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TECNOLOGÍA

Nueva tensión entre Elon Musk y el Pentágono: los drones kamikazes LUCAS han usado Starlink de forma improcedente

La relación entre Elon Musk y el Gobierno de Estados Unidos atraviesa un nuevo episodio de tensión tras una disputa por el uso de la red satelital Starlink en drones militares empleados durante la guerra con Irán.Acorde a la información compartida por la agencia Reuters, el origen del conflicto está en los drones LUCAS, unos dispositivos kamikazes de bajo coste que son comparables a los modelos Shahed utilizados por Irán. Estos sistemas, capaces de permanecer sobre un objetivo y lanzarse contra él al recibir una orden, operaban con la conectividad proporcionada por Starlink. No obstante, según Reuters, SpaceX ha considerado que el Pentágono estaba pagando una tarifa demasiado baja para el nivel de servicio realmente utilizado.La empresa de Musk ha argumentado que los drones no empleaban un plan estándar, sino un servicio de mayor capacidad y prestaciones, similar al destinado a aeronaves, cuyo precio rondaría los 25.000 dólares por terminal. Hasta entonces, el Pentágono abonaba alrededor de 5.000 dólares, por lo que SpaceX ha planteado multiplicar por cinco el coste del acceso satelital.Como consecuencia, desde el Departamento de Defensa han surgido objeciones inmediatas. Funcionarios estadounidenses defienden que esos planes premium están pensados para aviones y plataformas permanentes, no para drones concebidos para destruirse durante una misión. Aun así, según la investigación de Reuters, Washington ha terminado aceptando el incremento de la tarifa, lo que ha elevado significativamente el coste operativo de estos sistemas de ataque.Los drones kamikazes habrían usado Starlink en vez de StarshieldEsta también ha puesto de relieve una diferencia importante dentro del ecosistema de SpaceX: qué es Starlink y Starshield. Mientras Starlink nació como una red satelital para ofrecer conexión de banda ancha de alta velocidad y baja latencia a cualquier rincón del planeta, Starshield fue creada específicamente para clientes gubernamentales y aplicaciones militares, con mayores niveles de seguridad y capacidades adaptadas a la defensa.En una publicación de la red social X, Elon Musk ha cuestionado algunos detalles de esta polémica, e incluso ha reconocido el núcleo del problema al señalar que el fabricante de los drones habría utilizado inapropiadamente Starlink para fines militares, incumpliendo las condiciones de servicio establecidas por la compañía.No obstante, pese a las tensiones, la relación entre ambas organizaciones continúa siendo estratégica. El Pentágono sigue estudiando ampliar su adquisición de terminales y reforzar el uso de soluciones basadas en Starshield, mientras SpaceX mantiene un papel cada vez más relevante en las comunicaciones y operaciones militares de Estados Unidos.El Pentágono rebaja la tensiónPor su parte, el Pentágono ha tratado de contener la polémica y reducir la atención generada en torno al asunto. Sean Parnell, portavoz principal del organismo, ha defendido en la red social X que la relación con SpaceX mantiene intacta su relevancia estratégica, incluso ha destacado la existencia de una colaboración «estrecha y eficaz» entre ambos equipos.Asimismo, tanto Washington como SpaceX han intentado rebajar la tensión después de conocerse el nuevo acuerdo económico para emplear Starshield en los drones kamikaze LUCAS. No obstante, pese al evidente malestar provocado por la situación, ninguna de las dos partes ha desmentido el fondo de la información, lo que mantiene abierto el debate sobre las condiciones y el alcance de esta cooperación tecnológica y militar.

En España hemos inventado montones de cosas: esta la usas a diario y lleva mucha más tecnología de lo que crees

