Tecnología - Colombia
Registro  /  Login

Portal de Negocios en Colombia

TECNOLOGÍA

¿Cuál es la red social más usada en España? Así han cambiado los hábitos de consumo digital

Las redes sociales forman parte del día a día de los usuarios que residen en España, tanto como herramienta de comunicación como espacio de entretenimiento y consumo digital. Su presencia se ha consolidado hasta convertirse en un hábito cotidiano, aunque no todas las plataformas mantienen el mismo nivel de popularidad. Según el Panel de Hogares de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), Instagram se ha consolidado como la red social más utilizada en España, con un 57,9% de usuarios habituales.Creciendo más de tres puntos porcentuales respecto al año anterior, Instagram sigue liderando el podio de las plataformas más populares, frente a Facebook que se mantiene en segundo puesto con un 52% y TikTok que ocupa el tercer lugar con un 31%.Por el resto, otras redes sociales como X, Pinterest o LinkedIn aglutinan menos del 20% de usuarios, teniendo en cuenta que la aplicación de Elon Musk ha pasado de un 18,1% del año pasado al 16,3% actual.La CNMC señala que la pérdida de usuarios en redes como Facebook o X responde al auge de plataformas como Instagram o TikTok, cuyo contenido visual y de consumo rápido resulta más atractivo para gran parte del público. Esta tendencia refleja un cambio en los hábitos digitales, especialmente entre los usuarios más jóvenes, que priorizan formatos basados en imágenes y vídeos cortos que las publicaciones tradicionales centradas en texto.En lo que respecta a la mensajería instantánea, WhatsApp mantiene su liderazgo con un 94,6% de usuarios que la utilizan, posicionándose por delante de otras alternativas como Instagram con un 27,6% o Telegram con un 17,4%.También, los datos del Panel de Hogares de la CNMC muestran el peso que tienen estas herramientas en la rutina digital diaria, teniendo en cuenta que el 83,8% de los usuarios emplea aplicaciones de mensajería varias veces al día, mientras que el 52,6 % accede con esa misma frecuencia a redes sociales y el 49,8 % consulta su correo electrónico de forma recurrente.Por otro lado, el informe también detecta un descenso en el consumo diario de entretenimiento en línea: solo un 30% ve vídeos varias veces al día y algo más del 22% escucha música con esa misma frecuencia. ¿El motivo? El móvil sigue siendo el eje de la vida digital de los usuarios, con la mensajería instantánea como actividad predominante y una creciente preferencia por redes sociales basadas en contenidos visuales.

León XIV y los tres peligros que oculta la IA

La primera encíclica del Papa León XIV llega en un momento especialmente delicado: la inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en una infraestructura cotidiana que reorganiza la economía, la información y las relaciones sociales. En el texto, el … Pontífice se pregunta qué ocurre con la dignidad humana cuando delegamos cada vez más decisiones y formas de conocimiento en sistemas algorítmicos.
El texto acierta en algo esencial: recordar que la IA no piensa ni aprende como una persona. Los sistemas actuales funcionan mediante adaptación estadística a partir de enormes cantidades de datos. Pueden producir resultados muy eficaces, pero no poseen conciencia moral ni experiencia del mundo. Simulan empatía o comprensión, pero no conocen aquello que producen. Esa distinción resulta hoy decisiva en un contexto donde algunas figuras tecnológicas y científicas tienden a confundir capacidad con humanidad, como ha ocurrido con las últimas declaraciones de Richard Dawkins.

La encíclica señala, además, un problema más profundo, que es el modo en que la tecnología puede alterar nuestra comprensión del ser humano. Cuando la eficiencia se convierte en la medida dominante del valor, la persona corre el riesgo de verse como un proyecto que debe optimizarse permanentemente. La advertencia es pertinente porque el debate sobre la IA suele centrarse en sus prestaciones y olvidar la cuestión antropológica: qué idea de ser humano queda implícita en nuestras tecnologías. Sin embargo, creo que se tiende a sobreestimar a la IA en estas cuestiones, ya que la ingeniería genética plantea dilemas quizá aún más radicales sobre identidad, desigualdad o selección humana.
El texto adopta una posición claramente más crítica que entusiasta. Reconoce avances en medicina, investigación o productividad, pero insiste sobre todo en los riesgos. Resalta tres, y el primero es la facilidad. Las herramientas inteligentes simplifican tareas y ahorran tiempo, pero también pueden acostumbrarnos a delegar demasiado. La tentación de aceptar respuestas inmediatas debilita lentamente el juicio personal y la capacidad de deliberación.
El segundo es la falsa apariencia de objetividad. Muchos sistemas algorítmicos se presentan como neutrales cuando reflejan prioridades y sesgos incorporados por quienes los diseñan. Investigaciones recientes muestran, por ejemplo, que los grandes modelos de lenguaje distinguen razonablemente bien hechos verdaderos y falsos, pero tienen más dificultades con creencias personales, lo que puede reforzar percepciones erróneas precisamente allí donde el juicio humano resulta más vulnerable.
El tercer riesgo es más sutil: la ilusión de relación personal. Los chatbots pueden resultar útiles e incluso reconfortantes, especialmente para personas con dificultades de interacción social. Pero también pueden inducir a engaño si el usuario olvida que detrás de la conversación no existe un sujeto consciente. La simulación de compañía puede terminar sustituyendo vínculos humanos reales o reforzando respuestas complacientes que debiliten la autocrítica. De hecho, se han publicado evidencias de que el comportamiento adulador de estos asistentes podría estar reforzando los prejuicios y sesgos de quienes los usan.

