Dicen que los colombianos son trabajadores, que han aprendido a levantarse a lo largo de los años después de cada una de las dificultades que ha atravesado su país. Dicen también que son amables y solidarios. Quienes llegan de visita suelen terminar reconociendo esa sonrisa … gentil y una capacidad particular para seguir adelante, incluso cuando las circunstancias parecen empeñadas en decir lo contrario.
Colombia conoce bien las tragedias. En 1985, la erupción del volcán Nevado del Ruiz provocó una avalancha que arrasó Armero, en el departamento del Tolima, y dejó una de las imágenes más dolorosas de la historia reciente del país. A ello se suman décadas de violencia y conflicto armado que han obligado a millones de colombianos a reconstruir sus vidas después de perder familiares, hogares o territorios.
Sí, los colombianos saben lo que significa empezar de nuevo cuando parece que todo se ha ido. Pero también han aprendido algo más: a extender la mano cuando es otro quien lo ha perdido todo. Y estos días, en Cali, esas manos están por todas partes.
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Stephanía Montero
Unas levantan escombros. Otras cargan cajas con alimentos. Algunas sostienen una linterna durante toda la noche para que un bombero pueda continuar buscando. También están las que preparan una cama para una familia que ya no tiene dónde dormir.
Después del terremoto del 10 de agosto, mientras la ciudad intenta comprender la magnitud de lo ocurrido, una red espontánea de solidaridad se extiende entre edificios clausurados, centros de acopio, albergues y zonas de rescate.
Perderlo todo y seguir en pie
Laura mira con tristeza el edificio que hasta hace unos días era su casa.
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Permanece unos minutos frente a él, casi inmóvil, intentando comprender todo lo que ha ocurrido desde aquella mañana. El edificio Sottomonte, situado en una de las zonas más afectadas del sur de Cali, permanece clausurado debido a los graves daños que sufrió su estructura. Una cinta amarilla rodea ahora el perímetro y marca una frontera sencilla pero dolorosa: de este lado se puede estar; del otro, ya no.
El terremoto del 10 de agosto obligó a Laura a bajar rápidamente por las escaleras. Salió entre polvo, escombros y el desconcierto de quienes todavía intentaban comprender por qué se movía todo a su alrededor.
Como muchos caleños, aquella mañana se preparaba para comenzar una semana laboral cualquiera. No hubo tiempo para recoger documentos, ropa ni objetos personales. Mucho menos para pensar qué llevarse. Solo había que salir.
La sociedad civil colombiana se ha volcado en ayudar a los afectados por el terremoto.
(Felipe Delgado)
El trabajo de años quedó atrapado en el tercer piso del edificio. Sus pertenencias siguen allí, detrás de una cinta que ahora le impide acercarse a aquello que hasta hace unos días formaba parte de su cotidianidad. Pero después del terremoto su primera preocupación no fue la casa. Fue su madre.
Jimena vivía a unos dos kilómetros de distancia y Laura salió inmediatamente a buscarla. Las calles que encontró en el camino eran distintas a las que había recorrido cientos de veces. Había caos y una bruma provocada por el polvo de las edificaciones que habían colapsado. Personas llorando, otras intentando llamar por teléfono, vecinos preguntando por familiares y hasta mascotas desorientadas que cruzaban de un lado a otro las vías sin que nadie pudiera detenerlas. Cada calle parecía tener su propia emergencia.
Cuando finalmente llegó al condominio Pío XII, en el barrio El Lido, el panorama tampoco era alentador. Un cúmulo de escombros dominaba la escena. Laura comenzó a preguntar por su madre a quienes permanecían en los alrededores.
En ese momento importaba poco lo demás. Segundos después encontró a Jimena cerca de la portería. En medio de una ciudad que contaba edificios derrumbados y viviendas destruidas, aquel abrazo se convirtió para ellas en la única cifra verdaderamente importante: las dos estaban vivas.
Ahora ninguna tiene certeza de dónde vivirá. En ambos conjuntos residenciales la orden está dada: no podrán regresar, al menos en el corto plazo. Tendrán que pensar después qué ocurre con sus pertenencias, dónde instalarse y cómo comenzar de nuevo.
La incertidumbre pesa. Pero Laura lo resume de una forma mucho más sencilla: por ahora están juntas. Han perdido sus casas, pero siguen en pie.
Luz en la oscuridad
Cuando el sol desaparece después de jornadas que superan los 30 grados en Cali, comienza otro problema. La noche transforma los rescates.
En algunos sectores afectados por el terremoto los cortes eléctricos dificultan todavía más el trabajo de bomberos y rescatistas. Encontrar un camino seguro entre hierros, concreto y estructuras inestables ya es complicado durante el día. Hacerlo en la oscuridad puede convertir cada movimiento en un riesgo.
Y fue precisamente allí donde Lucio Vidal descubrió que aquello que había utilizado durante años para crear imágenes también podía servir para encontrar personas.
Dedicado al mundo audiovisual, Vidal ha pasado buena parte de su vida entre cámaras, flashes y equipos de iluminación. Ha cubierto eventos, fotografiado artistas y creado imágenes a través de sus lentes. Para él, como para cualquier profesional audiovisual, la luz siempre ha sido fundamental. Es además una de las herramientas en las que más ha invertido durante su carrera. Lo que jamás imaginó es que después del 10 de agosto esas luces terminarían apuntando hacia edificios destruidos.
