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TECNOLOGÍA

León XIV y los tres peligros que oculta la IA

La primera encíclica del Papa León XIV llega en un momento especialmente delicado: la inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en una infraestructura cotidiana que reorganiza la economía, la información y las relaciones sociales. En el texto, el … Pontífice se pregunta qué ocurre con la dignidad humana cuando delegamos cada vez más decisiones y formas de conocimiento en sistemas algorítmicos.
El texto acierta en algo esencial: recordar que la IA no piensa ni aprende como una persona. Los sistemas actuales funcionan mediante adaptación estadística a partir de enormes cantidades de datos. Pueden producir resultados muy eficaces, pero no poseen conciencia moral ni experiencia del mundo. Simulan empatía o comprensión, pero no conocen aquello que producen. Esa distinción resulta hoy decisiva en un contexto donde algunas figuras tecnológicas y científicas tienden a confundir capacidad con humanidad, como ha ocurrido con las últimas declaraciones de Richard Dawkins.

La encíclica señala, además, un problema más profundo, que es el modo en que la tecnología puede alterar nuestra comprensión del ser humano. Cuando la eficiencia se convierte en la medida dominante del valor, la persona corre el riesgo de verse como un proyecto que debe optimizarse permanentemente. La advertencia es pertinente porque el debate sobre la IA suele centrarse en sus prestaciones y olvidar la cuestión antropológica: qué idea de ser humano queda implícita en nuestras tecnologías. Sin embargo, creo que se tiende a sobreestimar a la IA en estas cuestiones, ya que la ingeniería genética plantea dilemas quizá aún más radicales sobre identidad, desigualdad o selección humana.
El texto adopta una posición claramente más crítica que entusiasta. Reconoce avances en medicina, investigación o productividad, pero insiste sobre todo en los riesgos. Resalta tres, y el primero es la facilidad. Las herramientas inteligentes simplifican tareas y ahorran tiempo, pero también pueden acostumbrarnos a delegar demasiado. La tentación de aceptar respuestas inmediatas debilita lentamente el juicio personal y la capacidad de deliberación.
El segundo es la falsa apariencia de objetividad. Muchos sistemas algorítmicos se presentan como neutrales cuando reflejan prioridades y sesgos incorporados por quienes los diseñan. Investigaciones recientes muestran, por ejemplo, que los grandes modelos de lenguaje distinguen razonablemente bien hechos verdaderos y falsos, pero tienen más dificultades con creencias personales, lo que puede reforzar percepciones erróneas precisamente allí donde el juicio humano resulta más vulnerable.
El tercer riesgo es más sutil: la ilusión de relación personal. Los chatbots pueden resultar útiles e incluso reconfortantes, especialmente para personas con dificultades de interacción social. Pero también pueden inducir a engaño si el usuario olvida que detrás de la conversación no existe un sujeto consciente. La simulación de compañía puede terminar sustituyendo vínculos humanos reales o reforzando respuestas complacientes que debiliten la autocrítica. De hecho, se han publicado evidencias de que el comportamiento adulador de estos asistentes podría estar reforzando los prejuicios y sesgos de quienes los usan.

«No es un hecho puramente técnico»

Más allá de estos riesgos genéricos, hay cuatro ámbitos concretos que la encíclica aborda con especial interés. Aquí se destacan la responsabilidad y la gobernanza. El Papa tiene razón al afirmar que la IA nunca es un hecho puramente técnico. Cuando un algoritmo interviene en decisiones sobre empleo, crédito o seguridad, puede afectar directamente a derechos fundamentales. En este sentido, Europa ha avanzado en este terreno con su Reglamento de Inteligencia Artificial y otras normativas, que intentan limitar riesgos asociados a derechos y libertades.
En este ámbito destacan dos cuestiones especialmente delicadas. La primera son los ‘deepfakes’ y la desinformación, que amplifican enormemente la capacidad de fabricar relatos falsos y erosionar la confianza pública. Aunque creo oportuno resaltar dos puntos que no se mencionan habitualmente. Uno, que los impactos más graves de los deepfakes se están produciendo en la violencia digital contra las mujeres mediante imágenes manipuladas y contenidos vejatorios generados artificialmente. Dos, que las sociedades también desarrollan mecanismos de resiliencia frente a la propaganda y las noticias falsas, como explica Hugo Mercier en ‘No hemos sido engañados’.
La segunda cuestión son los sesgos. Sistemas aparentemente neutrales pueden reproducir discriminaciones de género, edad o condición social presentes en los datos con los que fueron entrenados. Tal como resalta Antonio Diéguez en ‘Pensar la tecnología’, uno de los mitos más extendidos es afirmar que la tecnología no es buena ni mala, sino que depende del uso que hagamos de ella. La neutralidad tecnológica absoluta no existe: toda tecnología incorpora una determinada visión del mundo.
El problema del trabajo también se aborda en la encíclica. La automatización promete liberar al ser humano de tareas pesadas o repetitivas, pero también puede generar ‘desespecialización’, vigilancia permanente y precarización. La respuesta más razonable pasa por vincular toda automatización a políticas activas de protección laboral y formación continua.
El documento aborda, además, el poder acumulado a través de los datos. Quien controla información sanitaria, educativa o económica posee una enorme capacidad de influencia. A ello se suma un problema frecuentemente invisibilizado: millones de trabajadores sostienen el entrenamiento de estos sistemas mediante tareas mal remuneradas y psicológicamente duras.