«No es un hecho puramente técnico»

Más allá de estos riesgos genéricos, hay cuatro ámbitos concretos que la encíclica aborda con especial interés. Aquí se destacan la responsabilidad y la gobernanza. El Papa tiene razón al afirmar que la IA nunca es un hecho puramente técnico. Cuando un algoritmo interviene en decisiones sobre empleo, crédito o seguridad, puede afectar directamente a derechos fundamentales. En este sentido, Europa ha avanzado en este terreno con su Reglamento de Inteligencia Artificial y otras normativas, que intentan limitar riesgos asociados a derechos y libertades.
En este ámbito destacan dos cuestiones especialmente delicadas. La primera son los ‘deepfakes’ y la desinformación, que amplifican enormemente la capacidad de fabricar relatos falsos y erosionar la confianza pública. Aunque creo oportuno resaltar dos puntos que no se mencionan habitualmente. Uno, que los impactos más graves de los deepfakes se están produciendo en la violencia digital contra las mujeres mediante imágenes manipuladas y contenidos vejatorios generados artificialmente. Dos, que las sociedades también desarrollan mecanismos de resiliencia frente a la propaganda y las noticias falsas, como explica Hugo Mercier en ‘No hemos sido engañados’.
La segunda cuestión son los sesgos. Sistemas aparentemente neutrales pueden reproducir discriminaciones de género, edad o condición social presentes en los datos con los que fueron entrenados. Tal como resalta Antonio Diéguez en ‘Pensar la tecnología’, uno de los mitos más extendidos es afirmar que la tecnología no es buena ni mala, sino que depende del uso que hagamos de ella. La neutralidad tecnológica absoluta no existe: toda tecnología incorpora una determinada visión del mundo.
El problema del trabajo también se aborda en la encíclica. La automatización promete liberar al ser humano de tareas pesadas o repetitivas, pero también puede generar ‘desespecialización’, vigilancia permanente y precarización. La respuesta más razonable pasa por vincular toda automatización a políticas activas de protección laboral y formación continua.
El documento aborda, además, el poder acumulado a través de los datos. Quien controla información sanitaria, educativa o económica posee una enorme capacidad de influencia. A ello se suma un problema frecuentemente invisibilizado: millones de trabajadores sostienen el entrenamiento de estos sistemas mediante tareas mal remuneradas y psicológicamente duras.

Reducir al enemigo a un dato

Finalmente, León XIV advierte sobre el uso militar de la IA. Delegar decisiones letales en sistemas autónomos amenaza con diluir la responsabilidad moral y reducir al enemigo a un simple dato. Mantener un control humano efectivo sobre el uso de la fuerza debería convertirse en un principio internacional básico.
Quizá una cuestión que conviene añadir al debate es la soberanía tecnológica. Si Europa renuncia a desarrollar capacidades propias y se limita a regular tecnologías ajenas, no podrá realizar un control efectivo, como se plantea en la encíclica, sobre tecnologías diseñadas por otros.
La principal virtud del documento quizá no esté en ofrecer soluciones cerradas, sino en recordar algo elemental que el entusiasmo tecnológico suele olvidar: ninguna innovación elimina la necesidad del juicio humano. La cuestión decisiva no es únicamente qué pueden hacer las máquinas, sino qué tipo de sociedad queremos construir con ellas.

Pablo Haya Coll

Pablo Haya Coll es investigador del Laboratorio de Lingüística Informática de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y director del área de Business & Language Analytics (BLA) del Instituto de Ingeniería del Conocimiento (IIC)

