Publicado: julio 4, 2026, 8:45 pm
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Donald Trump llegó el viernes ya de noche a uno de los lugares sagrados de la historia estadounidense, el Monte Rushmore, y colocó su figura ante las de Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln. No quiso el presidente elevarse por encima de los partidismos ni … de las divisiones que atraviesan el país. Frente a los rostros de los presidentes tallados en la roca, convirtió la ceremonia en un alarde de su propio poder: aseguró que hace dos años Estados Unidos era una nación «en declive», «ridiculizada» por el mundo, y que ahora es «el país más fuerte y respetado». «Todos los reyes, primeros ministros y presidentes nos respetan más que a cualquier otro país», dijo, antes de resumir su mensaje en una frase: «Hace dos años se reían de nosotros. Ahora solo nos respetan».
Trump inauguró así unos fastos en los que la celebración de los 250 años de Estados Unidos se confunde también con la celebración de sí mismo y de una presidencia reforzada y con pocos límites. Lo hizo pocos días después de que el Tribunal Supremo ampliara su capacidad para destituir a responsables de agencias federales independientes. Una decisión que él presentó como la devolución de un poder que, a su juicio, corresponde plenamente a la Casa Blanca. Ante ese monte, el aniversario de la independencia quedó ligado a su relato de la restauración de gloria nacional: un país que dice haber rescatado del declive y una presidencia que se otorga más margen y autonomía para dirigirlo.
Desde el primer advenimiento de Trump a la Casa Blanca en 2017, la expansión del poder presidencial ha sido gradual y, sobre todo, se ha dado por vía judicial. El Supremo, a tres de cuyos nueve jueces ha elegido él, ha ampliado la capacidad del presidente para controlar a quienes dirigen el Ejecutivo. En 2024, con su sucesor Joe Biden en el poder, reconoció además una amplia inmunidad penal para los actos oficiales del presidente, y después redujo la posibilidad de que los jueces bloqueen órdenes de la Casa Blanca en todo el país. No le ha dado poder ilimitado: la Reserva Federal conserva por ahora una protección especial y el Congreso mantiene sus facultades legislativas y presupuestarias. Pero el resultado es una presidencia con más control directo sobre la administración federal y menos barreras institucionales.
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David Alandete
Trump ha convertido, en efecto, el decreto en el instrumento central de su segundo mandato, con un ritmo muy superior al de sus predecesores recientes. Desde su regreso al Despacho Oval el 20 de enero de 2025 ha firmado 267 órdenes ejecutivas, según el Registro Federal: 225 en 2025 y 42 en lo que va de 2026. Ya supera las 220 que rubricó durante los cuatro años completos de su primer mandato. Como referencia, Biden firmó 77 en todo 2021, Obama 147 en su primer año y George W. Bush 54.
No se trata solo de una acumulación de disposiciones administrativas o trámites sin efecto. Algunas de esas órdenes han buscado transformar áreas enteras del poder federal: la política migratoria y el derecho de ciudadanía, la reducción de la burocracia y del empleo público, el cierre o vaciamiento de organismos, el control de las agencias reguladoras, la política energética, la ayuda exterior, la educación o la diversidad en la Administración. Varias de estas órdenes han sido impugnadas ante los tribunales y algunas han quedado suspendidas o limitadas por jueces federales, pero la estrategia ha permitido a Trump avanzar primero por la vía ejecutiva y dejar que la Justicia determine después hasta dónde puede llegar.
El 250 aniversario le ha dado también a Trump una demostración de esos límites. El Supremo le asestó un revés al mantener bloqueada su orden para restringir la concesión de ciudadanía por nacimiento, una de las medidas más ambiciosas de su agenda migratoria, al considerar que no podía aplicarse de forma inmediata mientras siguen los litigios. Pero, al mismo tiempo, la misma corte le ofreció una victoria de mayor alcance estructural al ampliar su poder para destituir a responsables de agencias federales independientes. El balance resume su segundo mandato: Trump intenta gobernar mediante decretos de gran alcance, transformadores, y los jueces frenan algunos de ellos, pero la jurisprudencia le está dando más control sobre el aparato del Estado.
Trump ha logrado además un control político poco habitual sobre el Legislativo, no porque hayan desaparecido formalmente los poderes del Capitolio, sino porque su partido domina las dos cámaras y buena parte de sus dirigentes evita desafiarle. Esa mayoría le permite condicionar la agenda, acelerar confirmaciones, frenar investigaciones incómodas y utilizar la amenaza de las primarias para disciplinar a los díscolos. La escena de finales de junio, cuando anuló la firma de una ley bipartidista de vivienda para exigir antes la aprobación de su reforma electoral, mostró hasta qué punto puede imponer prioridades incluso frente a los líderes de su propio partido.
Pero ese dominio puede cambiar en noviembre: si los demócratas recuperan como parece que sucederá la Cámara de Representantes o hasta el Senado, algo que no se descarta, Trump se encontraría con comisiones de investigación, mayor capacidad de bloqueo presupuestario y un Congreso mucho menos dispuesto a acompañar su agenda. Hasta podría verse sometido, de nuevo, al juicio político de una posible destitución (‘impeachment’), el tercero, todo un récord para un presidente ya acostumbrado a batir todas las marcas.