Reducir al enemigo a un dato

Finalmente, León XIV advierte sobre el uso militar de la IA. Delegar decisiones letales en sistemas autónomos amenaza con diluir la responsabilidad moral y reducir al enemigo a un simple dato. Mantener un control humano efectivo sobre el uso de la fuerza debería convertirse en un principio internacional básico.
Quizá una cuestión que conviene añadir al debate es la soberanía tecnológica. Si Europa renuncia a desarrollar capacidades propias y se limita a regular tecnologías ajenas, no podrá realizar un control efectivo, como se plantea en la encíclica, sobre tecnologías diseñadas por otros.
La principal virtud del documento quizá no esté en ofrecer soluciones cerradas, sino en recordar algo elemental que el entusiasmo tecnológico suele olvidar: ninguna innovación elimina la necesidad del juicio humano. La cuestión decisiva no es únicamente qué pueden hacer las máquinas, sino qué tipo de sociedad queremos construir con ellas.

Pablo Haya Coll

Pablo Haya Coll es investigador del Laboratorio de Lingüística Informática de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y director del área de Business & Language Analytics (BLA) del Instituto de Ingeniería del Conocimiento (IIC)

Fiebre naranja en los móviles, la colorida moda que nació con el iPhone 17 Pro

En los móviles se lleva el naranja. Antes, de vez en cuando, llegaba alguno en ese color (caso del realme GT 7 Pro), pero no ha pasado desapercibido que la tendencia surgió a raíz de que el iPhone 17 Pro sorprendiera con dicha elección estilística. El reclamo naranja se extiende por todos los segmentos de precio. 20bits repasa varios smartphones que incluyen versiones en esa llamativa tonalidad, no pocos de los cuales modulan también el diseño Apple.HONOR 600El último en aparecer en el mercado español en ese potente color es el HONOR 600 (desde 499 euros), también disponible en negro y en blanco dorado. Un teléfono compacto (pantalla de 6,57 pulgadas), hasta arriba de batería (6.400 mAh), con cámara de 200 MP y con extras como la creación de breves vídeos a partir de imágenes gracias a la IA (Imagen a Vídeo 2.0).OPPO Find X9 UltraEl flamante OPPO Find X9 Ultra (1.699 euros) entró en escena en un sobrio negro (Tundra Umber) y en naranja (Canyon Orange), variante fabricada con fibra de grado aeronáutico. La mayor expresión tecnológica de la marca brilla por su fotografía profesional, simbolizada en su teleobjetivo óptico de 50MP con zoom de 10x y sus cámaras Hasselblad de 200 MP.HUAWEI Pura X MaxHUAWEI se ha apuntado un tanto tecnológico con el Pura X Max, su primer plegable de formato más ancho, tendencia emergente en la que se ha adelantado a Apple y a Samsung. Un modelo innovador comercializado en China en cinco vistosos colores, entre ellos el naranja. Luce una pantalla exterior de 5,4 pulgadas y una interior de 7,7.realme P4 Power 5Grealme estrenó su batería Titan de 10.001 (mAh) con el realme P4 Power, dispositivo que con el color naranja buscaba reforzar el atractivo desplegado de por sí por su increíble capacidad. Lanzado de partida en la India, y sin exhibir un grosor excesivo (9 mm) a pesar de su condición, venía con pantalla AMOLED curva, cámara de 50 MP y el procesador Dimensity 7400 Ultra.HONOR Magic8 Pro AirPara el mercado chino, HONOR lanzó su dispositivo ultrafino para competir con el iPhone Air, que para más inri apostaba por el naranja. Con 6,1 mm de grosor y 155 gramos de peso, el HONOR Magic8 Pro Air ofrecía batería de 5.500 mAh, capacidad superior en su vertiente, y se caracterizaba a su vez por una pantalla OLED de 6,1 pulgadas y por un teleobjetivo periscópico de 64 MP.TECNO Spark 50TECNO, marca fuerte en mercados africanos y asiáticos que todavía no se ha decidido a dar el gran salto europeo (aunque está presente en varios países), ha aplicado el factor naranja a modelos como el Camon 50 Ultra 5G y el Spark 50. El segundo modelo, un 4G, es el que más mira al diseño tipo iPhone y cuenta con batería de 7.000 mAh y cámara de 50 MP.Infinix Note 60 ProUna marca apenas conocida por aquí, Infinix, ha lanzado varios dispositivos que contemplan el naranja para el toque estético. El último, el Infinix Note 60 Pro, que también llama la atención por el detalle de que en la trasera imita la Glyph Matrix de Nothing por medio de su zona para notificaciones en el lado derecho del módulo.itel A200+Como el caso interior, itel tampoco suena por estos lares. Pertenece al mismo grupo de TECNO y de Infinix, y sobre todo tiene presencia en mercados emergentes. Dispositivos como el A200+, con batería de 6.000 mAh, indican que ha asimilado el naranja como un color más.Unihertz Titan 2 EliteEl Titan 2 Elite (490 dólares), el curioso móvil con teclado físico de Unihertz, también apuesta por el naranja como uno de sus colores para resultar todavía más llamativo. Conjuga su rasgo distintivo y atípico con una pantalla AMOLED de 4,03 pulgadas, el procesador MediaTek Dimensity 7400 y dos cámaras de 50 MP.

