delincuentes construyen imperios de narcóticos cuyos principales objetivos son los jóvenes estadounidenses».
El llamado ‘corolario Roosevelt’ declaró que Estados Unidos tenía derecho a intervenir en países latinoamericanos en casos de «irregularidades crónicas»
El ‘corolario Roosevelt’ declaró efectivamente todo el hemisferio occidental como esfera de influencia, y de hecho de dominio, de Estados Unidos. Hoy, tras varias décadas en las que Estados Unidos pareció inhibido en la región hasta el punto de la parálisis, Trump acaba de reafirmar ese principio. Puede que no hable con suavidad, pero sin duda lleva en la mano el gran garrote de Teddy Roosevelt.
Dejaré que otros evalúen lo fácil que será establecer un gobierno legítimo ahora que Maduro se ha ido. Ahora me interesa más el significado más amplio de este eco de la ‘Edad Dorada’ de EE.UU. Al igual que Trump citó a William McKinley como inspiración para sus aranceles en una entrevista de 2024, la expulsión de Maduro de Caracas se entiende mejor como una invitación a retroceder el reloj político poco más de un siglo. Cuanto más contemplo la escena contemporánea, más creo que hemos aceptado colectivamente esa invitación.
Los problemas de nuestros bisabuelos
La política exterior es solo un ámbito en el que estamos intentando retroceder en el tiempo. Aranceles, precios de los alimentos, restricciones a la inmigración, antisemitismo, socialismo, corrupción, vacunas, carrera armamentística: mires donde mires, los problemas de nuestro tiempo son los mismos que debatían nuestros bisabuelos hace 120 años.
A la derecha, tenemos la odiosa figura de Nick Fuentes, que difunde la píldora roja transgresora definitiva: «Hitler era jodidamente genial». No menos absurda es la reciente promesa de Zohran Mamdani de «sustituir la frialdad del individualismo salvaje por la calidez del colectivismo» en la ciudad de Nueva York, precisamente.
Como escribí en mi libro de 2019, ‘The Square and the Tower’, estas figuras serían las beneficiarias inevitables de una esfera pública dominada por unas pocas plataformas de redes que ganan dinero vendiendo la atención de las personas a los anunciantes. Lo que había subestimado era la falta subyacente de material nuevo. Aquí tienes tu elección entre los extremos absurdos del espectro político: fascismo o socialismo. Esa podría haber sido una elección emocionante en, digamos, 1920. Hoy en día, me cuesta expresar lo aburrida que me parece.
Igualmente carente de originalidad es la queja pública sobre la «asequibilidad», una forma abreviada de referirse a las consecuencias adversas combinadas de los aranceles, las restricciones migratorias y la política fiscal y monetaria laxa. A ambos lados del Atlántico, desde la década de 1870 hasta la de 1920, los populistas defendieron los aranceles proteccionistas y las leyes de exclusión. Luego se sintieron consternados cuando los votantes se inclinaron hacia la izquierda, atraídos por consignas socialistas como ‘Pan barato, no militarismo’ y ‘Gravar a los ricos, no al pan del trabajador’. Si este es el tema que le cuesta a los republicanos el control de la Cámara de Representantes en las elecciones intermedias del próximo mes de noviembre, será un resultado político tan predecible como las elecciones intermedias de todos los segundos mandatos presidenciales de mi vida, por no hablar de los que vivieron mi padre y mi abuelo.
Si necesita más pruebas de la política de «regreso al futuro», no busque más allá de Minneapolis. ¿Una maquinaria política demócrata basada en ayudas a los inmigrantes financiadas por los contribuyentes? Timothy Walz, te presento a Tammany Hall (apodo por el que se conoce a la maquinaria política del Partido Demócrata que controló la política de la ciudad de Nueva York mediante la incorporación del voto inmigrante, principalmente irlandeses). Lo llamaría el regreso de la política clientelista si la estafa de Minnesota no beneficiara principalmente a los musulmanes.
La relación de China y Estados Unidos
Uno de los mejores libros que leí cuando era estudiante universitario, y que me convenció de que podría dedicarme profesionalmente al estudio de la historia, fue ‘El auge y la caída del antagonismo anglo-alemán’, del historiador Paul Kennedy. Publicado en 1980, poco antes de que Kennedy se trasladara de East Anglia a Yale, sigue siendo un relato maravillosamente rico sobre cómo la relación inicialmente amistosa entre el Reino Unido y el Reich alemán se agrió y finalmente estalló en la Primera Guerra Mundial. Vale la pena releerlo hoy, cuando Estados Unidos y la República Popular China vuelven a recorrer minuciosamente ese arco narrativo.
