Los cortes de energía programados se extrañan en Kiev. La calefacción era estable en otoño. También el agua corriente. Millones de personas se las habían arreglado con electricidad racionada durante meses. Los apagones se han instalado ya en lo cotidiano y su duración … depende del alcance del ataque enemigo. Ahora, esos horarios se han evaporado casi por completo. Sin referencias de ningún tipo, se ha impuesto una espera constante sin luz a temperaturas gélidas. Rusia aprovecha el invierno más frío en años para tratar de quebrar la moral de millones de ucranianos. Al bombardeo del pasado día 9 le siguieron tres ofensivas aéreas más que noquearon el sistema energético de varias ciudades. Miles de edificios se quedaron sin electricidad, calefacción o agua cuando el termómetro marcaba 12 grados bajo cero. Los peores presagios para la temporada invernal se han cumplido en 2026.
Para el lunes, la previsión meteorológica anuncia un descenso de la temperatura hasta los 22 grado bajo cero. Ante este frío venidero, Trump avanzó el jueves una tregua en los ataques a la infraestructura energética que el Kremlin ha confirmado, pero solo hasta este domingo. Zelenski confirmó que durante la noche del miércoles no se habían producido bombardeos en el sector energético, pero sí contra las vías logísticas. Un alivio caduco, pero muy necesario.
Todos los días, desde hace meses, los rusos han ejecutado ataques contra las infraestructuras clave. Cientos de trabajadores energéticos se conjuran en reparaciones a contra reloj. El Servicio Estatal de Emergencia desplegó este mes de enero más de 1.300 carpas de socorro para el frío. Hay voluntarios que reparten comida. Pero el daño ha sido de tal calado que unos 400 inmuebles permanecen sin suministro de calor en Kiev.
El frío lo impregna todo y ralentiza el ritmo de una ciudad callada. Las aceras se esconden tras una pátina de hielo y obligan a caminar despacio. Los generadores de los pequeños y grandes negocios no tienen tregua. Incluso con todos los remiendos, algunas grandes superficies comerciales se han visto obligadas a cerrar algunas jornadas. Kiev se mantiene «funcional» dadas las circunstancias. Pero el precio a pagar es muy alto.
Castigo a los civiles
«Yo vivo en el séptimo piso de mi edificio; hace casi dos semanas que no tenemos calefacción. La luz volvió media hora esta semana por primera vez», relata Liudmila Kontradiuk en uno de los puntos desplegados por el Servicio Estatal de Emergencias en la orilla izquierda de Kiev. Esta jubilada apura un té caliente antes de volver a casa para cuidar a su madre. «Duermo con gorro, bufanda, chaqueta y dos mantas. Y, además, guantes en las manos. La temperatura dentro de mi apartamento es de seis grados». Sólo durante un par de días en enero los termómetros superaron los cero grados en Kiev.
«Duermo con gorro, bufanda, chaqueta y dos mantas. Y, además, guantes en las manos»
Liudmila Kontradiuk
Jubilada
Al lado de Luidmila, un grupo de jóvenes se agolpan en un banco casi sin levantar la vista de sus teléfonos. Están concentrados en disparar a un enemigo virtual en un juego de guerra en internet. Andrei Tsitselsky y Dima Grigoriash, de 18 y 16 años, mantienen el buen humor y no faltan las bromas entre ellos.
—¿Cuál es la situación en vuestras casas?
—Frío. No tenemos calefacción desde hace 18 días —, explica Andrei.
—¿Cómo pasáis las noches?
—Abrimos el gas de la cocina y colocamos unos ladrillos sobre los hornillos para calentarnos. La situación es difícil, aunque ahora estamos pasándolo bien y además no tenemos que ir a clases—, apunta Dima.
La región de Kiev tampoco se libra del castigo energético del Kremlin. En la pequeña ciudad de Vyshgorod, al norte de la capital, recibieron el 2026 con un apagón de cuatro días. Cerca se levanta una de las centrales térmicas que es blanco constante de los ataques rusos. Tatiana, una mujer de 32 años originaria de Donetsk, se compadece de sus vecinos de la capital. «En Kiev hay zonas donde no hay calefacción, ni agua, ni luz. Aquí la situación es bastante mala también, aunque tenemos más suministros», afirma.
