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Volver con el alma marchita

Vivimos tiempos en que los jóvenes españoles naufragan a la cola del informe PISA, suspendiendo en matemáticas o comprensión lectora. Tiempos, en los que conocer la geografía sobra, gracias a presidentes como Trump que reconfigura el mapa del mundo a su antojo, bautizando golfos o anexionándose países. Pero entre todas las asignaturas pendientes, si existe una quiebra irreparable, no es la científica o territorial, sino la histórica. ¿No hemos aprendido nada del pasado?Miren Sajonia, esa porción de la Alemania del este, donde las urnas han resucitado a la ultraderecha con unos escalofriantes resultados. Un síntoma atroz en el mismo suelo que acunó, hace solo unas décadas, el mayor genocidio de la historia a manos de Hitler. Qué paradoja tan macabra la de tropezar dos veces con el mismo adoquín totalitario.Decía la activista feminista y recientemente fallecida Gloria Steinem que, cuando lloramos el pasado, lloramos a los muertos, pero cuando lloramos el presente, nos lloramos a nosotros mismos. En eso estamos, llorándonos a moco tendido y riendo a carcajadas al mismo tiempo, en una suerte de ataque histérico y sobreactuado constante.Volver al pasado, añorar el ayer porque el ahora defrauda, produce una orfandad tan masiva como la entrada de miles de inmigrantes en Ceuta, tan grande como algunos áticos en Chamberí, tan alta como los precios de la vivienda, tan abultada como la cesta de la compra o la factura de la luz y tan infinita como las colas de la sanidad pública.Ante semejante intemperie, la tentación de la brocha gorda y el populismo zafio es inmediata, reconfortante, como un antiácido que te calma las entrañas tras digerir el plato más fuerte. La trampa perfecta para confundirlo todo.Una cosa es la melancolía, esa sutil caricia que te hace recordar lo vivido con un regusto dulce, asumiendo con madurez el ayer, y otra muy distinta es la nostalgia, esa añoranza insana que mutila el hoy porque es incapaz de lidiar con sus grietas.No podemos dejar que los profesionales de la nostalgia gobiernen el mundo, se apoderen de las calles y saquen tajada de los conflictos para izar el racismo, la xenofobia o el odio al distinto porque su brújula siempre apunta al abismo y nos condena a repetir los errores del pasado.Frente a sus mensajes simplistas, urge reivindicar los matices, las gamas y las escalas de colores, también las del arco iris.Leamos más, comprendamos mejor y abracemos el presente: es el único suelo firme desde el que poder diseñar un futuro.

Publicado: septiembre 13, 2026, 10:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.20minutos.es/internacional/volver-con-alma-marchita-ultraderecha-sajonia-rebeca-marin_7036193_3.html

Vivimos tiempos en que los jóvenes españoles naufragan a la cola del informe PISA, suspendiendo en matemáticas o comprensión lectora. Tiempos, en los que conocer la geografía sobra, gracias a presidentes como Trump que reconfigura el mapa del mundo a su antojo, bautizando golfos o anexionándose países. Pero entre todas las asignaturas pendientes, si existe una quiebra irreparable, no es la científica o territorial, sino la histórica. ¿No hemos aprendido nada del pasado?

Miren Sajonia, esa porción de la Alemania del este, donde las urnas han resucitado a la ultraderecha con unos escalofriantes resultados. Un síntoma atroz en el mismo suelo que acunó, hace solo unas décadas, el mayor genocidio de la historia a manos de Hitler. Qué paradoja tan macabra la de tropezar dos veces con el mismo adoquín totalitario.

Decía la activista feminista y recientemente fallecida Gloria Steinem que, cuando lloramos el pasado, lloramos a los muertos, pero cuando lloramos el presente, nos lloramos a nosotros mismos. En eso estamos, llorándonos a moco tendido y riendo a carcajadas al mismo tiempo, en una suerte de ataque histérico y sobreactuado constante.

Volver al pasado, añorar el ayer porque el ahora defrauda, produce una orfandad tan masiva como la entrada de miles de inmigrantes en Ceuta, tan grande como algunos áticos en Chamberí, tan alta como los precios de la vivienda, tan abultada como la cesta de la compra o la factura de la luz y tan infinita como las colas de la sanidad pública.

Ante semejante intemperie, la tentación de la brocha gorda y el populismo zafio es inmediata, reconfortante, como un antiácido que te calma las entrañas tras digerir el plato más fuerte. La trampa perfecta para confundirlo todo.

Una cosa es la melancolía, esa sutil caricia que te hace recordar lo vivido con un regusto dulce, asumiendo con madurez el ayer, y otra muy distinta es la nostalgia, esa añoranza insana que mutila el hoy porque es incapaz de lidiar con sus grietas.

No podemos dejar que los profesionales de la nostalgia gobiernen el mundo, se apoderen de las calles y saquen tajada de los conflictos para izar el racismo, la xenofobia o el odio al distinto porque su brújula siempre apunta al abismo y nos condena a repetir los errores del pasado.

Frente a sus mensajes simplistas, urge reivindicar los matices, las gamas y las escalas de colores, también las del arco iris.

Leamos más, comprendamos mejor y abracemos el presente: es el único suelo firme desde el que poder diseñar un futuro.

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