Crean unas lentillas inteligentes para tratar la depresión con estímulos eléctricos a través del ojo

Un grupo de científicos de Corea del Sur ha diseñado unas lentillas inteligentes que pueden enviar señales eléctricas a través de la retina hasta las regiones cerebrales para mejorar el estado de ánimo.Dicha innovación, difundida por un artículo publicado en el diario The Conversation, se basa en la idea de una lente de contacto que puede ayudar a tratar la depresión al estimular el cerebro a través del ojo. Además, a diferencia de otras lentillas que monitorizan algunas afecciones oculares o controlan los niveles de glucosa, este dispositivo pretende utilizar el ojo como vía de acceso al cerebro. Pero, ¿cómo es posible?Acorde a la información compartida, estas lentillas tienen diminutos electrodos que mandan señales eléctricas suaves a través de la retina, de esta manera, al emplear la técnica conocida como interferencia temporal, emiten dos frecuencias eléctricas ligeramente diferentes simultáneamente. Además, al estar diseñadas las señales para que no solo se activen por completo en los puntos donde se pueden superponer, los investigadores son capaces de dirigirse a regiones cerebrales específicas relacionadas con la regulación del estado de ánimo.Según The Conversation, «en teoría, este método podría estimular circuitos cerebrales relacionados con la depresión». No obstante, por ahora, la iniciativa aún se encuentra en una fase temprana porque todavía no se ha probado en personas, sino en ratones de laboratorio.Ya se han hecho las primeras pruebas con ratonesLas primeras pruebas se hicieron con ratones, a los que se les inyectó una hormona del estrés para inducir un comportamiento similar a la depresión.Por ahora, los investigadores reconocen que esto no refleja la depresión humana y que dicha tecnología presenta «desafíos prácticos», ya que las lentillas inteligentes requieren un ajuste preciso para no dañar la córnea y reducir cualquier riesgo de infección. Además, si bien es cierto que la fabricación de lentes es costosa, los investigadores reconocen que dicho proyecto aún no es comercialmente viable a gran escala.También, cabe mencionar que la depresión en sí misma es complicada de tratar en animales de laboratorio, por lo tanto, los resultados de este pequeño experimento todavía están lejos de traducirse en un tratamiento viable para seres humanos. Aun así, la idea de tratar la depresión con lentillas inteligentes es muy interesante, y este primer estudio aporta una nueva vía creativa en la búsqueda de tratamientos innovadores para la depresión.

Google renueva el diseño de los iconos de sus apps: así los verás a partir de ahora

Google vuelve a rediseñar los iconos de sus aplicaciones con la intención de que los usuarios puedan reconocer cada servicio mucho más rápido. Hace cuatro años fue cuando se realizó el último cambio y fue criticado porque casi todas las apps compartían los mismos cuatro colores y unas formas demasiado parecidas. Por ejemplo, era fácil confundir Gmail con Drive, Meet o Calendar.Por ello, según informan desde 9to5google, desde la compañía de Mountain View están llevando a cabo unos iconos más simples, más redondeados y con colores dominantes. También introduce el degradado que ya había aparecido en Gemini, Maps o la propia «G» de Google.Lo más destacable es que Google deja de obligar a todos los iconos a usar siempre rojo, azul, verde y amarillo a la vez. Esto permite que cada aplicación gane más personalidad y pierde fondos o marcos blancos que antes hacían que todo se viera demasiado uniforme. Con esto pretenden que sea más fácil de leer con un solo vistazo en el móvil o en el navegador.Así cambian los iconos de GoogleDrive: estrena un triángulo más redondeado y elimina el rojoDocs: mantiene la clásica hoja azul, pero Sheets y Slides pasan a ser horizontales para recordar mejor a una tabla y a una presentación.Gmail: mantiene su forma de ‘M’, pero es más suave y con el rojo como protagonista.Calendar: recupera el azul clásico con un aspecto inspirado en versiones antiguas.Meet: cambia con una cámara amarilla mucho más visible y Chat apuesta por una burbuja verde sencilla.También se renuevan Tareas, Keep, Voice, Formularios y Sites, con símbolos más grandes y menos adornos.Google todavía no ha dado una fecha oficial sobre cuándo llegarán todas las novedades, pero el despliegue será progresivo. Con estos cambios, los iconos se diferencian mucho más entre sí y parece que pondrá fin a las quejas de los usuarios.