Mientras toma un trago del «mejor café de Vyshgorod», la joven señala a un grupo de niños en un parque. «El enemigo quiere destruir nuestra moral, pero seguimos trabajando y nuestros pequeños todavía juegan en la nieve», sentencia. Sin embargo, «para las personas mayores es más difícil, porque a veces no tienen calefacción ni luz ni nadie con quien hablar».
Los más perjudicados
El primer mes de 2026 está siendo un reto de resistencia para toda Ucrania. Pero la calamidad desatada por Rusia se ceba especialmente en una parte importante de la población: las personas con movilidad reducida. Entre ellos se incluyen también cientos de veteranos de guerra.
Dmytro Shchebetyuk se quedó en silla de ruedas tras un accidente cuando tenía 21 años. Con sus proyectos Dostupno.ua y Open Road, crea conciencia sobre los problemas de accesibilidad en las ciudades del país. Dmytro, a pesar de su optimismo, reconoce que este invierno está siendo tortuoso.
«Si vives en los pisos superiores de los edificios, simplemente no puedes salir a la calle cuando no hay electricidad. No puedes bajar la basura ni ir al supermercado. Tampoco puedes tomar aire fresco en tu casa; sin calefacción, hace demasiado frío. Además, algunos procesos largos, como la higiene, se vuelven casi imposibles sin luz ni agua caliente», explica. Otra de las problemáticas a las que se enfrenta es en los propios refugios: «No son accesibles en absoluto», subraya.
La dependencia de familiares o amigos o conocidos es total y frustrante en estas circunstancias. «Espero que los ucranianos ayuden a nuestros ancianos y a las personas con discapacidad», desliza Dmytro.
Vivir bajo cero
Andrei Tsitselskyi, de 18 años, juega en su teléfono en uno de los puntos de invencibilidad (en la primera imagen); Debajo, en la segunda foto, Lyubov, de 76 años, en el salón de su casa. En la última imagen, Liudmila, pensionista de Kiev, toma un té caliente en una de las tiendas de socorro energético
MIRIAM GONZÁLEZ
Las abuelas de Kiev
Julia Subbotina, una voluntaria de Kiev, lleva cuatro años enfocada en las personas mayores. Muchos de ellos no tienen familias cercanas y viven con pensiones de menos de 100 euros al mes. Les ayuda con comida y medicamentos y, muy especialmente, con su compañía. Ahora estas entregas son todavía más agotadoras por la falta de luz. Julia carga bolsas pesadas subiendo hasta quince pisos para que las abuelas de Kiev puedan sobrevivir.
Lyubov Didenko tiene 76 años, varias operaciones encima y vive en la parte alta de su edificio de 20 plantas. Se mueve con muletas por su casa y depende de que Julia le lleve sus medicinas. «Me trajeron una cocina de gas y puedo cocinar» cuenta con felicidad. «El resto del tiempo me acurruco en mi cama y mi gatita Busia se pone cerca de mí, así nos damos calor». Lyubov no quiere perder el ánimo y está determinada a sobrevivir a ese «malnacido del Kremlin».
Lyubov no quiere perder el ánimo y está determinada a sobrevivir a ese «malnacido del Kremlin»
Galina Zaharaya, de 73 años, vive una situación parecida a Liubov. «Yo tengo artrosis y ni siquiera puedo salir a comprar comida. Nuestros ascensores se apagan cuando se apagan las luces. También me da miedo el hielo»
Julia trata en todo momento de animar a sus «abuelas», como ellas las llama. Para muchas como Taitiana Sijaniak, de 80 años, el «apoyo moral» y la compañía son más importantes que la comida que le entrega la voluntaria. «Es muy difícil para nosotros mentalmente. Y todo este horror, sobre todo de noche, cuando hay bombardeos. Da mucho miedo cuando tiemblan las ventanas…», solloza Tatiana en su cocina casi a oscuras.