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TECNOLOGÍA

Nueva tensión entre Elon Musk y el Pentágono: los drones kamikazes LUCAS han usado Starlink de forma improcedente

La relación entre Elon Musk y el Gobierno de Estados Unidos atraviesa un nuevo episodio de tensión tras una disputa por el uso de la red satelital Starlink en drones militares empleados durante la guerra con Irán.Acorde a la información compartida por la agencia Reuters, el origen del conflicto está en los drones LUCAS, unos dispositivos kamikazes de bajo coste que son comparables a los modelos Shahed utilizados por Irán. Estos sistemas, capaces de permanecer sobre un objetivo y lanzarse contra él al recibir una orden, operaban con la conectividad proporcionada por Starlink. No obstante, según Reuters, SpaceX ha considerado que el Pentágono estaba pagando una tarifa demasiado baja para el nivel de servicio realmente utilizado.La empresa de Musk ha argumentado que los drones no empleaban un plan estándar, sino un servicio de mayor capacidad y prestaciones, similar al destinado a aeronaves, cuyo precio rondaría los 25.000 dólares por terminal. Hasta entonces, el Pentágono abonaba alrededor de 5.000 dólares, por lo que SpaceX ha planteado multiplicar por cinco el coste del acceso satelital.Como consecuencia, desde el Departamento de Defensa han surgido objeciones inmediatas. Funcionarios estadounidenses defienden que esos planes premium están pensados para aviones y plataformas permanentes, no para drones concebidos para destruirse durante una misión. Aun así, según la investigación de Reuters, Washington ha terminado aceptando el incremento de la tarifa, lo que ha elevado significativamente el coste operativo de estos sistemas de ataque.Los drones kamikazes habrían usado Starlink en vez de StarshieldEsta también ha puesto de relieve una diferencia importante dentro del ecosistema de SpaceX: qué es Starlink y Starshield. Mientras Starlink nació como una red satelital para ofrecer conexión de banda ancha de alta velocidad y baja latencia a cualquier rincón del planeta, Starshield fue creada específicamente para clientes gubernamentales y aplicaciones militares, con mayores niveles de seguridad y capacidades adaptadas a la defensa.En una publicación de la red social X, Elon Musk ha cuestionado algunos detalles de esta polémica, e incluso ha reconocido el núcleo del problema al señalar que el fabricante de los drones habría utilizado inapropiadamente Starlink para fines militares, incumpliendo las condiciones de servicio establecidas por la compañía.No obstante, pese a las tensiones, la relación entre ambas organizaciones continúa siendo estratégica. El Pentágono sigue estudiando ampliar su adquisición de terminales y reforzar el uso de soluciones basadas en Starshield, mientras SpaceX mantiene un papel cada vez más relevante en las comunicaciones y operaciones militares de Estados Unidos.El Pentágono rebaja la tensiónPor su parte, el Pentágono ha tratado de contener la polémica y reducir la atención generada en torno al asunto. Sean Parnell, portavoz principal del organismo, ha defendido en la red social X que la relación con SpaceX mantiene intacta su relevancia estratégica, incluso ha destacado la existencia de una colaboración «estrecha y eficaz» entre ambos equipos.Asimismo, tanto Washington como SpaceX han intentado rebajar la tensión después de conocerse el nuevo acuerdo económico para emplear Starshield en los drones kamikaze LUCAS. No obstante, pese al evidente malestar provocado por la situación, ninguna de las dos partes ha desmentido el fondo de la información, lo que mantiene abierto el debate sobre las condiciones y el alcance de esta cooperación tecnológica y militar.

