En secreto, fuera de las cámaras y sin que buena parte de su propio Gobierno supiera lo que estaba ocurriendo, un vehículo de ‘catering’ sacó la tarde del 8 de julio a Donald Trump del Air Force One en una pista del aeropuerto … de Ankara. Pero el presidente no iba solo. Con él viajaban Natalie Harp, Dan Scavino y Walt Nauta. Ninguno pertenece al Gabinete. Son su asistente ejecutiva, su subjefe de gabinete y el director de Operaciones del Despacho Oval. Cuando llegó el momento de decidir quién debía permanecer junto al presidente, fueron ellos.
La operación de evacuación, organizada en respuesta a una amenaza iraní considerada creíble, dejó al descubierto algo más que una sofisticada maniobra de seguridad. También reveló quiénes forman, en realidad, el círculo más próximo al presidente de Estados Unidos cuando desaparecen las cámaras, se apagan los focos y el protocolo deja de importar.
Cuando el Servicio Secreto decidió que Trump no podía abandonar Ankara a bordo del Air Force One por el riesgo de un posible atentado, el presidente fue trasladado clandestinamente en un vehículo de catering hasta un C-32A de la Fuerza Aérea. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, embarcó de forma visible por la escalerilla exterior, reforzando la impresión de que él era la principal autoridad que viajaba en ese aparato, mientras altos cargos, parte del personal y la prensa permanecían en el Air Force One creyendo que Trump seguía a bordo.
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DESDE LA CASA BLANCA
David Alandete
Marco Rubio, secretario de Estado, no quedó integrado en ese núcleo inmediato. Scott Bessent, secretario del Tesoro, tampoco. Stephen Miller, otro subjefe de gabinete y uno de los hombres con mayor influencia política e ideológica de la Administración, permaneció igualmente fuera de ese reducido grupo. Habían acompañado a Trump a la cumbre de la OTAN, pero cuando el dispositivo de seguridad se dividió, el presidente quedó rodeado no por los ministros de mayor rango, sino por quienes llevaban años formando parte de su entorno más personal, desde la primera Casa Blanca hasta el largo paréntesis de Mar-a-Lago tras la derrota electoral de 2020.
La escena ayuda a entender cómo funciona el universo del segundo mandato de Trump y las bambalinas de la Casa Blanca. Existe un Gobierno formal, con secretarios, asesores de Seguridad Nacional y Comercio, funcionarios y departamentos que posan para las fotografías oficiales y participan en las largas reuniones del gabinete. Y existe, superpuesto a ese aparato, un séquito construido durante más de una década que sobrevivió a elecciones, derrotas, investigaciones judiciales, dos procesos de ‘impeachment’ y los cuatro años en los que Trump permaneció fuera del poder.
Los tres elegidos por Trump : Harp, Nauta y Scavino.
El poder de la impresora
Natalie Harp, de 35 años, es una presencia constante en esta nueva Casa Blanca y en los desplazamientos presidenciales, incluido aquel vuelo clandestino. Viaja habitualmente con Trump, sube con él al Marine One y forma parte del reducido grupo con acceso a sus cuentas en redes sociales, desde las que puede publicar mensajes en su nombre. Rubia, casi siempre subida a unos altos tacones y cargando grandes bolsos, en Washington se la conoce como la «impresora humana» porque lleva consigo copias en papel de noticias, mensajes, publicaciones y correos seleccionados para el presidente, especialmente noticias favorables, mensajes de apoyo y publicaciones de redes sociales.
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Harp apareció en la órbita de Trump en 2019. Enferma de cáncer óseo, pronunció un discurso muy emotivo durante un acto de la Coalición Fe y Libertad en el que aseguró que una ley federal impulsada por el presidente le había permitido acceder a un tratamiento experimental que, según su relato, le salvó la vida. Aquella intervención impresionó a Trump, que la incorporó al consejo asesor de su campaña de reelección y le dio un papel destacado en la Convención Nacional Republicana de 2020.
Harp hablaba ya entonces de Trump con la fe de una conversa y la gratitud de quien estaba convencida de deberle la vida. Le agradeció haber cumplido, según ella, todas sus promesas y presentó al presidente como el hombre que había rescatado a una «América olvidada» abandonada al borde del camino. «Así como usted luchó por nosotros, nosotros vamos a luchar por usted», le prometió entre aplausos. La promesa se mantuvo. Permaneció junto a él durante los años más difíciles, cuando muchos dirigentes republicanos se alejaban y Trump parecía un apestado incluso dentro de su propio partido.
