«Debemos pensar a largo plazo y mantener puentes con la sociedad rusa» - Colombia
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«Debemos pensar a largo plazo y mantener puentes con la sociedad rusa»

Cuando Mark Galeotti decidió abrir ‘Homo criminalis. Cómo el crimen organiza el mundo’ con la figura de Monipodio, el célebre jefe de ladrones sevillanos que aparece en ‘Rinconete y Cortadillo’, de Cervantes, lo hizo porque veía en aquel personaje una de las mejores demostraciones de … que el crimen organizado no es un fenómeno moderno. En el relato cervantino, los dos pícaros llegan a Sevilla creyendo que el delito consiste únicamente en pequeños robos, hasta que descubren una organización perfectamente estructurada que controla el submundo de la ciudad mediante códigos internos, reparto de territorios y castigos ejemplares. «Pensé que era un ejemplo particularmente bueno», explica el historiador británico en conversación con ABC. «Cualquier lector moderno que haya visto ‘El padrino’ o ‘Los Soprano’ entendería inmediatamente esos paralelismos».
Galeotti, historiador británico especializado en seguridad internacional y delincuencia organizada, y que lleva décadas estudiando la relación entre poder político, las mafias y las estructuras clandestinas, sostiene que el crimen organizado no es algo nuevo, sino que «a medida que las sociedades se organizan, sus criminales se organizan».

El libro, publicado por Capitán Swing el 20 de abril, habla precisamente de que el Estado y las grandes estructuras de poder no pueden comprenderse sin observar simultáneamente la historia paralela de contrabandistas, mafias, redes de corrupción y economías clandestinas.

Noticia relacionada

Pedro García Cuartango

Durante la entrevista, el autor, experto en Rusia, habla sobre este país y su presidente, Vladímir Putin. Cuando se le pregunta si el presidente ruso encarna la figura del «bandido estacionario», concepto utilizado para describir a quienes monopolizan la violencia a cambio de ofrecer cierto orden y protección, responde que más que Putin, ese es el Estado que él ha creado. «El Estado ruso moderno funciona de esa manera. Es una cleptocracia».
Esta es una sociedad que Galeotti conoce muy bien. Recuerda la Moscú de los años 90 como una ciudad marcada por coches bomba y tiroteos nocturnos, una «época salvaje» de colapso institucional en la que las mafias ocuparon los espacios abandonados por el Estado. En ese contexto, sostiene, Putin ofreció a millones de rusos un pacto tácito: estabilidad a cambio de desmovilización política.
«Manteneos al margen de la política y dejad que yo y mis amigos lo gestionemos todo, pero a cambio os garantizo que vuestra calidad de vida mejorará poco a poco cada año, y además tendréis seguridad y estabilidad», resume Galeotti sobre aquel contrato social «que muchos rusos aceptaron».

«Putin dijo a los rusos: manteneos al margen de la política y dejad que yo y mis amigos lo gestionemos todo, pero a cambio os garantizo que vuestra calidad de vida mejorará poco a poco cada año, y además tendréis seguridad y estabilidad»

Galeotti advierte de que muchas veces Europa aplica estándares distintos a Moscú que a otros regímenes. «Rusia es un régimen autoritario, una cleptocracia, no es un buen gobierno. Pero tratamos con gobiernos desagradables todo el tiempo, como Arabia Saudí o China. En Rusia hay cientos de presos políticos, lo cual es grave. Pero Turquía tiene muchos más y es miembro de la OTAN. El problema es que Rusia ha sido históricamente antagonista de Occidente, y además lo que está haciendo en Ucrania es horrendo. Eso condiciona nuestra percepción», asegura.
El historiador considera que el sistema ruso atraviesa una fase de agotamiento gradual. Aun así, descarta escenarios inmediatos de rebelión abierta. «La mayoría de la gente no es heroica», dice. «Yo, desde luego, no me tumbaría delante de un tanque como en Tiananmen».

