El robot araña el asfalto cargado de agua mientras un dron ronda en las alturas. A ritmo lento, se incorpora a la carretera en dirección a Druzhkivka. Un soldado ucraniano mira al cielo, apunta y dice: «Es nuestro. Es un vampiro». Pero las ráfagas de … fusil cercanas podrían hacer pensar lo contrario. La máquina se detiene unos segundos que se alargan demasiado. O al menos esa es la sensación. Al toque, el aparato volador da la espantada y el robot enfila hacia el frente. Además de las garrafas, porta un mensaje con grandes letras blancas en el morro. La traducción más cercana al español sería »¿Y a mí qué?«.
El cielo nublado de hoy protege del sol que cae a plomo en el Donbás. Desde este punto todavía faltan unos cuantos kilómetros para llegar a la ciudad de Druzhkivka. Lo más seguro es recorrerlos a pie. Gastar un dron en una persona saldría menos a cuenta que detonarlo contra un vehículo. A ambos lados del arcén se entiende esta lógica. Una furgoneta se oxida enmarañada en una red de pesca que debía protegerla. No es el único cadáver metálico que se divisa en la calzada. La realidad en el este de Ucrania toma prestada una arquitectura propia de la ciencia ficción.
Lo ideal es cruzar el puente rápidamente. Estos puntos suelen estar más vigilados desde el aire. Tres hombres y una mujer esquivan la hendidura del viaducto y advierten que no quieren fotos. Salen de la ciudad tras indicar cómo se llega mejor al centro urbano. Alguna que otra furgoneta ‘pick-up’ levanta el polvo a toda velocidad. Los defensores, rifle en mano, tienen el detalle de saludar desde el maletero. Lucen como vaqueros con chaleco antibalas a la caza del cuadricóptero.
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Álex Bustos
Ya en los suburbios de Druzhkivka, las casas de planta baja con jardín se suceden. Asoman un par de vecinos que tratan de hacer sus recados sin dejar de dar los buenos días. Eugen se dirigía a una de las dos tiendas que quedan abiertas. En cambio, decide tomarse la molestia de invitar a los forasteros a un té.
Los zumbidos no turban su andar. Vive con cuatro gatos, pero su favorito es Tomás, un fold escocés naranja «que tiene hasta pasaporte». Eugen saca agua fresca del pozo y pone a hervir la tetera en el hornillo portátil de gas. El proceso lleva más tiempo del esperado. Después de dejar sobre la mesa algunos dulces, se fuma un cigarrillo. «Para mí lo más difícil de estar aquí es la soledad», confiesa este antiguo empresario de galletas. A Druzhkivka lo ata el miedo a ser movilizado en la guerra porque tiene 43 años.
«Para mí lo más difícil de estar aquí es la soledad»
Eugen
Antiguo empresario de galletas
La actividad económica no se para a unos 12 kilómetros de las líneas de combate. Algunos comerciantes atienden sus puestos en lo que queda del mercado local. El ánimo aquí es distinto: «Si hay periodistas, nos bombardean», grita una mujer al tiempo que esquiva el cráter que dejó una bomba rusa. Un año antes, cuando todavía se podían comprar manzanas en la vecina Kostiantynivka, se escuchaba el mismo reproche.
El tercer eslabón
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Más allá de Druzhkivka sigue una carretera que separa dos mundos. Por aire se puede llegar rápido. Con nitidez, uno de los monitores muestra la ciudad de Kostiantynivka desfigurada. Los hombres de la 93 Brigada Mecanizada Independiente Jolodny Yar tratan de mantener a los rusos a raya allí. Sus herramientas son monitores, tabletas y una buena conexión a internet.
En la primera imagen, un soldado de la 93 Brigada Mecanizada atraviesa una calle llena de escombros por los bombardeos rusos. En la segunda, fachadas calcinadas por los impactos de los drones sobre Druzhkivka. En la tercera, la emblemática estatua de los enamorados resiste entre las ruinas. .
(Miriam González)
«En Kostiantynivka la situación es difícil. El enemigo trabaja de forma muy activa. Y, cuanto más consigue penetrar, es peor para Druzhkivka, Kramatorsk y Sloviansk», explica David.
El oficial enumera de corrido el cinturón de fortalezas del norte de Donetsk. El principal escollo de Moscú para controlar todo el Donbás. Las tropas del Kremlin presionan activamente desde tres ejes principales con el fin de expulsar a los defensores. Al norte, hacia Sloviansk. Al este, sobre Kostiantynivka y, cada vez más, Druzhkivka, el tercer eslabón de la cadena. Y, al sur de la aglomeración desde el sector de Dobropilia y Pokrovsk, buscan castigar la logística y obligar a Kiev a repartir sus reservas.
