El petróleo de Irán sobrevive a las bombas, las sanciones y a un peaje del 30%
Estados Unidos lleva meses golpeando a Irán desde el aire y esta semana ha decidido apretar en otro frente, precisamente en el que puede hacerle perder más dinero. El Tesoro estadounidense acaba de lanzar una nueva ofensiva para cortar las vías que permiten a Teherán vender petróleo y recuperar después el dinero, aunque Washington se encuentra de nuevo con un problema que lleva años intentando resolver. El crudo iraní sigue encontrando compradores y el camino que utiliza para cobrarlo se ha vuelto cada vez más largo, más caro y también más difícil de cerrar.La nueva campaña, bautizada como Operation Economic Outcast, eleva esa presión un escalón más porque el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, asegura que Washington ha identificado las redes, empresas y canales financieros que utiliza Irán para mover su petróleo y quiere atacar ahora cada uno de esos eslabones. La ofensiva llega después de que la fuerza militar estadounidense haya castigado las capacidades iraníes sin conseguir eliminar la fuente de ingresos que permite al régimen seguir comprando, fabricando y moviendo material militar.¿Dónde está entonces uno de los principales puntos de salida para ese petróleo? En China, que compra aproximadamente el 90% del crudo que exporta Irán, según el propio Tesoro estadounidense, y donde buena parte de esos barriles termina en pequeñas refinerías independientes que se han convertido en una vía esencial para un productor al que muchos de los grandes compradores internacionales evitan por el riesgo de quedar expuestos a las sanciones estadounidenses.El gran compradorPara Irán, esas refinerías permiten mantener abierta su principal fuente de divisas; para las compañías chinas, el atractivo está en acceder a petróleo que durante años ha tenido que venderse en condiciones favorables para compensar el riesgo de comprarlo. Washington intenta romper precisamente esa relación. En abril sancionó a Hengli, una de las mayores refinerías independientes, después de atribuirle compras de productos petroleros iraníes por miles de millones de dólares. Pero conseguir comprador no resuelve todo el problema, porque antes de cobrar hay que conseguir que el barril llegue a destino.Ahí entran los petroleros que cambian de bandera, las sociedades interpuestas y una flota que Estados Unidos lleva años intentando desmontar. Solo en una de las operaciones lanzadas esta primavera, el Tesoro señaló a unas 40 compañías navieras y buques vinculados al transporte de petróleo iraní. Irán recibe buena parte de esas ventas en yuanes y las casas de cambio iraníes resultan esenciales para transformar después esos ingresos en dólares, euros, dirhams y otras monedas con las que puede pagar fuera de sus fronteras.El 30% se queda por el caminoEl centro de estudios estadounidense Carnegie Endowment for International Peace calcula que convertir esos ingresos petroleros en dólares y euros puede llegar a costar entre el 30% y el 50% del valor de mercado del petróleo, debido a la acumulación de intermediarios, conversiones de moneda y estructuras destinadas a ocultar el vínculo directo con Teherán. Ese coste permite entender hasta qué punto las sanciones han alterado el negocio sin llegar a detenerlo, porque el petróleo continúa saliendo y el dinero continúa moviéndose, aunque una parte considerable pueda perderse simplemente para conseguir que termine en un lugar donde el régimen pueda utilizarlo.Irán acepta ese peaje porque la alternativa sería dejar el crudo bajo tierra y renunciar a una fuente de financiación que la Administración de Información Energética de Estados Unidos sigue considerando relevante para los ingresos públicos del país. Las redes que permiten mantener ese circuito abierto tampoco se han construido de un día para otro. El Tesoro estadounidense documentó ya en 2024 cómo la casa de cambio iraní Sadaf Exchange mantenía dinero del Ministerio de Defensa fuera del país, recuperaba ingresos procedentes de ventas de petróleo y transfería fondos a cuentas y proveedores en China, Turquía, Emiratos Árabes Unidos y otros mercados.Ese tipo de entramados es precisamente el que Washington intenta alcanzar ahora con las sanciones secundarias, extendiendo la presión a las compañías financieras, los intermediarios y los socios que participan en las operaciones una vez vendido el crudo. La ofensiva deja así de concentrarse únicamente en el comprador o en el petrolero y se desplaza hacia quienes permiten que el dinero atraviese distintas jurisdicciones y termine disponible para Teherán.Ese recorrido financiero es precisamente el que mantiene abierta una de las principales vías de presión para Estados Unidos. Carnegie señala que, aunque Irán puede vender petróleo fuera de los canales tradicionales y cobrarlo en yuanes, una parte de sus pagos internacionales sigue necesitando dólares y euros que circulan por sistemas financieros sobre los que Washington conserva capacidad de actuación.