Homo criminalis

Mark Galeotti

En su análisis, las formas de protesta en Rusia tienden a manifestarse de otras formas, como absentismo laboral, huelgas encubiertas, protestas medioambientales o pequeños actos de resistencia cotidiana que permiten expresar descontento sin desafíos frontales. Desde 2022, explica, las movilizaciones ecologistas han aumentado no porque la situación ambiental haya empeorado súbitamente, sino porque representan uno de los pocos espacios aún tolerados para canalizar oposición social. «No puedes decir ‘abajo Putin’. Pero sí puedes salir y criticar que van a talar un bosque para construir un proyecto industrial».
A esto se suma que «para la mayoría de los rusos la vida sigue siendo bastante decente. 2023 y 2024 fueron años de crecimiento económico, impulsado por el gasto militar. Para mucha gente, su nivel de vida ha mejorado. Y sí, saben que no viven en una democracia real, pero si la vida es aceptable, la gente no se arriesga».
Pero «es un país en transición. Putin representa el final de una generación formada en la Unión Soviética. La siguiente generación es distinta, menos ideológica. Debemos pensar a largo plazo y mantener puentes con la sociedad rusa».

Resignación colectiva

Existe en su discurso una llamada a comprender las condiciones históricas y sociales que permiten la consolidación de sistemas profundamente corruptos sin necesidad de recurrir exclusivamente al terror masivo. Para Galeotti, el elemento decisivo no siempre es el miedo, sino la resignación colectiva. «La apatía es la mejor amiga de los criminales», afirma. «Muchos rusos piensan sobre la corrupción como si fuera el tiempo: no puedes hacer nada al respecto, solo soportarlo».
Y en su opinión, «la brecha entre lo ilegal y lo inmoral, entre lo que el Estado dice que es un delito y lo que la sociedad piensa que está mal… Ese es el espacio que el crimen organizado llega a colonizar, Y en teoría, en las democracias, ese espacio debería ser bastante estrecho».

«Muchos rusos piensan sobre la corrupción como si fuera el tiempo: no puedes hacer nada al respecto, solo soportarlo»

El argumento adquiere especial interés cuando se traslada a democracias europeas, como la española, donde la corrupción política rara vez adopta formas abiertamente violentas, pero donde las redes de influencia, el tráfico de favores o la financiación irregular continúan ocupando periódicamente los tribunales y los titulares. Galeotti rechaza la idea de que ese fenómeno represente una perversión reciente. «Lo único que realmente es diferente es que cada vez más hemos decidido que enriquecerse personalmente a partir de un cargo público es algo malo», explica. «La práctica no ha cambiado realmente».
El historiador británico observa además una diferencia importante entre países como Italia, donde históricamente la corrupción política permitió el ascenso de grandes estructuras mafiosas, y España. «No tenéis ese mismo tipo de crimen organizado. Hay un submundo, claramente, pero está mucho más basado en pequeños grupos locales».
No existen grandes conglomerados como la mafia o la Camorra», aunque sí una progresiva sofisticación de las conexiones entre crimen financiero, estructuras empresariales y poder político, porque la criminalidad no se limita a organizaciones visibles y violentas, sino que se integra en los circuitos aparentemente legítimos de la economía global. «No es fácil convertirse en gánster sin contactos ni conexiones. Pero el punto del libro es que incluso los sectores legítimos están sustentados en parte por actividad criminal. Puedes ser completamente legal y aun así beneficiarte indirectamente de dinero o servicios vinculados al crimen organizado. Así es como la mayoría de la gente entra en contacto con ello sin darse cuenta», sostiene Galeotti.

«No es fácil convertirse en gánster sin contactos ni conexiones. Incluso los sectores legítimos están sustentados en parte por actividad criminal»

Para el autor, «las democracias europeas tienen menos corrupción que Rusia o Ucrania. Hay controles, periodistas, tribunales. Pero eso también nos vuelve complacientes. Vemos los mapas de corrupción y pensamos que estamos bien». Así, «en cierto modo, externalizamos nuestra corrupción: permitimos que nuestras empresas paguen sobornos en otros países o blanqueamos dinero. Mientras no sea obviamente ilegal, lo aceptamos. Y poder hablar de ello actúa como válvula de escape, nos permite mantenerlo a distancia, como algo controlable».