Los equipos que antes iluminaban un escenario, un artista o una producción audiovisual ahora permiten distinguir una grieta, observar una estructura inestable o señalar el punto exacto donde debe retirarse un bloque de concreto
Ante los cortes eléctricos y la iluminación precaria de algunas zonas de rescate, Vidal y otros profesionales audiovisuales de Cali decidieron llevar sus equipos hasta los puntos afectados.
«Nuestra labor específica es apoyar en la iluminación. Nosotros llegamos con luces de cine, de producción, incluso con luces 100, que son las más básicas. Con todo eso alcanzábamos a rodear todo el perímetro, que era lo que nos pedían los bomberos», explicó Vidal a ABC.
Él insiste en algo: su trabajo no sustituye al de un rescatista. No pretende hacerlo.
Pero cuando cae la noche, una luz colocada en el lugar correcto permite que quienes sí están preparados para buscar supervivientes puedan continuar trabajando. Los equipos que antes iluminaban un escenario, un artista o una producción audiovisual ahora permiten distinguir una grieta, observar una estructura inestable o señalar el punto exacto donde debe retirarse un bloque de concreto.
Las jornadas comienzan alrededor de las cinco de la tarde. Pueden terminar a las seis de la mañana del día siguiente. El sol es quien los releva.
Vidal reconoce que lo más difícil no ha sido el cansancio. Tampoco cargar los equipos o pasar toda una noche despierto. Es el dolor que encuentra alrededor. Saber que mientras transcurren las horas todavía hay personas atrapadas produce una mezcla de impotencia y tristeza difícil de abandonar cuando termina el turno. Ya son más de 30 profesionales audiovisuales los que forman estas cuadrillas y apoyan las labores en más de cinco edificaciones colapsadas.
Cuando muchos se marchan a descansar y la oscuridad cubre las zonas de emergencia, ellos llegan. Encienden sus equipos. Y durante unas horas cambian los estudios y escenarios por montañas de escombros. Son, literalmente, quienes ponen luz en la oscuridad.
De pista deportiva a albergue
Pero no todas las transformaciones provocadas por una tragedia tienen que ver con destrucción. Hay lugares que cambian para convertirse en refugio.
Hasta hace pocos días, la Unidad Deportiva Jaime Aparicio estaba dedicada al deporte. Allí conviven algunas de las principales disciplinas practicadas en la ciudad: atletismo, natación, hockey, béisbol y voleibol, entre otras. Entrenadores, gestores y trabajadores administrativos llegaban cada mañana pensando en deportistas, competencias, escenarios y entrenamientos.
Hoy hablan de colchones, alimentos, cobijas y damnificados.
Parte de la Unidad Deportiva se ha transformado en uno de los albergues de la ciudad, con capacidad para recibir a más de 150 personas afectadas, además de servir como punto de apoyo para rescatistas y para la distribución de la ayuda humanitaria que continúa llegando a la capital del Valle del Cauca. También cambiaron las funciones de quienes trabajan allí.
Los entrenadores dejaron temporalmente sus rutinas deportivas. Los gestores aplazaron parte de sus labores habituales. Los administrativos cambiaron reuniones y planificación por jornadas para recibir, cargar, clasificar y distribuir ayudas.
El terremoto necesitó apenas unos minutos para cambiar la vida de miles de personas. Reconstruir lo que dejó a su paso necesitará meses y, posiblemente, años
Desde el lunes, los turnos prácticamente no se detienen. Llegan camiones con alimentos, agua, bebidas hidratantes, cobijas, sábanas y otros elementos. Cada vehículo obliga a poner nuevamente en marcha una cadena de personas: alguien descarga, otro clasifica, otro registra y alguien más determina hacia dónde debe enviarse cada producto.
Aquí las profesiones parecen quedar suspendidas por unas horas. Importa poco quién era entrenador, fotógrafo, funcionario o vecino antes del terremoto. Importa ayudar.
Y quizá sea esa una de las imágenes que mejor permiten comprender la Cali de estos días. Una ciudad herida, con edificios que ya no pueden habitarse y familias que todavía intentan entender qué harán mañana, pero también una ciudad en la que cada persona parece buscar aquello que sabe hacer para ponerlo al servicio de los demás.
Laura no sabe cuándo podrá regresar a casa. Lucio no sabe cuántas noches más tendrá que cambiar los escenarios por zonas de rescate.
En la Unidad Deportiva tampoco saben durante cuánto tiempo las canchas tendrán que convivir con colchones, cajas y familias damnificadas. Nadie tiene todavía todas las respuestas.
El terremoto necesitó apenas unos minutos para cambiar la vida de miles de personas. Reconstruir lo que dejó a su paso necesitará meses y, posiblemente, años. Habrá edificios que no volverán a levantarse de la misma manera y familias que tendrán que comenzar desde cero.
Pero entre las grietas también ha aparecido otra cosa. Las manos.
Las de quien abraza a su madre después de pensar durante minutos que podía haberla perdido. Las de quien presta las herramientas con las que se gana la vida para que otros puedan seguir buscando supervivientes. Las de quien cambia una cancha por un albergue y un entrenamiento por una jornada descargando alimentos.
Dicen que los colombianos saben levantarse. En Cali, por estos días, quizá la explicación sea más sencilla: cuando uno cae, siempre aparece alguien dispuesto a tenderle la mano.