Publicado: julio 10, 2026, 8:45 pm
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La rivalidad geopolítica entre Estados Unidos y China es estudiada casi siempre a través de la llamada ‘trampa de Tucídides’. Se trata de una hipótesis formulada por el profesor de la Universidad de Harvard Graham Allison, según la cual una superpotencia hegemónica debilitada teme … ser sustituida por una ascendente. A lo largo de la historia, explica Allison, dicha situación inestable ha dado lugar típicamente a guerras entre los dos aspirantes a la hegemonía internacional.
Lo excepcional es mantener una coexistencia pacífica, por ejemplo, a través de los equilibrios de una guerra fría. La carrera por el dominio de la inteligencia artificial es una buena muestra de esta rivalidad existencial, que va más allá de la competencia normal entre dos grandes países por afirmar sus intereses respectivos.
Pero el nuevo tiempo geopolítico encierra una segunda trampa, a la que se presta menos atención. Fue descrita por el economista Charles Kindleberger, que advertía del caos internacional que se produce por la falta de bienes públicos globales como la estabilidad financiera, el libre comercio, o la seguridad.
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Jaime Santirso
Ocurre cuando la superpotencia hegemónica deja de proveer al mundo dichos bienes y la ascendente no asume este papel internacional. Así sucedió durante la Gran Depresión de los años 30: el Reino Unido era demasiado débil para liderar la economía global y EE.UU. no quería jugar ese papel.
Hoy en día Washington practica el aislamiento, al mismo tiempo que su presidente inicia «pequeñas guerras espléndidas» y explota y monetiza las interdependencias con sus aliados como si fueran vulnerabilidades. Por su parte, el régimen cada vez más nacionalista de Pekín proyecta una ambición global, basada en el desarrollo acelerado de capacidades económicas, tecnológicas y militares. Pero no parece dispuesto a fortalecer el multilateralismo ni a ser proveedor de estabilidad global.
Esto provoca un vacío de poder, un mundo sin reglas claras, más caótico y, también, más peligroso. Es el tiempo de los monstruos, como advertía Antonio Gramsci sobre los cambios de época.
