Publicado: junio 28, 2026, 8:45 pm
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«Ya no sé si sabemos qué es el dolor» me comenta Paola Romero, profesora de filosofÃa. Desde esa incertidumbre escribo. ¿Qué sentir? ¿Qué pensar?
Entonces el dÃa se alarga, no es fácil estar lejos estando tan cerca. Pensamiento que se disipa al comprender que … el drama absoluto es el de la familia que desapareció de la tierra en segundos, el de la amiga que recoge cascotes en su cocina, el de los conocidos que caminan entre cadáveres, el del compañero de universidad que busca un hermano.
SerÃa tiempo de hundirse en la tristeza, de llorar por lo que palpita al otro lado del mar. Pero la realidad venezolana es una astilla clavada en la frente. Periodistas, testigos directos confirman lo que sabÃamos desde el primer minuto. La crueldad del chavismo desconoce las treguas. Mientras Delcy RodrÃguez se hacÃa fotos y eructaba promesas, a pocos kilómetros fallecÃa un muchacho que permaneció veinte horas con medio cuerpo bajo los escombros esperando un auxilio de las autoridades que no llegó nunca. En otras zonas del paÃs, los esbirros del chavismo disolvieron los puntos de recolección de ayuda que no controlaban. Grupos de socorristas fueron retenidos durante ocho horas en actos propagandÃsticos del régimen. Las fuerzas de seguridad que con rapidez acudÃan en el pasado para perpetrar la represión, la tortura y el asesinato, seguÃan sin prestar ayuda a casi 48 horas del desastre.
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David Alandete
La tentación es dejarse arrastrar por la ira y la certeza de que Venezuela no soporta más dolor. Ser venezolano se ha convertido en una inmensa fragilidad. La incomprensión de una inteligencia internacional que estuvo hechizada por un rancio experimento utópico. La complicidad criminal de polÃticos y empresarios del extranjero que participaron del saqueo promovido por el chavismo. La ferocidad de la aporofobia que irrumpió en paÃses donde algunos lugareños consideraron un acto heroico incendiar carpas y coches de bebés venezolanos.
Porque incluso en España, el más bello y el mejor de los lugares posibles, se vivieron recientemente campañas de odio por parte de sectores minoritarios que exigÃan la expulsión de venezolanos. Inútil pedir a estos exaltados que se sorprendiesen con datos como las crecientes cotizaciones a la seguridad social, el nivel educativo o la altÃsima tasa de empleo de estos nuevos «indeseables». Para ellos, aquà solo podÃamos permanecer en silencio, dóciles como animales de compañÃa, sin expresar ideas polÃticas.
Un paisaje que invita al lamento, al victimismo. Solo que ahora mismo contemplo imágenes de venezolanos comunes hurgando entre escombros con sus manos rotas, salvando personas con las uñas, enfrentándose a la crueldad del chavismo y encabezando los rescates, las redes de información. Gente que no sabe rendirse. Gente que ha resistido balas, gases lacrimógenos, detenciones y ahora la ferocidad de un doble sismo.
Vencidos por las armas y la naturaleza, somos seres rotos que, sin embargo, seguimos abrigando espacio para bellas palabras como vida, libertad, democracia
Eso somos. Vencidos por las armas y la naturaleza. Seres rotos que, sin embargo, seguimos abrigando espacio para bellas palabras como vida, libertad, democracia. Porque en nosotros quizá palpita ese poema de Cadenas en el que se le habla al fracaso:
«Gracias por quitarme espesor a cambio de una letra gruesa…/
Gracias por construir con barro mi morada./ Gracias por apartarme».
Ya llegará el tiempo del dolor y de la reflexión. Ahora mismo los venezolanos pedimos desesperada ayuda y también nos negamos a ser vÃctimas. Para levantarnos es necesario admitir que desde hace años vivimos entre ruinas humeantes, pero en esa resistencia palpita la necesidad futura de construir, de reconstruir, de recuperar algún dÃa la belleza. Aquà en España, allá en Venezuela, donde quiera que estemos. Construir nuevas casas, levantar nuevas piedras. Las manos juntas: los que están allÃ, los que estamos fuera.
Juan Carlos Méndez Guédez
Escritor