Según relató el periodista Michael Wolff en su libro ‘Todo o nada’, Harp llegó incluso a dormir en el gimnasio de la mansión de Mar-a-Lago para estar disponible desde primera hora de la mañana. Aquella dedicación absoluta terminó consolidando su posición dentro del reducido círculo de confianza del presidente. Tras la victoria electoral de 2024 fue una de las primeras personas en instalarse de nuevo en el Ala Oeste.
En una Casa Blanca donde Trump consume enormes cantidades de información en papel y reacciona constantemente a cuanto publican los medios y las redes sociales, esa tarea aparentemente administrativa proporciona algo mucho más valioso: acceso. Harp controla parte del flujo de documentos que llega al presidente y puede entrar y salir del Despacho Oval con una libertad reservada a muy pocos. En el universo de Trump, donde la confianza personal pesa tanto o más que el cargo, esa cercanía vale más que muchos ministerios.
La operación ha abierto un frente político en el Congreso. El líder de la minoría demócrata en el Senado, Chuck Schumer, exigió una explicación inmediata de la Casa Blanca y denunció que los legisladores fueran dejados «en la oscuridad»
La guardia pretoriana de poder
Dan Scavino, el otro asesor que acompañó al presidente en ese vuelo de Ankara a Reino Unido, representa la relación más larga y sólida de Trump con cualquiera de sus actuales colaboradores. Hoy es subjefe de gabinete de la Casa Blanca, pero su historia junto al presidente comenzó mucho antes de la política, en el campo de golf. Primero fue cadi para el hoy presidente, después trabajó en uno de sus campos de golf como gerente y para la Organización Trump y ya más tarde se convirtió en uno de los arquitectos de su comunicación digital durante la campaña de 2016.
Desde entonces ha sobrevivido a todos los cambios de gabinete, derrotas electorales e investigaciones judiciales. Mientras decenas de altos cargos abandonaban el entorno de Trump tras el asalto al Capitolio, Scavino permaneció a su lado en Mar-a-Lago. Su influencia rara vez se ejerce delante de las cámaras. Prefiere el segundo plano, pero es una de las pocas personas que pueden hablar con el presidente prácticamente a cualquier hora del día.
Walt Nauta completa ese triángulo de confianza. Veterano de la Armada estadounidense, comenzó como asistente personal de Trump durante su primer mandato y permaneció a su lado cuando abandonó la Casa Blanca en 2021. Su cercanía al expresidente lo convirtió después en una figura central de la investigación sobre los documentos clasificados de Mar-a-Lago. Los fiscales lo acusaron de ayudar presuntamente a mover y ocultar cajas con documentos y de mentir al FBI, cargos que siempre negó. Llegó a declarar ante un gran jurado federal, pero el caso quedó sin recorrido tras el regreso de Trump al poder. Hoy dirige las Operaciones del Despacho Oval, un puesto de carácter logístico que lo mantiene entre las personas con acceso más directo y cotidiano al presidente.
La falta de control legislativo
La operación ha abierto un frente político en el Congreso. El líder de la minoría demócrata en el Senado, Chuck Schumer, exigió una explicación inmediata de la Casa Blanca y denunció que los legisladores fueran dejados «en la oscuridad» sobre una amenaza de asesinato contra el presidente y una maniobra de esa magnitud. También Mark Warner, principal demócrata del Comité de Inteligencia del Senado aseguró no haber sido informado.
A las críticas se sumó el senador Richard Blumenthal, de Connecticut, que calificó el episodio de «francamente inquietante» y reclamó saber qué medidas se adoptaron para proteger a los periodistas, militares y funcionarios que continuaron volando en el Air Force One utilizado como señuelo. «Quiero saber qué precauciones se tomaron para mantener a salvo a todas las personas que iban en ese avión», afirmó.
La prensa, por su parte, asumió que la prioridad del Servicio Secreto es siempre proteger al presidente, incluso cuando eso obliga a limitar la información en tiempo real y ser empleada hasta de cebo. Pero la presidenta de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, Jacqui Heinrich, dijo haber trasladado a altos cargos de la Administración su preocupación por la seguridad de los periodistas, la capacidad del pool para mantener un registro independiente de los movimientos presidenciales y el riesgo de que los reporteros acaben transmitiendo, sin saberlo, información incorrecta.
Heinrich pidió además a la Casa Blanca un protocolo para futuras situaciones de este tipo que permita corregir el registro una vez desaparezca la amenaza y preservar así la credibilidad del sistema de cobertura presidencial.