En la entrada de la ciudad noruega de Narvik la premisa es clara: ‘Make the North Great’, se puede leer en un cartel. Imitando el famosísimo ‘Make America Great Again’ (‘Hacer a América grande otra vez’) de Donald Trump, este pueblo reivindica con estas palabras … que son ellos quienes deciden sobre el futuro de su territorio.
Este no es un lugar cualquiera. A medio camino entre San Petersburgo y Oslo, a 1.300 kilómetros de cada ciudad, este pequeño enclave de cerca de 14.000 habitantes vive en una calma tensa. Por las calles, los militares noruegos ocupan cada esquina y controlan el tráfico en la carretera principal. La imagen no extraña a los vecinos, están más que acostumbrados.
Aquí, cada dos años, la OTAN organiza los ejercicios bautizados como ‘Cold Response’. Unas maniobras que este año han cobrado más relevancia que nunca tras las intenciones de Donald Trump de agitar el Ártico con sus ataques verbales sobre Groenlandia y su soberanía. A esto se suman las maniobras ‘Arctic Sentry’ (‘Centinela del Ártico’), un conjunto de actividades que se han puesto en marcha por primera vez este año en territorios del norte. Está claro que el Ártico y el Alto Norte han adquirido una importancia para la Alianza que hasta ahora no se había visto.
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Carlota Pérez
Los lugares escogidos por la OTAN para estos ejercicios no fueron elegidos al azar. Durante varias semanas, las bases de Evenes (aviación), Narvik (armada) y Setermoen (infantería) se convirtieron en el epicentro de la defensa aliada. Son zonas logísticas fundamentales para el desembarco aliado, el transporte terrestre y la rápida respuesta aérea ante amenazas.
Si se observa el mapa, estos puntos forman un triángulo perfecto para la defensa: lo suficientemente cerca entre sí para conectarse rápidamente y, a la vez, cubriendo gran parte del territorio noruego. «Evenes tiene una posición ideal, sobre todo en tiempos de paz», explicaba a ABC el coronel noruego Hans Martin Steiro. «Estamos muy al norte, cerca de Rusia, del mar de Barents y del Ártico. Narvik también es un puerto clave y, tras la entrada de Suecia y Finlandia en la OTAN, lo es aún más. Desde aquí hay líneas ferroviarias hacia Suecia y carreteras hacia Finlandia». Una posición que se revela vital para el transporte terrestre.
El Ejército noruego participa en las maniobras ‘Cold Response’. En las fotos, la corbeta más rápida del mundo; un F-35 recién aterrizado en la base de Evenes y un soldado noruego conduciendo una moto de nieve..
(Ignacio Gil)
Durante el primer día de maniobras, para el grupo de periodistas internacionales invitados queda claro que los ejercicios se convierten rápidamente en operaciones reales. En la base aérea de Evenes, mientras el coronel explicaba la importancia estratégica del enclave, dos cazas F-35 despegaron tras el avistamiento de un avión ruso.
Para el coronel, este tipo de actividad es rutinaria, y la Alianza informó en un comunicado de que «estos vuelos rusos no tienen nada de inusual ni dramático». Entre 2020 y 2024, los cazas noruegos fueron desplegados desde aquí en 268 ocasiones tras detectar aeronaves rusas, lo que equivale a aproximadamente una vez por semana.
«Cada día me despierto pensando: ¿cómo nos preparamos para la guerra?», se preguntaba Steiro. «Ahora todo el mundo habla de Rusia. Pero si otro país ataca a Turquía, también estaremos en guerra».
Groenlandia, en el punto de mira
Durante las maniobras, la cuestión de Groenlandia es la más repetida… y también la más esquivada. Al ser preguntado por ello, el general comandante de las Fuerzas del Cuerpo de Marines de EE.UU. en Europa y África, Daniel L. Shipley, es tajante: «No pienso en Groenlandia cuando estoy aquí. Estamos aquí para trabajar con nuestros aliados. No vamos a especular: estamos aquí para las maniobras ‘Cold Response 26’».
