Publicado: mayo 15, 2026, 4:45 pm
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Donald Trump vuela ya de vuelta a Washington, habiendo concluido un viaje de escasos frutos prácticos y aun así extraordinario. No solo por suponer la primera visita a China de un presidente estadounidense en nueve años, sino por consolidar la estabilidad entre dos superpotencias … enfrentadas, sí, pero que albergan el deseo compartido de una tregua.
Una visita «histórica y emblemática». Por una vez los obsequiosos superlativos no estaban en boca de Trump, sino de Xi Jinping, quien no ha dudado en destacar la interrelación entre las grandes narrativas que sustentan sendos liderazgos. «El presidente Trump quiere hacer a América grande otra vez, y yo estoy comprometido a conducir al pueblo chino a la consecución del gran rejuvenecimiento del pueblo chino. Ambas partes podemos promover nuestro respectivo desarrollo y revitalización mediante una cooperación reforzada».
Unas nuevas circunstancias bilaterales que el régimen chino, muy dado a la retórica hueca, ya ha bautizado como «estabilidad constructiva estratégica». Esta nueva fórmula debería durar, según un comunicado emitido este viernes por el ministerio de Exteriores, «durante los próximos tres años y más allá», plazo que hace referencia a lo que resta del segundo –y último– mandato de Trump.
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John Müller
La ausencia de acuerdos inmediatos invita a conceptualizar esta cumbre, en efecto, como el comienzo de una nueva dinámica y, al mismo tiempo, la primera de varias rondas de negociación. Conviene tener presente los precedentes inmediatos. En 2025 la confianza marcaba mínimos tras el estallido de la guerra comercial y, pese a airear desde principios de año su voluntad de acudir a Pekín, Trump solo consiguió encontrarse brevemente con Xi en una base militar surcoreana de Busan a finales de octubre, con motivo del Foro APEC en la vecina ciudad de Gyeongju.
Visita al corazón del régimen comunista
Xi ha recibido a Trump en Zhongnanhai, el hermético corazón del régimen. En este complejo de pabellones de madera entre jardines, situado al oeste de la Ciudad Prohibida de Pekín, vivió el fundador de la República Popular China, Mao Zedong, como si fuera un emperador. «Este es el lugar donde trabajan y viven los dirigentes del Partido [Comunista] y del Gobierno central de China, incluido yo mismo», ha explicado el chino. Ambos han paseado por los jardines del recinto antes de sentarse a compartir un té. «Podría acostumbrarme a esto», ha bromeando el estadounidense, ante la pétrea mirada de su anfitrión, sin tan siquiera la concesión de una sonrisa. Este lance subraya la personalidad opuesta de ambos mandatarios, pese a la cual han logrado escenificar cierta cercanía, llegando incluso a mantener reiterados contactos físicos. «Creo que en realidad es una persona cálida, pero es todo negocios», contaba Trump sobre su interlocutor durante una entrevista con Fox News. «Con él no hay juegos, no hay conversaciones sobre lo agradable que está el tiempo. […] Es todo negocios, y eso me gusta».
El calendario permite hoy vislumbrar un acelerón. No en vano, este encuentro presencial podría suponer el primero de cuatro en apenas siete meses. Trump ha devuelto la cortesía y recibirá a Xi en EE.UU. el 24 de septiembre, desplazamiento que podría implicar su participación en la Asamblea General de Naciones Unidas, como ya hiciera en su visita de Estado de 2015. Ambos podrían volver a coincidir en noviembre en el Foro APEC, celebrado en esta ocasión en Shenzhen, y de nuevo en diciembre en el G20 de Miami.