La puerta de entrada más oriental del cinturón es Kostiantynivka. Y los invasores están dentro. La ciudad aguantará si «las brigadas consiguen estar completamente equipadas con efectivos, medios técnicos, drones y mando de artillería», afirma David.
Esta es la dirección prioritaria de los rusos en los últimos meses. Ahí es donde más avanzaron. Pero las ganancias territoriales ya no reflejan, por sí solas, el estado del campo de batalla. Las líneas del frente se han difuminado en zonas grises atravesadas por infiltraciones constantes.
«Dicen que donde ha llegado el pie del soldado ruso ya es su territorio. Aunque después hayan destrozado ese lugar y ya no quede nadie. No importa. La lógica soviética se sostiene en eso. Así se gestiona ese Ejército. Sencillamente es esclavitud», describe el militar de la 93.
«Dicen que donde ha llegado el pie del soldado ruso ya es su territorio. Aunque después hayan destrozado ese lugar y ya no quede nadie»
David
Oficial de la 93 Brigada Mecanizada Independiente Jolodny Yar
Los enamorados de bronce siguen abrazándose en el centro de Druzhkivka frente a un cruce de caminos. La estatua que acompañaba las fotos de los recién casados tiene marcas de la metralla en sus entrañas. Viking vigila mientras los suyos remiendan las mallas de plástico. «Los drones no les hacen demasiado daño. El problema son las pesadas bombas aéreas guiadas».
El voluntario danés, que chapurrea español, observa los dos monitores que captan la imagen en vivo del dron. Al lado, en un refugio de hormigón se lee un mensaje en inglés dirigido al presidente de Estados Unidos: «Señor Trump, salve al Donbás de Putin».
En la primera foto, un soldado vigila los drones rusos en el centro de Druzhkivka. En la segunda, una vecina de la ciudad cocina en plena calle frente a un bloque de viviendas dañado por los bombardeos enemigos. En la tercera imagen, varios militares viajan a bordo de un robot por una carretera del Donbás..
(M. G.)
Una mujer en bicicleta deja atrás este grafiti sin prestar atención al cielo, que no se despeja nunca. «Los FPV (drones con vista en primera persona) enemigos controlan completamente todas las rutas de suministro: las carreteras clave, los cruces, los puentes. Y ahora también llega la artillería. La logística se complica muchísimo», dice el oficial de la 93.
¿Más soldados rusos en septiembre?
Una movilización forzosa en Rusia planea entre rumores. El presidente de Ucrania ya lo ha advertido varias veces. Los sistemas no tripulados en auge no libran al soldado de estar en el campo de batalla. Y en Ucrania el déficit de personal es severo. La cuestión es si, con más militares, al Kremlin le saldrán las cuentas. Desde la sala de control de la brigada 93, los números están más claros. «Hace un año, podían permitirse perder tranquilamente decenas de hombres al día. Ahora ya no tienen esa capacidad», afirma David. Kiev busca una solución a su reclutamiento, pero sigue apostando al cielo. «No podemos ganar al enemigo por número de hombres. No tenemos esos recursos. Vamos a ganar esta guerra porque tenemos más drones».
Todo lo que se mueve cerca del frente, sea humano o no, entra en el radar de la muerte. Ante esto, David lo tiene claro: «Mejor que se queme el robot a que vayan dos soldados con 50 o 60 kilos de suministros encima. Ya no hay un militar dispuesto a cumplir esas misiones sin prepararse psicológicamente».
La ciclista que desaparece de escena es una de los 4.000 civiles que se aferran a una ciudad machacada. A unos metros de la plaza, cuatro vecinos rodean un Starlink asentado sobre la acera. Es su única conexión con el exterior.
Rutas distópicas
Con la tecnología se ahorran soldados, pero el precio de la existencia sigue a la baja. «Lo más importante es que, sinceramente, se ha perdido el valor de la vida. Después de tantas muertes y pérdidas en general, la vida humana se ha devaluado», zanja David.
Con Druzhkivka a la espalda, cuatro soldados montados en un robot terrestre sonríen. El aparato lo controla uno de ellos con un mando. Un poco más adelante, otra de estas máquinas sin carga se pone a la par de dos jóvenes que dirigen sus bicis con los pies en el asfalto.
Estas instantáneas ciberpunk se apoderan del Donbás. Entre los escombros de las ciudades ucranianas crece un embrión tecnológico que, en algún momento, pasará al ámbito civil.