No solo se desarrollan maniobras aéreas, la Alianza también despliega capacidades por mar y tierra. La Armada noruega prueba sus corbetas de combate —entre las más rápidas del mundo— y el Ejército alemán sus helicópteros Airbus EC665 Tigre. Todo ello en condiciones extremas: en marzo, las temperaturas pueden descender hasta los 20 grados bajo cero, con sensaciones térmicas de menos 30.
«Es una buena forma de comprobar si nuestro armamento y equipamiento funcionan en estas condiciones», explica el capitán español Fernando Gómez Marín, miembro de las tropas de montaña de Pamplona que, junto con las de Jaca, se han desplazado hasta aquí para «aprender y ver cómo trabajan otros ejércitos». Ese es, en esencia, el objetivo de estas maniobras.
Durante casi 15 días de ejercicios, la Alianza desplegó en marzo más de 25.000 soldados, 100 aeronaves y 30 buques de guerra de 14 países aliados en lo que fuentes militares describen como un «ensayo general para la guerra».
«Es una buena forma de comprobar si nuestro armamento y equipamiento funcionan en estas condiciones», explica el capitán español Fernando Gómez Marín
La convivencia entre este despliegue militar y la población civil supone un desafío, al igual que la integración de toda la sociedad en la defensa del país. Por ello, también se ensayaron evacuaciones masivas desde Noruega hacia Finlandia y Suecia mediante conexiones ferroviarias.
Los aliados planearon escenarios de desembarco en caso de que Finlandia, Suecia o Noruega fueran atacadas. En ese contexto, la línea de tren que une Narvik con Kiruna, en Suecia, y más al este con Finlandia, podría convertirse en una arteria clave para el transporte de tropas y equipos entre el este y el oeste.
Kits de supervivencia
En Bardufoss, el pueblo más cercano a estas maniobras, la vida transcurre con relativa normalidad. Desde 2006, cada dos años conviven con este despliegue. Pero no es solo un ejercicio militar; implica a toda la población.
En cada casa de este pueblo de 2.500 habitantes, el kit de emergencia está listo. «Tengo 60 litros de agua almacenada y alimentos no perecederos para un par de semanas. También pequeños generadores y baterías portátiles», cuenta Frank, vecino del lugar. No hay un solo transeúnte que no tenga preparado su kit.
La vida cotidiana en mitad de las maniobras. Arriba, calle de Narvik. Abajo, Emma y Paula, dos vecinas de Bardufuss. En la última, una de los ejercicios de las maniobras con la evacuación de civiles..
(Ignacio Gil)
Emma y Paula, abuela y nieta, acaban de salir de comprar dulces. Es viernes, el colegio ha terminado y el frío —cerca de los cuatro grados bajo cero— invita a un café caliente.
Emma, irlandesa de nacimiento pero vecina de Narvik desde hace más de 40 años, asegura «tenerlo todo preparado, por si acaso». «Nunca ha pasado nada aquí, pero sabemos dónde vivimos. He crecido en tiempos difíciles en Irlanda, así que no tengo miedo», explica.
«Tengo 60 litros de agua almacenada y alimentos no perecederos para un par de semanas. También pequeños generadores y baterías portátiles», cuenta Frank
Su nieta Paula, de 16 años, añade: «Tenemos una casa a unos kilómetros donde hemos almacenado agua, comida y baterías. En el colegio, el Ejército nos ha enseñado cómo actuar en caso de agresión, así que estamos tranquilas».
Noruega anunció en enero que retomará la construcción de refugios antibombas en edificios nuevos, una práctica abandonada en 1998. Por eso, en Bardufoss, los únicos refugios disponibles están en edificios antiguos como supermercados u hoteles. «Ese búnker está operativo para cuando sea necesario», afirma el encargado de uno de ellos.
Un pueblo —y un país entero— preparado para una guerra que los expertos no saben cuándo llegará, pero que muchos dan por inevitable.