Fiebre naranja en los móviles, la colorida moda que nació con el iPhone 17 Pro

En los móviles se lleva el naranja. Antes, de vez en cuando, llegaba alguno en ese color (caso del realme GT 7 Pro), pero no ha pasado desapercibido que la tendencia surgió a raíz de que el iPhone 17 Pro sorprendiera con dicha elección estilística. El reclamo naranja se extiende por todos los segmentos de precio. 20bits repasa varios smartphones que incluyen versiones en esa llamativa tonalidad, no pocos de los cuales modulan también el diseño Apple.HONOR 600El último en aparecer en el mercado español en ese potente color es el HONOR 600 (desde 499 euros), también disponible en negro y en blanco dorado. Un teléfono compacto (pantalla de 6,57 pulgadas), hasta arriba de batería (6.400 mAh), con cámara de 200 MP y con extras como la creación de breves vídeos a partir de imágenes gracias a la IA (Imagen a Vídeo 2.0).OPPO Find X9 UltraEl flamante OPPO Find X9 Ultra (1.699 euros) entró en escena en un sobrio negro (Tundra Umber) y en naranja (Canyon Orange), variante fabricada con fibra de grado aeronáutico. La mayor expresión tecnológica de la marca brilla por su fotografía profesional, simbolizada en su teleobjetivo óptico de 50MP con zoom de 10x y sus cámaras Hasselblad de 200 MP.HUAWEI Pura X MaxHUAWEI se ha apuntado un tanto tecnológico con el Pura X Max, su primer plegable de formato más ancho, tendencia emergente en la que se ha adelantado a Apple y a Samsung. Un modelo innovador comercializado en China en cinco vistosos colores, entre ellos el naranja. Luce una pantalla exterior de 5,4 pulgadas y una interior de 7,7.realme P4 Power 5Grealme estrenó su batería Titan de 10.001 (mAh) con el realme P4 Power, dispositivo que con el color naranja buscaba reforzar el atractivo desplegado de por sí por su increíble capacidad. Lanzado de partida en la India, y sin exhibir un grosor excesivo (9 mm) a pesar de su condición, venía con pantalla AMOLED curva, cámara de 50 MP y el procesador Dimensity 7400 Ultra.HONOR Magic8 Pro AirPara el mercado chino, HONOR lanzó su dispositivo ultrafino para competir con el iPhone Air, que para más inri apostaba por el naranja. Con 6,1 mm de grosor y 155 gramos de peso, el HONOR Magic8 Pro Air ofrecía batería de 5.500 mAh, capacidad superior en su vertiente, y se caracterizaba a su vez por una pantalla OLED de 6,1 pulgadas y por un teleobjetivo periscópico de 64 MP.TECNO Spark 50TECNO, marca fuerte en mercados africanos y asiáticos que todavía no se ha decidido a dar el gran salto europeo (aunque está presente en varios países), ha aplicado el factor naranja a modelos como el Camon 50 Ultra 5G y el Spark 50. El segundo modelo, un 4G, es el que más mira al diseño tipo iPhone y cuenta con batería de 7.000 mAh y cámara de 50 MP.Infinix Note 60 ProUna marca apenas conocida por aquí, Infinix, ha lanzado varios dispositivos que contemplan el naranja para el toque estético. El último, el Infinix Note 60 Pro, que también llama la atención por el detalle de que en la trasera imita la Glyph Matrix de Nothing por medio de su zona para notificaciones en el lado derecho del módulo.itel A200+Como el caso interior, itel tampoco suena por estos lares. Pertenece al mismo grupo de TECNO y de Infinix, y sobre todo tiene presencia en mercados emergentes. Dispositivos como el A200+, con batería de 6.000 mAh, indican que ha asimilado el naranja como un color más.Unihertz Titan 2 EliteEl Titan 2 Elite (490 dólares), el curioso móvil con teclado físico de Unihertz, también apuesta por el naranja como uno de sus colores para resultar todavía más llamativo. Conjuga su rasgo distintivo y atípico con una pantalla AMOLED de 4,03 pulgadas, el procesador MediaTek Dimensity 7400 y dos cámaras de 50 MP.

¿Podrían los líderes de la IA llegar a ser tan poderosos como Ford o Rockefeller?

Dario, Demis, Elon, Mark y Sam. Las cinco figuras más importantes de la IA son tan famosas que basta con sus nombres de pila para identificarlas. Políticos y periodistas están pendientes de cada una de sus palabras. ChatGPT, gestionado por OpenAI de Sam Altman, tiene … más de 900 millones de usuarios semanales. Anthropic, de Dario Amodei, ha desarrollado un modelo de IA tan bueno para hackear que ha causado pánico entre los responsables políticos. Demis Hassabis, director de las iniciativas de IA de Google, ha ganado un premio Nobel por su investigación científica. Elon Musk, que dirige xAI, entre otros negocios, es la persona más rica del mundo. Meta, de Mark Zuckerberg, ha creado la familia de modelos de código abierto más popular de Occidente y está invirtiendo enormes sumas en investigadores de IA en un intento por alcanzar la vanguardia de la tecnología.
En un sentido muy real, estos cinco hombres tienen el destino de la civilización occidental en sus manos. El ejército estadounidense ya utiliza sus herramientas de IA, y algunos de los magnates —Altman y Musk— muestran más entusiasmo por ello que otros —Amodei—. Algunos economistas creen que la IA acabará impulsando el crecimiento económico. Otros dicen que dejará sin trabajo a millones de personas. Muchos temen que pueda acabar con la humanidad por completo. Desde la fisión del átomo, ninguna nueva tecnología había generado tanta angustia.

Resulta inquietante que tan pocos hombres ejerzan un poder tan impresionante, sobre todo hombres tan oportunistas como Altman o tan volátiles como Musk. Sin embargo, no es algo sin precedentes. Los cinco famosos de la IA no son más que el último ejemplo de un fenómeno común en la historia del capitalismo occidental. Hay muchos ejemplos en los que un pequeño grupo de hombres ha impulsado nuevas tecnologías, no necesariamente inventándolas, sino llevándolas a las masas. En el proceso, han acumulado un poder enorme.

