Publicado: junio 25, 2026, 2:46 pm
La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/sanchez-arrastra-espana-soledad-descredito-otan-20260623210828-nt.html
Un aliado de la Alianza Atlántica se ha convertido en el invitado incómodo, molesto, aislado, de la cumbre que Turquía organizará dentro de dos semanas. Todos los dedos, incluidos los del presidente estadounidense, Donald Trump, y los del propio secretario general de la OTAN, … Mark Rutte, apuntan a un solo nombre: Pedro Sánchez.
Rutte llegaba a la Casa Blanca con una misión muy delicada. Debía convencer a Trump de que no se desenganche de Europa, de que no repliegue tropas, no reduzca su presencia militar ni pierda interés en el Viejo Continente. Su principal argumento era que los aliados han aceptado elevar, de aquí a 2035, el gasto en defensa y seguridad hasta el 5% de su producto interior bruto. Todos, salvo España.
Para Rutte, esa excepción es un problema. Lo expresó en respuesta a ABC al salir del Ala Oeste: «El presidente del Gobierno español y yo acordamos el año pasado estar en desacuerdo». La discrepancia tiene una cifra concreta. Sánchez sostiene que España puede cumplir los objetivos de capacidades de la Alianza sin destinar el 3,5% del PIB al gasto básico de defensa, con una fórmula alternativa que sitúa ese esfuerzo en el 2,2%.
Mi pregunta a Mark Rutte tras verse con Trump, en que dice que cree que Pedro Sánchez se equivoca al creer que España puede cumplir sus compromisos militares sin llegar al 5% del PIB en Defensa. «No creo que pueda lograrlo y el tiempo lo va a demostrar». pic.twitter.com/UlYOjAxr4x
— David Alandete (@alandete) June 24, 2026
España fue el único de los 32 aliados que logró mantener esa reserva. Rutte no la comparte. «Yo no creo que pueda lograrlo, y pienso que el tiempo lo demostrará», afirmó.
La frase fue más relevante por quién la pronunciaba. El político holandés ha construido su mandato al frente de la OTAN sobre la cautela, el optimismo y la voluntad de no incomodar a ningún socio. Pero esa contención, su optimismo habitual, quedaron suspendidos al hablar de España, después de que Trump hubiera atacado a Sánchez con inusual dureza y revelado el malestar acumulado dentro de la Alianza.
«España es un espectáculo horroroso. España es terrible, incluso desde su punto de vista», dijo Trump dentro del Despacho Oval, mirando a Rutte. «Quiero decir, no quieren pagar nada. Creen que están aquí para viajar gratis. España no es un buen aliado».
Pocas veces un presidente estadounidense había utilizado palabras tan gruesas contra un socio de la OTAN. Trump ha criticado antes a España, pero esta vez dejó a Madrid aislado en una reunión concebida precisamente para exhibir que Europa y Canadá están aumentando su gasto, comprando más armamento estadounidense y creando empleo en Estados Unidos.
Rutte llegó incluso a desplegar gráficos en el Despacho Oval para sostener ese mensaje: más inversión europea en defensa, más pedidos a la industria militar norteamericana y cerca de 200.000 empleos respaldados en Estados Unidos. El único caso que no encajaba en aquella presentación era España, cada vez más aislada, cada vez más criticada, cada vez más nombrada por el enfado que provoca Sánchez en Bruselas y en Washington.
Por ahora, las amenazas y reproches de Trump no se han traducido en medidas estudiadas y proferidas contra Sánchez. No ha habido aranceles específicos, ni una reducción anunciada de las fuerzas estadounidenses en Rota y Morón, ni un recorte de la cooperación bilateral. España tampoco puede ser expulsada de la OTAN por una decisión unilateral de Washington, como llegó a plantear Trump.
Pero el desgaste político es real. Sánchez se ha convertido en una figura incómoda para la Casa Blanca y para la OTAN y en la excepción que rompe el relato de unidad que Rutte necesita presentar ante Trump. A las puertas de la cumbre de Ankara, España llega marcada como el único aliado que cuestiona abiertamente el marco financiero y militar que el resto ha aceptado.
La excepción española nació en la cumbre de La Haya, en junio de 2025, después de que Sánchez amenazara con no respaldar la declaración final si el compromiso del 5% se formulaba como una obligación idéntica para los 32 aliados. El acuerdo mantuvo el objetivo general para 2035 —un 3,5% del PIB en defensa directa y otro 1,5% en seguridad, infraestructuras y resiliencia—, pero modificó la redacción para permitir a Sánchez defender que España cumpliría los objetivos militares de la OTAN con una senda propia.
El problema es que aquella salida política no ha resuelto el problema de fondo, la gran dependencia europea de EE.UU. Rutte ha cuestionado ya de forma pública el cálculo español, y Trump lo utiliza como ejemplo de lo que considera una falta de compromiso europeo. Si el 2,2% no se traduce pronto en fuerzas desplegables, munición, defensa aérea, logística, ciberseguridad y capacidad de sostener una crisis en el flanco oriental, la excepción dejará de ser una fórmula diplomática y pasará a ser una prueba de debilidad.
En Ankara no habrá una sanción formal ni una expulsión, porque la OTAN no funciona de ese modo. Pero España puede encontrarse con algo políticamente más dañino: una Alianza que la escuche, pero ya no la crea; que acepte sus promesas, pero exija pruebas, y que mida al país no por sus discursos ni por sus excepciones, sino por lo que sea capaz de poner sobre el terreno cuando llegue la hora de defender Europa, si es que hay que defenderla por el flanco sur.
