La derrota de Viktor Orbán en Hungría ha reconfigurado el tablero político de Europa Central. Durante los últimos 16 años, Orbán fue el aliado más visible y eficaz de Vladímir Putin dentro de la Unión Europea: bloqueó sanciones, ralentizó decisiones estratégicas y apuntaló una relación … energética privilegiada con Moscú. Su caída deja a Rusia sin su principal punto de palanca para ejercer presión en la región, pero eso no significa que el Kremlin haya perdido capacidad de influencia. Aunque a una escala mucho menor, Robert Fico en Eslovaquia y Andrej Babis en la República Checa siguen defendiendo los intereses de Moscú.
Ambos se movieron con rapidez la noche del domingo. Todavía sin terminar el escrutinio de los votos, Babis habló de «esperanzas y expectativas» en su mensaje de felicitación a Péter Magyar, mientras que Fico se manifestó preparado para una «cooperación intensiva» con el nuevo Gobierno en Budapest. Ambos comparten rasgos que los convierten en actores relevantes para Moscú: discursos euroescépticos, posiciones críticas con el apoyo militar a Ucrania y un estilo populista que conecta con sectores sociales cansados de la austeridad, la inflación y la guerra. Pero ambos tienen su propia agenda.
Fico añadió el domingo que «las prioridades de Eslovaquia permanecen sin cambios» y mencionó la reactivación del Grupo de Visegrado, que incluye a Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia. Un eje que Magyar quiere ampliar ahora a Austria y Eslovenia. Fico se refirió también a la protección de intereses energéticos compartidos y la restauración del suministro de petróleo ruso a Eslovaquia y Hungría a través del oleoducto Druzhba. Esos suministros fueron detenidos en enero, después de lo que Kiev calificó como ataques rusos con drones y misiles contra una sección del oleoducto en Ucrania, y Eslovaquia necesita que sean reactivados cuanto antes. Hace solo una semana, Fico se habría alineado con Orbán sin apenas pronunciar una opinión propia en público, pero la desaparición de esa referencia en la región sitúa al líder eslovaco en un plano mas destacado.
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Entrevista | Pablo Hispán
Rosalía Sánchez
Fico, líder del partido Smer, volvió al poder en Eslovaquia con un mensaje claro: «Ni una sola bala para Ucrania». Desde su regreso al Gobierno, ha frenado el envío de armamento, ha cuestionado la narrativa occidental sobre la guerra y ha abogado por negociaciones inmediatas con Moscú, justificándose con la necesidad de «pragmatismo» y de proteger los intereses eslovacos. Durante sus mandatos anteriores, mantuvo una relación energética estrecha con Moscú y se opuso a sanciones que consideraba perjudiciales para la industria eslovaca. Su discurso actual, más duro y más alineado con los marcos narrativos del Kremlin, ha generado preocupación en Bruselas. Sus intentos de reformar la radiotelevisión pública y limitar la independencia judicial, parecen copiados del manual de política de Orbán.
«Fico tiene todavía esperanzas de que Magyar lidere políticas regionales de las que pueda beneficiarse, pero le da mucho miedo una Hungría proeuropea, porque los eslovacos verán que esto es posible y su posición será más débil», explica Martin Poliacik, exdiputado afiliado al partido opositor Eslovaquia Progresista. La manifestación del martes en Bratislava, en la que miles de personas protestaron contra la reforma electoral de Fico, que quiere abolir el voto postal desde el extranjero, sugiere que el cambio político en Hungría está debilitando también a otros líderes autoritarios en Centroeuropa. Pero, mientras siga existiendo la posibilidad de veto en las decisiones de Bruselas, Putin podrá seguir influyendo a través de Fico.
«A Fico le da mucho miedo una Hungría proeuropea, porque los eslovacos verán que esto es posible y su posición será más débil»
Martin Poliacik
Exdiputado afiliado al partido opositor Eslovaquia Progresista
El caso de Andrej Babis es más complejo. El ex primer ministro checo, multimillonario y dueño de un imperio mediático, ha construido su carrera política sobre la idea de que él es el único capaz de defender a los ciudadanos frente a las élites de Bruselas. Aunque no se declara prorruso, su discurso ha oscilado entre el pragmatismo y la ambigüedad.
Durante la campaña presidencial de 2023, por ejemplo, afirmó que no enviaría tropas checas a defender a Polonia o a los países bálticos en caso de ataque ruso, una declaración que generó alarma en la OTAN. Aunque no es un aliado directo del Kremlin, su estilo populista, su control mediático y su capacidad para polarizar la sociedad, sin mencionar su posibilidad de veto en las votaciones en Bruselas, pueden debilitar la cohesión europea. Su vínculo con Putin es más instrumental: critica las sanciones cuando afectan a la industria checa, cuestiona el envío de armas cuando teme perder apoyo electoral y utiliza la retórica antiinmigración y anti-Bruselas que el Kremlin suele amplificar. Pero, para Putin, Babis es un actor más imprevisible.
El apoyo de las extremas derechas
A más largo plazo, Moscú cuenta con otro punto de apoyo: los partidos de extrema derecha en Francia, Italia o los Países Bajos y Alemania. Esta influencia rusa no se articularía a través de un único líder fuerte, sino mediante una constelación de actores que, por motivos distintos, cuestionan la línea dura de Bruselas frente a Moscú.
Las presidenciales francesas de 2027 abren una ventana de posibilidades y la última encuesta señala que la ultraderecha euroescéptica de Alternativa para Alemania (AfD) amplía su ventaja hasta el 27%, mientras los conservadores moderados de Friedrich Merz descienden tres puntos porcentuales hasta el 23 por ciento, el valor más bajo medido en la encuesta de YouGov desde diciembre de 2021.
Pero faltan casi tres años para las próximas elecciones alemanas y Putin no esperará tanto. Todo apunta a que está intentando tender lazos con el nuevo Gobierno húngaro y seguir influyendo en Péter Magyar por la vía energética. La pregunta no es, por tanto, si Putin podrá seguir influyendo en la UE, sino hasta qué punto y durante cuánto tiempo, lo que dependerá de la estabilidad de los gobiernos europeos, de la firmeza de Bruselas y, sobre todo, de la evolución de la guerra en Ucrania.