Publicado: junio 6, 2026, 6:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/debemos-pensar-largo-plazo-mantener-puentes-sociedad-20260508012827-nt.html

Cuando Mark Galeotti decidió abrir ‘Homo criminalis. Cómo el crimen organiza el mundo’ con la figura de Monipodio, el célebre jefe de ladrones sevillanos que aparece en ‘Rinconete y Cortadillo’, de Cervantes, lo hizo porque veía en aquel personaje una de las mejores demostraciones de que el crimen organizado no es un fenómeno moderno. En el relato cervantino, los dos pícaros llegan a Sevilla creyendo que el delito consiste únicamente en pequeños robos, hasta que descubren una organización perfectamente estructurada que controla el submundo de la ciudad mediante códigos internos, reparto de territorios y castigos ejemplares. «Pensé que era un ejemplo particularmente bueno», explica el historiador británico en conversación con ABC. «Cualquier lector moderno que haya visto ‘El padrino’ o ‘Los Soprano’ entendería inmediatamente esos paralelismos».

Galeotti, historiador británico especializado en seguridad internacional y delincuencia organizada, y que lleva décadas estudiando la relación entre poder político, las mafias y las estructuras clandestinas, sostiene que el crimen organizado no es algo nuevo, sino que «a medida que las sociedades se organizan, sus criminales se organizan».

El libro, publicado por Capitán Swing el 20 de abril, habla precisamente de que el Estado y las grandes estructuras de poder no pueden comprenderse sin observar simultáneamente la historia paralela de contrabandistas, mafias, redes de corrupción y economías clandestinas.

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  • Pedro García Cuartango

Durante la entrevista, el autor, experto en Rusia, habla sobre este país y su presidente, Vladímir Putin. Cuando se le pregunta si el presidente ruso encarna la figura del «bandido estacionario», concepto utilizado para describir a quienes monopolizan la violencia a cambio de ofrecer cierto orden y protección, responde que más que Putin, ese es el Estado que él ha creado. «El Estado ruso moderno funciona de esa manera. Es una cleptocracia».

Esta es una sociedad que Galeotti conoce muy bien. Recuerda la Moscú de los años 90 como una ciudad marcada por coches bomba y tiroteos nocturnos, una «época salvaje» de colapso institucional en la que las mafias ocuparon los espacios abandonados por el Estado. En ese contexto, sostiene, Putin ofreció a millones de rusos un pacto tácito: estabilidad a cambio de desmovilización política.

«Manteneos al margen de la política y dejad que yo y mis amigos lo gestionemos todo, pero a cambio os garantizo que vuestra calidad de vida mejorará poco a poco cada año, y además tendréis seguridad y estabilidad», resume Galeotti sobre aquel contrato social «que muchos rusos aceptaron».

«Putin dijo a los rusos: manteneos al margen de la política y dejad que yo y mis amigos lo gestionemos todo, pero a cambio os garantizo que vuestra calidad de vida mejorará poco a poco cada año, y además tendréis seguridad y estabilidad»

Galeotti advierte de que muchas veces Europa aplica estándares distintos a Moscú que a otros regímenes. «Rusia es un régimen autoritario, una cleptocracia, no es un buen gobierno. Pero tratamos con gobiernos desagradables todo el tiempo, como Arabia Saudí o China. En Rusia hay cientos de presos políticos, lo cual es grave. Pero Turquía tiene muchos más y es miembro de la OTAN. El problema es que Rusia ha sido históricamente antagonista de Occidente, y además lo que está haciendo en Ucrania es horrendo. Eso condiciona nuestra percepción», asegura.

El historiador considera que el sistema ruso atraviesa una fase de agotamiento gradual. Aun así, descarta escenarios inmediatos de rebelión abierta. «La mayoría de la gente no es heroica», dice. «Yo, desde luego, no me tumbaría delante de un tanque como en Tiananmen».

