Las listas de heridos colgadas a la entrada del Centro Nacional de Traumatología se cambian cada media hora y ni siquiera eso es suficiente, pues los folios se caen por acción de la humedad y el tacto continuado de dedos ansiosos. Los papeles contienen unos … pocos nombres, catorce, para ausencias que se cuentan por miles. Entre ellas las de Ariyan Pradhan, quien desde hace tres días busca, sin descanso ni suerte, a su hermana y sus dos sobrinas.
Las tres se cuentan entre las víctimas de la catástrofe natural que este miércoles devastó el centro de Nepal y la zona fronteriza con China, una sucesión de avalanchas y riadas que dejan, por ahora, 584 fallecidos –579 en el lado nepalí y cinco en el chino– y casi 2.000 desaparecidos.
Unas cifras provisionales, sobrecogedoras y sin embargo ínfimas ante las dimensiones reales de una tragedia que siguen en gran medida por descubrir, ocultas bajo toneladas de lodo.
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Isabel Miranda
La hermana y las sobrinas de Ariyan viven –tiempo verbal que contiene todo un acto de fe– en Betrawoli, un pequeño pueblo a orillas del río Trishuli. Su caudal se convirtió este miércoles en una fuerza devastadora cuando el desprendimiento en un glaciar de una colosal masa de hielo –de unos 1,5 kilómetros de alto por 1,4 de ancho– aumentó de improviso sus aguas, que arrasaron todo a su paso.
«En cuanto vi las imágenes en redes sociales la llamé, pero su móvil ya no daba señal», cuenta. El silencio impera desde entonces, con la única excepción de su cuñado, quien trabaja como conductor de autobús y en ese momento se encontraba fuera de casa, un hogar desvanecido con sus ocupantes. «No queda nada, solo barro».
Ariyan no ha podido contemplarlo con sus propios ojos, solo a través de imágenes. «Ayer traté de acercarme en moto, pero a la altura de Trishuli, a 70 kilómetros de Katmandú, las fuerzas de seguridad me cortaron el paso y tuve que dar media vuelta». Por eso ahora recorre los hospitales de la capital nepalí, todavía casco en mano, en un recorrido sin fin.
«Ayer traté de acercarme en moto, pero a la altura de Trishuli, a 70 kilómetros de Katmandú, las fuerzas de seguridad me cortaron el paso y tuve que dar media vuelta»
Ariyan Pradhan
Familiar de desaparecidos
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Hay preguntas que un reportero debe ahorrarse, no ya por empatía sino por falta de necesidad: su rostro y sus gestos no manifiestan la crispación de la ansiedad, sino la quietud de la resignación.
Más peligro
Las labores de rescate, y con ellas las respuestas, se han visto dificultadas además por la amenaza de nuevas inundaciones. China y Nepal han alertado hoy del desbordamiento de una concentración de agua generada por los corrimientos de tierra. Este lago acumula 2,5 millones de metros cúbicos de líquido –cantidad que sobre un campo de fútbol alcanzaría 350 metros de altura– y el ministerio de Recursos Hídricos del gigante asiático prevé la entrada de otros tantos antes del fin de semana. Las autoridades nepalíes monitorizan asimismo el resquebrajamiento de otros dos bloques glaciares próximos al colapsado.
Todo ello conforma un escenario de «alto riesgo» que ha paralizado durante varias horas los esfuerzos a ambos lados de la frontera. La Policía nepalí ha realizado un llamado público, pidiendo a la población que «se mantenga alerta y se ponga inmediatamente a salvo». Sobre el terreno aguardan pueblos enteros sepultados, con todos sus vecinos.
La Policía nepalí ha realizado un llamado público, pidiendo a la población que «se mantenga alerta y se ponga inmediatamente a salvo»
La zona del desastre constituye un destino turístico muy popular por sus rutas de peregrinación hindúes, lo que explica el alto número de extranjeros desaparecidos, 517 de 31 nacionalidades distintas, según las últimas cifras oficiales. El tío de Gyan Lama, guía de senderismo, lideraba una expedición de 70 personas que regresaba del lago tibetano de Manasarovar cuando un alud les sorprendió en Timure, un pueblo del distrito de Rasuwa, uno de los más afectados.
Lentos esfuerzos
Su nombre no aparece en el registro del hospital, tampoco el de ninguno de sus acompañantes, de modo que Gyan lo ha escrito a mano en la lista de desaparecidos, mucho más voluminosa. «Hablamos por teléfono apenas veinte minutos antes», se lamenta. Él, que trabaja como guía turístico y conoce bien el paisaje, confiesa apesadumbrado que nunca había visto un episodio tan destructivo, «sobre todo porque todo sucedió de repente».
Policías atienden a familiares en el Centro Nacional de Traumatología.
(J. S.)
En el lado chino, los operarios apenas han avanzado unos 400 metros desde ayer ante las complicaciones del terreno, y el grueso de la comitiva se encuentra todavía a unos 2 kilómetros del paso de Gyirong. Esta distancia, más la predisposición hermética y propagandística, explica las bajas cifras. Toda la información a ese lado de la frontera procede de medios oficiales, puesto que el régimen prohíbe el acceso de periodistas extranjeros a Tíbet. El líder Xi Jinping ha convocado hoy una reunión de emergencia del Comité Central del Partido para «analizar y coordinar las labores de rescate y asistencia».
Katmandú, mientras tanto, oscila entre el duelo, la inquietud y, por encima de todo, la normalidad. La capital nepalí combina calles a medio asfaltar con tiendas de ropa orgánica, en un cambalache de modernidad y medievo perfumado de incienso y especias.
La posibilidad de nuevos desastres no amenaza su cotidianeidad, alejada como está de la cuenca fluvial, pero las autoridades temen que el bloqueo persistente de las carreteras acabe por provocar disrupciones en el suministro de alimentos y combustible. Harán falta también folios, pues la magnitud de la tragedia bajo el barro todavía está por escribirse.