La imagen no podría ser más típica de una familia española: alguien está entre fogones, cocinando una comida abundante para llenar una mesa repleta de comensales. Y todo gira en torno a los platos, a la conversación y a esa buena sobremesa que tanto nos gusta en España.Puede que la foto sea distinta en algunas casas y, en lugar de ser muchos, son solo dos. A veces no es una comilona solemne y pensada, sino una cena rápida o una receta improvisada entre semana. Pero, incluso ahora que la cocina compite con prisas, delivery y pequeños electrodomésticos para casi todo, las cosas siguen pasando delante de un plato. Y esto, en un mundo cada vez más globalizado en el que se van perdiendo cultura y tradiciones, tiene cierto valor.Tiene aún más valor si pensamos en que parte de la historia para que esta imagen sea posible también se escribe desde nuestro país, concretamente desde Zaragoza. Durante décadas, la cocina fue sinónimo de llama, de gas, de mandos de ruleta y de superficies que había que tocar con cuidado. Pero entonces apareció una tecnología que al principio sonaba casi a truco: cocinar sin fuego y sin quemarte. Hace ahora 35 años, se crearon en la capital aragonesa las primeras placas de inducción.“Todo este camino lo hemos recorrido de la mano de investigadores de la Universidad de Zaragoza”, destaca desde el primer momento José Juste Pallarés, director de operaciones y tecnología de BSH Electrodomésticos en España. Fue a finales de los años 70 cuando un joven ingeniero llamado Mariano Sanz propuso a la compañía –entonces Balay– investigar el uso de la inducción en la cocina, hasta ese momento una tecnología reservada solo para operaciones industriales. Su perseverancia culminó en la creación de la primera cocina de inducción del mundo basada en semiconductores de efecto de campo.En la planta que la compañía tiene en el barrio rural de Montañana, donde hoy se desarrollan y fabrican placas que se venden en todo el mundo, aún se conserva la memoria de aquellas primeras pruebas. La primera impresión es que no parecían placas de cocina, sino aparatos llegados del futuro, con mandos separados y una electrónica que no cabía bajo el cristal. Entonces se hacían unas 15 al día, actualmente se producen hasta 10.000 unidades en una sola jornada.Sin embargo, ese salto industrial no ha sido de la noche a la mañana. La inducción tenía que convencer a hogares acostumbrados a intuir la temperatura por la intensidad de una llama o a esperar a que la resistencia de la vitro se pusiera al rojo.Cada año, BSH fabrica en España en torno a tres millones de electrodomésticos de distintas categorías, desde placas de inducción destinadas al mercado global hasta hornos, lavadoras o placas de gas. En los hogares españoles hay más de 35 millones de electrodomésticos de BSH instalados y uno de cada tres aparatos que se venden en nuestro país pertenece a alguna de sus marcas: Bosch, Siemens, Balay o Gaggenau.Pero, más allá de la dimensión empresarial, hay un dato que explica mejor el peso de Zaragoza en esta historia: una de cada cuatro placas de cocina de inducción que se venden en el mundo se fabrica ahí. La planta de Montañana se ha convertido así en uno de esos lugares industriales que rara vez aparecen en la conversación cotidiana, aunque estén detrás de algo que usamos a diario. Con alrededor de 1.500 empleados, está especializada en la producción de hornos y placas de inducción y produce anualmente más de 2,2 millones de unidades. De sus líneas sale un producto terminado cada seis segundos.La previsión para este 2026 resume el volumen de ese trabajo: de los tres millones de electrodomésticos que BSH fabrica al año en España, se espera que más de dos millones salgan de Montañana (unos 600.000 hornos, 1,4 millones de placas de inducción y unas 250.000 placas con extractor integrado). Y no todo se queda cerca: aproximadamente el 80% de la producción se exporta a más de 60 países.La tecnología que no se ve bajo el cristalDesde quienes crecieron viendo fogones, botones de ruleta y vitrocerámicas que quemaban hasta quienes hoy cocinan sobre una placa negra, limpia, silenciosa y casi invisible, la relación con el calor ha cambiado más de lo que parece. A veces esa superficie ya ni siquiera reclama protagonismo: se integra en una isla, se combina con extractores ocultos o desaparece visualmente en cocinas abiertas que funcionan también como comedor y salón.Hubo un tiempo en que una placa que no calentaba como esperábamos parecía una rareza. Hoy casi nadie se detiene a pensar en la electrónica, los sensores y las decisiones industriales que hay debajo del cristal. Apoyamos una sartén, subimos la potencia con un dedo y damos por hecho que aquello funciona.La explicación, contada de forma sencilla, es esta: una placa de inducción no calienta como el gas ni como una vitrocerámica tradicional. No hay llama ni una resistencia que se ponga al rojo. Bajo el cristal hay unas bobinas que generan un campo magnético. Cuando encima se coloca una olla o una sartén compatible, ese campo hace que se caliente directamente el metal del recipiente. La placa actúa casi como intermediaria: crea las condiciones para que aparezca el calor, pero quien se calienta de verdad es la sartén.Por eso la inducción responde tan rápido. No tiene que calentar primero una superficie para que esa superficie caliente después el recipiente. También por eso, cuando se retira el recipiente, la cocción se detiene casi de inmediato.Esa diferencia parece sencilla vista desde fuera, pero por dentro exige ser bien pensada. “La potencia sin control…”, recuerda Juste, usando una frase que sirve muy bien para explicar el reto. Una cosa es conseguir que un aparato caliente y otra muy distinta que lo haga de forma útil, segura, estable y fácil de manejar. En aquellos primeros desarrollos no bastaba con generar un campo electromagnético: había que lograr que la placa arrancara bien, se detuviera cuando debía, reconociera el recipiente y permitiera cocinar sin que el usuario tuviera que entender lo que estaba ocurriendo debajo.De los cuatro ‘fuegos’ a la placa invisibleLas primeras placas necesitaban una electrónica separada, instalada bajo el zócalo, y mandos externos que obligaban a intervenir en el mueble de cocina. Era una tecnología todavía aparatosa, pensada casi para demostrar que aquello funcionaba. Con el tiempo, la electrónica se fue compactando, los mandos se integraron en la propia placa y el producto fue perdiendo rareza hasta convertirse en algo familiar.La evolución no ha sido solo estética. Por debajo del cristal se ha ido sofisticando la electrónica de potencia, encargada de generar los campos electromagnéticos; los sistemas de control, que regulan cómo y cuándo se entrega la energía; y la sensórica, que permite detectar si hay un recipiente, si se ha movido o si una zona debe activarse. Lo que para el usuario es «subir al nueve» o «bajar al tres», por dentro implica una conversación constante entre bobinas, sensores, software y electrónica.Al principio, las placas de inducción imitaban en cierto modo la lógica de los fuegos tradicionales. Había círculos marcados sobre el cristal y cada uno correspondía a un tamaño determinado. La transición tenía sentido: si el usuario venía del gas o de la vitrocerámica, necesitaba reconocer algo familiar. Pero, con el tiempo, la inducción empezó a aprovechar mejor sus propias posibilidades.Llegaron zonas capaces de adaptarse a recipientes de distintos diámetros, espacios pensados para paelleras o cazuelas grandes y configuraciones que permiten utilizar bandejas alargadas. En algunos modelos, la placa puede activar solo la parte necesaria según dónde se coloque el recipiente. En otros, la flexibilidad se lleva más lejos, con numerosos inductores bajo el cristal y pantallas que representan la posición de la olla o la sartén. Para quien cocina, el gesto sigue siendo sencillo. Para quien diseña y fabrica, el reto se multiplica: más conexiones, más electrónica y más decisiones invisibles para que todo parezca natural.Tampoco toda innovación tiene por qué ser útil solo por existir. Juste lo resume con una idea sencilla: la tecnología tiene sentido cuando responde a una necesidad real. Añadir sensores, pantallas o conectividad puede ser valioso si mejora la experiencia, ahorra energía, facilita el mantenimiento o evita errores. Si solo complica el uso, se convierte en ruido.Quizá por eso la historia de la inducción resulta más interesante cuando no se cuenta como una carrera hacia la placa más inteligente, sino como una sucesión de pequeñas desapariciones. Desapareció la llama. Desaparecieron los mandos externos. Desapareció parte del calor residual. Desaparecieron algunos círculos rígidos sobre el cristal. Y, en las cocinas más recientes, incluso desaparece la campana. Lo que queda es una superficie negra, silenciosa y aparentemente simple sobre la que seguimos haciendo algo tan antiguo como cocinar.

«Los restos son potencialmente peligrosos»: el aviso de la Fuerza Espacial tras la explosión del cohete de Blue Origin

La explosión del cohete New Glenn de Blue Origin, la empresa aeroespacial de Jeff Bezos, durante una prueba en tierra en Cabo Cañaveral ha obligado a la Fuerza Espacial de Estados Unidos (USSF) a emitir un aviso de seguridad ante la posible aparición de restos en zonas costeras de acceso público.El incidente se ha producido durante un test de encendido estático, una maniobra en la que los motores del cohete se activan mientras el vehículo permanece sujeto a la plataforma. Blue Origin ha confirmado que el New Glenn ha sufrido una “anomalía” durante el ensayo y asegura que todo el personal está a salvo.Tras la explosión, Space Launch Delta 45, la unidad de la USSF encargada del Eastern Range, ha advirtido de que los restos derivados de la anomalía podrían llegar a la costa en los próximos días o semanas. Por ese motivo, piden a la población que no toque ningún fragmento y que avise al 911 para que pueda ser retirado de forma segura.“Los restos de vehículos de lanzamiento son potencialmente peligrosos”, señala la Fuerza Espacial en su aviso, en el que recuerda que el contacto directo puede suponer un riesgo para la salud y el bienestar de las personas.La unidad militar también indica que el Eastern Range mantiene su capacidad operativa para lanzamientos espaciales de seguridad nacional y que continúa prestando apoyo al resto de los complejos de lanzamiento, incluido el Centro Espacial Kennedy de la NASA.La investigación sobre la explosión del New Glenn, el gran cohete orbital de Blue Origin con el que Bezos quiere competir con Starship de Elon Musk, deberá determinar ahora qué provocó la anomalía y qué impacto puede tener en los próximos vuelos previstos.