En España hemos inventado montones de cosas: esta la usas a diario y lleva mucha más tecnología de lo que crees

La imagen no podría ser más típica de una familia española: alguien está entre fogones, cocinando una comida abundante para llenar una mesa repleta de comensales. Y todo gira en torno a los platos, a la conversación y a esa buena sobremesa que tanto nos gusta en España.Puede que la foto sea distinta en algunas casas y, en lugar de ser muchos, son solo dos. A veces no es una comilona solemne y pensada, sino una cena rápida o una receta improvisada entre semana. Pero, incluso ahora que la cocina compite con prisas, delivery y pequeños electrodomésticos para casi todo, las cosas siguen pasando delante de un plato. Y esto, en un mundo cada vez más globalizado en el que se van perdiendo cultura y tradiciones, tiene cierto valor.Tiene aún más valor si pensamos en que parte de la historia para que esta imagen sea posible también se escribe desde nuestro país, concretamente desde Zaragoza. Durante décadas, la cocina fue sinónimo de llama, de gas, de mandos de ruleta y de superficies que había que tocar con cuidado. Pero entonces apareció una tecnología que al principio sonaba casi a truco: cocinar sin fuego y sin quemarte. Hace ahora 35 años, se crearon en la capital aragonesa las primeras placas de inducción.“Todo este camino lo hemos recorrido de la mano de investigadores de la Universidad de Zaragoza”, destaca desde el primer momento José Juste Pallarés, director de operaciones y tecnología de BSH Electrodomésticos en España. Fue a finales de los años 70 cuando un joven ingeniero llamado Mariano Sanz propuso a la compañía –entonces Balay– investigar el uso de la inducción en la cocina, hasta ese momento una tecnología reservada solo para operaciones industriales. Su perseverancia culminó en la creación de la primera cocina de inducción del mundo basada en semiconductores de efecto de campo.En la planta que la compañía tiene en el barrio rural de Montañana, donde hoy se desarrollan y fabrican placas que se venden en todo el mundo, aún se conserva la memoria de aquellas primeras pruebas. La primera impresión es que no parecían placas de cocina, sino aparatos llegados del futuro, con mandos separados y una electrónica que no cabía bajo el cristal. Entonces se hacían unas 15 al día, actualmente se producen hasta 10.000 unidades en una sola jornada.Sin embargo, ese salto industrial no ha sido de la noche a la mañana. La inducción tenía que convencer a hogares acostumbrados a intuir la temperatura por la intensidad de una llama o a esperar a que la resistencia de la vitro se pusiera al rojo.Cada año, BSH fabrica en España en torno a tres millones de electrodomésticos de distintas categorías, desde placas de inducción destinadas al mercado global hasta hornos, lavadoras o placas de gas. En los hogares españoles hay más de 35 millones de electrodomésticos de BSH instalados y uno de cada tres aparatos que se venden en nuestro país pertenece a alguna de sus marcas: Bosch, Siemens, Balay o Gaggenau.Pero, más allá de la dimensión empresarial, hay un dato que explica mejor el peso de Zaragoza en esta historia: una de cada cuatro placas de cocina de inducción que se venden en el mundo se fabrica ahí. La planta de Montañana se ha convertido así en uno de esos lugares industriales que rara vez aparecen en la conversación cotidiana, aunque estén detrás de algo que usamos a diario. Con alrededor de 1.500 empleados, está especializada en la producción de hornos y placas de inducción y produce anualmente más de 2,2 millones de unidades. De sus líneas sale un producto terminado cada seis segundos.La previsión para este 2026 resume el volumen de ese trabajo: de los tres millones de electrodomésticos que BSH fabrica al año en España, se espera que más de dos millones salgan de Montañana (unos 600.000 hornos, 1,4 millones de placas de inducción y unas 250.000 placas con extractor integrado). Y no todo se queda cerca: aproximadamente el 80% de la producción se exporta a más de 60 países.La tecnología que no se ve bajo el cristalDesde quienes crecieron viendo fogones, botones de ruleta y vitrocerámicas que quemaban hasta quienes hoy cocinan sobre una placa negra, limpia, silenciosa y casi invisible, la relación con el calor ha cambiado más de lo que parece. A veces esa superficie ya ni siquiera reclama protagonismo: se integra en una isla, se combina con extractores ocultos o desaparece visualmente en cocinas abiertas que funcionan también como comedor y salón.Hubo