Publicado: mayo 11, 2026, 8:45 pm
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La primera llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en 2016 fue interpretada en China como evidencia del declive de Estados Unidos, la debilidad de su democracia y la inestabilidad del orden global. Y, por todo ello, una oportunidad histórica para promover sus intereses. … El curso de los acontecimientos no ha hecho sino afianzar esa lectura, pese a algún que otro sobresalto, y una década más tarde la oportunidad, mayor que nunca, pisa suelo patrio.
La propaganda del régimen ha confirmado este lunes lo que ya era una certeza. El presidente estadounidense realizará una visita oficial a China del miércoles al viernes, en la que mantendrá hasta dos encuentros con el líder chino Xi Jinping.
Ambos mandatarios «mantendrán un profundo intercambio de opiniones sobre las principales cuestiones relativas a las relaciones entre China y Estados Unidos, y a la paz y el desarrollo mundiales», ha anunciado el portavoz del Ministerio de Exteriores, Guo Jiakun, durante la rueda de prensa diaria del organismo.
«China está dispuesta a trabajar con Estados Unidos, en un espíritu de igualdad, respeto y beneficio mutuo, para ampliar la cooperación, gestionar las diferencias e inyectar mayor estabilidad y certidumbre en un mundo turbulento y cambiante», ha añadido el representante gubernamental.
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Gira asiática
Jaime Santirso
Los preparativos entran así en la recta final. La avanzadilla estadounidense ya ha llegado a Pekín, incluida ‘La Bestia’, la limusina presidencial blindada, de unas siete toneladas de peso. Los efectivos de seguridad se han doblado en cada intersección de Chang’an Dajie, la avenida que atraviesa el centro de la ciudad de este a oeste, y las redes privadas virtuales, el sistema que permite saltarse la censura y acceder al internet internacional, funcionan a trompicones desde hace un par de semanas.
Todo ello ha requerido desempolvar un libreto olvidado desde hace una década. La última visita de un presidente estadounidense al gigante asiático se remonta a 2017, y fue protagonizada por el propio Trump. Queda de aquella cita su paseo por la Ciudad Prohibida, y el intercambio con Xi respecto a la antigüedad de las civilizaciones china y egipcia.
En esta ocasión, sin embargo, ambos tratarán conflictos más candentes. El regreso de Trump a la Casa Blanca supuso un segundo asalto en su guerra comercial. Los aranceles universales impuestos en abril del año pasado iniciaron un intercambio de golpes que elevó los sobrecostes estadounidenses al 145% y los chinos al 125%, un embargo oficioso que amenazaba con aniquilar los intercambios entre las dos primeras economías del mundo.
Ambos mandatarios se concedieron una tregua certificada durante su último cara a cara, el cual tuvo lugar en octubre del año pasado en la ciudad surcoreana de Busan, con motivo de la cumbre APEC de Gyeongju. «Dadas nuestras diferentes condiciones nacionales no siempre vemos las cosas del mismo modo, y es normal que las dos principales economías del mundo tengan fricciones de vez en cuando», aseguró entonces un conciliador Xi.
«Frente al viento, las olas y los desafíos, usted y yo al timón, debemos mantener el rumbo correcto y garantizar la navegación estable del gran barco que son las relaciones entre China y Estados Unidos». Es más, «siempre he creído que el desarrollo de China va de la mano de su visión de hacer a América grande otra vez», prosiguió Xi en referencia al famoso eslogan trumpista.
Deseos enfrentados
Estas conversaciones permitieron, entre otras cosas, que el gigante asiático pausara sus restricciones a la exportación de tierras raras, esos materiales críticos para la industria global cuya producción monopoliza, convertidos en su principal arma durante el conflicto comercial. Ahora bien: esto no atañe a las exportaciones para productos de uso militar, lo que puede obstaculizar la capacidad de EE.UU. de reabastecer su arsenal tras el dispendio en Irán.
El conflicto en Oriente Próximo constituye uno de los asuntos prioritarios. Trump ha tratado en repetidas ocasiones de conseguir una mayor involucración de China, empeño no ignorado por entero. Durante la visita a Pekín realizada la semana pasada por el ministro de Exteriores iraní, Seyed Abbas Araghchi, su homólogo chino Wang Yi transmitió la necesidad de «restablecer el tránsito normal y seguro» a través del estrecho de Ormuz «con prontitud».
El viaje de Trump, de hecho, estaba originalmente programado para finales de marzo, pero fue postergado por exigencias de la guerra. Las fricciones resultan evidentes: el pasado viernes EE.UU. sancionó a nueve empresas chinas y hongkonesas, acusadas de colaborar con el Ejército iraní.
China, por su parte, espera extraer concesiones en aquel otro conflicto más íntimamente ligado con su proyecto político: Taiwán, la isla independiente de facto que considera una región rebelde; «el mayor punto de riesgo» en las relaciones bilaterales, de acuerdo a las palabras pronunciadas la semana pasada por Wang Yi.
La importancia de las apariencias
Para un mandatario tan transaccional como Trump, nada importa más que el dinero, salvo las apariencias. Por eso las expectativas apuntan que ambos mandatarios podrían acordar la creación formal de sendas Juntas de Comercio y Juntas de Inversiones –siguiendo el apelativo de su peculiar Junta de Paz–, organismos cuya estructura y contenido quedaría para más adelante.
China, además, podría incrementar las importaciones de energía, productos agrícolas y aviones Boeing estadounidenses. Los equipos negociadores, liderados por el viceprimer ministro He Lifeng y el secretario del Tesoro Scott Bessent, mantendrán este martes en Seúl una última ronda de negociaciones antes de la cita.
El régimen considera que, a cambio de cuantiosas inversiones, puede lograr que Trump abandone la «ambigüedad estratégica» para, en el mejor de los casos, expresar su apoyo a una «reunificación pacífica» o, al menos, su oposición a la independencia del territorio. «El Gobierno de Estados Unidos ha expresado en reiteradas ocasiones que su política hacia Taiwán no va a cambiar», apuntaba este lunes el ministro de Exteriores de la isla, Lin Chia-lung. «Por supuesto, esperamos que no haya sorpresas».
Habrá más: inteligencia artificial, armas nucleares y la suerte de presos políticos como el magnate Jimmy Lai o el pastor Ezra Jin Mingri serán asimismo temas de conversación. También la visita de Xi a EE.UU. prevista para la segunda mitad del año, otra ocasión para profundizar una oportunidad abierta.
