‘Trump se cree Dios’. Suena a conversación de barra de bar y se podría haber dicho de forma coloquial en cualquier momento de las cinco décadas de vida pública del multimillonario neoyorquino. Donald Trump siempre ha sido un dechado de autoestima, un campeón de … sí mismo, un creyente inalterable de su fe.
De lo coloquial a lo literal: hace unos días, el presidente de EE.UU. compartió en su red social una imagen creada por inteligencia artificial en el que aparecía como Jesús sanando a un enfermo, rodeado de imaginería patriótica (los ángeles del cielo son soldados). La blasfemia de considerarte Dios y retratarte como tal es evidente. Llegó el ciclo habitual de la polémica trumpista: el escándalo, la gresca mediática, la marcha atrás (Trump retiró la imagen) y las explicaciones insultantes (dijo el presidente que aparecía «como un doctor»).
Como siempre ocurre en el frenesí de Trump, el follón blasfemo quedará enterrado en otras grescas. La cuestión es si deja mella política. En especial, en el EE.UU. más devoto, que está en buena parte entregado al multimillonario neoyorquino. Todavía con más importancia: si se lo perdonarán los católicos, un grupo de votantes decisivo. Porque el episodio blasfemo se encuadra en una guerra contra su líder espiritual, el Papa León XIV. En un año electoral, a siete meses de ir a las urnas para renovar las mayorías del Congreso, la imagen de Trump haciéndose pasar por Jesús y los insultos al Sumo Pontífice podrían forzar a estos votantes a tener que elegir entre uno y otro líder el próximo noviembre.
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David Alandete
La victoria del aborto
«Con Trump, Dios ha regresado a la Casa Blanca». Este periódico ha escuchado cientos de variaciones de esta expresión de boca de votantes republicanos desde que el multimillonario neoyorquino tomó el poder en 2016. Uno de los milagros del EE.UU. contemporáneo es que el bloque más conservador del país haya tomado como el ‘hombre de Dios’ a un ligón neoyorquino, casado en terceras nupcias con una modelo, que se pavoneaba entre chicas en las fiestas de Jeffrey Epstein, que decía que a las mujeres que le interesaban «las agarro por el coño» y que solo tiene como límite, como él mismo ha dicho, «mi propia moral».
Más que un milagro, quizá sea un ‘pacto con el diablo’. Porque los sectores conservadores le apoyaron y él cumplió con creces en su primer mandato: su elección de jueces para el Tribunal Supremo fue lo que permitió la sentencia que acabó con el derecho al aborto en EE.UU., una gran victoria para la América conservadora que parecía inalcanzable antes del desembarco de Trump.
El presidente de EE.UU. siempre ha envuelto de mesianismo su figura política. «Solo yo puedo arreglar EE.UU.», dijo en la Convención Republicana de 2016, meses antes de su victoria histórica. «Soy el elegido», proclamó en 2019 mirando al cielo, cuando negociaba un acuerdo comercial con el gran rival, China. ‘Salvar a EE.UU.’ era el nombre del mitin que precedió al asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021.
«Soy el elegido», proclamó en 2019 mirando al cielo, cuando negociaba un acuerdo comercial con el gran rival, China
Sobre todo desde la campaña de 2024, ese mesianismo va más allá de lo político. El episodio central de esa elección fue el intento de asesinato del que sobrevivió de milagro. Para muchos, fue la mano de Dios la que desvío la bala que solo rozó su oreja. Trump estaba «ungido». Muchas gorras y camisetas de asistentes a su mítines llevaban -y llevan- el mensaje ‘Jesús es mi Salvador, Trump es mi presidente’, como un ‘pack’ indivisible. Él lo aprovechó. «Mucha gente me ha dicho que Dios me salvó la vida por una razón, para salvar a este país y devolver a EE.UU. su grandeza», dijo en Florida la noche que celebró su victoria electoral en 2024.
Desde entonces, la comunión entre lo político y lo divino en la Casa Blanca solo se ha reforzado. Desde la difuminación de la frontera entre los público y lo religioso en muchas políticas, hasta las expresiones bélicas del secretario de Defensa, Pete Hegseth, «en el nombre de Jesús».
Los líderes religiosos más cercanos a Trump no han tenido problema en retratar al presidente como un Mesías. Buena parte de ellos son evangélicos, de las denominaciones más conservadoras, y pertenecientes al llamado ‘nacionalismo cristiano’, que busca una vida pública y política basada en sus creencias.
Comparación con Jesús
A algunos en Europa les agita la imagen del presidente de EE.UU. en el Despacho Oval, rodeado de este tipo de líderes evangélicos, con las manos sobre él para que sea tocado con la gracia de Dios. Mucho más inquietante fue la celebración de la Pascua en la Casa Blanca hace unas semanas, que quizá explica por qué a Trump no le pareció escandaloso compartir una imagen disfrazado de Jesús.
Paula White, la evangélica que Trump ha puesto al frente de la Oficina de Fe de la Casa Blanca, comparó al presidente con el Mesías, sin tapujos. Comparó la muerte, entierro y resurrección de Cristo con la vida política de Trump. «Nadie ha pagado el precio que usted ha tenido que pagar», le dijo al presidente. «Fuiste traicionado, arrestado y acusado falsamente. Es un patrón similar que nos enseñó el Señor», añadió. «Decir no al presidente Trump es decir no a Dios», proclamó.
Otros líderes religiosos evangélicos defendieron en el mismo acto que Trump es parte «del plan de Dios», que su liderazgo «tiene protección divina».
La imagen blasfema, sin embargo, fue ir demasiado lejos para muchos aliados de Trump. Algunos respondieron con silencio, otros tragaron con eso de que era un doctor y otros no reprimieron sus críticas.
El malestar es especial entre los católicos. Porque Trump compartió esa imagen en plena disputa con el Papa. Las críticas de León XIV, el primer pontífice estadounidense, a la guerra de Irán desataron la furia del multimillonario neoyorquino: le insultó -«débil con el crimen, horrible para la política exterior»- y defendió que en el cónclave le eligieron por él.
Si a los católicos de EE.UU. les importa que Trump se retrate como Dios en plena guerra con el Papa, los republicanos pueden sufrir en las urnas en noviembre, donde se juegan sus mayorías escasas en las dos cámaras del Congreso. Y donde Trump se juega que los demócratas le hagan la vida imposible en lo que le quede de segundo mandato. Los católicos son minoría respecto a las decenas de ramas de denominaciones protestantes en EE.UU., pero su importancia política es decisiva.
Si a los católicos de EE.UU. les importa que Trump se retrate como Dios en plena guerra con el Papa, los republicanos pueden sufrir en las urnas en noviembre
No solo por su tamaño -se calcula que uno de cada cinco votantes son católicos- sino también porque son el mayor grupo electoral bisagra: su voto puede cambiar. En 2020, votaron casi en igual porcentaje a Trump y quien le ganó aquella elección, Joe Biden, que es católico. Pero cuatro años después se inclinaron con fuerza por el actual presidente: ganó por entre 10 y 20 puntos a Kamala Harris en el voto católico.
La mayoría de los grupos religiosos no suelen cambiar el sentido de su voto, pero los católicos son una excepción, advierte Pew Research. Y Trump ha llegado a este punto en medio de una caída de su aprobación entre los católicos: del 59% de cuando empezó su presidencia ha pasado al 52% de enero de este año, todavía sin el impacto de la guerra de Irán y, sobre todo, de la imagen blasfema y se pelea con León XIV. Las urnas dirán en otoño si Trump ha topado con el Papa.