La encíclica del papa sobre inteligencia artificial, bajo sospecha: un análisis apunta a posibles rastros de IA

La primera gran encíclica del papa León XIV sobre inteligencia artificial ha abierto un debate inesperado. Magnifica Humanitas, el documento con el que el Vaticano entra de lleno en la discusión sobre los riesgos éticos, sociales y políticos de la IA, está siendo analizada ahora por otro motivo: algunos expertos y analistas tecnológicos señalan que partes del texto podrían haber sido escritas —o al menos asistidas— por inteligencia artificial.La sospecha comenzó a circular a partir de un análisis publicado por Linch Zhang, que detectó en la versión inglesa de la encíclica varios rasgos estadísticos asociados a textos generados por modelos de IA.El análisis no se basa en una sola señal, sino en una acumulación de indicios. Linch señala, por ejemplo, el uso inusualmente frecuente de guiones largos en la versión inglesa de la encíclica: 127 apariciones.Otro de los elementos que más llama la atención es la repetición de la palabra genuinely, que el autor identifica como una muletilla habitual en textos generados por Claude. Según su análisis, Magnifica Humanitas utiliza genuinely nueve veces y formas derivadas de genuine en 22 ocasiones, una frecuencia superior a la observada en otras encíclicas comparables.A esto suma un tercer patrón estilístico: la abundancia de estructuras en tres partes, conocidas como tricolones, muy habituales en textos producidos por modelos de lenguaje.Uno de los puntos fuertes del análisis de Linch es el uso de Pangram, un detector comercial de textos generados por IA que el autor describe como el mejor disponible actualmente. Según su revisión, la herramienta no marca toda la encíclica como generada de forma sintética, sino solo determinados fragmentos: algunos párrafos aparecen con porcentajes de entre el 40 % y el 100 % de posible contenido artificial, mientras que la mayoría se mantiene en el 0 %.El autor también descarta que se trate de un falso positivo. En sus pruebas retrospectivas con encíclicas anteriores, Pangram clasificó como humanos el 100 % de los primeros veinte párrafos de documentos previos.Una posible explicación sería que el texto original fuese humano, pero que la versión inglesa hubiera sido traducida o pulida con IA. Linch considera esta hipótesis poco probable porque, según su análisis, los principales indicios detectados en inglés se conservan también en la versión italiana y en otras traducciones.Si bien no conviene confundir una detección automatizada con una confirmación de autoría, los detectores de IA, aunque no funcionan como una prueba forense infalible, suelen ofrecer pistas.De hecho, Pangram sostiene que su tasa de falsos positivos —casos en los que clasifica como IA un texto escrito por humanos— ronda aproximadamente 1 entre 10.000, aunque la propia compañía matiza que esa cifra depende del tipo de texto y del contexto analizado. Por ahora, no hay confirmación oficial. The Verge, que también recoge esta información, asegura que el Vaticano no respondió de inmediato a su petición de comentario.

Probamos el nuevo Xiaomi 17 T y el reloj Watch S5, un dúo perfecto

Pocas compañías logran mantener el pulso de forma constante y en tantos frentes a la vez como Xiaomi. Porque el gigante asiático no es solo un fabricante de teléfonos; es una empresa cuya filosofía central busca democratizar la tecnología, conectando todos los aspectos de … la vida diaria bajo su estrategia global ‘Human × Car × Home’ (Humano × Coche × Hogar). El objetivo es claro: crear un ecosistema inteligente, fluido e interconectado donde el usuario sea el centro de una experiencia inmersiva. En su último evento, la marca ha presentado su nueva gama de ‘smartphones’, la del Xiaomi 17T Series; pero junto a ellos también ha desplegado ‘wearables’, electrodomésticos y televisores.
Por supuesto, en los laboratorios de ABC no hemos tenido tiempo de testarlo todo. Pero sí que hemos probado, durante una semana, el nuevo 17T y el reloj inteligente Watch S5. A continuación, desgranamos nuestra experiencia, con sus luces, y sus sombras, y todo lo demás que la marca ha presentado para este 2026.

Al sostener por primera vez el 17T, la sensación es la de estar ante un terminal premium y sumamente equilibrado. Con un tamaño compacto que alberga un panel de 6,59 pulgadas, sus biseles ultradelgados de 1,29 mm y los bordes microcurvados, resulta muy cómodo en la mano. Los materiales elegidos combinan cristal y metal cepillado en un diseño minimalista que llega en colores vibrantes: violeta, azul, negro y un espectacular blanco ópalo exclusivo de su tienda oficial.

MÁS INFORMACIÓN

La pantalla es, sin lugar a dudas, uno de los puntos más sobresalientes. Se trata de un panel AMOLED de resolución 1.5K con una tasa de refresco de 120 Hz, capaz de alcanzar 3.500 nits de brillo máximo en exteriores, pero que puede reducirse físicamente hasta un solo nit para no deslumbrar en la oscuridad. Durante nuestras pruebas de lectura nocturna, la nueva tecnología Xiaomi Vision Care ha demostrado su capacidad para la reducción de luz azul y de los parpadeos, lo que supone un descanso para la vista tras horas de uso continuado.

La cámara, de lo mejor

Si es cierto que, como dicen las estadísticas, el 71% de la experiencia de un usuario de móvil se basa en la cámara, Xiaomi lo ha apostado todo a Leica. El 17T incorpora un sensor principal Light Fusion 800 de 50 megapíxeles que capta una luz excelente, pero la joya de la corona es su teleobjetivo Leica 5x de 50MP. Durante las pruebas, hacer retratos y fotos a media distancia ha sido una auténtica delicia. El nivel de detalle en zoom híbrido de 10x es impresionante, superando con creces a rivales de su misma gama de precios como el Samsung Galaxy S24 FE.
Además, Xiaomi introduce el Leica Live Moment, una función que captura los segundos previos y posteriores a la foto (incluyendo audio), dotando de vida a la galería. Algo, por cierto, que los usuarios de los iPhone de Apple conocen ya desde hace varios años. Frente a generaciones anteriores como la 13T o la 14T, el salto en la lente periscópica y el procesado de imagen con inteligencia artificial para ultrazoom (hasta 120x) es importante.
Profundizando en el apartado fotográfico, el secreto de la nitidez no reside solo en los megapíxeles. La serie 17T monta una estructura de lente híbrida denominada Leica Summilux 1G + 6P. Esto significa que la lente principal que recibe el impacto directo de la luz está fabricada en cristal puro (1G), actuando como un filtro muy eficaz contra la luz contaminante y las aberraciones cromáticas antes de que la imagen pase por las seis lentes plásticas restantes. Para los más puristas de la imagen, la pantalla acompaña este esfuerzo fotográfico con una calibración óptica muy buena, logrando un Delta E de 0,3; en otras palabras, el color que captura la cámara es exactamente el que ves en la pantalla, un detalle crucial para editores gráficos y fotógrafos.
Además, al arsenal de software fotográfico se suma el Modo Stage (Modo Escenario). Heredado directamente del segmento ultra premium, este modo detecta automáticamente condiciones de iluminación complejas (como los focos contrastados de un concierto o una obra de teatro) y compensa la exposición para evitar que los rostros queden quemados por la luz. En el caso del 17T Pro, la experiencia sube de nivel con el Cinematic Live, permitiendo grabar vídeo en 4K a 60fps con un desenfoque de fondo (bokeh) natural.
¿Y qué más diferencias hay con el modelo 17T Pro? Aunque no hemos podido testear la variante más ‘vitaminada’ del nuevo Xiaomi, sobre el papel las diferencias justifican su apellido. El 17T Pro, en efecto, da el salto a un procesador MediaTek Dimensity 9500 de 3nm (frente al 8500-Ultra de 4nm del 17T), monta un sensor fotográfico aún mayor (Light Fusion 950), una pantalla de 144 Hz y grabación cinematográfica en 4K a 60fps. Además, incorpora una monstruosa batería de 7.000 mAh con carga de 100W, aunque el 17T que hemos probado no se queda manco con sus en 6.500 mAh y carga de 67W.