un tiempo en que una placa que no calentaba como esperábamos parecía una rareza. Hoy casi nadie se detiene a pensar en la electrónica, los sensores y las decisiones industriales que hay debajo del cristal. Apoyamos una sartén, subimos la potencia con un dedo y damos por hecho que aquello funciona.La explicación, contada de forma sencilla, es esta: una placa de inducción no calienta como el gas ni como una vitrocerámica tradicional. No hay llama ni una resistencia que se ponga al rojo. Bajo el cristal hay unas bobinas que generan un campo magnético. Cuando encima se coloca una olla o una sartén compatible, ese campo hace que se caliente directamente el metal del recipiente. La placa actúa casi como intermediaria: crea las condiciones para que aparezca el calor, pero quien se calienta de verdad es la sartén.Por eso la inducción responde tan rápido. No tiene que calentar primero una superficie para que esa superficie caliente después el recipiente. También por eso, cuando se retira el recipiente, la cocción se detiene casi de inmediato.Esa diferencia parece sencilla vista desde fuera, pero por dentro exige ser bien pensada. “La potencia sin control…”, recuerda Juste, usando una frase que sirve muy bien para explicar el reto. Una cosa es conseguir que un aparato caliente y otra muy distinta que lo haga de forma útil, segura, estable y fácil de manejar. En aquellos primeros desarrollos no bastaba con generar un campo electromagnético: había que lograr que la placa arrancara bien, se detuviera cuando debía, reconociera el recipiente y permitiera cocinar sin que el usuario tuviera que entender lo que estaba ocurriendo debajo.De los cuatro ‘fuegos’ a la placa invisibleLas primeras placas necesitaban una electrónica separada, instalada bajo el zócalo, y mandos externos que obligaban a intervenir en el mueble de cocina. Era una tecnología todavía aparatosa, pensada casi para demostrar que aquello funcionaba. Con el tiempo, la electrónica se fue compactando, los mandos se integraron en la propia placa y el producto fue perdiendo rareza hasta convertirse en algo familiar.La evolución no ha sido solo estética. Por debajo del cristal se ha ido sofisticando la electrónica de potencia, encargada de generar los campos electromagnéticos; los sistemas de control, que regulan cómo y cuándo se entrega la energía; y la sensórica, que permite detectar si hay un recipiente, si se ha movido o si una zona debe activarse. Lo que para el usuario es «subir al nueve» o «bajar al tres», por dentro implica una conversación constante entre bobinas, sensores, software y electrónica.Al principio, las placas de inducción imitaban en cierto modo la lógica de los fuegos tradicionales. Había círculos marcados sobre el cristal y cada uno correspondía a un tamaño determinado. La transición tenía sentido: si el usuario venía del gas o de la vitrocerámica, necesitaba reconocer algo familiar. Pero, con el tiempo, la inducción empezó a aprovechar mejor sus propias posibilidades.Llegaron zonas capaces de adaptarse a recipientes de distintos diámetros, espacios pensados para paelleras o cazuelas grandes y configuraciones que permiten utilizar bandejas alargadas. En algunos modelos, la placa puede activar solo la parte necesaria según dónde se coloque el recipiente. En otros, la flexibilidad se lleva más lejos, con numerosos inductores bajo el cristal y pantallas que representan la posición de la olla o la sartén. Para quien cocina, el gesto sigue siendo sencillo. Para quien diseña y fabrica, el reto se multiplica: más conexiones, más electrónica y más decisiones invisibles para que todo parezca natural.Tampoco toda innovación tiene por qué ser útil solo por existir. Juste lo resume con una idea sencilla: la tecnología tiene sentido cuando responde a una necesidad real. Añadir sensores, pantallas o conectividad puede ser valioso si mejora la experiencia, ahorra energía, facilita el mantenimiento o evita errores. Si solo complica el uso, se convierte en ruido.Quizá por eso la historia de la inducción resulta más interesante cuando no se cuenta como una carrera hacia la placa más inteligente, sino como una sucesión de pequeñas desapariciones. Desapareció la llama. Desaparecieron los mandos externos. Desapareció parte del calor residual. Desaparecieron algunos círculos rígidos sobre el cristal. Y, en las cocinas más recientes, incluso desaparece la campana. Lo que queda es una superficie negra, silenciosa y aparentemente simple sobre la que seguimos haciendo algo tan antiguo como cocinar.