La IA que podría hackear el mundo: qué es Claude Mythos y por qué está generando miedo global

Imagina que existe un súper cerebro capaz de revisar y analizar todos los principales sistemas operativos y navegadores web que existe en el ecosistema tech y encontrar en ellos vulnerabilidades de alta gravedad. Es decir: una herramienta que identifica peligros en casi cualquier rincón digital.Eso es precisamente lo que Anthropic asegura haber conseguido con Claude Mythos Preview, un modelo de inteligencia artificial de propósito general aún no publicado.“Los modelos de IA han alcanzado un nivel de capacidad de programación que les permite superar a todos, excepto a los humanos más expertos, en la detección y explotación de vulnerabilidades de software. Mythos Preview ya ha detectado miles de vulnerabilidades de alta gravedad, incluyendo algunas en todos los principales sistemas operativos y navegadores web”, explica Anthropic en su web.La preocupación de la compañía tiene que ver con el alcance que estas tecnologías de vanguardia pueden tener: “Dado el ritmo de avance de la IA, no pasará mucho tiempo antes de que estas capacidades se extiendan, posiblemente más allá de los actores comprometidos con su implementación segura. Las consecuencias —para la economía, la seguridad pública y la seguridad nacional— podrían ser graves”. Es decir: en malas manos, un modelo de inteligencia artificial como Claude Mythos sería una ciberarma mortal.Con el fin de contener, al menos de momento, el fin del mundo, Anthropic presentó el Proyecto Glasswing, “una iniciativa para proteger el software más crítico del mundo en la era de la IA”. “Nos asociamos con las organizaciones responsables de la infraestructura de la que dependen miles de millones de personas y brindamos a sus defensores una ventaja inicial con nuestro nuevo modelo de vanguardia, Claude Mythos Preview”, señala la compañía de Dario Amodei.Concretamente, el Proyecto Glasswing reúne a Amazon Web Services, Anthropic, Apple, Broadcom, Cisco, CrowdStrike, Google, JPMorgan Chase, la Fundación Linux, Microsoft, NVIDIA y Palo Alto Networks como socios de lanzamiento. Prácticamente todas las Big Tech unidas en una misma lucha.Todo esto, ¿qué significa?Anthropic lo explica bien: “El software del que todos dependemos a diario —responsable del funcionamiento de los sistemas bancarios, el almacenamiento de historiales médicos, la interconexión de redes logísticas, el mantenimiento de las redes eléctricas y mucho más— siempre ha contenido errores. Muchos son menores, pero algunos son fallos de seguridad graves que, de descubrirse, podrían permitir a los ciberdelincuentes secuestrar sistemas, interrumpir operaciones o robar datos”.La compañía incluso se atreve a dar una cifra del daño económico global que supone el cibercrimen, valorándolo en toro a los 500.000 millones de dólares anuales.“Muchos fallos en el software pasan desapercibidas durante años porque su detección y explotación requerían conocimientos especializados de un número reducido de expertos en seguridad. Con los modelos de IA de última generación, el coste, el esfuerzo y el nivel de experiencia necesarios para encontrar y explotar vulnerabilidades de software se han reducido drásticamente”, destacan desde Anthropic. Claude Mythos Preview ha detectado vulnerabilidades que habían sobrevivido, en algunos casos, “a décadas de revisión humana y millones de pruebas de seguridad automatizadas”.Si una tecnología como esta se usara con mala intención, esos mismos fallos que detecta, en lugar de corregirse, se podrían aprovechar. Es decir: “Sin las salvaguardias necesarias, estas potentes capacidades cibernéticas podrían utilizarse para explotar los numerosos defectos existentes en el software más importante del mundo”.Por este motivo, Anthropic mantiene un acceso reducido a Mythos, compartiendo el modelo, además de con los socios fundadores, con un grupo de unas 40 organizaciones “que desarrollan o mantienen infraestructura de software crítica”. Esta cautela ha sido valorada positivamente por muchos expertos, pero al mismo tiempo han señalado la falta de coordinación internacional para gestionar una tecnología con implicaciones potencialmente globales.Porque Claude Mythos puede convertirse en una especie de ‘IA experta en ciberseguridad’, capaz de analizar sistemas complejos y encontrar vulnerabilidades antes de que lo hagan los atacantes. Y, al menos en algunos casos, parece que lo está consiguiendo: la propia organización detrás de Mozilla Firefox ha reconocido que, gracias al uso de este modelo, ha sido capaz de detectar cientos de vulnerabilidades —algunas de ellas inéditas y otras variaciones de fallos existentes— que habían pasado desapercibidas para sus equipos humanos.Confiar en lo que Anthropic aseguraEl problema es que el potencial de Mythos no está al alcance de cualquiera. La compañía ha dejado claro que no tiene un calendario definido para abrir el acceso al modelo y que, por ahora, su despliegue seguirá siendo muy limitado. De hecho, asegura haber recibido peticiones constantes de gobiernos, empresas y organizaciones interesadas en utilizarlo, pero advierte de que no todos cuentan con la experiencia necesaria para manejar una herramienta de este calibre sin riesgos.Según distintas fuentes, la Comisión Europea se ha reunido en varias ocasiones con Anthropic desde el lanzamiento de Mythos, pero todavía no ha logrado acceder al modelo. El motivo: la falta de acuerdo sobre cómo compartir una tecnología tan sensible sin comprometer su seguridad.En paralelo, el temor se ha extendido a otros ámbitos. Algunos ministros de finanzas, banqueros centrales y responsables del sistema financiero han expresado su inquietud por el impacto que una herramienta así podría tener en infraestructuras críticas. La preocupación no es menor: si una IA es capaz de encontrar fallos con rapidez y precisión, también podría acelerar —y escalar— ataques contra sistemas clave para la economía global.Sin embargo, es un acto de fe ciega, ya que todavía no hay suficiente información independiente para evaluar su verdadero poder. Las capacidades que describe Anthropic son, sobre el papel, extraordinarias. Pero sin acceso al modelo, resulta difícil verificar hasta qué punto esas afirmaciones reflejan un salto real o forman parte del relato.De hecho, algunas voces críticas ya han empezado a poner ese discurso en cuestión, argumentando que en algunos casos los resultados pueden estar influidos por cómo se han diseñado las pruebas o por el contexto en el que se han evaluado. También hay quien apunta a una estrategia conocida en la industria tecnológica: generar FUD (miedo, incertidumbre y duda) para reforzar la percepción de que se está ante una tecnología excepcional.Tenga el resultado final que tenga, conviene no perder la perspectiva. Organismos como el Centro Nacional de Seguridad Cibernética insisten en que, más allá de estos avances, la mayoría de los ataques actuales siguen aprovechando fallos básicos: contraseñas débiles, sistemas sin actualizar o errores de configuración.Es decir, incluso en un escenario donde la IA gana protagonismo, la ciberseguridad sigue estando marcada en gran medida por prácticas fundamentales que dependen principalmente de la atención que pongamos el común de los mortales en proteger nuestros datos.