Buen rendimiento, pero mejorable

Por otra parte, la eficiencia energética de la batería de silicio-carbono del Xiaomi 17T es soberbia: nos ha aguantado día y medio de uso intenso sin inmutarse. Sin embargo, no hay terminal perfecto. Escudriñando las primeras impresiones de la comunidad en la red y basándonos en nuestras propias pruebas de estrés (como horas de juego intenso), hemos notado cierto estrangulamiento térmico. El equipo se calienta en escenarios muy exigentes, reduciendo ligeramente su rendimiento para protegerse.
Y también hay que decir que, aunque HyperOS 3 es fluido y está lleno de opciones de IA (como integraciones inteligentes con Google Lens), los usuarios más puristas podrían seguir criticando la inclusión de aplicaciones preinstaladas y la eterna ausencia del conector mini jack para auriculares. También hemos detectado que el brillo automático de la pantalla titubea en contadas ocasiones al pasar rápidamente de interiores oscuros a pleno sol.
Para mantener a raya las temperaturas en jornadas intensivas de grabación 4K o videojuegos (donde notábamos ese ligero estrangulamiento térmico), Xiaomi ha implementado el sistema 3D IceLoop. Esta tecnología de refrigeración se basa en una separación eficiente de vapor y líquido que canaliza el calor lejos del núcleo principal. Aunque el calentamiento bajo estrés extremo sigue presente, la recuperación térmica del dispositivo es rápida.
En el apartado de software, HyperOS 3 introduce la Hyper Island, una evolución de la isla dinámica de los iPhone que permite interactuar con múltiples aplicaciones de fondo simultáneamente (como temporizadores, grabadoras y música) de forma fluida.
Pero donde realmente Xiaomi ha dado un golpe maestro es en la interconectividad. Sorprende lo bien que este terminal se integra ahora con entornos ajenos. Mediante la aplicación nativa, por ejemplo, el Xiaomi 17T permite una sincronización bidireccional perfecta con dispositivos iOS y macOS. Es posible transferir archivos pesados o sincronizar el portapapeles directamente con un iPhone o un ordenador Mac sin recurrir a aplicaciones de terceros, derribando por fin los muros entre Android y el ecosistema de Apple.
El nuevo Xiaomi 17T parte de los 749,99€ (12GB+256GB). Por su parte, la joya de la corona, el Xiaomi 17T Pro, tiene un precio de salida de 899,99€ (256GB).

Un reloj elegante

Si el móvil es el cerebro, el Xiaomi Watch S5 -que parte de los 180 euros- es el escudero perfecto. Durante nuestros entrenamientos y jornadas de trabajo, este reloj de 46 mm ha demostrado que la reducción de tamaño no implica sacrificar potencia. Con 10,99 mm de grosor, su caja de acero inoxidable aloja una pantalla de 1,48 pulgadas que ha reducido sus biseles un 40% respecto a la generación anterior, maximizando el área visual. Las correas, que ahora incluyen acabados en fibra de carbono forjado y cuero genuino, le otorgan una versatilidad que hacen que el dispositivo encaje tanto en el gimnasio como en una reunión de negocios.

El Watch S5.

(Xiaomi)

El aumento de la batería a 815 mAh (un salto del 68% frente a iteraciones previas) cumple su promesa de 21 días de autonomía. Pero lo más interesante para los deportistas es su renovado módulo de posicionamiento GNSS de doble banda. Ahora, el reloj es mucho más independiente del ‘smartphone’: los corredores pueden diseñar rutas personalizadas a través de la ‘app’ Mi Fitness, exportarlas al reloj y disfrutar de navegación asistida totalmente offline.
En el interior del dispositivo, un nuevo conjunto de sensores (4 LED + 4 fotodiodos) eleva la precisión de la lectura de la frecuencia cardíaca hasta un asombroso 98,4%. Esta precisión milimétrica alimenta dos de sus grandes novedades. Por un lado, una monitorización del sueño profundamente renovada que ahora mide la VFC (Variabilidad de la Frecuencia Cardíaca) durante la noche, generando informes respaldados por entidades como la World Sleep Society.
Por otro lado, debuta el innovador Passion Mode (Modo Pasión). Este algoritmo no solo cuenta pasos o calorías, sino que es capaz de interpretar gestos corporales de animación o entusiasmo (como los movimientos al animar en un estadio o durante un concierto), traduciéndolos en métricas medibles de gasto calórico e impacto cardiovascular.
En definitiva, tanto el Xiaomi 17T como el Watch S5 demuestran en nuestra mesa de pruebas que la marca ha dejado de centrarse únicamente en acumular especificaciones brutas. Ahora, el enfoque está en el refinamiento de los detalles: lentes híbridas, pantallas que no castigan la vista, métricas de salud de alta precisión y, sobre todo, un software dispuesto a dialogar abiertamente con cualquier otro ecosistema tecnológico que utilicemos en nuestro día a día.
Aunque nuestro enfoque ha estado en el móvil y el reloj, el evento de Xiaomi trajo también toda una ‘cascada’ de hardware; como una nueva pulsera inteligente, auriculares, televisores y hasta un robot aspirador.