«Los restos son potencialmente peligrosos»: el aviso de la Fuerza Espacial tras la explosión del cohete de Blue Origin

La explosión del cohete New Glenn de Blue Origin, la empresa aeroespacial de Jeff Bezos, durante una prueba en tierra en Cabo Cañaveral ha obligado a la Fuerza Espacial de Estados Unidos (USSF) a emitir un aviso de seguridad ante la posible aparición de restos en zonas costeras de acceso público.El incidente se ha producido durante un test de encendido estático, una maniobra en la que los motores del cohete se activan mientras el vehículo permanece sujeto a la plataforma. Blue Origin ha confirmado que el New Glenn ha sufrido una “anomalía” durante el ensayo y asegura que todo el personal está a salvo.Tras la explosión, Space Launch Delta 45, la unidad de la USSF encargada del Eastern Range, ha advirtido de que los restos derivados de la anomalía podrían llegar a la costa en los próximos días o semanas. Por ese motivo, piden a la población que no toque ningún fragmento y que avise al 911 para que pueda ser retirado de forma segura.“Los restos de vehículos de lanzamiento son potencialmente peligrosos”, señala la Fuerza Espacial en su aviso, en el que recuerda que el contacto directo puede suponer un riesgo para la salud y el bienestar de las personas.La unidad militar también indica que el Eastern Range mantiene su capacidad operativa para lanzamientos espaciales de seguridad nacional y que continúa prestando apoyo al resto de los complejos de lanzamiento, incluido el Centro Espacial Kennedy de la NASA.La investigación sobre la explosión del New Glenn, el gran cohete orbital de Blue Origin con el que Bezos quiere competir con Starship de Elon Musk, deberá determinar ahora qué provocó la anomalía y qué impacto puede tener en los próximos vuelos previstos.

HUAWEI desafía los límites de la industria de semiconductores con su innovadora 'Ley Tau'