Adiós al negro y naranja: los nuevos iPhone 18 apostarán por colores que se alejan de lo tradicional

Los colores del iPhone 18 apuntan a ser muy distintos de los tonos del iPhone 17. Los últimos rumores revelan que los próximos móviles de la manzana mordida podrían tener un acabado en rojo y abandonar el clásico color negro para apostar por diseños que se alejan de lo tradicional, además, para corroborar este rumor, el famoso filtrador Digital Chat Station ha revelado en la red social Weibo una nueva fotografía en la que aparecen varias tapas para el módulo de cámaras del iPhone 18 Pro.Para sorpresa de muchos fans de Apple, la imagen da a conocer que ni el rojo ni el negro serán los próximos colores de los iPhone 18 Pro, porque, en su lugar, el azul claro, el cereza oscuro, el gris oscuro y el plateado se encargarán de cubrir la parte trasera.Con estos nuevos tonos, la compañía de Cupertino se despide del naranja cósmico y el azul oscuro que llegaron con los iPhone 17, dando paso únicamente al gris oscuro porque el resto de tonos llegan como novedad. No obstante, si bien es cierto que la llegada de estos colores podría marcar un antes y un después en la estética del teléfono de Apple, los tonos todavía no son oficiales porque las tapas de la fotografía son accesorios que están desarrollando algunos fabricantes.Además, el diario MacRumors añade que «los cuatro colores aún están en desarrollo» y que «Apple todavía tiene tiempo para realizar cambios». Se espera que los modelos iPhone 18 Pro y Pro Max se presenten en la keynote de septiembre junto con el primer iPhone plegable, disponible probablemente en plateado, blanco e índigo.Qué podemos esperar de los próximos iPhone 18Las filtraciones apuntan que el iPhone 18 podría incorporar sensores multiespectrales en las cámaras para mejorar la calidad fotográfica, de esta manera, las lentes podrían ver detalles que el ojo humano no percibe. Además, en relación a los modelos Pro, se espera que el iPhone 18 Pro y el iPhone 18 Pro Max incorporen chips A20 Pro, fabricados con el último proceso de 2 nm de TSMC, y el módem C2 de Apple.Respecto al resto de sus características, es posible que el iPhone 18 tenga una pantalla LTPO de 6,3 pulgadas con 120 Hz, el iPhone 2 Air un pantalla LTPO de 6,5 pulgadas con 120 Hz, el iPhone 18 Pro una pantalla LTPO de 6,3 pulgadas con 120 Hz y el iPhone 18 Pro Max una pantalla LTPO de 6,9 pulgadas con 120 Hz. Acorde al precio, la familia del iPhone 18 mantendría precios similares en la mayoría de los mercados, por lo tanto, el iPhone 18 partiría de los 959 euros, el iPhone 18 Pro de los 1.319 euros y el iPhone 18 Pro Max de los 1.469 euros.

