Los bonos no compran el fin de la crisis y ponen a Trump en apuros
El potente rebote de las bolsas en las últimas semanas contrasta con la señal mucho más prudente que emite el mercado de deuda, donde las rentabilidades siguen en niveles elevados pese al anuncio de tregua entre Estados Unidos e Irán. Esta divergencia ha reabierto el debate entre analistas sobre cuál de los dos mercados está interpretando correctamente el escenario actual.Las subidas cercanas al 10% en el S&P 500 en apenas diez sesiones han devuelto a los índices a zona de máximos, impulsadas por un nuevo episodio de compras tácticas y cierres de posiciones bajistas. En cuanto a los bonos, la rentabilidad del bono estadounidense a diez años ha cedido hasta el 4,25% en las últimas sesiones, pero sigue claramente por encima del entorno del 3,9% en el que cotizaba antes de la escalada.Esa resistencia a la baja no se limita al tramo largo de la curva. El bono a dos años, mucho más sensible a las expectativas de política monetaria, se mantiene en torno al 4,6%, frente a niveles próximos al 4,2% antes del inicio de la crisis. En ese contexto, la falta de relajación en el corto plazo es especialmente relevante, porque indica que el mercado no ve margen para una normalización rápida de la política monetaria.El mensaje es coherente en todos los tramos. Las rentabilidades no solo se mantienen elevadas, sino que lo hacen en un contexto en el que el mercado ya ha descontado una tregua, lo que desplaza el foco desde la geopolítica hacia un problema más persistente, la inflación.La estanflación vuelve a entrar en las previsionesEl Fondo Monetario Internacional (FMI) ha elevado su previsión de inflación para Estados Unidos en 2026 al 3,2% desde el 2,4% anterior y, al mismo tiempo, ha recortado crecimiento por el efecto de la guerra sobre la energía y la actividad. Ese deterioro de las previsiones refuerza justo la lectura que está haciendo la deuda, aunque el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, ha tratado de desacreditar el aviso al asegurar que el FMI “reacciona de forma exagerada”.En este sentido, la frialdad del mercado de bonos podría convertirse en una señal. O el mercado de deuda duda de la durabilidad del alto el fuego, o asume que el shock energético ha dejado una huella más profunda de lo que las bolsas están dispuestas a reconocer.De hecho, la resistencia del petróleo a bajar hasta los niveles previos a la crisis (65-73 dólares) refuerza esa lectura. Según la última encuesta a gestores de Bank of America, el 61% de los inversores espera que el Brent cierre el año por encima de los 80 dólares por barril. El 71% anticipa una mayor inflación y un récord del 58% sitúa la estanflación como escenario central.A partir de ahí, el análisis cambia de plano. La discusión deja de girar en torno a si las bolsas han reaccionado demasiado o demasiado poco, y pasa a centrarse en si el sistema puede absorber un entorno de tipos más altos durante más tiempo sin generar tensiones adicionales. Aquí es donde el factor político empieza a entrar también en la ecuación.Energía cara, riesgo electoralA pesar de que desde la Casa Blanca tratan de restar importancia a las previsiones sobre la inflación, en Estados Unidos pocos indicadores tienen una traducción política tan inmediata como el precio de la gasolina.El petróleo puede seguir siendo una variable global, pero su impacto se mide localmente, surtidor a surtidor, y con una rapidez que los discursos oficiales apenas logran amortiguar. Si el conflicto con Irán termina dejando un crudo estructuralmente más alto, el golpe no se limitará a enfriar las previsiones de crecimiento o a complicar la senda de tipos de la Reserva Federal. También puede alterar el clima electoral en un momento en el que la Administración necesita precisamente lo contrario: estabilidad, desinflación y sensación de control.Ese es el ángulo que el mercado de deuda parece estar empezando a incorporar. No solo la posibilidad de que la inflación sea más persistente de lo previsto, sino también que la respuesta política quede cada vez más condicionada por el calendario electoral. Cuanto más se acerquen las midterms (elecciones de medio mandato en Estados Unidos), menor será el margen para sostener una estrategia exterior que mantenga la presión sobre los precios energéticos.