La industria de los semiconductores se ha guiado por la llamada Ley de Moore durante décadas, siendo una teoría formulada en 1965 por el ingeniero Gordon Moore que sostiene que el número de transistores en un chip y su potencia se duplican aproximadamente cada dos años mientras se reducen costes y tamaño.Esta tendencia impulsó la evolución de ordenadores, móviles y centros de datos, pero empieza a mostrar determinados límites económicos y físicos. Básicamente, a medida que los transistores se acercan a dimensiones medidas en apenas unos átomos, seguir reduciendo su tamaño se ha vuelto cada vez más complejo y costoso. Por lo tanto, ante este escenario, HUAWEI ha presentado una alternativa propia para continuar aumentando el rendimiento de los chips sin depender exclusivamente de la miniaturización tradicional.La agencia Reuters informa que, dentro del marco del evento Simposio Internacional de Circuitos y Sistemas IEEE 2026 (Shanghái, China), HUAWEI ha dado a conocer la denominada ‘Ley de Escala Tau’, siendo un nuevo principio para semiconductores que puede guiar el desarrollo de chips a medida.¿Qué plantea HUAWEI?En lugar de centrarse únicamente en fabricar transistores más pequeños, el planteamiento de HUAWEI apuesta por reducir el tiempo que tardan los datos y señales en desplazarse dentro del chip y entre distintos sistemas de computación. Por ende, para llevar esta idea a cabo, el fabricante ha desarrollado una arquitectura llamada ‘LogicFolding’, basada en la reorganización y apilamiento de circuitos para mejorar la eficiencia del procesamiento y reducir el tamaño físico de los componentes mediante la optimización arquitectónica y el flujo de datos.En el evento Simposio Internacional de Circuitos y Sistemas IEEE 2026, HUAWEI ha asegurado que este enfoque permitirá desarrollar chips con una densidad de transistores equivalente a los 1,4 nanómetros para 2031, siendo una referencia que marcaría la próxima frontera de la industria y en la que también trabajan fabricantes como TSMC, aunque mediante procesos tradicionales de litografía avanzada.En este sentido, He Hui, director de investigación de semiconductores en Omdia, afirma a Reuters que «lo que propone HUAWEI es un cambio de la escalabilidad tradicional basada en nodos a una escalabilidad de eficiencia a nivel de sistema»: «En lugar de depender únicamente de transistores más pequeños, la empresa se está centrando en acortar las interconexiones, reducir la latencia y mejorar el movimiento de datos dentro del chip, lo que constituye una forma viable de obtener un mayor rendimiento cuando la litografía de vanguardia está limitada».¿Qué chips serán los primeros en probar dicha tecnología?Según Reuters, HUAWEI utilizará esta tecnología en su última generación de chips Kirin para móviles, cuyo lanzamiento está previsto para finales de año. Además, la tecnología LogicFolding se aplicará a los chips Ascend para 2030, así como a grandes clústeres de IA compuestos por cientos o miles de chips que alimentan los centros de datos.Por otro lado, cabe mencionar que, en los últimos años, HiSilicon, la filial de chips de HUAWEI, ha diseñado y producido 381 chips que están basados en la ‘Ley de Escala Tau’ para usarse en la industria móvil y la computación de IA.No cabe duda que este movimiento de HUAWEI refleja un debate creciente en el sector: si la ley de Moore está llegando a su techo, el futuro de los chips podría depender menos de hacerlos más pequeños y más de diseñarlos de forma diferente.

León XIV convierte el desafío ético de la IA en una cuestión católica

La primera encíclica del Papa, en la que el Pontífice realiza un alegato firme a favor del control de la inteligencia artificial y de los posibles efectos nocivos que su desarrollo puede tener para la sociedad, ha sido acogida de forma positiva tanto por … el sector religioso como el tecnológico. Los expertos destacan el trabajo de León XIV a la hora de convertir el desafío de la IA en una cuestión católica.
Durante la presentación del texto, el cofundador de Anthropic Chris Olah reconoció que las empresas que están desarrollando esta tecnología no siempre actúan teniendo en cuenta el bien de la sociedad, por lo que apuntó que destacó la importancia de que surjan «críticos bien informados» que «no se dejen doblegar por los incentivos» y sean capaces de alzar la voz cuando cometan algún error.

El ejecutivo alertó -en línea con la encíclica- sobre el riesgo de que la inteligencia artificial genere un problema de desempleo «a gran escala». «Si eso sucede, apoyar a los desplazados (del mercado laboral) será un imperativo moral de proporciones históricas», apuntó el canadiense, sentado al lado del Papa durante la presentación. Efectivamente, en la obra León XIV avisa de que «la protección de las oportunidades de empleo y el papel insustituible del individuo deben seguir siendo la norma general» y que «la búsqueda de mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente puestos de trabajo».

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La defensa del trabajador realizada por el Pontífice ha sido del gusto de Ulises Cortés, catedrático de Inteligencia Artificial de la Universidad Politécnica de Cataluña; que pone en valor la capacidad de León XIV para centrarse, directamente, «en las cosas importantes» sin dejarse absolutamente nada en el tintero. «Ha sabido centrar bien el tiro en los derechos humanos. La encíclica está muy bien enfocada en ese sentido», dice el docente.

