Donald Trump llevó la crisis con Irán hasta el borde del abismo y se detuvo en el último momento. A falta de apenas 90 minutos para que expirara su ultimátum de las 20.00 en Washington (02.00 de este miércoles en España), el … presidente anunció la suspensión de los ataques que había amenazado con lanzar contra infraestructuras clave del país. La decisión llegó tras aceptar una propuesta de alto el fuego de dos semanas impulsada por Pakistán, que ha actuado como mediador en las últimas horas de máxima tensión. Irán anunció además que las conversaciones con Estados Unidos, previstas para durar dos semanas, comenzarán el viernes en Islamabad.
La pausa no es incondicional. Trump la vinculó de forma directa a la «apertura completa, inmediata y segura» del estrecho de Ormuz, el paso estratégico por el que transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial. Al mismo tiempo, defendió que la suspensión responde a la recepción de una propuesta iraní de diez puntos que, en sus palabras, constituye «una base viable sobre la que negociar». La Casa Blanca trata así de presentar el movimiento como un avance hacia un acuerdo, no como una retirada.
El giro llega después de una jornada marcada por amenazas de una dureza inédita. Horas antes, el propio Trump había advertido de que «una civilización entera morirá esta noche» si Irán no aceptaba sus condiciones. Sobre el terreno, la presión también se intensificaba: Estados Unidos e Israel incrementaron sus ataques en las horas previas al plazo, mientras la diplomacia intentaba abrir una salida de emergencia.
Noticia relacionada
Javier Martínez-Brocal
Ahí fue clave la intervención de Pakistán. El primer ministro, Shehbaz Sharif, pidió públicamente a Trump que ampliara el margen dos semanas y reclamó a Irán que garantizara el paso seguro por Ormuz durante ese mismo periodo como gesto de buena voluntad. Según fuentes iraníes, a esas gestiones se sumó una intervención de última hora de China para rebajar la tensión. El resultado fue un acuerdo anunciado a contrarreloj. Pakistán seguirá ahora mediando en un intento de convertir la tregua en una negociación más amplia.
Tras el anuncio, un funcionario estadounidense confirmó que los ataques se detuvieron. Desde Teherán, el ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, señaló que Irán aceptaba la propuesta y que durante dos semanas habría tránsito seguro por el estrecho, coordinado con sus Fuerzas Armadas. La tregua, sin embargo, nace rodeada de incertidumbre.
Hasta ese momento, las posiciones estaban muy alejadas. Irán había rechazado las exigencias de Washington y reclamaba algo mucho más amplio: el fin permanente de la guerra, el levantamiento de sanciones, compensaciones económicas y el mantenimiento del control sobre Ormuz. El propio Trump presentó el acuerdo en redes como un «alto el fuego por ambas partes», pero no estaba claro si Teherán asumía todas las condiciones planteadas por Estados Unidos.
La secuencia deja al descubierto el método del presidente: presión máxima, amenaza explícita de devastación y salida negociada en el último instante. En este caso, con un añadido de riesgo. Trump no solo había fijado una fecha y objetivos concretos —centrales eléctricas, puentes—, sino que había elevado el lenguaje hasta hablar de la destrucción de una «civilización». Ese salto retórico no tiene precedentes recientes en la Casa Blanca y sitúa el conflicto en un terreno mucho más volátil.
En las horas previas al acuerdo, la posibilidad de un ataque masivo era considerada real dentro del propio aparato de seguridad estadounidense. Trump había pasado el día reunido en el Ala Oeste con su equipo militar, los servicios de inteligencia y la cúpula de Defensa, revisando escenarios operativos que incluían la destrucción de infraestructuras críticas del país. No era solo presión verbal: existían planes concretos para ejecutarlo.
Además, la guerra llega a este punto tras más de cinco semanas de enfrentamientos que han dejado miles de muertos, la mayoría en Irán y Líbano, y han sacudido los mercados internacionales. El estrecho de Ormuz se ha convertido en el eje del conflicto, con ataques a buques, interrupciones del tráfico y una presión constante sobre el suministro energético global.
La tregua abre ahora una ventana para intentar encauzar una negociación más amplia, pero las incógnitas son profundas. Siguen sin resolverse cuestiones clave como el programa nuclear iraní, su capacidad de misiles, el régimen de sanciones y el control efectivo del estrecho. Tampoco está claro hasta qué punto Washington está dispuesto a ceder tras haber elevado tanto el listón.
En juego la credibilidad de Trump
Para Trump, lo que está en juego no es solo el resultado de esta negociación, sino su propia credibilidad. Ha llevado el lenguaje y la amenaza al extremo, ha fijado plazos y ha señalado objetivos concretos. Ahora necesita que esta pausa se traduzca en avances reales. Si no ocurre, la alternativa será volver a escalar o asumir el coste de haber tensado la cuerda hasta un punto del que luego no haya consecuencias.
Trump llevó su retórica a un terreno que ningún presidente estadounidense había pisado en esos términos: no habló de castigar, ni de debilitar, ni siquiera de derrotar a Irán, sino de hacer desaparecer «toda una civilización». La amenaza no se limitaba a objetivos militares, sino a la destrucción de la infraestructura básica del país —centrales eléctricas, puentes, redes de transporte—, es decir, el andamiaje que sostiene la vida cotidiana de más de 90 millones de personas.
Ese salto no fue solo verbal. En paralelo a esos mensajes, el presidente pasó horas reunido en el Ala Oeste con su cúpula militar y de inteligencia, revisando planes operativos concretos para ejecutar esos ataques. La opción de golpear de forma masiva no era una simple amenaza en redes, sino un escenario real sobre la mesa. Por eso, más allá de si buscaba presionar o negociar, Trump situó el conflicto en un punto de máxima gravedad, en el que la devastación a gran escala dejó de ser una hipótesis remota para convertirse en una posibilidad inmediata.
No es la primera vez que Trump lleva una negociación al extremo para cerrarla en el último minuto y presentarla como un éxito propio. Ya en su primer mandato, en 2020, amenazó con atacar hasta 52 objetivos en Irán, incluidos enclaves de alto valor cultural e histórico, en un pulso que combinó presión máxima y retirada calculada. Ese patrón se repite ahora: eleva el lenguaje hasta niveles de ruptura, fija plazos y escenarios de devastación y, cuando la tensión alcanza su punto más alto, introduce una salida que vende como beneficiosa, sin que necesariamente haya un cambio sustancial en las posiciones de fondo.