Publicado: junio 15, 2026, 6:45 am
La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/trump-celebra-anos-combates-ufc-acuerdo-iran-20260613073334-nt.html
Donald J. Trump cumplió este domingo 80 años como ningún presidente estadounidense antes que él: sentado ante una jaula de combate instalada en el mismo jardín sur de la Casa Blanca, rodeado de políticos, multimillonarios, generales, agentes de policía, bomberos y algunos de los luchadores … más famosos del planeta. Mientras los golpes y los vítores resonaban bajo una gigantesca estructura metálica bautizada como «La Garra», el presidente celebraba al mismo tiempo su entrada en la novena década de vida, el Día de la Bandera, el inicio de los fastos del 250 aniversario de Estados Unidos y, sobre todo, un acuerdo con Irán que, según anunció apenas unas horas antes, podría poner fin a meses de tensión en Oriente Próximo.
La escena parecía diseñada para condensar el auge y dominio político de Trump en una sola noche. A media tarde negociaba la reapertura del estrecho de Ormuz y ya entrada la noche, aparecía caminando por la columnata presidencial junto a Dana White, presidente de la UFC, principal organización de artes marciales mixtas del mundo, y uno de sus amigos más leales, para presidir una velada de artes marciales mixtas en el corazón mismo del poder estadounidense. Ningún presidente había convertido antes la Casa Blanca en un escenario semejante, con estas luces, esta música y sobre todo estos golpes. Ninguno había hecho de la política un espectáculo tan estrechamente ligado a su propia personalidad.
La transformación física de la residencia presidencial era impactante. El jardín sur se había convertido en una arena con capacidad para más de 4.000 espectadores. En el centro, un octágono iluminado. Alrededor, tribunas ocupadas por invitados, militares uniformados y figuras destacadas del universo trumpista, incluida buena parte de la familia del presidente. Desde el exterior llegaban los aplausos y los gritos de decenas de miles de personas que seguían la velada en pantallas gigantes instaladas en una explanada próxima, porque no todos habían conseguido acceder al recinto.
Y el desenlace deportivo terminó reforzando el tono patriótico de la noche. En el combate estelar, el estadounidense Justin Gaethje derrotó al español Ilia Topuria en la disputa por el título del peso ligero, desatando una ovación de una multitud que durante toda la velada había coreado repetidamente «USA, USA» cada vez que uno de los luchadores locales entraba en la jaula.
Noticia relacionada
-
Javier Ansorena
Trump tomó asiento en primera fila. A un lado estaba Dana White. Al otro, Melania Trump, vestida de negro. Muy cerca se encontraban el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson; el líder republicano del Senado, John Thune; el congresista Jim Jordan; varios miembros del gabinete, incluidos los secretarios Pete Hegseth, Robert F. Kennedy Jr. y Scott Bessent; además de familiares del presidente, encabezados por Eric y Donald Jr. La política, el espectáculo y el poder aparecían mezclados sin apenas fronteras.
Durante uno de los descansos se produjo una de las imágenes más comentadas de la noche. Mark Zuckerberg se acercó a la zona donde estaba sentado Trump y conversó con él durante varios minutos. Después ambos posaron para una foto junto a Dana White. Hace apenas unos años el fundador de Facebook simbolizaba para muchos republicanos el supuesto sesgo de Silicon Valley contra Trump. Ahora aparecía compartiendo conversación y sonrisas con el presidente en una velada organizada en la propia Casa Blanca.
La ceremonia estaba cuidadosamente construida alrededor de símbolos patrióticos. Cada luchador fue acompañado en su entrada por un condencorado con la Medalla de Honor o por miembros de los servicios de emergencia. Policías de Nueva York, agentes del sheriff de Palm Beach, bomberos de Los Ángeles o rescatistas de Arlington desfilaron junto a los combatientes. Entre ellos figuraban héroes militares como Kyle Carpenter, Pat Payne, Flo Groberg, Dakota Meyer o Ed Byers. Era una manera de mezclar el deporte de combate con la narrativa de entrega militar que Trump ha convertido en parte esencial de las celebraciones del 250 aniversario.