Newsletter

Estas tecnologías han moldeado la forma de vida de todo el mundo: los ferrocarriles ayudaron a la gente a desplazarse más lejos y más rápido que nunca, el petróleo proporcionó la energía para el capitalismo industrial, el acero facilitó la construcción de edificios más altos, los automóviles contribuyeron a crear el consumismo de masas, la banca minorista dio crédito al mundo e Internet acaparó la atención de la humanidad. Todas estas tecnologías hicieron más rico al mundo. También trastocaron las normas sociales.
Podría pensar que los magnates están sobrevalorados, o algo peor. El progreso tecnológico es el resultado de las acciones de millones de personas. Nadie inventó el acero ni desarrolló Internet, por ejemplo. Un puñado de personas acapara los beneficios de estos esfuerzos colectivos. La ira popular hacia los superricos proviene de la creencia de que, en el mejor de los casos, estaban en el lugar adecuado en el momento oportuno y, en el peor, de que se están aprovechándose del resto de la sociedad. «Cada multimillonario es un fracaso de las políticas», reza el eslogan.
Se trata de una conclusión poco generosa. La historia demuestra que, una y otra vez, los magnates han desempeñado un papel decisivo en la difusión de nuevas tecnologías al mercado de masas. Son una condición necesaria para la innovación. Un artículo publicado en 2023 por Shari Eli, de la Universidad de Toronto, y sus colegas concluye que el desarrollo por parte de Ford del Modelo T —un automóvil lanzado por primera vez en 1908 que era mucho más barato que cualquier otro anterior— explica en gran medida por qué los estadounidenses fueron los primeros en adoptar ampliamente los automóviles. Un artículo del año pasado de Ufuk Akcigit, de la Universidad de Chicago, y sus coautores señala el papel crucial de los llamados «emprendedores transformadores» a la hora de convertir los inventos en crecimiento económico a largo plazo. En resumen, la prosperidad requiere magnates.

Henry Ford es el magnate más poderoso que ha visto Estados Unidos hasta la fecha

Para conocer la analogía entre los magnates de la IA y los titanes empresariales a lo largo de la historia, The Economist ha examinado once oleadas tecnológicas sucedidas en Estados Unidos durante los últimos 150 años, desde los ferrocarriles hasta Internet. Para cada una de ellas, seleccionamos a las cinco personas más importantes responsables del control, la distribución y la popularización de la tecnología en cuestión.
Cuantificamos el poder de cada una analizando los ingresos, el empleo y el valor de mercado de sus empresas en su momento álgido, así como una valoración subjetiva del grado de control corporativo que ejercía el magnate, junto con su riqueza personal. Consultamos libros y conjuntos de datos históricos, además de las cifras de Forbes, que comenzó a hacer un seguimiento de las fortunas de los más ricos en 1918. Normalizamos las medidas basándonos en el indicador de referencia más relevante, como el PIB o la población de la época. En el caso de muchos magnates anteriores, los datos eran escasos; las fortunas, por ejemplo, solían ocultarse. Por tanto, lo que sigue representa solo nuestra mejor estimación.
La riqueza por sí sola no captaría el alcance total del poder de un magnate. En su apogeo, la fortuna de John D. Rockefeller, fundador de Standard Oil, equivalía a alrededor del 1,5 % del PIB estadounidense. Es posible que Musk sea aún más rico, dependiendo de cómo se calcule su patrimonio. Sin embargo, según nuestra clasificación, Henry Ford es el magnate más poderoso que ha visto Estados Unidos hasta la fecha.