¿Podrían los líderes de la IA llegar a ser tan poderosos como Ford o Rockefeller?

Dario, Demis, Elon, Mark y Sam. Las cinco figuras más importantes de la IA son tan famosas que basta con sus nombres de pila para identificarlas. Políticos y periodistas están pendientes de cada una de sus palabras. ChatGPT, gestionado por OpenAI de Sam Altman, tiene … más de 900 millones de usuarios semanales. Anthropic, de Dario Amodei, ha desarrollado un modelo de IA tan bueno para hackear que ha causado pánico entre los responsables políticos. Demis Hassabis, director de las iniciativas de IA de Google, ha ganado un premio Nobel por su investigación científica. Elon Musk, que dirige xAI, entre otros negocios, es la persona más rica del mundo. Meta, de Mark Zuckerberg, ha creado la familia de modelos de código abierto más popular de Occidente y está invirtiendo enormes sumas en investigadores de IA en un intento por alcanzar la vanguardia de la tecnología.
En un sentido muy real, estos cinco hombres tienen el destino de la civilización occidental en sus manos. El ejército estadounidense ya utiliza sus herramientas de IA, y algunos de los magnates —Altman y Musk— muestran más entusiasmo por ello que otros —Amodei—. Algunos economistas creen que la IA acabará impulsando el crecimiento económico. Otros dicen que dejará sin trabajo a millones de personas. Muchos temen que pueda acabar con la humanidad por completo. Desde la fisión del átomo, ninguna nueva tecnología había generado tanta angustia.

Resulta inquietante que tan pocos hombres ejerzan un poder tan impresionante, sobre todo hombres tan oportunistas como Altman o tan volátiles como Musk. Sin embargo, no es algo sin precedentes. Los cinco famosos de la IA no son más que el último ejemplo de un fenómeno común en la historia del capitalismo occidental. Hay muchos ejemplos en los que un pequeño grupo de hombres ha impulsado nuevas tecnologías, no necesariamente inventándolas, sino llevándolas a las masas. En el proceso, han acumulado un poder enorme.

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Estas tecnologías han moldeado la forma de vida de todo el mundo: los ferrocarriles ayudaron a la gente a desplazarse más lejos y más rápido que nunca, el petróleo proporcionó la energía para el capitalismo industrial, el acero facilitó la construcción de edificios más altos, los automóviles contribuyeron a crear el consumismo de masas, la banca minorista dio crédito al mundo e Internet acaparó la atención de la humanidad. Todas estas tecnologías hicieron más rico al mundo. También trastocaron las normas sociales.
Podría pensar que los magnates están sobrevalorados, o algo peor. El progreso tecnológico es el resultado de las acciones de millones de personas. Nadie inventó el acero ni desarrolló Internet, por ejemplo. Un puñado de personas acapara los beneficios de estos esfuerzos colectivos. La ira popular hacia los superricos proviene de la creencia de que, en el mejor de los casos, estaban en el lugar adecuado en el momento oportuno y, en el peor, de que se están aprovechándose del resto de la sociedad. «Cada multimillonario es un fracaso de las políticas», reza el eslogan.
Se trata de una conclusión poco generosa. La historia demuestra que, una y otra vez, los magnates han desempeñado un papel decisivo en la difusión de nuevas tecnologías al mercado de masas. Son una condición necesaria para la innovación. Un artículo publicado en 2023 por Shari Eli, de la Universidad de Toronto, y sus colegas concluye que el desarrollo por parte de Ford del Modelo T —un automóvil lanzado por primera vez en 1908 que era mucho más barato que cualquier otro anterior— explica en gran medida por qué los estadounidenses fueron los primeros en adoptar ampliamente los automóviles. Un artículo del año pasado de Ufuk Akcigit, de la Universidad de Chicago, y sus coautores señala el papel crucial de los llamados «emprendedores transformadores» a la hora de convertir los inventos en crecimiento económico a largo plazo. En resumen, la prosperidad requiere magnates.