Durante la presentación del texto, el cofundador de Anthropic Chris Olah reconoció que las empresas que están desarrollando esta tecnología no siempre actúan teniendo en cuenta el bien de la sociedad

«En la encíclica se deja claro que, a diferencia de lo que se suele decir, la tecnología no es neutra, sino que tiene la capacidad de adoptar la cara y las intenciones de aquel que la utiliza. Asimismo, se previene contra el peligro de que sea empleada para modificar los hábitos y los pensamientos de los usuarios o para el desarrollo de armas autónomas. Algo que resulta muy interesante», explica el experto.
Juan Ignacio Rouyet, profesor de IA en la Universidad Internacional de La Rioja y consultor senior en Eraneos se muestra algo más frío con el texto. Considera que el resultado es «correcto», porque, al final, «dice cosas que ya están desde hace tiempo consensuadas y son habituales a nivel ético», como la importancia de que el usuario no delegue la toma de decisiones en la máquinas o la importancia de que las empresas no sean las únicas que controlan la gobernanza.
«El matiz quizá es que lo hace desde una perspectiva católica», prosigue el experto. «En el texto parece que el Papa defiende la visión de la IA amplia, que es esa que sostiene que la inteligencia artificial puede superarnos en algunas capacidades, pero que los humanos siempre seremos algo más. Nos pide que seamos realistas, pero luchadores. Dice que todos debemos contribuir a construir la IA que beneficie a la humanidad sin caer en fatalismos ni en el pesimismo», zanja Rouyet.

«Hace falta que nos lo recuerden»

Por su parte, Juan Antonio Perteguer, patrono de la Fundación Vaticana RenAIssance, pone en valor las palabras del Papa en materia de gobernanza: «Lo más preocupante, como dice León, es que nos encontramos ante un cambio tecnológico que parece estar gobernado por unas pocas empresas, y esto requiere una revisión».
Perteguer destaca que la obra de Léon XIV pide al humano que reflexione sobre su situación actual y la relación que mantenemos con la tecnología: «No es una encíclica sobre la IA, sino sobre las personas. Nos pone a nosotros en el centro. Tampoco muestra miedo a la tecnología, solo pide que se la use en favor de la humanidad. Aunque muchos expertos lo hayan dicho anteriormente, hace falta que Roma nos lo recuerde». Y la Iglesia española está de acuerdo.
Precisamente, el arzobispo de Madrid, José Cobo, apuntó ayer en declaraciones a Servimedia que «vivimos en un tiempo donde hay grandes asuntos en los que la Iglesia y la fe piden dar una respuesta, en concreto en el campo de la de la tecnología». «(La encíclica) nos trae preguntas muy grandes: ¿cómo trabajamos por el bien común y cómo trabajamos por la dignidad humana? ¿Cómo vamos afrontar -desde lo más hondo y desde la tradición y la experiencia que tenemos los cristianos, que es la centralidad de la persona- las migraciones, la situación geopolítica en la que nos encontramos, la inteligencia artificial, la pobreza en nuestro mundo, la situación de guerra y de violencia en nuestro mundo? Son grandes retos y grandes interrogantes, pero tendremos que empezar a afrontarlos y habitarlos desde perspectivas como nos dice la encíclica».

¿Cuál es la red social más usada en España? Así han cambiado los hábitos de consumo digital