El dominio absoluto de Trump puede cambiar en noviembre si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes o hasta el Senado
Trump quiere presentar su regreso como el inicio de una nueva edad dorada, la de una presidencia que no pide disculpas por el poder de EE.UU. ni rebaja su papel ante el mundo. Frente a la imagen que la derecha ha construido de Barack Obama, al que acusa de haber expresado culpa o arrepentimiento por la historia y la proyección exterior del país –en particular tras un sonado discurso en El Cairo en 2009–, Trump reivindica una política de orgullo nacional, fuerza militar y el llamado excepcionalismo americano.
«A sus 250 años, los Estados Unidos de América son la república más antigua de la Tierra. Somos el pueblo más libre de la Tierra. Tenemos la Constitución más justa y duradera del planeta. Somos el país más fuerte y poderoso del mundo», proclamó ante el Monte Rushmore. «Y, por la gracia de Dios, los Estados Unidos de América son la nación más exitosa, más próspera y más excepcional que haya existido jamás en la historia humana».
«We are the strongest and most powerful country on Earth. And by the grace of God, the United States of America is the most successful, most accomplished, most exceptional nation ever to exist in human history.» – President DONALD J. TRUMP 🇺🇸 pic.twitter.com/bGVSS80bJu
— The White House (@WhiteHouse) July 4, 2026
Ese orgullo presidencial no encuentra un reflejo unánime en la conversación pública. Buena parte de los grandes medios estadounidenses de orientación izquierdista, como ‘The New York Times’, ‘The Washington Post’, ‘The Atlantic’ o NPR, ha aprovechado estos días para volver una y otra vez sobre las contradicciones de la fundación del país: la esclavitud de algunos de sus padres fundadores, el despojo y las masacres contra los pueblos nativos, las guerras y la expansión exterior. El aniversario se celebra así entre dos relatos que conviven con dificultad: el de una nación excepcional, defendido por Trump, y el de un país cuya grandeza no puede separarse de sus fracturas históricas.
«Somos el pueblo más libre de la Tierra. Tenemos la Constitución más justa y duradera del planeta. Somos el país más fuerte y poderoso del mundo»
Donald Trump
Presidente de EE.UU.
Entre los estadounidenses de a pie, el balance mezcla orgullo, apego constitucional y desconfianza hacia el poder. Una encuesta del Instituto Cato, un centro de estudios libertario de Washington, realizada con Morning Consult, muestra que el 86% se declara agradecido de ser estadounidense y el 79% orgulloso. Pero solo el 34% cree que Estados Unidos está por encima de todos los demás países.
La mayoría sigue valorando la Constitución y la separación de poderes: el 61% prefiere que la autoridad esté repartida entre instituciones aunque eso haga más lento al Gobierno; el 72% sostiene que el presidente debe acatar al Supremo incluso cuando discrepe; y el 58% considera que ningún partido debería acumular demasiado poder. Al mismo tiempo, el 56% teme que Estados Unidos pueda dejar de ser un país libre en los próximos cincuenta años, y muchos identifican la corrupción, los abusos de poder y una presidencia excesivamente fuerte como amenazas para la república.
Mamdani July 4 Speech: America Is Exceptional Because «Nothing Is Fixed Into Place»
«Too many of our leaders do not believe in a vision of this nation as an asylum for the persecuted, but rather one that persecutes those seeking asylum.»
Full speech: https://t.co/I31OsJ3Jh4 pic.twitter.com/n2Oea5xVv0
— RealClearPolitics (@RCPolitics) July 3, 2026
La respuesta más visible a Trump llegó desde Nueva York, con un mensaje grabado de Zohran Mamdani, alcalde de la ciudad y declarado socialista, nacido en Uganda y naturalizado estadounidense. Con un tono serio, grave y por momentos hasta aparentemente molesto, Mamdani contrapuso al excepcionalismo sin matices y reservas de Trump una idea de patriotismo basada en reconocer las heridas del país y en defender la aportación de los inmigrantes. Habló desde el escritorio que usó George Washington en el Ayuntamiento, rodeado de nuevos ciudadanos, y sostuvo que EE.UU. no debe exigir a quienes llegan que se sientan agradecidos «por que se les permita estar», sino garantizarles dignidad, pertenencia y derechos.
Mientras tanto, Trump regresaba del Monte Rushmore a Washington para los fuegos artificiales finales del 4 de julio, a bordo del nuevo Air Force One recibido como regalo de Qatar. Durante el vuelo se repartieron galletas decoradas con la silueta del monumento y el rostro de Trump añadido junto a los de Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln. Era una imagen chocante, y probablemente una broma, pero resumía el tono de unos fastos en los que el presidente no solo invocó a los gigantes de la historia estadounidense: quiso ponerse entre ellos en su celebración del excepcionalismo absoluto de la nación.