Román Orús, el único español del grupo sobre IA en la ONU: «Una máquina que da respuesta a todo no significa que todo lo que diga sea correcto»

Cuando Román Orús habla de inteligencia artificial, no lo hace desde la fascinación acrítica ni desde el miedo fácil. Físico de formación, investigador en computación cuántica, emprendedor y ahora uno de los 40 expertos elegidos por Naciones Unidas para ayudar a pensar la gobernanza global de la IA, Orús observa la tecnología con la distancia de quien sabe que lo que hoy parece deslumbrante quizá no sea más que el primer paso. “Estamos como si acabáramos de descubrir la rueda”, dice en esta entrevista con 20bits.Profesor de investigación Ikerbasque en el Donostia International Physics Center y cofundador y director científico de Multiverse Computing, Orús es además el único español que forma parte del nuevo Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial de la ONU, que acaba de celebrar en Madrid su primera reunión presencial. Su tarea no será decidir leyes ni imponer reglas a gobiernos o empresas, sino dibujar el mapa: ofrecer una visión científica, no sesgada y actualizada de qué es realmente la IA, qué puede hacer, qué riesgos plantea y qué oportunidades abre en un momento en el que la tecnología avanza más rápido que la propia capacidad de regularla.Y esa mirada, precisamente, es la que atraviesa toda la conversación. Orús compara la IA con “el nuevo proyecto Manhattan” por su dimensión estratégica y por la ventaja que dará a las regiones capaces de desarrollarla, pero insiste en que regular no debe significar frenar. Lo explica con una imagen sencilla: igual que los cinturones de seguridad permiten a los coches circular más rápido por la autopista, una buena gobernanza debería servir para que la inteligencia artificial avance sin convertirse en una “selva sin control”.En la entrevista, el físico habla de algunos de los riesgos que ya no pertenecen al terreno de la ciencia ficción: la generación masiva de contenido falso, la ciberseguridad, la concentración de poder en unas pocas tecnológicas o el impacto sobre el trabajo. También de los límites de los grandes modelos actuales, extraordinariamente capaces pero, a su juicio, todavía muy ineficientes, y de un futuro en el que la IA no estará solo en enormes centros de datos, sino también en modelos más pequeños y especializados, integrados en móviles, coches, robots o electrodomésticos.Pese a todo, Orús no se declara pesimista. Cree que la humanidad está ante una nueva revolución tecnológica, con sus tensiones y sus crisis, pero también con un enorme potencial de progreso. Eso sí, con una condición clara: “Hay que hacerlo con cabeza. Si lo hacemos sin cabeza, se acabó el optimismo”.Empecemos por el principio. Para quien no le conozca, usted es físico, trabaja en computación cuántica, es empresario y ahora forma parte de un panel de la ONU sobre IA. ¿Cómo se presenta?Yo soy Román Orús. Soy científico, soy físico, soy profesor Ikerbasque en el Donostia International Physics Center (DIPC) y soy cofundador y director científico de Multiverse Computing. Ahora, además, soy uno de los 40 integrantes del Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial de Naciones Unidas.¿Qué pesa más en su mirada sobre la IA: el científico, el emprendedor o el ciudadano preocupado por el impacto de esta tecnología?Un poco de todo. El panel es esencialmente científico. Todos los que estamos ahí somos científicos. Es muy heterogéneo: hay tres o cuatro físicos, hay mucha gente que viene de machine learning y de informática, hay matemáticos, filósofos e incluso una periodista. En mi caso particular, yo creo que pesa mucho mi parte científica, la conexión con otras tecnologías como puede ser la computación cuántica y luego la visión global que tengo de la IA también desde el lado industrial. Yo soy científico, pero no soy un científico al uso, en el sentido de que también soy emprendedor y ahora estamos haciendo muchos temas de inteligencia artificial conectada con cuántica. Yo creo que eso también pesa mucho.Ha comparado la inteligencia artificial con el proyecto Manhattan. ¿Qué es exactamente lo que deberíamos temer: la tecnología, quién la controla o la velocidad a la que se está desplegando?La IA es una tecnología estratégica, geopolíticamente hablando. Es una nueva revolución industrial lo que estamos viviendo, igual que en el siglo XIX, pero en otro ámbito. Ese es el motivo por el que la considero el ‘nuevo proyecto Manhattan’: del mismo modo que la energía atómica e incluso la bomba atómica, la IA es una tecnología muy potente, muy poderosa. Hoy en día la guerra no va de lanzar bombas, va de información. Y, por tanto, la IA es una tecnología estratégica ya que, como otras tecnologías —como puede ser la computación cuántica—, las regiones que la desarrollen van a tener una ventaja estratégica respecto a las que no la desarrollen. Es una herramienta fundamental.¿Por este motivo se crea el panel de la ONU?Este es uno de los motivos que preocupa a la ONU. Es una tecnología que se está desarrollando muy deprisa. Yo creo que decir que va exponencialmente rápido es quedarse corto. Las cosas cambian de una semana para otra. Todo sucede muy rápido. Estamos viendo una transición tecnológica sin precedentes. Nadie podía esperarse esto. Debido a la velocidad del cambio y al impacto tan profundo que tiene en todos los niveles de la sociedad, no solamente en el tecnológico, sino también en el social, en la posible desigualdad económica, la brecha social, qué va a pasar con el trabajo… hay que sentarse y pensar hacia dónde va todo esto, cómo va a ser la gobernanza, cómo se va a regular, etcétera.Pensar es un primer paso, pero ¿se puede gobernar?Entre otras cosas, esta es una tecnología que está mayormente en manos de empresas privadas. No son iniciativas gubernamentales. Hay un motivo para esto: para desarrollar estos modelos hace falta mucho capital y este capital lo tienen las empresas privadas, no los gobiernos. Creo que hay que regular la IA, pero hay que regularla bien. No hay que frenar la adopción y el desarrollo, todo lo contrario. Lo que hay que hacer es una regulación que fomente la adopción y fomente más el desarrollo. Es como ponerle cinturones de seguridad a los coches: si tú tuvieras coches sin cinturones de seguridad, no podrías circular de forma segura por la autopista. Pues eso es lo que queremos. Como decía aquel antiguo anuncio, ‘la potencia sin control no sirve de nada’.Esto es como decir que ‘no se puede dejar suelta a la IA’, ¿qué significa eso en la práctica? ¿Y cómo regulamos sin constreñir?Es un reto. Eso ya les corresponde a los gobiernos y a los políticos, no a los científicos. Ya me gustaría a mí saber cómo se puede hacer esto bien. Hay propuestas encima de la mesa, pero lo que está claro es que no se puede dejar sin más, porque entonces es una selva sin control. Ahora estamos viendo que la IA ofrece oportunidades, por supuesto, pero también riesgos. Hay que tener mucho cuidado porque, si se lleva bien y se encarrila por el camino correcto, vamos a tener un desarrollo tecnológico y social espectacular durante los próximos años. La verdad es que es un privilegio estar vivo en esta fase de la humanidad para poder verlo. Pero, si no lo hacemos bien, va a pasar todo lo contrario: vamos a descarrilar de forma catastrófica.¿Cuáles son esos riesgos?Ya estamos viendo que la IA también tiene sus peligros. Estamos viendo, por ejemplo, la creación de contenido falso a escala, que, además, en combinación con las redes sociales, es un arma de doble filo. Se puede moldear la opinión de la sociedad de países enteros en función de intereses privados o de personas concretas. También afecta a la ciberseguridad. Por ejemplo, el último modelo de Anthropic, Mythos, no se ha hecho público porque se han dado cuenta de que es demasiado potente y si cae en las manos equivocadas puede tener consecuencias desastrosas.¿Hay algún riesgo de la inteligencia artificial que se esté infravalorando?La creación de contenido falso. El otro día leía que, en Instagram, entre el 5 % y el 20 % del contenido está completamente desarrollado por inteligencia artificial. Es fake. No es que lo hayan retocado: es que es enteramente falso. En TikTok es mucho peor, todavía hay más. Y eso lleva a la desinformación. Es un problema grave.¿Y qué hay del empleo?Es también algo que vamos a tener que plantearnos. Ya estamos viendo que está cambiando todo el sistema laboral. Los programadores no programan igual ahora que hace dos años, pero es que tampoco programan igual ahora que hace tres meses. Evoluciona muy rápido. Va a haber trabajos que se van a tener que adaptar, va a haber algunos que a lo mejor tienden a desaparecer, pero luego van a surgir otros nuevos, como sucede en todas las revoluciones tecnológicas: pasó en la industrial y pasó con internet. Ahí va a haber un periodo de adaptación de la sociedad que yo no sé cómo será de largo. No creo que lleve mucho tiempo, pero la gente deberá tener apertura de miras para adaptarse a la nueva forma de hacer las cosas. Eso no es un problema en sí, es más bien un reto que tiene la sociedad.