Las redes sociales forman parte del día a día de los usuarios que residen en España, tanto como herramienta de comunicación como espacio de entretenimiento y consumo digital. Su presencia se ha consolidado hasta convertirse en un hábito cotidiano, aunque no todas las plataformas mantienen el mismo nivel de popularidad. Según el Panel de Hogares de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), Instagram se ha consolidado como la red social más utilizada en España, con un 57,9% de usuarios habituales.Creciendo más de tres puntos porcentuales respecto al año anterior, Instagram sigue liderando el podio de las plataformas más populares, frente a Facebook que se mantiene en segundo puesto con un 52% y TikTok que ocupa el tercer lugar con un 31%.Por el resto, otras redes sociales como X, Pinterest o LinkedIn aglutinan menos del 20% de usuarios, teniendo en cuenta que la aplicación de Elon Musk ha pasado de un 18,1% del año pasado al 16,3% actual.La CNMC señala que la pérdida de usuarios en redes como Facebook o X responde al auge de plataformas como Instagram o TikTok, cuyo contenido visual y de consumo rápido resulta más atractivo para gran parte del público. Esta tendencia refleja un cambio en los hábitos digitales, especialmente entre los usuarios más jóvenes, que priorizan formatos basados en imágenes y vídeos cortos que las publicaciones tradicionales centradas en texto.En lo que respecta a la mensajería instantánea, WhatsApp mantiene su liderazgo con un 94,6% de usuarios que la utilizan, posicionándose por delante de otras alternativas como Instagram con un 27,6% o Telegram con un 17,4%.También, los datos del Panel de Hogares de la CNMC muestran el peso que tienen estas herramientas en la rutina digital diaria, teniendo en cuenta que el 83,8% de los usuarios emplea aplicaciones de mensajería varias veces al día, mientras que el 52,6 % accede con esa misma frecuencia a redes sociales y el 49,8 % consulta su correo electrónico de forma recurrente.Por otro lado, el informe también detecta un descenso en el consumo diario de entretenimiento en línea: solo un 30% ve vídeos varias veces al día y algo más del 22% escucha música con esa misma frecuencia. ¿El motivo? El móvil sigue siendo el eje de la vida digital de los usuarios, con la mensajería instantánea como actividad predominante y una creciente preferencia por redes sociales basadas en contenidos visuales.

León XIV y los tres peligros que oculta la IA

La primera encíclica del Papa León XIV llega en un momento especialmente delicado: la inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en una infraestructura cotidiana que reorganiza la economía, la información y las relaciones sociales. En el texto, el … Pontífice se pregunta qué ocurre con la dignidad humana cuando delegamos cada vez más decisiones y formas de conocimiento en sistemas algorítmicos.
El texto acierta en algo esencial: recordar que la IA no piensa ni aprende como una persona. Los sistemas actuales funcionan mediante adaptación estadística a partir de enormes cantidades de datos. Pueden producir resultados muy eficaces, pero no poseen conciencia moral ni experiencia del mundo. Simulan empatía o comprensión, pero no conocen aquello que producen. Esa distinción resulta hoy decisiva en un contexto donde algunas figuras tecnológicas y científicas tienden a confundir capacidad con humanidad, como ha ocurrido con las últimas declaraciones de Richard Dawkins.

La encíclica señala, además, un problema más profundo, que es el modo en que la tecnología puede alterar nuestra comprensión del ser humano. Cuando la eficiencia se convierte en la medida dominante del valor, la persona corre el riesgo de verse como un proyecto que debe optimizarse permanentemente. La advertencia es pertinente porque el debate sobre la IA suele centrarse en sus prestaciones y olvidar la cuestión antropológica: qué idea de ser humano queda implícita en nuestras tecnologías. Sin embargo, creo que se tiende a sobreestimar a la IA en estas cuestiones, ya que la ingeniería genética plantea dilemas quizá aún más radicales sobre identidad, desigualdad o selección humana.
El texto adopta una posición claramente más crítica que entusiasta. Reconoce avances en medicina, investigación o productividad, pero insiste sobre todo en los riesgos. Resalta tres, y el primero es la facilidad. Las herramientas inteligentes simplifican tareas y ahorran tiempo, pero también pueden acostumbrarnos a delegar demasiado. La tentación de aceptar respuestas inmediatas debilita lentamente el juicio personal y la capacidad de deliberación.
El segundo es la falsa apariencia de objetividad. Muchos sistemas algorítmicos se presentan como neutrales cuando reflejan prioridades y sesgos incorporados por quienes los diseñan. Investigaciones recientes muestran, por ejemplo, que los grandes modelos de lenguaje distinguen razonablemente bien hechos verdaderos y falsos, pero tienen más dificultades con creencias personales, lo que puede reforzar percepciones erróneas precisamente allí donde el juicio humano resulta más vulnerable.
El tercer riesgo es más sutil: la ilusión de relación personal. Los chatbots pueden resultar útiles e incluso reconfortantes, especialmente para personas con dificultades de interacción social. Pero también pueden inducir a engaño si el usuario olvida que detrás de la conversación no existe un sujeto consciente. La simulación de compañía puede terminar sustituyendo vínculos humanos reales o reforzando respuestas complacientes que debiliten la autocrítica. De hecho, se han publicado evidencias de que el comportamiento adulador de estos asistentes podría estar reforzando los prejuicios y sesgos de quienes los usan.