Henry Ford es el magnate más poderoso que ha visto Estados Unidos hasta la fecha

Para conocer la analogía entre los magnates de la IA y los titanes empresariales a lo largo de la historia, The Economist ha examinado once oleadas tecnológicas sucedidas en Estados Unidos durante los últimos 150 años, desde los ferrocarriles hasta Internet. Para cada una de ellas, seleccionamos a las cinco personas más importantes responsables del control, la distribución y la popularización de la tecnología en cuestión.
Cuantificamos el poder de cada una analizando los ingresos, el empleo y el valor de mercado de sus empresas en su momento álgido, así como una valoración subjetiva del grado de control corporativo que ejercía el magnate, junto con su riqueza personal. Consultamos libros y conjuntos de datos históricos, además de las cifras de Forbes, que comenzó a hacer un seguimiento de las fortunas de los más ricos en 1918. Normalizamos las medidas basándonos en el indicador de referencia más relevante, como el PIB o la población de la época. En el caso de muchos magnates anteriores, los datos eran escasos; las fortunas, por ejemplo, solían ocultarse. Por tanto, lo que sigue representa solo nuestra mejor estimación.
La riqueza por sí sola no captaría el alcance total del poder de un magnate. En su apogeo, la fortuna de John D. Rockefeller, fundador de Standard Oil, equivalía a alrededor del 1,5 % del PIB estadounidense. Es posible que Musk sea aún más rico, dependiendo de cómo se calcule su patrimonio. Sin embargo, según nuestra clasificación, Henry Ford es el magnate más poderoso que ha visto Estados Unidos hasta la fecha.

Manos visibles

Ford era enormemente rico. Estimamos que, en su apogeo, poseía activos por un valor muy superior al 1 % del PIB estadounidense. Su extensa finca, situada cerca de la sede de su empresa en Dearborn (Míchigan), es preciosa. Rockefeller era aún más rico, pero daba empleo a muchas menos personas: durante la etapa de Ford, su empresa automovilística era verdaderamente enorme y en 1925 empleaba a alrededor del 0,15 % de la población estadounidense. Ford también ejercía un control casi total sobre la empresa. Tras comprar las acciones de los accionistas minoritarios en 1919, su familia pasó a ser propietaria de la empresa en su totalidad.
Además, ningún otro magnate ha hecho tanto por transformar la sociedad. El Modelo T de Ford fue revolucionario porque se fabricaba a gran escala y estaba dirigido al mercado de masas. En 1917, más del 40 % de los coches que circulaban por las carreteras estadounidenses eran Modelos T. A los trabajadores de Ford se les pagaba lo suficiente —el famoso salario de cinco dólares al día— para comprar los vehículos que producían sus fábricas. Hoy en día, es difícil dar una vuelta por Dearborn sin toparse con el legado de este hombre: desde el centro médico Henry Ford hasta las numerosas calles que llevan el nombre de miembros de la familia.
La mayoría de los demás titanes de nuestro top ten —entre ellos, Cornelius Vanderbilt (un magnate ferroviario), Andrew Carnegie (un magnate del acero) y Alfred P. Sloan (un antiguo jefe de General Motors)— fallecieron hace mucho tiempo. Sin embargo, dos magnates vivos logran entrar en la lista. Uno es Jeff Bezos, el fundador de Amazon, que ocupa el cuarto puesto en nuestra clasificación. Amazon da empleo a más de un millón de estadounidenses y tiene un valor de 2,7 billones de dólares. Luego está Musk, en el octavo puesto, aunque su elevada posición refleja más su éxito en la fabricación de automóviles —Tesla— y cohetes —SpaceX— que en la IA. No muy lejos de él, en el puesto once, se encuentra Zuckerberg, lo cual es igualmente más resultado del dominio de Meta en las redes sociales que de su posición en la IA. Por el contrario, Altman, Amodei y Demis, cuyo poder está más directamente vinculado a la IA, se sitúan en la mitad inferior de nuestra clasificación. La creación de modelos depende de un pequeño número de personas inteligentes y de una enorme potencia de cálculo, lo que significa que los laboratorios que dirigen estos hombres cuentan con relativamente pocos trabajadores. Además, ninguno de los tres disfruta del tipo de control corporativo de Ford o Vanderbilt: Altman dirige OpenAI a discreción de su consejo de administración —que lo destituyó brevemente en noviembre de 2023, si bien dicho órgano fue purgado después—, Amodei solo posee una pequeña participación en el laboratorio que cofundó, y Demis ni siquiera es el empleado de mayor rango de su empresa.
Para ser justos, la tecnología que manejan, a diferencia de la de los demás integrantes de nuestra lista, todavía se encuentra en pañales. Pocos magnates del pasado tenían el mismo potencial para marcar el rumbo de numerosas industrias, desde el entretenimiento hasta la defensa. Y pueden pasar muchos años hasta que los magnates que hay detrás de la IA alcancen la cúspide de su poder. En 1913, diez años después de su fundación, Ford Motor Company obtenía unos beneficios anuales de aproximadamente 1000 millones de dólares al cambio actual. OpenAI, que recientemente ha cumplido la misma edad, aún está muy lejos de obtener beneficio alguno.