El año pasado, Trump aumentó los aranceles estadounidenses sobre las importaciones chinas hasta niveles equivalentes a un embargo. Su administración continuó con las restricciones a la exportación destinadas a impedir que el sector tecnológico chino se pusiera al día en la carrera por la inteligencia artificial. Los chinos tomaron represalias, igualando cada arancel impuesto por Trump, y luego jugaron su carta ganadora: restricciones a la exportación de los elementos de tierras raras que China ahora monopoliza en mayor o menor medida. Mientras tanto, China continuó con su frenético rearme. El año terminó con la llamada ‘Misión Justicia 2025’, una demostración a gran escala del poderío aéreo y naval chino en los cielos y aguas cercanas a Taiwán.
Desde 2018, he comparado repetidamente el deterioro de las relaciones entre China y Estados Unidos con una segunda Guerra Fría, en la que China ocupa el lugar de la Unión Soviética. Teniendo en cuenta cómo terminó ese conflicto, es una analogía bastante tranquilizadora. Al igual que mi amigo y colega Steve Kotkin, considero que la China actual es «fuerte por fuera, frágil por dentro». En algún momento, las patologías internas del régimen del Partido Comunista Chino lo arrastrarán hacia abajo, o al menos eso es lo que hay que esperar.
Una analogía menos reconfortante es la del antagonismo anglo-alemán. En términos tanto geopolíticos como geoeconómicos (el neologismo de moda), los Estados Unidos de hoy recuerdan cada vez más al Imperio Británico eduardiano: sigue siendo la potencia hegemónica, pero cada vez más un «titán cansado». Las ambiciones chinas, por otro lado, se hacen eco de las de un Reich alemán ascendente y disciplinado, que busca su «lugar bajo el sol». Estados Unidos, al igual que Gran Bretaña en 1906, ha dejado de lado la industria manufacturera y destaca en los servicios financieros. China, al igual que la Alemania guillermina, se centra en la industria. En resumen, es la conocida historia del poder establecido y el poder emergente. Atrapada en medio, Europa es como la Austria-Hungría de los Habsburgo: lastrada por la burocracia y los intereses fracturados, intentando llevar a cabo reformas atrasadas que parecen marginales en relación con los retos a los que se enfrenta.
Cabe destacar que la captura de Maduro se produjo poco después de la llegada de una delegación china a Caracas
Al igual que hace 120 años, hay puntos conflictivos en la región. Al igual que los recurrentes conflictos en los Balcanes, sobre los que el decadente Imperio Otomano había perdido el control, las guerras continúan en Oriente Medio y en el antiguo territorio imperial ruso que ahora es Ucrania. Hay contratiempos periódicos sobre Taiwán, como los que solía haber sobre Marruecos. Al igual que a principios del siglo XX, las grandes potencias se ven tentadas a intervenir en pequeñas guerras locales, a pesar del riesgo evidente de que la guerra por el poder de hoy en día pueda convertirse en una guerra mundial si llegan a enfrentarse directamente. Cabe destacar que la captura de Maduro se produjo poco después de la llegada de una delegación china a Caracas.
La tecnología ha cambiado el siglo
Se puede insistir en que el mundo actual es irreconociblemente diferente al mundo de, digamos, 1906, porque la tecnología lo ha cambiado todo, en particular, el avance de la inteligencia artificial. A mi modo de ver, lo sorprendente es lo poco que todas las nuevas tecnologías han cambiado la naturaleza de la política.
Al igual que la electrificación a principios del siglo XX, la IAes una tecnología de uso general que, con toda seguridad, remodelará la economía mundialde formas que nos cuesta imaginar (nos encontramos aproximadamente en la misma situación que nuestros antepasados en 1906, que tenían más de una empresa entre las que elegir cuando querían electrificar sus hogares). Sin embargo, hasta que lleguemos a una nueva era de IA omnipresente, los efectos a corto plazo son predecibles. Los enormes gastos de capital, impulsados por el insaciable apetito de los grandes modelos lingüísticos por la capacidad informática, contribuyen a un mayor crecimiento, inflación y tipos de interés de lo que veríamos en otras circunstancias.
Los principales beneficiarios son los inversores inteligentes que poseen acciones de las siete magníficas empresas tecnológicas y los expertos en IA que pueden cobrar una fortuna por sus habilidades. Los perdedores son todos esos jóvenes brillantes con títulos en Informática, Derecho y Finanzas que ya detectan la drástica reducción de los puestos de trabajo para principiantes. A diferencia de los trabajadores manuales, cuyas vidas se vieron trastornadas repetidamente por la Revolución Industrial, pero que fueron capaces de crear un poderoso movimiento sindical, los trabajadores de hoy en día tendrán dificultades para organizarse. La ‘Edad Dorada’ requirió una enorme mano de obra para trabajar en las fábricas siderúrgicas y textiles. Es probable que la era de la IA ofrezca menos oportunidades de empleo masivo.
