Publicado: mayo 13, 2026, 10:45 am
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Donald Trump pisa ya PekÃn, adonde acude para reunirse con el lÃder Xi Jinping. Da comienzo asà la primera visita de un presidente estadounidense a China en nueve años. La anterior, allá por 2017, también fue protagonizada por él, pero el contexto ha cambiado mucho … desde entonces.
China ya no es una fuerza emergente que trata de recortar distancias sin demasiada fricción, sino una superpotencia que interpela a Estados Unidos de tú a tú. En ese diálogo, pese a su verborrea y empellones, Trump genera una simpatÃa transversal.
En parte, por el ejercicio desnudo y desenfadado del poder en un lugar donde este todavÃa se expresa en gramática imperial, esto es, desde una distancia solemne e omnipotente. «Me gusta mucho Trump, es muy divertido lo que dice», apunta la señora Zhang, una anciana pekinesa que se confiesa fascinada ante el despliegue de su comitiva.
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Pero la indulgencia responde, por encima de todo, a que las élites chinas le consideran un elemento esencial de esa evolución, tan favorable a sus intereses. El pasado mes de enero, el Instituto Chongyang de Estudios Financieros, dependiente de la Universidad Renmin, publicaba un informe titulado ‘Gracias, Trump’. Este presentaba al estadounidense como un «acelerador de la decadencia polÃtica de Estados Unidos».
«El aparato burocrático ha sido purgado y la separación de poderes existe solo en nombre, la fractura social se ha profundizado hasta convertirse en una guerra identitaria de ‘Un paÃs, dos sistemas’ –en referencia a la extinta fórmula que antaño garantizaba las libertades en Hong Kong–. Las elecciones de medio mandato podrÃan incluso detonar una crisis constitucional y empujar a Estados Unidos hacia la inestabilidad de una ‘latinoamericanización’», señalaba el documento. «Quizá convenga ‘agradecer’ esta imagen del ‘crepúsculo imperial’, pues se ha convertido en el espejo más fiel de las dificultades de la democracia estadounidense».
Victoria comercial
En su segundo mandato Trump ha iniciado dos grandes conflictos. Ambos se cuentan por tropiezos y están presentes en esta visita. Por un lado, la guerra en Irán, atascada en el estrecho de Ormuz. Este viaje, de hecho, estaba originalmente programado para finales de marzo, pero fue postergado por exigencias de la campaña. Pese al retraso, Trump acude con la ofensiva todavÃa en marcha.
Esta representa una profunda deslegitimación del orden global que EE.UU. creó y durante décadas ha liderado, ahora en vÃas de abandono. La emergencia de un nuevo entorno regido por la fuerza, en el que las superpotencias actúan a su antojo, en absoluto resulta inconveniente para China.
Por otro, la guerra comercial. Los aranceles universales impuestos en abril del año pasado iniciaron un intercambio de golpes que elevó los sobrecostes estadounidenses al 145% y los chinos al 125%, un embargo oficioso que amenazaba con aniquilar los intercambios entre las dos primeras economÃas del mundo.
El Instituto Chongyang reservaba una máxima clásica para este empeño: «Hacer daño al enemigo a costa de un daño aún mayor para uno mismo». «Los costes han impulsado la inflación, las cadenas de suministros se han vuelto más dispersas y la confianza de los aliados se ha erosionado. Mientras tanto, el comercio chino ha acelerado su diversificación bajo presión, su dependencia de Estados Unidos ha caÃdo bruscamente y la autonomÃa tecnológica se ha acelerado».
En dicha contienda China halló su mejor arma en las tierras raras, esos materiales crÃticos para la industria global cuya producción monopoliza. La tregua alcanzada durante el último careo de Trump y Xi, celebrado en octubre en la ciudad surcoreana de Busan, incluÃa una suspensión de las restricciones a la exportación. Ahora bien, esta no contempla usos militares, lo que podrÃa obstaculizar el restablecimiento del arsenal estadounidense tras el desgaste de Irán.