¿Cómo encaja la IA en lo laboral sin arrasarnos?Yo creo que vamos a ir integrando la IA en nuestras vidas cada vez más. Ya lo hacemos: todos hablamos con ChatGPT, con Claude o con el modelo que sea, y los usamos cada vez para hacer más cosas. Lo que va a suceder es que va a haber un aumento de la productividad tremendo. Esto seguro que va a pasar. Vamos a trabajar las mismas horas, pero multiplicaremos la productividad por mil o más. La gente tiene que estar abierta a implementar estas nuevas tecnologías en su día a día, buscar en qué les puede ser útil y aprovecharse de ellas, porque además es la única manera de mantenerse competitivo. Si tú sigues queriendo trabajar como siempre, pero tu vecino empieza a utilizar herramientas de inteligencia artificial, tu vecino te va a arroyar. Las empresas que no hagan esta transición están condenadas a quedarse irrelevantes y, al final, a desaparecer.Vamos a trabajar las mismas horas, pero multiplicaremos la productividad por mil o más¿Podemos fiarlo todo a la IA?Hay que tener la mentalidad abierta, pero también hay que tener mucho espíritu crítico. No te puedes creer todo lo que te dice la inteligencia artificial. La IA tiene errores. Hay que saber entender cuándo se equivoca. El hecho de que tengamos una máquina que da respuesta a todo aparentemente, no significa que todo lo que diga sea factualmente correcto. Ahí es donde entra la labor del ser humano de discernir: esto está bien y esto parece que no. Entonces, la gente va a tener que desarrollar un poco más, o poner más en práctica, lo que viene a ser el espíritu crítico, para no creerte todo lo que te dice un modelo de IA a priori.Entonces, ¿la inteligencia artificial nos va a hacer más inteligentes?O más tontos, depende de a quién preguntes [ríe]. Mira, te voy a decir una cosa: ¿sabes por qué Sócrates no escribió ningún libro? Todo lo escribió Platón y sus discípulos. Sócrates no escribía ningún libro porque temía que los libros iban a acabar con la inteligencia humana. Él lo memorizaba todo y, claro, escribirlo en un libro era un horror. Estaba completamente en contra de esa tecnología brujesca que había aparecido, que era escribir un libro. Aquí es algo parecido. Ahora tenemos máquinas que piensan por nosotros. ¿Nos va a hacer más inteligentes o más tontos? No lo sé. Yo creo que nos va a hacer diferentes. Esto es como una máquina de calcular, pero con esteroides. En lugar de tener que hacer todos los cálculos de memoria, te los hace la calculadora. Con la IA, en lugar de tener que escribir un reporte súper largo o estar dos semanas preparando una presentación, la tienes en cinco minutos y tú te puedes dedicar más a lo que importa. Quiero creer que por lo menos parte de la sociedad va a evolucionar hacia ser más inteligente.Se habla mucho de los cambios en lo laboral, ¿qué hay de la educación?La forma que tenemos de aprender y de estudiar también cambiará. Ahora mismo, el que no aprende es porque no quiere. En ese sentido, yo lo veo positivo. Pero, como decía antes, hay que fomentar mucho el espíritu crítico, porque no puede ser que todo lo piense la IA y yo me dedique a no hacer nada.Volvamos a su trabajo en la ONU. Este panel se crea para orientar la gobernanza global de la IA, pero las grandes decisiones tecnológicas las están tomando empresas privadas y unos pocos países. ¿Qué puede hacer realmente un panel científico internacional frente al poder de OpenAI, Google, Meta, Anthropic, Microsoft o los gobiernos de EE. UU. y China?Lo primero que hay que decir es que este panel tiene que existir, porque alguien tiene que advertir de lo que está pasando. La ONU es un mecanismo de alerta temprana y nosotros somos la bisagra entre el mundo científico, que está viendo exactamente qué es lo que pasa, sin hype y sin ningún filtro, y el plano político, que es más el de la gobernanza. Naciones Unidas ha creado el panel y otro organismo que llaman el Diálogo Global sobre la Gobernanza de la IA. Ellos van a coger los informes que hagamos nosotros para hacer política y regulación. Después les tocará a los gobiernos de turno decidir hasta qué punto lo aceptan o no, o si lo implementan o no. No son organismos que puedan imponer cosas a los gobiernos, pero se tiene que hacer. Es como los acuerdos sobre energía atómica: hay países que los suscriben y otros países que no. Aquí sucederá lo mismo, pero quiero entender que mayormente lo harán.¿Calará en Silicon Valley?Las empresas de Silicon Valley es probable que vean el informe y digan: “¿Y a mí qué?”. Pero sí que es cierto que las empresas están sujetas a regulaciones de los gobiernos en donde actúan. Cada vez es más tangible que el poder se está acumulando, más que en los gobiernos, en una especie de tecnocracia en la que hay agentes —las grandes corporaciones tecnológicas— que están acumulando muchísimo poder porque tienen mucha capacidad de desarrollo, de influencia, etcétera. A mí me da la sensación de que esto es una evolución del capitalismo. Habrá que ver hacia dónde va.¿La sociedad es suficientemente consciente de esto?No lo sé. La gente igual se tendría que plantear quién manda más: la presidenta de Europa o Elon Musk. No se trata aquí de mandar o no, se trata de cuánto poder tienes. Elon Musk, por supuesto, con las empresas que tiene, tiene una capacidad de empuje descomunal que probablemente la presidenta de Europa no tenga. A una la hemos elegido democráticamente y el otro es un empresario que ha montado un imperio, que también tiene su mérito. No me estoy metiendo con Elon Musk. No sé hasta qué punto la sociedad es del todo consciente de esto, pero yo creo que en parte sí, porque claramente están estas grandes corporaciones tecnológicas que están acumulando mucho poder. Una posible solución —yo no digo limitarlo, porque eso sería ir en contra del libre comercio— es intentar fomentar que surjan más, para que exista más competencia. Si solo hay una, dos o tres grandes empresas tecnológicas, obviamente todo este potencial tecnológico está muy concentrado. Pero, si surgen más y los gobiernos apoyan para que surjan más, estará más distribuido.¿Es eso lo que ocurre en la industria de la IA?Sí. Los grandes actores en IA son empresas norteamericanas y chinas. En Europa, ahora mismo, la cosa está más rezagada. No obstante, se están apoyando muchas iniciativas europeas para que surjan campeones europeos y ponerse a un nivel competitivo. También están saliendo más empresas en Estados Unidos. Tiene que existir competencia, que haya más, para que se reparta un poco más y no haya tanta concentración de poder.¿Y qué podemos hacer desde Europa y, en última instancia, desde España, para entrar más en ese juego?Europa y España lo que tienen que hacer es apoyar las iniciativas que surjan, regarlas, por así decir, para que crezcan y puedan empezar a competir con las grandes empresas. Es difícil competir con un monstruo como OpenAI, que cierra rondas de muchos billones de dólares, pero en algún instante hay que empezar y también hay que creérselo. Tiene que ser una estrategia de país, de continente, porque es una tecnología geoestratégica. Hay que apoyar a los campeones locales y a la gente que tiene potencial y capacidades para poder crear este tipo de modelos, estas iniciativas. Crear modelos de IA es muy caro porque conlleva un gasto energético muy grande. Esa es otra discusión: yo, como científico, creo que estos modelos no son más que la punta del iceberg y que, aunque parezca que son muy capaces y muy potentes, no hemos empezado a ver más que lo primero que se puede hacer, porque ahora son excepcionalmente ineficientes. Creo que se pueden hacer muchísimo mejor.