«Mi mamá dejó de respirar ayer a las 7.30» - Colombia
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«Mi mamá dejó de respirar ayer a las 7.30»

Mateo tiene siete años. Acaban de rescatarlo de entre los escombros. Su casa, en La Guaira, se desplomó durante el terremoto del 24 de junio. En el vídeo, el niño aparece cubierto de polvo. Tiene la pierna derecha lesionada e inmovilizada con un vendaje … improvisado de cartón. Sus manos parecen agarrotadas. Un rescatista le ofrece una botella con zumo, él acepta y bebe. «El único que sobrevivió a este derrumbe fui yo», dice. Hay dignidad y desparpajo en su indefensión. Los adultos a su alrededor preguntan quién más se encontraba junto a él. Entonces él añade, con la naturalidad: «Mi mamá dejó de respirar ayer a las siete y treinta». Maikel La Rosa, un rescatista voluntario que participaba en las labores de búsqueda de supervivientes, también en La Guaira, mira a la cámara mientras explica que el edificio en el que trabajaba se vino abajo durante una piñata. «Me dan ganas de llorar. No se imaginan. Era una fiesta de niños cuando se derrumbó el edificio». El joven se cubre el rostro con las manos. La información proviene del testimonio directo del rescatista, publicado en sus redes sociales.
La Guaira es el lugar de la tragedia. También de los milagros. Durante el segundo día tras el temblor, una mujer atrapada entre los escombros entró en trabajo de parto. Vecinos y equipos improvisaron la asistencia allí mismo y, en medio del polvo, el hormigón y el estruendo de la maquinaria, nació un niño. La imagen nos mete en la vida de golpe. En una semana marcada por la muerte, el primer llanto de aquel recién nacido se convirtió en un sonido inesperado. En los vídeos y las fotos que recogen el momento es posible distinguirlo, un cuerpecito empeñado en vivir brillando en medio del desastre. Una Venezuela deforestada por la Revolución primero y por la naturaleza después expulsa de las entrañas de su propia tierra a quienes habrán de contar lo que ocurrió.

Unicef estima que 3,9 millones de niños viven en las zonas afectadas por los dos terremotos y advierte de que miles de menores están expuestos al desplazamiento, la separación familiar y la interrupción de servicios esenciales. Las autoridades venezolanas aún no han podido establecer todavía cuántos niños han quedado huérfanos ni cuántos han perdido la vida. Hasta el momento, sólo existe una única certeza: las cifras de desaparecidos ascienden a 51.000. Save the Children confirma que ya hay niños muertos, heridos y separados de sus familias durante las evacuaciones en Caracas y La Guaira. La organización alerta de que los menores que pierden temporalmente el contacto con sus cuidadores quedan especialmente expuestos al abuso, la explotación, la trata y otras formas de violencia. Cruz Roja, Médicos Sin Fronteras, World Vision, International Rescue Committee y Cáritas se encuentran sobre el terreno. Ningún dato nos permite aún imaginar el alcance de lo ocurrido. La única cifra, la exactitud de este desgarro, la sostuvo Mateo entre sus labios al recordar el momento exacto en que su madre dejó de respirar, a las 7.30, ese instante preciso en el que Mateo se hizo adulto.

Publicado: junio 27, 2026, 8:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/mama-dejo-respirar-ayer-730-20260627032136-nt.html

Mateo tiene siete años. Acaban de rescatarlo de entre los escombros. Su casa, en La Guaira, se desplomó durante el terremoto del 24 de junio. En el vídeo, el niño aparece cubierto de polvo. Tiene la pierna derecha lesionada e inmovilizada con un vendaje improvisado de cartón. Sus manos parecen agarrotadas. Un rescatista le ofrece una botella con zumo, él acepta y bebe. «El único que sobrevivió a este derrumbe fui yo», dice. Hay dignidad y desparpajo en su indefensión. Los adultos a su alrededor preguntan quién más se encontraba junto a él. Entonces él añade, con la naturalidad: «Mi mamá dejó de respirar ayer a las siete y treinta». Maikel La Rosa, un rescatista voluntario que participaba en las labores de búsqueda de supervivientes, también en La Guaira, mira a la cámara mientras explica que el edificio en el que trabajaba se vino abajo durante una piñata. «Me dan ganas de llorar. No se imaginan. Era una fiesta de niños cuando se derrumbó el edificio». El joven se cubre el rostro con las manos. La información proviene del testimonio directo del rescatista, publicado en sus redes sociales.

La Guaira es el lugar de la tragedia. También de los milagros. Durante el segundo día tras el temblor, una mujer atrapada entre los escombros entró en trabajo de parto. Vecinos y equipos improvisaron la asistencia allí mismo y, en medio del polvo, el hormigón y el estruendo de la maquinaria, nació un niño. La imagen nos mete en la vida de golpe. En una semana marcada por la muerte, el primer llanto de aquel recién nacido se convirtió en un sonido inesperado. En los vídeos y las fotos que recogen el momento es posible distinguirlo, un cuerpecito empeñado en vivir brillando en medio del desastre. Una Venezuela deforestada por la Revolución primero y por la naturaleza después expulsa de las entrañas de su propia tierra a quienes habrán de contar lo que ocurrió.

Unicef estima que 3,9 millones de niños viven en las zonas afectadas por los dos terremotos y advierte de que miles de menores están expuestos al desplazamiento, la separación familiar y la interrupción de servicios esenciales. Las autoridades venezolanas aún no han podido establecer todavía cuántos niños han quedado huérfanos ni cuántos han perdido la vida. Hasta el momento, sólo existe una única certeza: las cifras de desaparecidos ascienden a 51.000. Save the Children confirma que ya hay niños muertos, heridos y separados de sus familias durante las evacuaciones en Caracas y La Guaira. La organización alerta de que los menores que pierden temporalmente el contacto con sus cuidadores quedan especialmente expuestos al abuso, la explotación, la trata y otras formas de violencia. Cruz Roja, Médicos Sin Fronteras, World Vision, International Rescue Committee y Cáritas se encuentran sobre el terreno. Ningún dato nos permite aún imaginar el alcance de lo ocurrido. La única cifra, la exactitud de este desgarro, la sostuvo Mateo entre sus labios al recordar el momento exacto en que su madre dejó de respirar, a las 7.30, ese instante preciso en el que Mateo se hizo adulto.

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