Manos visibles

Ford era enormemente rico. Estimamos que, en su apogeo, poseía activos por un valor muy superior al 1 % del PIB estadounidense. Su extensa finca, situada cerca de la sede de su empresa en Dearborn (Míchigan), es preciosa. Rockefeller era aún más rico, pero daba empleo a muchas menos personas: durante la etapa de Ford, su empresa automovilística era verdaderamente enorme y en 1925 empleaba a alrededor del 0,15 % de la población estadounidense. Ford también ejercía un control casi total sobre la empresa. Tras comprar las acciones de los accionistas minoritarios en 1919, su familia pasó a ser propietaria de la empresa en su totalidad.
Además, ningún otro magnate ha hecho tanto por transformar la sociedad. El Modelo T de Ford fue revolucionario porque se fabricaba a gran escala y estaba dirigido al mercado de masas. En 1917, más del 40 % de los coches que circulaban por las carreteras estadounidenses eran Modelos T. A los trabajadores de Ford se les pagaba lo suficiente —el famoso salario de cinco dólares al día— para comprar los vehículos que producían sus fábricas. Hoy en día, es difícil dar una vuelta por Dearborn sin toparse con el legado de este hombre: desde el centro médico Henry Ford hasta las numerosas calles que llevan el nombre de miembros de la familia.
La mayoría de los demás titanes de nuestro top ten —entre ellos, Cornelius Vanderbilt (un magnate ferroviario), Andrew Carnegie (un magnate del acero) y Alfred P. Sloan (un antiguo jefe de General Motors)— fallecieron hace mucho tiempo. Sin embargo, dos magnates vivos logran entrar en la lista. Uno es Jeff Bezos, el fundador de Amazon, que ocupa el cuarto puesto en nuestra clasificación. Amazon da empleo a más de un millón de estadounidenses y tiene un valor de 2,7 billones de dólares. Luego está Musk, en el octavo puesto, aunque su elevada posición refleja más su éxito en la fabricación de automóviles —Tesla— y cohetes —SpaceX— que en la IA. No muy lejos de él, en el puesto once, se encuentra Zuckerberg, lo cual es igualmente más resultado del dominio de Meta en las redes sociales que de su posición en la IA. Por el contrario, Altman, Amodei y Demis, cuyo poder está más directamente vinculado a la IA, se sitúan en la mitad inferior de nuestra clasificación. La creación de modelos depende de un pequeño número de personas inteligentes y de una enorme potencia de cálculo, lo que significa que los laboratorios que dirigen estos hombres cuentan con relativamente pocos trabajadores. Además, ninguno de los tres disfruta del tipo de control corporativo de Ford o Vanderbilt: Altman dirige OpenAI a discreción de su consejo de administración —que lo destituyó brevemente en noviembre de 2023, si bien dicho órgano fue purgado después—, Amodei solo posee una pequeña participación en el laboratorio que cofundó, y Demis ni siquiera es el empleado de mayor rango de su empresa.
Para ser justos, la tecnología que manejan, a diferencia de la de los demás integrantes de nuestra lista, todavía se encuentra en pañales. Pocos magnates del pasado tenían el mismo potencial para marcar el rumbo de numerosas industrias, desde el entretenimiento hasta la defensa. Y pueden pasar muchos años hasta que los magnates que hay detrás de la IA alcancen la cúspide de su poder. En 1913, diez años después de su fundación, Ford Motor Company obtenía unos beneficios anuales de aproximadamente 1000 millones de dólares al cambio actual. OpenAI, que recientemente ha cumplido la misma edad, aún está muy lejos de obtener beneficio alguno.

Las leyes del poder

El estudio de los magnates a lo largo de la historia también revela tres importantes puntos en común. El primero es que muchos eran profundamente extraños: Ford era raro en el mal sentido, pues su periódico, el Dearborn Independent, difundía veneno antisemita; Rockefeller era raro en el buen sentido, obsesionado con cómo ahorrar dinero incluso cuando se hizo enormemente rico; Vanderbilt se comunicaba con espíritus del más allá; John Pierpont Morgan, un titán de la banca, consultaba a astrólogos; Thomas Edison, pionero de la electricidad, se oponía fervientemente al sueño; Steve Jobs, fundador de Apple, practicaba dietas extremas. Teniendo esto en cuenta, las teorías conspirativas de Musk o el comportamiento robótico de Zuckerberg no parecen tan fuera de lo común.
La segunda similitud es que, a medida que estos magnates popularizaban nuevas tecnologías, introducían nuevos peligros. Algunos de ellos se percibían como amenazas para la vida y la integridad física: en los primeros tiempos del ferrocarril, muchos científicos temían que los seres humanos fueran biológicamente incapaces de viajar a altas velocidades, la aviación era muy insegura al principio, al igual que la perforación en busca de petróleo, y los coches mataban tanto a peatones como a ocupantes. La rivalidad entre la corriente continua de Edison y la corriente alterna de George Westinghouse generó pánico en torno a la seguridad pública; los hombres de Edison organizaron espantosas electrocuciones públicas de animales para convencer a los estadounidenses de que la tecnología de su rival era letal.
Otros riesgos eran de carácter financiero. El exceso de inversión en ferrocarriles contribuyó a provocar repetidas crisis bursátiles en el siglo XIX. Un sistema bancario más grande extendió el crédito, pero magnificó las crisis financieras. Además, muchas de estas nuevas tecnologías automatizaron puestos de trabajo, dejando a la gente en la cuneta económica. Los ferrocarriles y los coches acabaron con el transporte tirado por caballos. La electrificación eliminó las limitaciones mecánicas que habían impedido la automatización en la industria manufacturera.

A medida que la IA transforme la economía y la sociedad, las personas que están detrás de ella también podrían encontrarse con gobiernos que deseen frenar su poder