Las leyes del poder

El estudio de los magnates a lo largo de la historia también revela tres importantes puntos en común. El primero es que muchos eran profundamente extraños: Ford era raro en el mal sentido, pues su periódico, el Dearborn Independent, difundía veneno antisemita; Rockefeller era raro en el buen sentido, obsesionado con cómo ahorrar dinero incluso cuando se hizo enormemente rico; Vanderbilt se comunicaba con espíritus del más allá; John Pierpont Morgan, un titán de la banca, consultaba a astrólogos; Thomas Edison, pionero de la electricidad, se oponía fervientemente al sueño; Steve Jobs, fundador de Apple, practicaba dietas extremas. Teniendo esto en cuenta, las teorías conspirativas de Musk o el comportamiento robótico de Zuckerberg no parecen tan fuera de lo común.
La segunda similitud es que, a medida que estos magnates popularizaban nuevas tecnologías, introducían nuevos peligros. Algunos de ellos se percibían como amenazas para la vida y la integridad física: en los primeros tiempos del ferrocarril, muchos científicos temían que los seres humanos fueran biológicamente incapaces de viajar a altas velocidades, la aviación era muy insegura al principio, al igual que la perforación en busca de petróleo, y los coches mataban tanto a peatones como a ocupantes. La rivalidad entre la corriente continua de Edison y la corriente alterna de George Westinghouse generó pánico en torno a la seguridad pública; los hombres de Edison organizaron espantosas electrocuciones públicas de animales para convencer a los estadounidenses de que la tecnología de su rival era letal.
Otros riesgos eran de carácter financiero. El exceso de inversión en ferrocarriles contribuyó a provocar repetidas crisis bursátiles en el siglo XIX. Un sistema bancario más grande extendió el crédito, pero magnificó las crisis financieras. Además, muchas de estas nuevas tecnologías automatizaron puestos de trabajo, dejando a la gente en la cuneta económica. Los ferrocarriles y los coches acabaron con el transporte tirado por caballos. La electrificación eliminó las limitaciones mecánicas que habían impedido la automatización en la industria manufacturera.

A medida que la IA transforme la economía y la sociedad, las personas que están detrás de ella también podrían encontrarse con gobiernos que deseen frenar su poder

El tercer punto en común se refiere a las relaciones entre los magnates y el Estado. Los magnates del siglo XIX disponían, sin duda, de mayor libertad que sus homólogos modernos: más margen para controlar los mercados, mayor capacidad para imponer disciplina a los trabajadores y más oportunidades para el amiguismo. Carnegie reprimía con violencia los disturbios laborales. Morgan ejercía tal influencia sobre el sistema financiero que, durante la crisis bursátil de 1907, actuó personalmente como banco central de Estados Unidos. Andrew Mellon, otro magnate de nuestra lista, ocupó el cargo de secretario del Tesoro mientras seguía dirigiendo uno de los mayores imperios industriales de Estados Unidos.
Sin embargo, a partir del siglo XX, los gobiernos frenaron muchos de los peores excesos de los magnates de antaño. En 1911, el Tribunal Supremo ordenó la desintegración de Standard Oil en 34 empresas independientes tras dictaminar que había infringido la ley antimonopolio. En parte para evitar otro rescate al estilo Morgan, en 1913 el Congreso creó la Reserva Federal. Las reformas de la década de 1930 dificultaron que los magnates controlaran sociedades de cartera de gran tamaño. En 2000, un juez ordenó la desintegración de Microsoft por monopolización ilegal —el gigante del software escapó por los pelos de la desintegración en la fase de apelación, pero fue castigado de todos modos—. A medida que la IA transforme la economía y la sociedad, las personas que están detrás de ella también podrían encontrarse con gobiernos que deseen frenar su poder.
En teoría, el capitalismo tiende a presentarse como impersonal y descentralizado. En la práctica, sin embargo, sus fases más importantes suelen ser impulsadas por personas. Una y otra vez, figuras imponentes y cuasi autocráticas han obtenido el control de amplios sectores de la economía. Puede que los hombres que actualmente potencian la IA no se encuentren necesariamente entre ellos. Sin embargo, si la historia sirve de guía, es probable que pronto surja un Rockefeller o un Ford.