Hay diferencias, por supuesto. 1906 fue el segundo año del segundo mandato de Theodore Roosevelt (y sí, su partido perdió un montón de escaños en la Cámara de Representantes). También fue el año del terremoto de San Francisco, un importante precursor de la crisis financiera de 1907. Quizás algún gran desastre natural nos pille a todos desprevenidos en 2026. (me ha dado un escalofrío la noticia de que la administración Trump está recortandolos equipos de respuesta y recuperación de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias). En la década de 1900, era la China de finales de la dinastía Qing la que corría el peligro de ser dividida por las grandes potencias, en su mayoría europeas. Hoy en día, la situación se ha invertido: hay una «lucha por Europa» en la quelos exportadores chinos desempeñan un papel protagonista.
Sin embargo, en general, el mundo de la década de 2020 se parece mucho al que describió tan brillantemente Paul Kennedy: un mundo de grandes potencias en competencia, con el Imperio Británico como potencia geopolítica dominante y Alemania como el rival más agresivo. Y, al igual que nosotros, hace 120 años la gente prestaba más atención a las batallas políticas internas sobre aranceles, impuestos e inmigración que a los posibles focos de conflicto entre las grandes potencias.
El papel de Alemania
No espero que la carrera armamentística en el Indo-Pacífico provoque una guerra entre Estados Unidos y China en 2026. Pero en 1906 eran relativamente pocas las personas que podían imaginar la gran conflagración que se avecinaba ocho años después. Una de ellas era el diplomático británico Eyre Crowe, quizá porque él mismo era medio alemán (también se casó con una alemana). En enero de 1907, redactó su famoso ‘Memorándum sobre el estado actual de las relaciones británicas con Francia y Alemania’, que también merece la pena releer hoy en día.
«Alemania -escribió Crowe- aspira claramente a desempeñar en la escena política mundial un papel mucho más importante y dominante que el que le corresponde según la distribución actual del poder material».
«Los vagos e indefinidos planes de… expansión… no son más que la expresión del sentimiento profundamente arraigado de que Alemania, gracias a la fuerza y la pureza de su propósito nacional, el fervor de su patriotismo, la profundidad de su sentimiento religioso, el alto nivel de competencia y la honesta perspicacia de su administración, el éxito en todas las ramas de la actividad pública y científica, y el elevado carácter de su filosofía, el arte y la ética, se ha ganado el derecho a reivindicar la primacía de los ideales nacionales alemanes. […] En toda la tendencia de la política alemana [hay] pruebas concluyentes de que aspira conscientemente al establecimiento de una hegemonía alemana, primero en Europa y, finalmente, en el mundo», escribió Crowe.
Los chinos ven hoy a los estadounidenses como veían los alemanes a los británicos hace 120 años: arrogantes, codiciosos y demasiado poderosos
Si eliminamos la referencia a la religión y sustituimos «Alemania» por «China», nos acercamos bastante a la opinión que muchos legisladores estadounidenses tienen hoy en día sobre las ambiciones de Xi Jinping. Pero, ¿cómo ven los chinos a Estados Unidos? De forma muy similar a como los alemanes veían al Imperio Británico hace 120 años: como arrogante, codicioso y demasiado poderoso.
«Nos vemos en Taiwán»
La última reunión oficial de Nicolás Maduro antes de su partida no deseada a Nueva York fue con el enviado especial de Pekín para asuntos de América Latina y el Caribe, Qiu Xiaoqi. El sábado, el Ministerio de Asuntos Exteriores de China condenó la intervención estadounidense como un «acto hegemónico» que «violaba gravemente el derecho internacional y la soberanía de Venezuela, y amenazaba la paz y la seguridad en América Latina». Yo lo traduzco como: «Nos vemos en Taiwán».
Quizás no sea sorprendente que la era de la IA se parezca más al siglo XIX que a la ciencia ficción, un resultado previsto por Neal Stephenson en su deslumbrante obra maestra -‘La era del diamante’-, donde las desigualdades creadas por las nuevas tecnologías se manifiestan en una cultura elitista neovictoriana. A fin de cuentas, la IA es un sistema para reprocesar el conocimiento existente. Los grandes modelos lingüísticos ingieren todos los datos que hemos convertido en formato digital y luego los devuelven en forma de respuestas determinadas probabilísticamente a nuestras preguntas.
Quizás la ironía suprema de nuestro tiempo sea que la rápida adopción de la IA atrape a la política en un bucle fatal. La única opción interna es elegir entre Fuentes y Mamdani. Y la única cuestión de política exterior es cuándo, y no si, comenzará la Tercera Guerra Mundial.