El tercer punto en común se refiere a las relaciones entre los magnates y el Estado. Los magnates del siglo XIX disponían, sin duda, de mayor libertad que sus homólogos modernos: más margen para controlar los mercados, mayor capacidad para imponer disciplina a los trabajadores y más oportunidades para el amiguismo. Carnegie reprimía con violencia los disturbios laborales. Morgan ejercía tal influencia sobre el sistema financiero que, durante la crisis bursátil de 1907, actuó personalmente como banco central de Estados Unidos. Andrew Mellon, otro magnate de nuestra lista, ocupó el cargo de secretario del Tesoro mientras seguía dirigiendo uno de los mayores imperios industriales de Estados Unidos.
Sin embargo, a partir del siglo XX, los gobiernos frenaron muchos de los peores excesos de los magnates de antaño. En 1911, el Tribunal Supremo ordenó la desintegración de Standard Oil en 34 empresas independientes tras dictaminar que había infringido la ley antimonopolio. En parte para evitar otro rescate al estilo Morgan, en 1913 el Congreso creó la Reserva Federal. Las reformas de la década de 1930 dificultaron que los magnates controlaran sociedades de cartera de gran tamaño. En 2000, un juez ordenó la desintegración de Microsoft por monopolización ilegal —el gigante del software escapó por los pelos de la desintegración en la fase de apelación, pero fue castigado de todos modos—. A medida que la IA transforme la economía y la sociedad, las personas que están detrás de ella también podrían encontrarse con gobiernos que deseen frenar su poder.
En teoría, el capitalismo tiende a presentarse como impersonal y descentralizado. En la práctica, sin embargo, sus fases más importantes suelen ser impulsadas por personas. Una y otra vez, figuras imponentes y cuasi autocráticas han obtenido el control de amplios sectores de la economía. Puede que los hombres que actualmente potencian la IA no se encuentren necesariamente entre ellos. Sin embargo, si la historia sirve de guía, es probable que pronto surja un Rockefeller o un Ford.

La nueva IA de Anthropic genera alarma a nivel mundial: «Es peor que una bomba atómica»

Cuando Anthropic anunció este mismo mes que había creado una nueva herramienta de IA capaz de encontrar y explotar agujeros de seguridad en internet mejor que casi cualquier experto humano, dejó claro que la herramienta era demasiado peligrosa como para dejarla al alcance de … cualquiera. En su lugar, la compañía dirigida por Dario Amodei optó por seleccionar a un pequeños puñado de empresas estadounidenses -entre ellas Apple, Microsoft o Amazon- para «proteger el software», al que califican como «el más crítico del mundo». Después, lo puso a disposición de unas pocas compañías más para que puedan buscar fallos en sus sistemas.
La máquina recibe el nombre de Claude Mythos Preview y ha sido capaz de detectar, en cuestión de semanas, «miles de vulnerabilidades de alta gravedad, incluidas algunas en todos los principales sistemas operativos y navegadores web». Desde su anuncio, gobiernos y compañías de todo el mundo han llamado la atención sobre el peligro que representa. Sobre todo, si cae en manos de cibercriminales, que podrían explotarla para buscar de una forma más efectiva agujeros de seguridad en grandes compañías.

MÁS INFORMACIÓN

En Reino Unido, el Gobierno está presionando a sus empresas más grandes para que refuercen sus sistemas de ciberseguridad ante el temor de que el lanzamiento de que la herramienta desate una gran oleada de ciberataques. Mientras tanto, la Comisión Europea está evaluando las posibles implicaciones en materia de seguridad cibernética. En las últimas semanas se ha reunido varias veces con Anthropic, aunque todavía no ha conseguido acceso directo al modelo para poder revisarlo y analizar sus riesgos.
El jefe del Bundesbank, Joachim Nagel, alertó recientemente sobre el riesgo y afirmó que «todas las instituciones pertinentes deberían tener acceso a dicha tecnología para evitar distorsiones competitivas». En Estados Unidos, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, tuvieron hace unos días un encuentro urgente con los directores ejecutivos de los los grandes bancos para advertirles sobre los peligros cibernéticos que plantea el modelo.
La herramienta también ha generado alerta en países como China y Rusia. Actualmente, las empresas del gigante asiático no cuentan con tecnología similar a Mythos Preview, aunque los expertos en IA esperan que desarrollen una herramienta parecida en cuestión de meses. Más delicada es la situación del país gobernado por Putin, que anda a la zaga en materia de inteligencia artificial. De acuerdo con ‘The New York Times’, un medio de comunicación ruso afín al Kremlin catalogó a la máquina como algo «peor que una bomba atómica».
La creación de Mythos también ha provocado un acercamiento entre Anthropic y el Gobierno de Estados Unidos. En febrero, Washington ordenó a todas las agencias federales dejar de usar la tecnología de la empresa después de que esta se negase a permitir que su IA fuera utilizada para desarrollar armas autónomas o sistemas de vigilancia doméstica. Recientemente, la Casa Blanca y Anthropic han evaluado posibles usos de Mythos en tareas de ciberseguridad y defensa. Donald Trump afirmó el pasado martes que espera empezar a llevarse «muy bien» con la firma dirigida por Amodei.

Un arma de doble filo

Por el momento, la nueva tecnología de Anthropic solo está al alcance de empresas estadounidenses y, desde hace escasos días, unas pocas británicas. A pesar del celo de la empresa, ya es posible que haya caído en poder de terceros. Según la agencia ‘Bloomberg’, que cita a una persona familiarizada con el asunto, unos pocos usuarios no autorizados consiguieron acceder al modelo el mismo día que fue anunciado. Desde entonces, lo habrían utilizado en varias ocasiones, aunque con fines de seguridad: no para lanzar ciberataques. La empresa ha confirmado que está investigando la posible filtración.

