El momento más esperado del día es cuando se abre el portón de madera oscura de una sala de los juzgados federales del sur de Manhattan y aparece Nicolás Maduro. Hace unos meses, bailaba música tropical en vídeos propagandísticos y se mostraba altanero ante las … amenazas de Donald Trump. Ahora mueve las caderas, pero para ser capaz de andar con grilletes.
Nada más entrar en la sala, otea el horizonte entre los bancos del público, copados a medias por la prensa y por curiosos. Sonríe al frente, no se sabe a quién ni por qué.
Los doscientos ojos de los cien privilegiados que han hecho cola durante horas se clavan en su figura. Es un momento extraño porque la gente echa mano al móvil para retratar la aparición. Pero no hay nada en el bolsillo. Cualquier aparato electrónico está prohibido en el juzgado. El retrato solo quedará en las viñetas de las dos artistas de juzgado en primera fila. Y en la memoria de los testigos, que afilan las pupilas.
Maduro viste la etiqueta esperada. Indumentaria carcelaria, beige por fuera, naranja televisivo por dentro. Igual que su mujer, Cilia Flores, también encausada. Las miradas recorren al dictador venido a imputado en busca de señales de su estado físico y mental. Uno de sus hijos ha dicho desde Caracas esta semana que se vería «un presidente delgado, atleta». Que combate la soledad desesperante de su módulo de aislamiento en su cárcel de Brooklyn con ejercicio físico.
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Sí se ve a un Maduro más delgado. También más pálido. Solo puede salir tres veces por semana y durante una hora fuera de su celda. Nunca tiene compañía. Se debe alegrar con sinceridad de ver a su abogado, Barry Pollack, que le recibe en la mesa de la defensa. «¿Cómo estás?», le pregunta Maduro, mientras le estrecha la mano. «¡Elegante!», elogia sobre el traje gris del letrado.
No se sabe cuánto le habrá costado a Pollack su traje, pero la principal cuestión que se discute en esta vista es si podrá pagar otro nuevo con dinero de Venezuela. Ese es el asunto que tiene que dirimir el juez que supervisa el caso, Alvin Hellerstein. Los saludos y los murmullos se cortan en cuanto el magistrado aparece y se encarama con trabajosidad a su tarima. No lleva grilletes, pero sí 92 años encima. Y se le notan.
«Hijueputa, hijueputa»
El silencio es sepulcral en presencia del juez. Antes de que comenzara la vista, la segunda para Maduro desde su captura en Caracas del pasado 3 de enero, el jefe de la policía judicial ha dejado claro que no permitirá ningún altercado. En su primera visita al juez, un venezolano gritó «¡criminal!» a Maduro.
«No se puede hablar, tampoco susurrar», insiste. Pero un joven venezolano no se puede contener cuando aparece el bigote de quien convirtió a su país en una dictadura. «Hijueputa, hijueputa, hijueputa», murmura. Fuera, en la calle, delante de los juzgados, otros piden mucho más y a los gritos. Cadena perpetua, que se pudra en una cárcel yanqui, dicen.
No se escucha nada de eso en el piso 26 de los juzgados, donde el juez Hellerstein acaba por tomar asiento y va al grano. Hace unos días, la defensa de Maduro ha pedido la desestimación de los cargos por narcotráfico que pesan contra Maduro y Flores. Pollack lo justifica en los esfuerzos del Gobierno de Donald Trump por utilizar las sanciones de EE.UU. contra Venezuela para que el actual Gobierno, liderado por Delcy Rodríguez, no pueda pagar a Maduro esta defensa de altos vuelos. Para el abogado, eso vulnera los derechos fundamentales a la elección de representación legal y a un juicio justo que imponen las enmiendas Quinta y Sexta de la Constitución de EE.UU.
Hellerstein pide a Pollack que vaya al atril a defender su posición. Es una vista de gran importancia, con una petición maximalista de la defensa que se antoja inviable. Hellerstein lo deja claro pronto: «No va a haber desestimación», pero se encuentra en una encrucijada de la que, por el momento, no sabe cómo salir.
Por un lado, los derechos de defensa de un acusado son prioritarios. Pero, por el otro, la Fiscalía insiste en que Maduro no puede acceder al dinero de Venezuela para pagar a su abogado de altos vuelos por el régimen de sanciones.
«Es una cuestión de seguridad nacional y de política exterior», defiende una y otra vez, cuando es su turno, el representante de la Fiscalía, Kyle Wirshba. Es una prerrogativa del poder ejecutivo. Hellerstein no puede obligar al Gobierno a cambiar su régimen de sanciones para permitir el pago de un abogado.
A nadie en la sala se le escapa que aquí hay también tufo político. La Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, por sus siglas en inglés), la agencia del Tesoro de EE.UU. que gestiona las sanciones y el bloqueo de activos a los sancionados, concedió una licencia especial a Pollack después de que este la solicitara para poder dar representación legal a Maduro, a principios de enero. Tres horas después, canceló esa licencia.
El juez Hellerstein no puede obligar al Gobierno a cambiar su régimen de sanciones para permitir el pago de un abogado
Hellerstein habla con la lentitud de un nonagenario. Se atranca en ocasiones, le cuesta encontrar las palabras. Pero es incisivo con la fiscalía. Cuestiona que la Administración Trump utilice las sanciones para obstaculizar la defensa de Maduro cuando la relación entre EE.UU. ya no es la misma desde la captura en Caracas del ahora encausado. «¿Cuál es el interés del Gobierno en bloquear esos fondos?», cuestiona. «Hacemos negocios con Venezuela», dijo el juez sobre esa nueva relación con el Gobierno de Delcy, que el propio Trump califica siempre de «excelente». «El acusado está aquí, Flores está aquí», apunta mirando a los imputados, rodeados de agentes. «No presentan nuevos riesgos a la seguridad nacional».
Hellerstein se juega el prestigio de su carrera en este juicio. Deja claro que mantendrá los cargos contra Maduro, pero decide no decidir. Se tomará un tiempo. Después, recorre con brevedad otros asuntos menores: la fiscalía pide que se apruebe una orden para que otros cuatro altos cargos chavistas imputados por EE.UU. no tengan acceso a las pruebas que se ventilarán en el juicio a Maduro. La defensa de Flores pide que las autoridades hospitalarias aceleren la ejecución de un electrocardiograma para examinar los problemas cardiacos de la que fue ‘primera combatiente’ de Venezuela.
Acaba la vista y Maduro ha rellenado varios folios de notas, armado con un lápiz azul. Ha estado todo el tiempo atento, siguiendo las conversaciones a través de la interpretación que le llega por unos auriculares. Lleva otros papeles que ya traía garabateados desde la cárcel. Lo mete todo en un sobre de manila que se lleva un guarda. Por la ventana se ve la orilla de Brooklyn, su destino. «Hasta mañana», le dice a Pollack, y vuelve a mover las caderas, engrilletado, sin saber cuándo volverá a ver al juez.