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¿Por qué la política convierte lo truculento en un interesado espectáculo?

Desde los repulsivos tuits de Óscar Puente hasta la cara destrozada de «Trumpuria», resulta evidente que la crueldad –definida como la falta de compasión ante el sufrimiento ajeno– forma parte desde hace tiempo de nuestros ecosistemas políticos en crisis, tanto en lo democrático como … en lo moral. Lo que antes era un sangriento monopolio de autocracias, que afirmaban su poder a través de atrocidades, como los más de cien jóvenes marroquíes ahogados durante la invasión de Ceuta, forma ahora parte del repertorio populista de abusos que socava nuestras democracias.
Los supuestos buenos han terminado por descubrir la misma saña que los malos de toda la vida saben administrar a la perfección. Y, en virtud de esta siniestra apropiación de la falta de empatía, resulta cada vez más frecuente el uso estratégico del sufrimiento, la humillación o el desprecio hacia determinados grupos como instrumento para cohesionar bases electorales, expandir el poder ejecutivo o deslegitimizar al adversario. En el fondo, se trata de redefinir para peor los límites de lo socialmente aceptable como si se tratara de un acto de valiente autenticidad.

Los ejemplos sobran: el exhibicionismo sin complejos de reclusos, rehenes o prisioneros de guerra o el alarde de eliminar protecciones públicas para los más necesitados. Sin olvidar al ministro supremacista de Israel, Itamar Ben-Gvir, que presume de construir su propio complejo de ejecuciones con cabinas de observación para ahorcar a palestinos condenados por terrorismo, pero no a los extremistas judíos acusados de similares delitos.

Noticia relacionada

Javier Martínez-Brocal

Desde una banalización anestesiante, algunos pensarán que se trata de un simple error de comunicación política. Sin embargo, se trata de una estrategia tan deliberada como rentable, sobre todo en entornos de polarización extrema. Con el agravante de estar alcanzando su apoteosis al convertir la crueldad en un espectáculo digno de celebración. Era cuestión de tiempo que a Trump, cuya biografía política no es más que una sucesión de morbosos y humillantes espectáculos empezando por 14 temporadas de un su propio ‘reality show’, se le ocurriera retransmitir por internet una ejecución por fusilamiento.

Publicado: octubre 12, 2026, 8:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/politica-convierte-truculento-interesado-espectaculo-20261012013729-nt.html

Desde los repulsivos tuits de Óscar Puente hasta la cara destrozada de «Trumpuria», resulta evidente que la crueldad –definida como la falta de compasión ante el sufrimiento ajeno– forma parte desde hace tiempo de nuestros ecosistemas políticos en crisis, tanto en lo democrático como … en lo moral. Lo que antes era un sangriento monopolio de autocracias, que afirmaban su poder a través de atrocidades, como los más de cien jóvenes marroquíes ahogados durante la invasión de Ceuta, forma ahora parte del repertorio populista de abusos que socava nuestras democracias.

Los supuestos buenos han terminado por descubrir la misma saña que los malos de toda la vida saben administrar a la perfección. Y, en virtud de esta siniestra apropiación de la falta de empatía, resulta cada vez más frecuente el uso estratégico del sufrimiento, la humillación o el desprecio hacia determinados grupos como instrumento para cohesionar bases electorales, expandir el poder ejecutivo o deslegitimizar al adversario. En el fondo, se trata de redefinir para peor los límites de lo socialmente aceptable como si se tratara de un acto de valiente autenticidad.

Los ejemplos sobran: el exhibicionismo sin complejos de reclusos, rehenes o prisioneros de guerra o el alarde de eliminar protecciones públicas para los más necesitados. Sin olvidar al ministro supremacista de Israel, Itamar Ben-Gvir, que presume de construir su propio complejo de ejecuciones con cabinas de observación para ahorcar a palestinos condenados por terrorismo, pero no a los extremistas judíos acusados de similares delitos.

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  • Javier Martínez-Brocal

Desde una banalización anestesiante, algunos pensarán que se trata de un simple error de comunicación política. Sin embargo, se trata de una estrategia tan deliberada como rentable, sobre todo en entornos de polarización extrema. Con el agravante de estar alcanzando su apoteosis al convertir la crueldad en un espectáculo digno de celebración. Era cuestión de tiempo que a Trump, cuya biografía política no es más que una sucesión de morbosos y humillantes espectáculos empezando por 14 temporadas de un su propio ‘reality show’, se le ocurriera retransmitir por internet una ejecución por fusilamiento.

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