A pesar del celo de Anthropic, su IA ya podría haber caído en manos de usuarios no autorizados por la empresa

Sea como sea, todos los expertos consultados por ABC resaltan que Mythos representa un arma de doble filo. «Por un lado, puede hacer un gran trabajo a la hora de detectar fallos y arreglarlos, pero también puede generar muchos problemas si cae en manos de actores maliciosos», señala el ‘hacker’ ético Antonio Fernandes.
«Potencialmente, puede ser brutal», destaca, por su parte, David Sancho, investigador de amenazas de la empresa de ciberseguridad Trend AI. «Lo que ocurra con ella dependerá de quién la utilice. Por el momento, parece que Anthropic lo está haciendo bien, porque está controlando mucho las empresas que tienen acceso. A los que nos dedicamos a la defensa nos puede ayudar mucho», prosigue el experto.
Hervé Lambert, jefe de operaciones de Panda Security, no tiene dudas de que, a pesar del celo de la empresa de inteligencia artificial, los cibercriminales tratarán de acceder a esta tecnología: «Seguramente intenten utilizarla en el futuro para poder trabajar mejor y de forma más rápida. Con ella, todos los ataques pueden ser mucho más eficientes y rápidos».
Lambert remarca que «estamos hablando de tecnología muy peligrosa»; y Josep Albors, jefe de investigación en la empresa de ciberseguridad ESET está de acuerdo, aunque considera que por el momento «no hay razones para que cunda el pánico»: «No creo que Mythos represente la llegada del apocalipsis. Solo creo que puede dar inicio a un cambio en la forma de descubrir y explotar vulnerabilidades. Todavía hay muchas incógnitas sobre la tecnología y sobre el daño real que se puede hacer con ella».
 

Google quiere acabar con los códigos de verificación: bastará con pulsar un botón sin salir de la app

Crear una cuenta, iniciar sesión o recuperar una contraseña suele implicar siempre lo mismo: recibir un código, cambiar de app, copiarlo y volver. Un gesto cotidiano que, aunque breve, interrumpe la experiencia y no siempre funciona a la primera.Ahora, Google quiere eliminar ese paso intermedio con una propuesta sencilla: en lugar de recibir un código por correo o SMS, el usuario verá directamente un botón dentro de la propia app y solo tendrá que pulsar ‘Aceptar y continuar’ para confirmar su identidad.Detrás de este cambio hay bastante más de lo que parece. Lo que ha hecho Google es apoyarse en una tecnología que permite a las aplicaciones ‘preguntarle’ directamente al propio móvil del usuario cuál es su cuenta de correo y si esa cuenta es auténtica. Es decir, en lugar de enviar un código y esperar a que el usuario lo copie, la app y el sistema del dispositivo hablan entre sí de forma segura.Este no es el primer ejemplo de este tipo de desarrollo. En realidad, los sistemas operativos llevan tiempo intentando hacer este proceso menos tedioso. Por ejemplo, iOS ya sugiere automáticamente los códigos que llegan por SMS o correo en el propio teclado. Es decir, aunque recibas un código, no necesitas salir de la app: el sistema lo detecta y te lo ofrece para rellenarlo con un toque.Sin embargo, el cambio que plantea Google va un paso más allá. Porque uno de los problemas habituales de la verificación tradicional es que los mensajes pueden tardar en llegar, perderse o acabar en la carpeta de spam. Además, copiar códigos manualmente abre la puerta a errores. Así que la compañía de Mountain View lo que ha hecho es directamente eliminar el código. Con este nuevo sistema, todo ocurre dentro del propio dispositivo y con el consentimiento explícito del usuario, lo que, según Google, mejora tanto la rapidez como la seguridad. Este nuevo método solo funciona, por ahora, con cuentas personales de Google. Quedan fuera las cuentas de empresa (Workspace) y las supervisadas.

El lado oscuro de publicar contenido sobre tus hijos en internet

Las huellas digitales comienzan mucho antes de que los niños den sus primeros pasos. Es posible que aún estén en el útero cuando sus padres publican contenido sobre ellos en las redes sociales, compartiendo ecografías con leyendas como «¡amor a primera vista!». Luego vienen las … fotos del recién nacido, que aparecen en Instagram a las pocas horas de nacer el bebé. El sharenting va en aumento: uno de cada cuatro niños en Occidente tiene presencia en las redes sociales antes de nacer, según datos muy extendidos.
Sin embargo, los padres no siempre se detienen ahí. Algunos convierten a sus hijos en auténticas estrellas de las redes sociales —conocidos con el llamativo nombre de kidfluencers— y documentan cada hito importante, y muchos menos relevantes. Cogen la cámara para capturar las primeras palabras y los primeros pasos, los problemas de la dentición, las rabietas y el aprendizaje para ir al baño. Incluso «los momentos más íntimos se transmiten a millones de personas», escribe la periodista Fortesa Latifi en un nuevo libro, ya que se genera contenido a partir de todo, desde la pubertad hasta la menstruación.