Precio a Taiwán
EE.UU., por su parte, mantiene otra supremacÃa incapacitante para su adversario: los semiconductores y, por ende, la IA. La ausencia en el Air Force One de Jensen Huang daba a entender que no habrÃa novedades en ese frente, pero el CEO de Nvidia se incorporó por sorpresa durante una parada de repostaje en Anchorage, Alaska. Huang se suma asà a un selecto grupo que incluye a magnates como Elon Musk de Tesla, Tim Cook de Apple, Larry Fink de Blackrock o Kelly Ortberg de Boeing.
Sin embargo, esta ventaja estructural contiene una vulnerabilidad decisiva: la dependencia de Taiwán. «En estos momentos, el mercado bursátil estadounidense está impulsado por las industrias de la inteligencia artificial y los semiconductores, que también están impulsado las infraestructuras –centros de datos, energÃa– y generando efectos de riqueza que favorecen el crecimiento general. Sin embargo, la IA tiene un gran punto débil: casi el 99% de los chips de alta gama se fabrican en Taiwán», incidÃa en redes un respetado comentarista anónimo, conocido como Chairman Rabbit.
«Cualquier volatilidad en el estrecho de Taiwán no solo pondrÃa fin a la carrera de la IA, sino que también provocarÃa el desplome del mercado bursátil, las finanzas y la economÃa de Estados Unidos. Estabilizar el estrecho de Taiwán es el interés primordial de Trump». AsÃ, la democracia independiente de facto a la que China nunca ha renunciado a someter por la fuerza se ha colocado en el centro de la visita, y será el precio que pida a cambio de cualquier concesión que Trump pueda presentar como un triunfo, empezando por la importación de aviones Boeing o productos agrÃcolas.
Regalos vacÃos
El mayor legado del primer mandato de Trump quizá sea haber arrastrado la relación con China a la confrontación explÃcita, haciendo de ella no solo un consenso bipartidista en EE.UU., sino en esa vaga construcción conocida como Occidente. Curiosamente, su segundo mandato viene a deshacer este proceso, ante la pretensión, expresada a algunos colaboradores, de no «competir desde una posición no dominante», fundamentalmente en referencia a las tierras raras chinas.
China, por su parte, sabe que se beneficiará de concederle las victorias simbólicas que necesita, como su adhesión a una hipotética «Junta de Comercio». Este organismo de funciones por detallar reflejarÃa la voluntad del estadounidense de transitar desde la confrontación hasta la cooperación, también otra manifestación de la crisis del multilateralismo y la aparición de alternativas parciales.
En la mañana del jueves Trump mantendrá su encuentro bilateral con Xi, y por la tarde asistirá a un banquete oficial. En la mañana del viernes ambos mandatarios se verán de nuevo para compartir un té y, tras un almuerzo de trabajo, la comitiva regresará a EE.UU.
Esto se cifrarÃa en un cambio de tono. Si no un apoyo a la «reunificación pacÃfica», al menos sà un «rechazo» a la independencia del territorio en lugar del actual «no apoyo». De momento, Trump ya se ha mostrado dispuesto a contemporizar con las ventas de armas pendientes. Durante una conversación telefónica el pasado mes de febrero, Xi le advirtió que procediera con «extrema precaución» en este asunto.
Los derechos humanos y la democracia no parecen interesar demasiado al estadounidense, de ahà la ocasión propicia intuida por el lado chino. «La cuestión de Taiwán está en el núcleo mismo de los intereses fundamentales de China», apuntaba la semana pasada el portavoz de Exteriores chino, Lin Jian, exponiendo con claridad las aspiraciones del régimen. «La ‘independencia de Taiwán’ y la paz a través del Estrecho son tan irreconciliables como el fuego y el agua. Para mantener la paz y la estabilidad en el estrecho de Taiwán debe existir una oposición inequÃvoca a la independencia». La oportunidad, tal vez, acaba de llegar.
