Publicado: octubre 29, 2026, 4:45 pm
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Si, al estilo ‘Good Bye, Lenin!’, un activista demócrata despertara hoy tras un coma en el que hubiera caído en 2020, quizá su pregunta sería: «¿qué pasó con lo ‘woke’?». Estamos a cinco días de unas elecciones al Congreso de la máxima … importancia, y apenas hay rastro en las campañas de sus candidatos de esas causas de justicia social que se engloban bajo la etiqueta ‘woke’ y que dominaban a los demócratas. ¿Qué ha pasado?, se preguntará. Si sus familiares y amigos, al contrario que en la deliciosa película alemana de principios de siglo, no le engañan, tendrán que decirle que su partido ha pasado página. Que quiere ganar la elección y que lo ‘woke’ es, ahora mismo, kriptonita política: pocos candidatos la quieren tocar.
«El ‘woke’ 1.0 fue una locura», dijo este verano, cuando la campaña electoral tomaba temperatura, la demócrata Alexandria Ocasio-Cortez. Que lo diga ella, bandera del izquierdismo y la cara más conocida de los Socialistas Demócratas de América (DSA), la facción más radical del partido, tiene su importancia. Pero la realidad es que lo ‘woke’ está moribundo –al menos, en política– desde la segunda victoria electoral de Donald Trump en 2024.
Para entonces, hacía ya tiempo que ser ‘woke’ se había convertido en un insulto o en una chanza. Ni siquiera los demócratas se tomaban ya en serio el palabro, que nació a comienzos del siglo XX como expresión de la conciencia sobre la discriminación racial de la comunidad negra y ha acabado como un guiñapo en nuestro siglo. Primero renació con el movimiento ‘Black Lives Matter’ (‘Las vidas de los negros importan’), cuando se acumulaban episodios de abusos policiales contra esta minoría. Después, en plena efervescencia de la justicia social con el asesinato de George Floyd, en el verano de 2020, se convirtió en el marcador moral de las causas correctas de justicia social, desde las lógicas a las absurdas.
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ELECCIONES DE MEDIO MANDATO
Javier Ansorena
Ser ‘woke’ era denunciar la persistencia de un racismo sistémico en EE.UU., pero acabó siendo la marca de los excesos de la corrección política y de la cultura de la cancelación: los despidos por expresar opiniones poco apropiadas, los políticos hincados de rodilla y con estolas africanas, las acusaciones de «matar» a personas trans por cuestionar sus postulados, los reconocimientos de estar en «tierra sagrada» de los pueblos nativos antes de actos públicos, la «descolonización» de los currículums en las universidades…
Ser ‘woke’ era por el verano de 2020 denunciar la persistencia de un racismo sistémico en EE.UU., pero acabó siendo la marca de los excesos de la corrección política y de la cultura de la cancelación
La victoria de Trump en 2024 acabó por sentenciar que eso era una fiebre de élites políticas y académicas. Ahora, dos años después, los estadounidenses vuelven a las urnas y los demócratas se esfuerzan en dar la sensación de que se han curado de ella.
Mamdani marcó el giro
El camino lo marcó el año pasado Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York. Ganó las primarias demócratas y después la elección sin renunciar a buena parte del credo ‘woke’, pero centrando el mensaje en algo que importa a la gran mayoría de los votantes y no solo a las élites que meten más ruido: el coste de la vida, el precio disparado de la vivienda, las condiciones materiales de los votantes. Asuntos más cercanos a la izquierda tradicional y no al identitarismo que la había dominado en la última década. Mamdani, quien cogió la bandera de los ‘recortes a la Policía’ en las protestas que siguieron a la muerte de Floyd, dio un giro de 180 grados. «No voy a quitar financiación a la Policía, no me presento para quitar financiación a la Policía», dijo en campaña.
Como él, cuando toca ganarse el voto, muchos demócratas están desandando su camino. Lo hizo de alguna manera Ocasio-Cortez con su referencia a la «locura» de los ‘woke’ a la vez que –no puede ser una coincidencia– aseguraba que no renunciaba a la posibilidad de presentarse a las presidenciales en 2028. Y es que una cosa es ganar tu distrito del Bronx y otra convencer a votantes moderados en estados disputados como Míchigan o Pensilvania. También lo ha hecho uno de los grandes nombres de esta campaña: James Talarico, el demócrata que busca cumplir por fin el sueño elusivo de los demócratas de pintar Texas con el azul de su partido.
James Talarico ha terminado por modular su discurso y dejado de provocar con sus declaraciones más ‘woke’.