«Like, Follow, Subscribe» es una fascinante revelación sobre el kidfluencing, un negocio multimillonario en el que «la privacidad de los niños se cambia por beneficios». La autora conoce a padres que se han convertido en «productores, representantes y cámaras», incentivando a sus hijos a grabar vídeos y dictando cuántas horas deben trabajar al día.

Newsletter

El kidfluencing es una lucrativa fuente de ingresos para las familias. Latifi descubre que las cuentas más populares cobran hasta 200 000 dólares por publicación patrocinada, lo que les supone entre ocho y diez millones de dólares al año. En este mundo, «nada es demasiado personal para ser #patrocinado»: el aprendizaje para ir al baño se convierte en un anuncio de pañales y afeitarse las piernas por primera vez es una oportunidad para promocionar una marca de maquinillas de afeitar.
La industria ha suscitado comparaciones con la actuación o el modelaje infantil. Sin embargo, no cuenta con las mismas garantías legales, señala Latifi. En Estados Unidos, solo cinco estados tienen leyes que obligan a los padres a compartir con sus hijos las ganancias de estos. Cuestiones como el consentimiento para ser filmado, el control del contenido y las horas dedicadas al rodaje quedan a discreción de los padres.
Sin duda, algunos niños se benefician de la fama y el dinero que conlleva ser influencer. Tomemos como ejemplo a Ryan Kaji, que se hizo famoso a los tres años por sus reseñas de juguetes; hoy tiene más de 40 millones de suscriptores en YouTube y ganó 35 millones de dólares en 2025, según Forbes. Sin embargo, el reportaje de Latifi se centra más en los aspectos negativos. Le pregunta a Julie Jeppson, madre de ocho hijos que gestiona un canal familiar de YouTube, cuáles de sus vídeos son los más populares. Jeppson revela que son aquellos en los que sus hijos se hacen daño: «las hemorragias nasales, los brazos rotos o las visitas a urgencias». Cuando uno de los hijos de Jeppson sufre, se pregunta Latifi, ¿su instinto es ayudarlo o coger el teléfono y grabarlo? En un vídeo viral de otra cuenta, un padre sigue grabando a su hijo mientras sufre un ataque epiléptico en lugar de llamar inmediatamente a una ambulancia.

Comercialización de productos

El carácter viral —algo que los padres suelen esforzarse por evitar en la guardería— ha adquirido una nueva dimensión con las redes sociales. Los anuncios de embarazo y los vídeos de bebés recién nacidos son especialmente populares. Una antigua bloguera revela que «conoce a gente que ha tenido más hijos porque esos acuerdos con marcas son realmente lucrativos». La idea de tener hijos para conseguir visitas en las redes sociales puede parecer inverosímil, pero fuentes del sector le cuentan a Latifi que se gana mucho dinero con la comercialización de productos como cochecitos, pañales y pruebas de embarazo.
A la gente también le fascinan las dinámicas familiares poco habituales. Una influyente cristiana muy popular es Karissa Collins: sus 11 hijos tienen nombres que empiezan por «A», como Anchor y Arrow. Intriga y enfurece a sus seguidores por igual, por ejemplo, cuando publica sobre la educación en casa o su creencia de que los anticonceptivos son pecaminosos.
Muchas de las familias de influencers más populares son mormonas. Además de documentar sus numerosas proles, publican fotos de casas impecables e innumerables barras de pan de masa madre recién hecho. Detrás de esta fachada idílica se encuentra la iglesia mormona: les paga miles de dólares por publicación, promoviendo imágenes que hacen que la religión parezca digna de Instagram, como seguidores dando comida a personas sin hogar.

Los peligros que conlleva

Sin embargo, las caras sonrientes de los niños pueden ocultar su sufrimiento. Shari Franke, la hija de 23 años de una momfluencer que fue condenada por maltrato infantil en 2024, declaró ante los legisladores de Utah que era «víctima de los vlogs familiares» —su madre infligía castigos severos a los niños y fue detenida después de que su hijo, desnutrido, escapara de su casa—. «Ninguna cantidad de dinero», dijo Franke, puede compensar que tu infancia «aparezca por todo Internet». En 2025, Utah aprobó una ley para proteger a los kidfluencers y a los niños artistas, exigiendo a los padres que les guarden parte de las ganancias y permitiendo a los niños solicitar posteriormente la eliminación de los contenidos.
Internet también conlleva otros peligros. La parte más inquietante del libro versa sobre los depredadores en línea. Latifi ofrece ejemplos escalofriantes de padres que graban contenido sugerente de sus hijos comiendo o bailando y de kidfluencers acosados por desconocidos en el colegio.
«Like, Follow, Subscribe» destaca por la profundidad de su investigación, aunque Latifi no ofrece recomendaciones lo suficientemente satisfactorias sobre cómo mejorar el sector. Reflexiona sobre su propia hija y concluye que nada podría persuadirla de invadir su privacidad. Es posible que pronto más padres se lo piensen dos veces antes de publicar esa bonita foto o esa ecografía.