«No es un hecho puramente técnico»

Más allá de estos riesgos genéricos, hay cuatro ámbitos concretos que la encíclica aborda con especial interés. Aquí se destacan la responsabilidad y la gobernanza. El Papa tiene razón al afirmar que la IA nunca es un hecho puramente técnico. Cuando un algoritmo interviene en decisiones sobre empleo, crédito o seguridad, puede afectar directamente a derechos fundamentales. En este sentido, Europa ha avanzado en este terreno con su Reglamento de Inteligencia Artificial y otras normativas, que intentan limitar riesgos asociados a derechos y libertades.
En este ámbito destacan dos cuestiones especialmente delicadas. La primera son los ‘deepfakes’ y la desinformación, que amplifican enormemente la capacidad de fabricar relatos falsos y erosionar la confianza pública. Aunque creo oportuno resaltar dos puntos que no se mencionan habitualmente. Uno, que los impactos más graves de los deepfakes se están produciendo en la violencia digital contra las mujeres mediante imágenes manipuladas y contenidos vejatorios generados artificialmente. Dos, que las sociedades también desarrollan mecanismos de resiliencia frente a la propaganda y las noticias falsas, como explica Hugo Mercier en ‘No hemos sido engañados’.
La segunda cuestión son los sesgos. Sistemas aparentemente neutrales pueden reproducir discriminaciones de género, edad o condición social presentes en los datos con los que fueron entrenados. Tal como resalta Antonio Diéguez en ‘Pensar la tecnología’, uno de los mitos más extendidos es afirmar que la tecnología no es buena ni mala, sino que depende del uso que hagamos de ella. La neutralidad tecnológica absoluta no existe: toda tecnología incorpora una determinada visión del mundo.
El problema del trabajo también se aborda en la encíclica. La automatización promete liberar al ser humano de tareas pesadas o repetitivas, pero también puede generar ‘desespecialización’, vigilancia permanente y precarización. La respuesta más razonable pasa por vincular toda automatización a políticas activas de protección laboral y formación continua.
El documento aborda, además, el poder acumulado a través de los datos. Quien controla información sanitaria, educativa o económica posee una enorme capacidad de influencia. A ello se suma un problema frecuentemente invisibilizado: millones de trabajadores sostienen el entrenamiento de estos sistemas mediante tareas mal remuneradas y psicológicamente duras.

Reducir al enemigo a un dato

Finalmente, León XIV advierte sobre el uso militar de la IA. Delegar decisiones letales en sistemas autónomos amenaza con diluir la responsabilidad moral y reducir al enemigo a un simple dato. Mantener un control humano efectivo sobre el uso de la fuerza debería convertirse en un principio internacional básico.
Quizá una cuestión que conviene añadir al debate es la soberanía tecnológica. Si Europa renuncia a desarrollar capacidades propias y se limita a regular tecnologías ajenas, no podrá realizar un control efectivo, como se plantea en la encíclica, sobre tecnologías diseñadas por otros.
La principal virtud del documento quizá no esté en ofrecer soluciones cerradas, sino en recordar algo elemental que el entusiasmo tecnológico suele olvidar: ninguna innovación elimina la necesidad del juicio humano. La cuestión decisiva no es únicamente qué pueden hacer las máquinas, sino qué tipo de sociedad queremos construir con ellas.

Pablo Haya Coll

Pablo Haya Coll es investigador del Laboratorio de Lingüística Informática de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y director del área de Business & Language Analytics (BLA) del Instituto de Ingeniería del Conocimiento (IIC)