¿Apoyar a campeones locales es solo una responsabilidad gubernamental?No, tienen que estar apoyados también por el capital privado. Eso es fundamental. La financiación pública de los gobiernos tiene que servir para disminuir el riesgo, para apalancar financiación de capital riesgo, que es lo que hace crecer a las empresas muy rápido. Así es como han nacido todas las grandes tecnológicas en Estados Unidos y así es como tienen que salir también en Europa. No hay otro mecanismo que pueda funcionar. Tiene que entrar capital privado. Si no entra capital privado, es imposible crecer a la velocidad que esto requiere.Este panorama que dibuja me recuerda a lo que ha ocurrido en el espacio: el New Space aboga por romper con el estilo de las megacompañías haciendo todo y buscar soluciones pequeñas a problemas concretos en empresas emergentes. ¿Sería lo mismo?Sí, completamente. El sector de la IA es enorme. No son solamente los supermodelos tipo ChatGPT o Claude. Es todo un ecosistema. En un lado del espectro están los modelos megagrandes, que saben de todo. Pero, en el otro lado, están los nanomodelos, los modelos muy pequeñitos. Esos son los que van a estar integrados en los dispositivos: en el teléfono, en el reloj, en el coche, en un dron, en un robot… haciendo así que tengamos IA en todas partes, hasta en la tostadora. Esos modelos locales (que no se van a tener que conectar a la nube) son modelos pequeños que hacen tareas específicas, no tienen por qué saber de todo. Si tienes un modelo de IA en tu nevera, por ejemplo, no hace falta que tu nevera sepa de la teoría de la relatividad. Tu nevera tiene que saber de cosas que debería saber una nevera: de qué te falta dentro, de por qué se te han puesto malos los huevos o de la temperatura adecuada para conservar alimentos.Entrenar y operar grandes modelos cuesta cada vez más energía y dinero, ¿la IA puede convertirse en una tecnología insostenible si seguimos apostando por esos megamodelos? ¿Serían esos modelos pequeños una manera de solucionar ese problema?Completamente. Esto es una reflexión como físico: los modelos, tal y como los estamos desarrollando ahora, son extremadamente ineficientes. Consumen energía de forma espectacular. Entrenar GPT-4, dos versiones antes del que tenemos ahora, le costó a OpenAI más de 100 millones de dólares en factura de la luz. Hoy en día eso ya nos parece poco, porque creo que GPT-5 le costó 1.000 millones en factura de la luz. Es una barbaridad. Tú ves la naturaleza y dices: qué mal lo estamos haciendo, porque la inteligencia biológica funciona mucho mejor. A un niño no le tienes que poner una central nuclear al lado para que aprenda a hablar. Y a un modelo de estos le das toda esta energía y aprende a hablar más o menos y todavía se equivoca. Algo estamos haciendo profundamente mal, tanto a nivel de hardware como de software. En términos de eficiencia, claramente esto se tiene que poder mejorar seguro. ¿Cómo se puede hacer? Eso es un campo entero de investigación.¿Hacia dónde hay que investigar?Los modelos que tenemos ahora son muy capaces, pero yo creo que son lo primero que nos hemos encontrado que funciona. El otro día, en otra entrevista, ponían este ejemplo: es como si estuviésemos comparando los carros de los egipcios en el 2000 antes de Cristo con la nave Enterprise. Estamos ahora mismo, en términos de inteligencia artificial, en una fase en la que parece que todo es una tecnología bestial, pero esto es como haber descubierto la rueda. Hay mucho trabajo por hacer. Los modelos, tal y como se están desarrollando ahora, no son escalables. No se va a poder ir mucho más lejos con este consumo energético. Hay que hacerlos más eficientes mediante tecnologías como, por ejemplo, lo que estamos haciendo en Multiverse: comprimirlos mucho para hacer modelos más pequeños. En lugar de apostar por modelos grandes que sepan de todo, hacerlo por modelos más pequeños para tareas específicas, que sean mucho más eficientes y que estén en local, en el dispositivo. Ese es un primer paso.¿Qué tipo de tecnologías desarrollan en su empresa?Nosotros ahora mismo estamos haciendo muchas cosas. Estamos haciendo tecnologías capaces de comprimir los modelos de inteligencia artificial entre un 50 % y un 70 %. Hemos llegado a compresiones incluso de más del 90 % en algunos casos sin apenas perder precisión. Esto hace que el modelo, al ser más pequeño en memoria, gaste muchísima menos energía. Y alrededor de eso estamos desarrollando capas de software para centros de datos. Estamos empezando a implementar algunos de estos modelos en dispositivos. Estamos hablando con algunas de las compañías de hardware y de procesadores más importantes del mundo, de hecho, con casi todas, para desplegar nuestros modelos en móviles, portátiles, dispositivos de todo tipo. Y, al margen de eso, estamos haciendo mucha investigación orientada a los objetivos de la empresa, tanto en nuevas formas de hacer los modelos más eficientes clásicamente, por así decirlo, como en desplegarlos en ordenadores cuánticos. Hemos hecho que un ordenador cuántico hable por primera vez en la historia y sepa cuál es la capital de Francia.¿Para qué me puede servir a mí, como ciudadana común y corriente, que un ordenador cuántico sepa cuál es la capital de Francia?¿Para ti como ciudadana? Pues si te quieres ir de vacaciones a la capital de Francia… [ríe] A ver, la computación cuántica es otro modelo de computación. No son procesadores como las GPU de Nvidia. Es otra forma de procesar la información. La capacidad que tiene un ordenador cuántico es que puede procesar la información de forma mucho más eficiente que un ordenador tradicional y eso te permite resolver una serie de problemas matemáticos que no puedes resolver de ninguna de las maneras con un ordenador normal, ni con la IA más potente del mundo. Hay todo un campo de investigación, que es el de inteligencia artificial cuántica, que consiste en desarrollar algoritmos de inteligencia artificial para ordenadores cuánticos. Ahí las ventajas que se ven es que esta IA aprende con menos datos y lo hace mejor, es capaz de detectar más patrones y mejor que un algoritmo de IA tradicional y consume menos energía. Entonces, para ti como ciudadana, al final lo que verás es que tú seguirás utilizando tus algoritmos de inteligencia artificial, pero que las respuestas que te dan son más precisas, más rápidas y encima la máquina está gastando menos energía. Todo funciona mejor.Es el único español en el panel de la ONU. ¿Qué le hizo aceptar este puesto?¿Cómo no lo iba a aceptar? En primer lugar, me hizo mucha ilusión que me lo propusieran y para mí es un honor. Es una oportunidad también de compartir y reflejar toda la experiencia que tengo tanto desde el punto de vista académico y científico como desde la parte industrial y de empresa. Yo realmente estoy en una posición en la que veo casi todo el ecosistema. Me hizo mucha ilusión tener un foro en el que poder aportar todas las cosas que estoy viendo y que eso después se pueda traducir en políticas de gobernanza en aras del futuro de la humanidad. Queda muy grandilocuente, pero es el papel de la ONU. En ese aspecto, a mí me pareció algo fantástico y por eso acepté.¿Se considera optimista o pesimista ante el futuro de la IA?Yo soy optimista. Sé que hay mucha gente que es muy pesimista. Hay alguno en el panel que es muy pesimista, pero yo, manteniéndome realista, sí que tiendo al optimismo. Mirando la historia, lo que veo es que todas las revoluciones tecnológicas han involucrado crisis, pero luego han servido para evolucionar y para traernos progreso tecnológico y mejores condiciones. Yo creo que con esta revolución en la que estamos ahora va a pasar igual. En ese aspecto soy optimista, pero hay que hacerlo con cabeza. Si lo hacemos sin cabeza, se acabó el optimismo.¿Qué debería contener el primer informe del panel para que no sea solo una declaración de buenas intenciones?Tiene que contener una visión realista de qué es la inteligencia artificial. Esto es algo sobre lo que distintas personas tienen distintas ideas. Yo, por ejemplo, lo tengo muy claro, pero no sé si un político que no se dedique a esto lo tiene tan claro, porque llega mucho ruido. Hace falta distinguir muy bien qué es y qué no es, cuáles son las capacidades reales, qué es lo que intuimos que puede pasar a nivel tecnológico a futuro y hay que identificar muy bien cuáles son las oportunidades en distintos ámbitos (en el tecnológico, en el social, en el laboral) y también los riesgos. Eso es lo que tiene que aparecer en este primer informe.¿Llegarán a este objetivo para julio?Es cierto que tenemos relativamente poco tiempo para hacerlo. Hay que hacerlo rápido y, además, poner de acuerdo a 40 científicos, que todos creen que tienen la razón, es muy complicado. Pero parece que va por el camino adecuado. No obstante, el panel tiene un mandato de tres años. Va a seguir sacando informes, sobre todo porque es una tecnología que evoluciona tan rápido que lo que digamos en julio, dos o tres meses después habrá quedado obsoleto. Vamos a tener que estar sacando informes específicos sobre cosas concretas o a lo mejor varios informes al año, porque realmente la tecnología evoluciona tan rápido que hay que estar constantemente explicando lo que pasa.¿Se podrán aplicar también así de rápido sus recomendaciones?La legislación ahí tiene un reto. Los que hagan luego la legislación y la gobernanza van a tener que hacerlo de forma muy ágil, tan rápido como el desarrollo de la tecnología, porque si no puede pasar como, por ejemplo, lo que pasó con Europa. Europa fue la primera en legislar la inteligencia artificial con el AI Act, que está muy bien, es algo positivo. El problema es que, cuando salió el AI Act, estaban legislando unos modelos que ya se habían quedado obsoletos. En Bruselas todo va muy despacio. Entonces no sirve para nada, porque la tecnología avanza tan rápido que es un reto desde el punto de vista legislativo. Hay que ser capaz de legislar a la misma velocidad.