  • Homo criminalis

    Mark Galeotti

En su análisis, las formas de protesta en Rusia tienden a manifestarse de otras formas, como absentismo laboral, huelgas encubiertas, protestas medioambientales o pequeños actos de resistencia cotidiana que permiten expresar descontento sin desafíos frontales. Desde 2022, explica, las movilizaciones ecologistas han aumentado no porque la situación ambiental haya empeorado súbitamente, sino porque representan uno de los pocos espacios aún tolerados para canalizar oposición social. «No puedes decir ‘abajo Putin’. Pero sí puedes salir y criticar que van a talar un bosque para construir un proyecto industrial».

A esto se suma que «para la mayoría de los rusos la vida sigue siendo bastante decente. 2023 y 2024 fueron años de crecimiento económico, impulsado por el gasto militar. Para mucha gente, su nivel de vida ha mejorado. Y sí, saben que no viven en una democracia real, pero si la vida es aceptable, la gente no se arriesga».

Pero «es un país en transición. Putin representa el final de una generación formada en la Unión Soviética. La siguiente generación es distinta, menos ideológica. Debemos pensar a largo plazo y mantener puentes con la sociedad rusa».

Resignación colectiva

Existe en su discurso una llamada a comprender las condiciones históricas y sociales que permiten la consolidación de sistemas profundamente corruptos sin necesidad de recurrir exclusivamente al terror masivo. Para Galeotti, el elemento decisivo no siempre es el miedo, sino la resignación colectiva. «La apatía es la mejor amiga de los criminales», afirma. «Muchos rusos piensan sobre la corrupción como si fuera el tiempo: no puedes hacer nada al respecto, solo soportarlo».

Y en su opinión, «la brecha entre lo ilegal y lo inmoral, entre lo que el Estado dice que es un delito y lo que la sociedad piensa que está mal… Ese es el espacio que el crimen organizado llega a colonizar, Y en teoría, en las democracias, ese espacio debería ser bastante estrecho».

«Muchos rusos piensan sobre la corrupción como si fuera el tiempo: no puedes hacer nada al respecto, solo soportarlo»

El argumento adquiere especial interés cuando se traslada a democracias europeas, como la española, donde la corrupción política rara vez adopta formas abiertamente violentas, pero donde las redes de influencia, el tráfico de favores o la financiación irregular continúan ocupando periódicamente los tribunales y los titulares. Galeotti rechaza la idea de que ese fenómeno represente una perversión reciente. «Lo único que realmente es diferente es que cada vez más hemos decidido que enriquecerse personalmente a partir de un cargo público es algo malo», explica. «La práctica no ha cambiado realmente».

El historiador británico observa además una diferencia importante entre países como Italia, donde históricamente la corrupción política permitió el ascenso de grandes estructuras mafiosas, y España. «No tenéis ese mismo tipo de crimen organizado. Hay un submundo, claramente, pero está mucho más basado en pequeños grupos locales».

No existen grandes conglomerados como la mafia o la Camorra», aunque sí una progresiva sofisticación de las conexiones entre crimen financiero, estructuras empresariales y poder político, porque la criminalidad no se limita a organizaciones visibles y violentas, sino que se integra en los circuitos aparentemente legítimos de la economía global. «No es fácil convertirse en gánster sin contactos ni conexiones. Pero el punto del libro es que incluso los sectores legítimos están sustentados en parte por actividad criminal. Puedes ser completamente legal y aun así beneficiarte indirectamente de dinero o servicios vinculados al crimen organizado. Así es como la mayoría de la gente entra en contacto con ello sin darse cuenta», sostiene Galeotti.

«No es fácil convertirse en gánster sin contactos ni conexiones. Incluso los sectores legítimos están sustentados en parte por actividad criminal»

Para el autor, «las democracias europeas tienen menos corrupción que Rusia o Ucrania. Hay controles, periodistas, tribunales. Pero eso también nos vuelve complacientes. Vemos los mapas de corrupción y pensamos que estamos bien». Así, «en cierto modo, externalizamos nuestra corrupción: permitimos que nuestras empresas paguen sobornos en otros países o blanqueamos dinero. Mientras no sea obviamente ilegal, lo aceptamos. Y poder hablar de ello actúa como válvula de escape, nos permite mantenerlo a distancia, como algo controlable».

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