Taiwán es silencio
Ahora bien, el chino ya ha fijado su exigencia fundamental con meridiana claridad. «La cuestión de Taiwán es el asunto más importante en las relaciones», el cual debe ser «manejado adecuadamente», de lo contrario «habrá choques o incluso conflictos», advirtió el jueves durante la reunión bilateral. A continuación, explicitó su pretensión última al asegurar, con una frase recurrente de la propaganda oficial, que «la independencia de Taiwán y la paz en el Estrecho son tan irreconciliables como el fuego y el agua». El régimen considera a la isla, democracia independiente ‘de facto’, una región rebelde a la que nunca ha renunciado a someter por la fuerza.
«La independencia de Taiwán y la paz en el Estrecho son tan irreconciliables como el fuego y el agua»
Xi Jinping
Presidente de China
A bordo del Air Force One, Trump ha rebajado estas amenazas. «Lo último que necesitamos ahora mismo es una guerra, las cosas están yendo muy bien. […] En Taiwán él [Xi] no quiere ver un movimiento de independencia». De acuerdo a su versión, «dijo que lo han tenido [el territorio] durante miles de años y que en algún momento determinado lo van a recuperar. […] Sobre Taiwán, él tiene una posición muy firme, yo no hice ningún compromiso en ningún sentido».
«Lo último que necesitamos ahora mismo es una guerra, las cosas están yendo muy bien. […] En Taiwán, él [Xi] no quiere ver un movimiento de independencia»
Donald Trump
Presidente de EE.UU.
Sobre este contencioso, Trump ha guardado un prudente silencio, que ha mantenido también del avión presidencial pese a las insistentes preguntas de los periodistas:
—¿Estados Unidos defendería a Taiwán si fuera necesario?
—No quiero decirlo, no lo voy a decir —ha zanjado el presidente—. Solo hay una persona que sabe eso, ¿sabes quién es? Yo. Esa pregunta me la hizo hoy el presidente Xi. Le dije: «Yo no hablo de eso».
—¿Le preguntó si mandaría tropas?
—Me preguntó si les defendería. Le dije: «Yo no hablo sobre eso».
Pendiente la venta de armas a Taiwán
La primera prueba llegará pronto: EE.UU. tiene pendiente la aprobación de un envío de armas a Taiwán por valor de 14.000 millones de dólares (12.000 millones de euros), la cual Trump ha retrasado para evitar que desvirtuara la visita. Durante una conversación telefónica el pasado mes de febrero, Xi ya le avisó que procediera con «extrema precaución». «Tomaré una decisión sobre esto bastante pronto», se ha limitado a señalar.
En respuestas posteriores, sin embargo, ha tensionado esta estabilidad recién estrenada con palabras tan contradictorias como insólitas. Primero ha asegurado no haber comentado con Xi el envío de armas, luego que lo han discutido «en gran detalle». Esto vulneraría las Seis Garantías ofrecidas en 1982 por el presidente Ronald Reagan. «1982 está muy lejos», ha desdeñado.
Acto seguido, ha dado a entender que departiría con William Lai Ching-te, presidente de Taiwán, antes de tomar una decisión. «Tengo que hablar con la persona que, ya sabéis quién es, dirige Taiwán». EE.UU. no mantiene intercambios oficiales con el Gobierno de Taiwán, y pasar a hacerlo implicaría una ruptura de calado con el orden establecido, además de traspasar una línea roja para China.
Treinta magnates y sin grandes acuerdos comerciales
Estas circunstancias contextualizan la anomalía de un viaje oficial sin acuerdos comerciales. Especialmente teniendo en cuenta que Trump llegaba flanqueado por una treintena de empresarios, entre ellos magnates de la tecnología como Elon Musk de Tesla, Jensen Huang de Nvidia o Tim Cook de Apple.
Además, las escasas transacciones completadas –200 aviones Boeing y 10.000 millones de dólares (8.600 millones de euros) en productos agrícolas– no se han anunciado mediante comunicados oficiales, sino con declaraciones vertidas en entrevistas que China no ha confirmado. «Los lazos económicos entre China y Estados Unidos son mutuamente beneficiosos», se ha limitado a señalar su ministerio de Exteriores. Por ahora, y mientras dure, la estabilidad es un logro en sí misma.