(Afp)
Talarico trata de capturar un escaño del Senado que podría inclinar la mayoría de la Cámara Alta hacia los demócratas. Lo hace desde una imagen moderada y con un mensaje en el que se abre a los votantes republicanos. Pero, como tantos otros demócratas activos en aquel 2020 de pandemia y agitación en las calles, tiene muchos cadáveres en el armario de sus declaraciones públicas. Por ejemplo, cuando dijo en la Cámara Baja estatal de Texas aquello de que «Dios es no binario».
En campaña, Talarico reconoció que en el pasado hizo comentarios «cringey», que se traduce como que «dan vergüenza ajena». Lo justificó en que eran «deliberadamente provocadores». En cualquier caso, ahora se le han quitado las ganas de provocar. Todo lo contrario. Por ejemplo, en el controvertido asunto de la presencia de mujeres trans en el deporte femenino, Talarico dice ahora que se opone a ello si supone un riesgo para la seguridad de las otras competidoras o produce una competición injusta. En el pasado, se opuso y comparó el veto a las mujeres trans con el de los atletas negros en el pasado. Es una posición que adoptan cada vez más candidatos demócratas, cuando antes era un asunto en el que muchos no se atrevían a posicionarse por miedo al escándalo de los activistas.
Dijo en su día «Dios no es binario»
Talarico, candidato demócrata que aspira a conseguir un escaño decisivo en el Senado, ha cambiado su discurso y ahora se opone a la presencia de mujeres trans en el deporte
Yemisi Egbewole, que fue asesora de Joe Biden en la Casa Blanca y ahora forma parte del ‘think tank’ Third Way (Tercera vía, el nombre lo dice todo), aplaudió en redes sociales los comentarios de Talarico. «Está muy bien que lo diga», escribió. «La realidad es que más y más de la gente joven que se presenta a elecciones va a tener que hacer esto. Lo ‘woke’, en su pico, fue algo raro, ¡está bien decirlo!».
Otra señal de la caída en desgracia de lo ‘woke’ ocurrió en Wisconsin. Allí, la favorita en las encuestas para ganar las primarias demócratas en la elección a gobernador era Francisca Hong, una izquierdista sin ambages que buscaba convertirse en la primera gobernadora del país salida del grupo socialista DSA. Hong era de las que decía que había que «cancelar» Acción de Gracias, el día más señalado en EE.UU. Pero este año, en campaña, afirmó que «las opiniones pueden cambiar» y acabó defendiendo que es su fiesta favorita. También dijo que había que «abolir» la Policía y también se desdijo. Pese a todo, acabó perdiendo las primarias, por sorpresa.
Centrados en lo que importa a la mayoría
Los candidatos demócratas, de forma mayoritaria, están haciendo lo que algunos analistas políticos del partido llevan años pidiendo: centrarse en los asuntos que importan a la mayoría y no en batallas –identidad de género, abolición de la Policía, teoría racial crítica– que incomodan y dividen a su electorado. Es lo que David Shor, que ganó celebridad por sus análisis demoscópicos en la campaña de Barack Obama de 2012, ha llamado ‘popularismo’: que los demócratas pongan acento en los asuntos que son populares.
En este año electoral, lo tienen fácil a la hora de elegir esos asuntos: el coste de la vida, un problema que no puede ser más amplio y transversal; y Donald Trump, con su popularidad desplomada precisamente por el efecto en los precios de decisiones como la guerra de Irán y la guerra arancelaria.
Pese a todo esto, en la propaganda electoral y en los discursos de los candidatos se sigue escuchando la expresión ‘woke’. Pero quienes la utilizan son los republicanos, que la emplean como una línea de ataque habitual contra los demócratas. En Kansas, por ejemplo, acusan al candidato demócrata, Adam Hamilton, quien ha puesto un territorio trumpista en juego, de ser un «pastor woke» (es un líder religioso metodista). En Texas, los anuncios electorales de Ken Paxton, el rival republicano de Talarico, repiten sin parar alusiones a la agenda trans.
Quienes utilizan ahora la palabra ‘woke’ son los republicanos, que la emplean como una línea de ataque habitual contra los demócratas
Nada de esto quiere decir que la «locura» ‘woke’ de la que hablaba Ocasio-Cortez haya desaparecido del todo. Por ejemplo, Darializa Avila Chevalier, la socialista que compite por los demócratas en un distrito de Nueva York para la Cámara de Representantes, no ha sido capaz de decir si apoya o no que un asesino cumpla penas de prisión.
Ahora falta por ver cómo las urnas responden el 3 de noviembre a esta versión demócrata ligera de ‘wokismo’. Y cómo juzgan la ‘contrarreforma’ de Trump tras llegar a la Casa Blanca: los ataques a la libertad de prensa, la persecución de todo lo que tiene que ver con diversidad y equidad, el desmantelamiento de la regulación medioambiental o las purgas a todo lo que huela a ‘woke’.