Mistral rechaza la petición del Papa de prohibir la IA en la guerra: «Necesitamos defendernos»

La primera encíclica del Papa sigue levantando polvareda. Arthur Mensch, director ejecutivo de una de las empresas de inteligencia artificial más grande de Europa, la francesa Mistral AI, ha rechazado la crítica de León XIV al empleo de la inteligencia artificial con fines … militares. El empresario y cofundador de la startup considera que Europa necesita contar con armamento de esta clase para poder disuadir a aquellos que intenten amenazarla.
«Todos estamos a favor de la paz, pero si observamos a nuestros rivales y adversarios en el mundo, vemos que utilizan inteligencia artificial… Mientras tengamos adversarios que nos amenacen, y de hecho lo hacen, necesitamos contar con nuestras propias capacidades», afirma Mensch en declaraciones recogidas por ‘Reuters’.

El lunes de esta semana, León XIV publicó su primera encíclica, centrada en la defensa del ser humano en los nuevos tiempos de la inteligencia artificial. El Pontífice pidió regulación y control para la tecnología y alertó de que «quien controla la IA impondrá su propia visión moral, que se convertirá en la infraestructura invisible de los sistemas».

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El Papa también criticó el desarrollo de armamento autónomo, ese que es capaz de atacar objetivos sin necesidad de control humano. Considera que «el juicio moral no se puede reducir a un cálculo: implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como persona».
La creación de este tipo de armas ha sido duramente criticada durante los últimos años por activistas y académicos. Creen que su uso puede ir en contra del derecho a la vida, la reunión pacífica, la privacidad y la reparación, así como a los principios de dignidad humana y no discriminación.
Mensch también hizo referencia al creciente rechazo que están generando en la sociedad la inteligencia artificial y las empresas que la desarrollan. Sobre todo entre los más jóvenes. Cabe recordar que en las últimas semanas se han viralizado varios vídeos en los que estudiantes universitarios abuchean a ponentes relacionados con el sector de la IA. El ejecutivo considera que «es comprensible (que surja) cierta inquietud»: «No es la primera vez que la gente se angustia un poco ante algo que está por venir. Pero estaremos bien. Encontraremos la manera de usarla de forma eficiente».
Mistral aspira a ser la gran alternativa europea a la inteligencia artificial del Silicon Valley. La empresa está valorada en 11.700 millones de euros y, como tantas otras, cuenta con su propio ChatGPT: Le Chat. Aprovechó este jueves para anunciar la construcción de un centro de datos en Les Ulis, Francia, con una capacidad de procesamiento de 10 megavatios, cuya inauguración está prevista para la segunda mitad de 2026.