La Guaira, la zona cero del apocalipsis caribeño - Colombia
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La Guaira, la zona cero del apocalipsis caribeño

El día dos de estancia en Venezuela ha sido el día en el que la realidad te da una bofetada de certeza inapelable: la fortaleza del ser humano no tiene límites. Para llegar a La Guaira hay que pasar cuatro controles en los que los militares venezolanos hacen el triaje de quién pasa y quién no.Miles de motoristas cargados de voluntarios se unen a camionetas destartaladas y camiones con ayuda humanitaria por una carretera que atraviesa la cordillera del Ávila que rodea, abraza y estrangula Caracas. La carretera hacia Playa Grande es un ir y venir de gentes. Rescatistas, médicos, familiares, vecinos, voluntarios. Todos con el mismo objetivo, llegar al epicentro de los terremotos que hace nueve días destruyeron la zona costera de Caracas.Un paraíso en el que se mezclaban hoteles de lujo con viviendas de la época chavista, rascacielos residenciales y chabolas que aquí llaman ‘ranchos’. Todo ha desparecido o está a punto de desaparecer porque los edificios y las casitas están tan dañadas que su destino es la demolición.Es como viajar desde Torremolinos a Fuengirola por una carretera en la que las ambulancias, los coches de los miles de personas que conforman la ayuda humanitaria internacional, los militares venezolanos y los supervivientes de la catástrofe se miran con cara de espanto y tristeza.Los que lo han perdido todo y han sobrevivido se sientan frente a los escombros de lo que una vez fue su casa. «Queremos que nos reubiquen, esperamos que nos ayuden» nos dicen. Sus casas, los edificios, tienen pintadas con números que son los cadáveres que ya han sido rescatados.Aquellos edificios, decenas de ellos, que han quedado reducidos a láminas de hojaldre tienen a personas que indican, a ojo, cuánta gente podría estar bajo las toneladas de hormigón, ladrillo y restos de vida. Los edificios que aún siguen en pie están desnudos, las paredes han desaparecido y se adivinan las vidas de los que una vez moraron. Sus ropas, sus muebles, colchones colgantes, juguetes, libros…Y sobre los escombros, el ejército, los voluntarios y los equipos de rescate internacionales. Miles de personas, familias sin nada, sentadas bajo higueras gigantes esperando una bolsita de comida, un poco de agua, un médico que les cure el alma porque el dolor físico, aseguran ya no lo sienten.

Publicado: julio 3, 2026, 10:45 am

La fuente de la noticia es https://www.20minutos.es/internacional/guaira-zona-cero-apocalipsis-caribeno_7010071_3.html

El día dos de estancia en Venezuela ha sido el día en el que la realidad te da una bofetada de certeza inapelable: la fortaleza del ser humano no tiene límites. Para llegar a La Guaira hay que pasar cuatro controles en los que los militares venezolanos hacen el triaje de quién pasa y quién no.

Miles de motoristas cargados de voluntarios se unen a camionetas destartaladas y camiones con ayuda humanitaria por una carretera que atraviesa la cordillera del Ávila que rodea, abraza y estrangula Caracas. La carretera hacia Playa Grande es un ir y venir de gentes. Rescatistas, médicos, familiares, vecinos, voluntarios. Todos con el mismo objetivo, llegar al epicentro de los terremotos que hace nueve días destruyeron la zona costera de Caracas.

Un paraíso en el que se mezclaban hoteles de lujo con viviendas de la época chavista, rascacielos residenciales y chabolas que aquí llaman ‘ranchos’. Todo ha desparecido o está a punto de desaparecer porque los edificios y las casitas están tan dañadas que su destino es la demolición.

Es como viajar desde Torremolinos a Fuengirola por una carretera en la que las ambulancias, los coches de los miles de personas que conforman la ayuda humanitaria internacional, los militares venezolanos y los supervivientes de la catástrofe se miran con cara de espanto y tristeza.

Los que lo han perdido todo y han sobrevivido se sientan frente a los escombros de lo que una vez fue su casa. «Queremos que nos reubiquen, esperamos que nos ayuden» nos dicen. Sus casas, los edificios, tienen pintadas con números que son los cadáveres que ya han sido rescatados.

Aquellos edificios, decenas de ellos, que han quedado reducidos a láminas de hojaldre tienen a personas que indican, a ojo, cuánta gente podría estar bajo las toneladas de hormigón, ladrillo y restos de vida. Los edificios que aún siguen en pie están desnudos, las paredes han desaparecido y se adivinan las vidas de los que una vez moraron. Sus ropas, sus muebles, colchones colgantes, juguetes, libros…

Y sobre los escombros, el ejército, los voluntarios y los equipos de rescate internacionales. Miles de personas, familias sin nada, sentadas bajo higueras gigantes esperando una bolsita de comida, un poco de agua, un médico que les cure el alma porque el dolor físico, aseguran ya no lo sienten.

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