Las provocaciones e insultos no quedaron fuera de la jaula. Durante el combate entre el estadounidense Sean O’Malley y el canadiense Aiemann Zahabi, Trump se colocó una gorra blanca con las siglas «USA» mientras algunos gritaban «Canadá es el estado número 51». Más tarde, tras derrotar a Derrick Lewis, el luchador Josh Hokit agradeció públicamente a Trump haber llevado la UFC a la Casa Blanca y provocó gestos de sorpresa entre parte del público al añadir desde el octágono: «Michelle Obama es un hombre, ¿tengo razón, América?». El comentario arrancó algunas risas, dejó también miradas de desconcierto.
Acuerdo con Irán bajo el puño
Trump partirá este lunes hacia Francia para participar en la cumbre del G7 con la inesperada victoria diplomática bajo el brazo. Sin embargo, el desenlace de la crisis iraní aún no está completamente cerrado. Si se cumplen los planes anunciados por Washington, Teherán y los mediadores de Pakistán y Qatar, el presidente estadounidense podría regresar a Europa el próximo viernes para asistir en Ginebra a la firma formal del acuerdo con Irán que pondría fin a casi cuatro meses de guerra y abriría una nueva negociación sobre el programa nuclear iraní. Por ahora, la Casa Blanca mantiene el optimismo, aunque reconoce que quedan importantes detalles técnicos y políticos por resolver antes de esa ceremonia.
La noche comenzó con una interpretación del himno nacional a cargo de Zac Brown, acompañada por un sobrevuelo de doce cazas militares, incluidos los Blue Angels de la Armada y los Thunderbirds de la Fuerza Aérea. Cuando terminó la ceremonia aérea, de los altavoces salió «Thunderstruck», de AC/DC, el prólogo para la aprición estelar de Trump, que era en realidad la estrella de la noche.
Los combates tampoco estuvieron exentos de mensajes políticos. Tras derrotar a Kyle Daukaus, el estadounidense Bo Nickal abandonó el octágono para acercarse a Trump. Le estrechó la mano y le agradeció haber hecho posible el evento. Después, ya ante las cámaras, afirmó que hacía falta alguien «especial» para organizar algo así y elogió el coraje del presidente. Trump sonrió mientras escuchaba los comentarios. A continuación sonó el himno gay «YMCA», convertido desde hace años en una de las bandas sonoras habituales de sus actos políticos.
Mientras tanto, en la jaula se sucedían los KO, con varios estadounidenses derrotados. El brasileño Diego Lopes derrotó a Steve Garcia en el primer combate de la noche. Lo mismo hizo Mauricio Ruffy frente a Michael Chandler. La multitud reaccionaba con rugidos ante cada golpe especialmente contundente. Los cánticos de «USA, USA» se escuchaban de forma recurrente cuando combatían luchadores estadounidenses, aunque perdieran.
Trump: Política y espectáculo
Más allá del espectáculo deportivo, la velada ofrecía una imagen muy precisa de la transformación de la presidencia de Trump. El dirigente que durante años convirtió los mítines en espectáculos televisivos ha terminado por trasladar ese estilo al corazón mismo del poder estadounidense. La Casa Blanca ya no es sólo el escenario de recepciones de Estado, reuniones diplomáticas o ceremonias oficiales. También es un espacio donde conviven negociaciones de paz, multimillonarios tecnológicos, campeones de artes marciales mixtas, militares, celebridades y política convertida en espectáculo.
A sus 80 años, Trump parece más cómodo que nunca en ese territorio donde se difuminan las fronteras entre gobierno, entretenimiento y cultura popular. Mientras los focos iluminaban la jaula instalada en el jardín sur y los helicópteros presidenciales sobrevolaban Washington, la escena tenía algo de cumpleaños, algo de mitin y algo de demostración de poder. La Casa Blanca se convirtió durante unas horas en una extensión perfecta del universo Trump: un lugar donde la política se representa en directo ante las cámaras y donde la imagen importa tanto como el mensaje.
Todo ello, además, en un momento en que el presidente afronta una paradoja cada vez más visible: domina el foco mediático como pocos líderes antes que él, pero gobierna con unos índices de aprobación que rondan el 35%, mientras seis de cada diez estadounidenses consideran que el país marcha en la dirección equivocada.
