Nada manifiesta la emergencia de un nuevo orden global como la apurada procesión hacia China, con tono complaciente tras años de ausencia, de los más íntimos aliados de Estados Unidos. Tras el canadiense Mark Carney, hoy le ha tocado el turno al primer ministro … británico Keir Starmer.
El jefe de Gobierno del Reino Unido ha iniciado este jueves su visita oficial saludando al líder chino Xi Jinping. «China es un actor vital en el escenario global y es vital que construyamos una relación más sofisticada», ha afirmado, solícito, el británico al comienzo de su reunión en el Gran Palacio del Pueblo.
«La relación con China es una cuestión ineludible, y expreso mi aprecio por ello», ha respondido Xi, sin soslayar que la relación bilateral ha atravesado «altibajos» que no sirven a los intereses de ninguna de las partes. «Las cosas buenas suelen requerir tiempo y esfuerzo», ha zanjado, un particular «pelillos a la mar» no exento de condiciones: «Siempre que adoptemos una perspectiva a largo plazo, superemos las diferencias y nos respetemos mutuamente, demostraremos estar a la altura de la historia».
Ocho años han transcurrido desde el último viaje a China de un primer ministro británico. «Demasiado tiempo», ha lamentado Starmer, el último protagonista de un acercamiento provocado por el menoscabo del presidente estadounidense Donald Trump a sus socios, desde los aranceles universales hasta la amenaza de tomar Groenlandia por la fuerza.
Así, mientras Estados Unidos consuma su retirada del orden global que hace décadas creó y desde entonces ha liderado, China ensalza las visitas de Carney y Starmer, precedidas por el presidente francés Emmanuel Macron y seguidas por el canciller alemán Friedrich Merz como «un momento crucial».
«China está dispuesta a aprovechar esta visita como una oportunidad para reforzar la confianza política mutua con el Reino Unido, profundizar la cooperación práctica […] y, juntos, realizar los esfuerzos y aportaciones necesarios a la paz, la seguridad y la estabilidad mundial», apuntaba ayer miércoles un editorial de la agencia oficial de noticias ‘Xinhua’.
«El relato de que Pekín aprovecha el desencanto con Washington para tomar aliados cansados confunde la bipolaridad con la opcionalidad», incidía Evan Feigenbaum, vicepresidente del think tank Carnegie Endowment for International Peace, a través de redes sociales. «Los países que actúan por interés propio crean opcionalidad, no se limitan a inclinarse de un lado a otro cambiando alineamientos, especialmente cuando el giro implicaría pasar de un antiguo aliado a un no-amigo».
«Esto no empezó con Trump», proseguía quien fuera vicesecretario de Estado en la Administración Bush hijo, empleando como ejemplo el acuerdo comercial CPTPP. «La retirada de Estados Unidos no acabó con China llenando el vacío, sino con once países culminando el pacto sin que Estados Unidos ni China fueran parte».
Acuerdos y desacuerdos
Esta diferenciación conceptual permite no desdeñar los múltiples frentes contenciosos abiertos, más allá de cuestiones sistémicas, entre China y el Reino Unido. Destaca entre ellos la suerte de Jimmy Lai, el magnate de la prensa prodemocracia hongkonesa declarado culpable en diciembre de «conspiración con fuerzas extranjeras» y «sedición», cargos por los que podría cumplir hasta cadena perpetua.
Lai, ciudadano británico, fue encausado bajo la Ley de Seguridad Nacional, el marco legal impuesto por el régimen que finiquitó los derechos y libertades políticos del territorio, en flagrante vulneración del acuerdo para la devolución de soberanía alcanzado entre China y el Reino Unido. Preguntado por esta cuestión durante el trayecto a Pekín, Starmer declaró que «mencionaré los temas que tenga que mencionar» en materia de derechos humanos durante su conversación con Xi.
Median también las constantes acusaciones de espionaje por parte del régimen, escándalos que explican el bloqueo durante cuatro años de los planes para construir una «megaembajada» en Londres, cuyo diseño proyecta dependencias subterráneas a apenas un metro de distancia de cables de fibra óptica subterráneos que transportan información crítica.
Starmer, sin embargo, aprobó la obra en vísperas de su visita, un gesto de buena voluntad para lograr resultados tangibles. Carney, por ejemplo, logró una reducción de aranceles mutuo, en su caso rebajando las barreras comerciales a los coches eléctricos chinos, rompiendo así la estrategia conjunta con EE.UU. Macron, sin embargo, abandonó Pekín con las manos vacías. Para ello, el recién llegado se ha hecho acompañar de una comitiva de 54 empresarios, entre los que se cuentan representantes de gigantes como AstraZeneca, HSBC, Standard Chartered o Airbus.
El primer ministro británico asegura honrar así, según ha aseverado hoy ante Xi, la «promesa» hecha al asumir el cargo de «volver a hacer que el Reino Unido mire hacia afuera». «Porque, como todos sabemos, los acontecimientos en el exterior influyen en todo lo que ocurre en nuestros países, desde los precios en las estanterías del supermercado hasta la seguridad que sentimos».